COBRA AZUL








Eran las ocho y media de la tarde cuando llegamos a Tromso, pero parecían las doce de la noche. Las calles estaban desiertas, los negocios cerrados y las montañas reinaban, apacibles y perezosas, bajo su manto blanco. La nieve se acumulaba de tal manera, que no podíamos distinguir el asfalto de las aceras. Al salir del autobús sentí como si el filo de un cuchillo rajase mi cara, así que estiré bien el gorro para taparme lo máximo posible, cogí mi maleta rosa y violeta de Gojurss, y me dirigí hacia la puerta del hotel con la mirada en el suelo, para que los copos de nieve que el viento lanzaba, no se clavaran en mis retinas.

Al entrar solo se escuchaba el chirriar de las ruedas de mi maleta sobre la alfombra gris que abrigaba la entrada; debíamos de quitarnos los crampones antes de pasar a recepción. Sacudimos las botas dando pisotones sobre ella, y me paré unos segundos a contemplar como la nieve se desprendía del calzado y se deshacía al tocar la moqueta caliente.

En los siete días que llevábamos en aquellas tierras noruegas, ya habíamos aprendido las costumbres típicas de la vida en la nieve y, parte de ellas, a fuerza de sustos o caídas tontas.

 Mientras me dirigía hacia la recepción, pensaba en el autobús que nos trajo desde el aeropuerto hasta esta pequeña ciudad blanca. Como siempre, yo me pedí viajar en el lado de la ventanilla y pude disfrutar durante tres horas y media del maravilloso camino entre mar y montaña. Me sorprendí muchísimo por la velocidad que alcanzaba el conductor, como si no le estorbara la cantidad de nieve que se veía en los arcenes. Hasta dónde mi vista alcanzaba, solo podía contemplar un paisaje blanco salpicado con casitas de color rojo y playas nevadas, cuyas orillas se enfrentaban a las montañas del otro lado del mar.

Me maravillaba tanto aquel paisaje, que ponía más atención a la luz blanca que confundía sus márgenes, que a las explicaciones del guía, cuya voz escuchaba de fondo, como si fuera la música en off que acompaña a la lectura de una poesía.

Una vez que llegamos al destino, David y yo alquilamos un coche para poder movernos a nuestro antojo por aquellas maravillosas islas, y con él llegamos hasta el hotel.

Good night. —saludó David—. Do you speak Spanish?

—Buenas noches. Sí, hablo un poco de español. Bienvenidos —nos saludó la recepcionista.

Tras decirnos cuál era nuestra habitación, nos dispusimos a coger el ascensor. Estaba casi cerrándose cuando una mujer joven lo paró metiendo casi medio cuerpo entre las puertas. Un olor a colonia de hombre anunció su llegada y, sin ni siquiera tener que meter algo la tripa, se coló por el hueco estrecho que habían dejado las puertas.

 Llevaba un abrigo de nieve hasta los tobillos de la marca Men Staz, hecha con auténtica pluma de loro; vamos, de lo mejor y más caro del mercado.

“De algo que tiene que haber servido trabajar tantos años para la sección de invierto del Corte Inglés”, pensé mientras la observaba de arriba abajo.

—¡Oh! ¡Ten cuidado! —Siempre me dieron terror esas puertas mecánicas—. Te podías haber hecho daño —dije apartando mi maleta para hacerle sitio.

—Lo siento. Es que estoy agotada del viaje y no puedo esperar ni un minuto más para coger la cama —dijo mientras se desabrochaba el abrigo.

Agradecí su acento tan reconocible.

—¿Eres de España? —pregunté.

—Sí, pero vivo aquí desde hace años.

—¿Te has hecho daño? —preguntó David al ver que aquella mujer se llevaba la mano al brazo.

—Bueno, la verdad es que las puertas me han dado un buen empujón en el hombro —dijo ella sonriendo de medio lado.

El ascensor paró en nuestra planta.

—Nosotros bajamos aquí, buenas noches —me despedí.

—¡Anda, igual que yo! —Tengo la habitación 237, ¿y vosotros?

—La 235 —contesté.

—¡Estamos al lado! —dijo ella abriendo muchos los ojos, como si ese hecho le causara una enorme alegría.

Yo me limité a sonreír por educación.

Cogí mi maleta de Gojurss violeta y rosa, y la arrastré por la moqueta gris del pasillo. Los clientes con los que nos cruzábamos del hotel se quedaban mirándola. Me hizo gracia… en todos los viajes pasaba lo mismo. Era mi maleta preferida y resaltaba sobre los enmoquetados, casi siempre oscuros, de los hoteles. También me ayudaba a reconocerla entre todas las que había en el aeropuerto a la hora de recogerla.

—Pues ahora sí, buenas noches… —me despedí al entrar en nuestra habitación.

—Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos —dijo David con su habitual tono de cordialidad.

—Gracias, estaré bien —contestó ella.

Al entrar dejamos tiradas las maletas en el suelo y nuestros cuerpos derrumbados en el colchón de la cama.

—¡Oh qué a gusto…! —suspiró David.

—¿Por qué le has tenido que decir eso? —pregunté.

—¿El qué? —dijo sin mover la vista del techo.

—Que la podíamos ayudar.

—Mujer, la he visto sola…

—No me harás caso, como siempre, pero hay algo en ella que no me gusta…

—¿Y qué sabremos nosotros de cómo es ella?

—No lo sé, la verdad es que no tengo ni idea, pero…

El despertador sonó a las seis y media de la mañana.

Abrí la maleta, palpé la ropa con cuidado, para no desarmarla demasiado. Primero sentí la sensación — casi pegajosa— del plástico del cortaviento. Después, por la suavidad supe que estaba tocando los gorros de lana gruesa y, por último, perfectamente doblados en el lado izquierdo de la maleta, los leggins negros y la camiseta, ambos térmicos, que me quería poner ese día.

 Dejamos la habitación con mucha prisa. Bajamos a desayunar con las maletas para no retrasarnos. Al terminar nos dirigimos a recepción para dejar la llave.

—Perdone, señora, si la empresa de alquiler no le ha traído el coche, nosotros no tenemos la culpa.

La mujer de ayer discutía con la recepcionista, y estaba de puntillas para llegar un poco mejor al mostrador.

—Pero vamos a ver, ¡si yo hice ayer una reserva a través vuestro! ¡Sois vosotros quienes me lo tenéis que arreglar, digo yo!

—No señora, ya le digo que esto no depende de nosotros.

—¿Qué ocurre? —preguntó David.

—Ah… Hola…. —saludó la mujer al vernos, relajando sus talones de golpe en el suelo—. No me he dado cuenta de que estabais aquí. Pues nada, que ayer hice la reserva de un coche y no ha llegado ni cogen el teléfono.

—Vaya, qué faena. ¿Y un taxi? —dije intentando ayudar a la mujer.

—Bah… Eso no es práctico. Tengo que moverme por varios sitios, y me saldría por un ojo de la cara.

“No creo que eso suponga mucho para ti”, pensé al observar de nuevo su ropa de marca.

—¿Dónde necesitas ir? —preguntó David.

—Por varios pueblos. Debo de ir primero a la granja de Renos del pueblo Sami. Trabajo para una distribuidora, ¿sabéis? y tengo que ir a distintos sitios para negociar los contratos de los servicios que proporcionamos.

—Oye, es uno de los lugares que vamos a visitar, ¿verdad, cariño? —dijo David mirándome.

—Sí, claro. Hasta ahí podríamos acercarte. No hay problema. —No estaba muy segura de lo que estábamos haciendo, pero me daba pena dejar a esa mujer allí si íbamos al mismo sitio—. Lo malo es después… —continué hablando—. Quiero decir, desde ahí no te podemos llevar… tenemos que estar el siguiente hotel a las siete de la tarde.

—Bueno, ellas tendrán seguro algún transporte en el que llevarme.

Metimos las tres maletas en el maletero del coche y tomamos rumo a la granja Sami.

—Perdonad, aunque tengo gasolina suficiente, me gustaría llenar el depósito.

—Es mejor, sí. Estas carreteras engañan, con tantas curvas y tantas pendientes… ¡Por cierto!  Soy Esther —dijo levantándose desde el asiento de atrás para alcanzar a darnos la mano.

—Encantado, yo David —dijo mi marido—, y ella…

—Yo soy Sara —contesté alargando mi brazo hacia ella. Me sorprendió sentir la piel de su mano tan delicada y fina. “Debe de usar buenas cremas”, pensé.

—Bien, pues si sigues mis indicaciones, llegaremos a la gasolinera más cercana. ¿Y qué venís a hacer a este recóndito lugar?

—Queríamos ver auroras boreales. Es nuestro aniversario y bueno… siempre nos ha gustado hacer viajes a sitios especiales. Lo malo es que como no se despejen las nubes, lo tenemos complicado.

—Tranquilos, aquí puede cambiar de un día para otro. Hay excursiones que te llevan a la caza de la aurora. Casi nunca fallan y los turistas terminan viéndolas. Merece la pena, ya que habéis llegado hasta aquí… ¡Mira ahí es! —dijo señalando la gasolinera.

—Si me permitís, pago yo, por el favor que me estáis haciendo —dijo Esther.

—No es necesario, mujer —contestó David.

—No hay negociación. Esperad aquí, que pago y ahora vengo.

Aproveché para bajarme a estirar algo las piernas. Puse un pie en el suelo sin recordar los crampones. El hielo crujió y mi suela de goma se deslizó rápida hacia delante, pero con tiempo suficiente para agarrarme a la puerta del coche.

—No vas a terminar el viaje sin caerte. —David se echó a reír imaginando mi culetazo, así que me puse las suelas especiales para hielo, me abrigué y me fui a dar una vuelta hasta que Esther regresara. Rodeé la gasolinera para evitar el olor a hidrocarburo que siempre me había producido náuseas.

Estuve unos diez minutos disfrutando del silencio que reinaba en aquellas tierras. Los copos de nieve ahora eran suaves, y no había viento que los lanzara a cañonazos, como la noche anterior.

Las montañas se reflejaban en el mar y me daba la sensación de que estaba en medio de la nada, como flotando en un fondo limpio y blanco. Después volví al coche, extrañada de que ninguno me hubiese ido a buscar aún.

Cuando llegué el vehículo se encontraba en el mismo sitio. Entré sin darme cuenta de que David no estaba, hasta que no me hube sentado. Había dejado las llaves puestas, así que esperé allí unos cinco minutos más. Al ver que no venían cogí las llaves, me dirigí a la tienda esperando verlos por allí, pero no había ni rastro de ellos.

“No pasa nada, alguna explicación tiene que haber”, me dije.

Salí y eché un vistazo alrededor. El coche seguía allí y detrás una camioneta en la que estaban subiendo dos hombres vestidos con un mono azul.

“Trabajadores”, supuse. Abrieron los portones traseros para sacar de dentro los repuestos de comida para la gasolinera, y el fuerte olor a pescado seco me obligó a irme de allí y volver dentro de la tienda.

“Maldita sea. Como no hable español, a ver cómo me hago entender”

—Hola, buenas. ¿Hablas mi idioma?

—Muy poco —dijo el hombre

—¿Ha visto a una mujer muy bajita con el pelo rizado corto, y a un hombre alto y calvo? —pregunté hablando de manera exagerada, muy despacio y alto.

—No ha entrado nadie, señora, no— contestó el hombre.

—Sí —afirmo—, han entrado hace un cuarto de hora o veinte minutos.

—No, señora. Llevo toda la mañana y aquí no ha entrado nadie.

“No me lo puedo creer. ¿Qué está pasando? ¿Dónde se han metido?

Comencé a andar deprisa, buscando en los alrededores de la gasolinera, dando vueltas sobre mí misma por si estaban en algún sitio que mi vista no alcanzara, pero no había ni rastro de ellos.

La camioneta arrancó, pasó por mi lado y uno de los trabajadores le decía algo al conductor mirándome, mientras el otro negaba con la cabeza. Se marchó acelerando muy rápido, entre una nube de humo negra y una pestilencia a pescado seco y goma quemada.

Mis pensamientos iban y venían de una idea a otra.

“Esta costumbre de comer pescado seco, me tiene la pituitaria destrozada”

“Lo mejor es no moverme de dónde estoy. Ellos volverán. Si me muevo y no me encuentran sería mucho peor”.

Saqué de mi maleta una manta finita que me había llevado para el coche, y esperé una hora y media. Pero la lana, fina y suave, no logró reconfortar mis nervios.

El hombre de la tienda vino en mi busca.

—Señora, ¿problema? —preguntó.

—No sé dónde están —dije angustiada —Por favor, tengo que llamar a la policía, pero no sé inglés.

—Yo no entiendo muy bien. Señora, usted debe irse, pronto oscuro. Aquí de noche mucho antes.

—Sí, claro. Tiene razón. Pero dónde voy, Dios mío. ¡Qué hago!

Me puse en el asiento del conductor. Las manos me temblaban mientras intentaba arrancar, lo conseguí a la tercera. Durante el tiempo que dejé que el motor se calentara, cogí el mapa para mirar cómo regresar al hotel y, desde allí, llamar a la policía.

Giré el volante dando trompicones, no podía controlar las sacudidas de mis piernas temblorosas y, de pronto, sin saber por qué, cambié de opinión y me dirigí a la granja Sami. Se supone que ella iba allí, y que tenían reservada nuestra visita para el día de hoy.

El camino hasta allí se hizo tortuoso porque no estaba acostumbrada a conducir con tanta nieve, hasta que me di cuenta de que aquellas maravillosas ruedas hacían casi todo el trabajo por mí.

Llegué a un cruce de caminos y tuve que pararme a mirar el mapa. El papel tiritaba sacudido por mis temblores. Tenía la boca seca, sentía la lengua áspera y pesada. Un sudor frío recorría los dedos de mis manos entumecidas, a pesar de que tenía la calefacción al máximo. “Tienen que estar allí”, pensaba. “Pero si es así, ¿por qué dejó el coche?” “Alguna razón que ahora no veo tiene que haber…” “Nada de esto tiene sentido”.

Giré a la izquierda, y subí por una vereda de nieve sucia a causa de las ruedas de los vehículos, hasta que llegué a un stop. A partir de ahí debía de ir andando.

Cerré el coche, me coloqué los crampones, y comencé la subida. Mis botas se hundían en la nieve hasta la pantorrilla. Sacar el pie en cada paso me fatigaba. Pasé al lado de la granja de alces que vivían ignorantes de la gran tragedia que me estaba atormentando.

Cuando llegué allí, fui recibida por una mujer rubia, con trenzas largas, cara ancha, más bien toda ella era ancha. Aquella Sami olía a cocina, a guiso de casa, y a leña.

Me hizo un gesto para que entrara en una de las cabañas. Al pasar me encontré con unos bancos dispuestos en círculos y un fuego en medio donde parecía que se estaba cocinando algo.

—Buenos tardes —saludé.

La mujer me sonrió.

—Vale, no habla mi idioma —dije en voz alta.

—¿English? —preguntó la señora.

 —Ojalá —contesté desesperada.

Saqué una foto de David.

—¿Lo ha visto?

Ella negó con la cabeza.

—¿Hay alguna persona aquí que hable mi idioma?

Me pareció que ella llamaba a alguien y una chica pelirroja apareció.

—Hola. ¿Necesitar algo? —preguntó.

—Sí. Mira, teníamos reserva a nombre de David para ver la granja y…

Ella se dio la vuelta para coger una agenda.

—¿Reserva? David y Sara. Yes! Aquí está —dijo sonriendo satisfecha por haberlo solucionado.

—No, verás, escucha. Veníamos en el coche con Esther —expliqué haciendo círculos con mis manos entrelazadas, de forma compulsiva—. Una mujer bajita que tenía que llegar hasta aquí a hablar algo de contratos o no sé. Y mi marido y ella bueno, no sé dónde están…. Resulta que en la gasolinera…

—Calma, calma. Más despacio —me pidió. —¿Tu hombre te ha abandonado? —quiso saber.

—No… ¡No, por Dios! Escúcheme. ¿Han venido aquí? —pregunté mostrando su foto.

—No, señora. Aquí no.

—Pues tenemos que llamar a la policía. Por favor ayúdenme. Me tienen que ayudar, se lo suplico. Me he quedado totalmente sola aquí, no hablo inglés y puede que le haya pasado algo… Por favor —rogué cogiéndola muy fuerte por los hombros.  

—Bien, calma, señora. Tú siéntese aquí —ofreció señalando los bancos que estaban alrededor de la hoguera—. Le voy a servir…

—¡No puedo perder más tiempo! ¡Tiene que llamar ya!

La joven pelirroja le dijo algo al oído a la otra mujer y después se marchó de allí.

—Yo llamar por teléfono. Ahora vengo, señora —dijo antes de irse.

La mujer rubia me trajo amablemente una manta y me la echó por encima. Cogió un cuenco, sirvió el guiso que estaba cocinando y me lo acercó con un gesto de aquiescencia.

Lo cogí con las dos manos. El recipiente era rugoso, y su calor me quemaba las yemas de los dedos, pero me estaba sentando muy bien. No me había dado cuenta del frío que tenía hasta que noté esa quemazón ardiente picándome en las manos al sujetar el cuenco. Metí mi nariz entre el humo que salía del caldo, y aspiré el olor a estofado de venado y verduras pochadas. La carne estaba tierna, se deshacía en la boca. El plato tenía un leve sabor a castañas, algo dulzón. No tenía nada de hambre, pero estaba totalmente congelada. Sentí el caldo atravesando mi garanta hasta dar con mi estómago. Empecé a entrar en calor cuando volvió la chica pelirroja.

—La policía viene ahora —me informó.

—Muchas gracias —intenté decir, pero la voz no quiso salir. Mis cuerdas vocales se habían agarrotado.

Cuando llegó la policía yo había quedado traspuesta entre las mantas de aquella cabaña.

—Buenas tardes, señora. Soy policía y traductor. Venimos a tomarle declaración.

—Menos mal —dije aliviada.

Les conté toda la historia. Tomaron los datos de los nombres, cogieron la foto de David, y describí a Esther lo mejor que pude.

—Debería dirigirse al hotel dónde iban a pasar hoy la noche, por si él fuera allí en su busca —dijo el policía-traductor.

Me escoltaron hasta la misma puerta, porque ya era de noche y aquellas carreteras parecían las de camino al infierno, sin una luz que identificara dónde estaba el precipicio.

Cuando aparqué el coche, abrí el maletero y me quedé mirando las dos maletas negras que ahora no tenían dueño. Saqué la mía. Al dejarla en el suelo, parecía una de esas imágenes de postal, con su color rosa y violeta, en medio del paisaje que dibujaba la ciudad blanca y vacía. Me puse los crampones y me dirigí a la entrada del hotel.

No pude dormir en toda la noche, esperando una llamada, o que David abriera la puerta.

A las cinco y media de la mañana decidí que no podía esperar más. Llamé a la policía pero el que contestó no entendía ni una palabra de lo que le estaba preguntando.

Bajé a tomar un café a eso de las seis, vestida con la misma ropa del día anterior.

Sobre las seis y veinte el chico de recepción me pidió que acudiera al mostrador, porque tenía una llamada.

El policía-traductor estaba al otro lado del teléfono. Me dijo que no habían logrado aún dar con una pista, pero que era pronto. Me preguntó si no pensaba que mi marido hubiese huido con su amante. Les dije que no, pero ya dudaba de todo.

—No se mueva del hotel, señora. No haga nada que pueda entorpecer la investigación. Le contactaremos en este teléfono y así, si vuelve su marido, tendrá dónde encontrarla.

—Está bien. Me quedo en la habitación. Pero también tienen mi número de móvil, por si hubiese salido a tomar el aire un momento —dije.  Sabía que no me iba a quedar quieta, y a esperar sin más, sin saber si David se encontraba bien.

Esta vez dejé mi maleta en la habitación, cogí la documentación, los crampones y me dirigí al coche. Al abrir la puerta, una furgoneta que pasó por mi lado me llamó la atención, por su olor a pescado seco. Me di cuenta de que se trataba de la misma del día anterior.

Los seguí por puro instinto, desde una distancia prudencial, mientras los nervios y la impaciencia me estrujaban el pecho, porque algo me decía que iba en la dirección correcta.

Me paré en un lado de la carretera, mientras ellos giraban y se metían por una pista que se adentraba en la montaña y llegaba hasta una de esas casitas rojas que vi al entrar en las islas. Decidí dejar el coche para no llamar la atención y me dirigí hacia allí, intentando camuflarme con los árboles del camino.

Cuando llegué, no vi la furgoneta por ningún lado. Me agaché para no ser vista a través de las ventanas, y con mucho cuidado curioseé dentro de la casa. Intenté abrir los cristales, sin éxito, hasta que di con una puerta trasera que estaba entreabierta.

Me quité los crampones para no hacer ruido con sus clavos, pasé dentro y me encontré con un pasillo que salía hacia la izquierda y de frente, unas escaleras estrechas que llevaban, supuse, al sótano. Decidí coger el camino que menos miedo me daba. Anduve pegada a la pared, casi sin respirar para no hacer ruido. Al fondo se veía un salón, pequeño, cuadrado y sin muebles. Me sobresaltó la voz alta de un hombre y me quedé muy quieta en el sitio. Después me di cuenta de que estaba hablando por teléfono a gritos. Solo pude ver su espalda y el vaivén de la lámpara de papel que colgaba en el techo, al rozarla con su cabeza, mientras andaba de un lado para otro con el móvil en la mano.

“Si me quedo aquí, terminará notando mi presencia”, pensé.

Así que decidí probar por las escaleras. No sabía que estaba haciendo, solo seguía un instinto primario, pero ni siquiera estaba segura de que David y Esther estuvieran allí.

“Lo que tengo claro, es que si hay alguien aquí abajo, no tengo escapatoria”, pensaba mientras bajaba despacio aquellos escalones.

La estancia estaba totalmente a oscuras. Me vino de golpe aquel olor a pescado seco y la humedad empezaba a empapar mi pelo. Me llevé la manga del abrigo a la nariz para poder soportarlo y agudicé el oído para comprobar si notaba algo. Solo escuché el golpe intermitente de una gota de agua, probablemente provocado por alguna gotera.

Encendí la linterna del móvil. Tuve que quitar el brazo de mi nariz para poder sujetarme al salvar el tamaño del último escalón, y estirar la pierna derecha del todo hasta dar con el suelo. Un olor conocido llegó hasta mí, pero, en un primer momento, no supe…, no podía recordar dónde lo había sentido. Era olor a madera vieja, a … ¡colonia de hombre!

—¿Esther? —pregunté bajito.

—¡Mmmmm! —Un sonido gutural que provenía de mi derecha, me hizo girar la linterna en su dirección.

Allí estaba, sentada en una silla y atada a la viga. Llegué hasta ella para quitarle la venda de la boca.

—¿Dónde está David? —pregunté antes de soltarla.

—¡No lo sé! Suéltame, por favor… —rogó ella.

Comencé a desatar las cuerdas, pero paré en seco.

—No —dije mirándola fijamente—. No, hasta que me digas qué está pasando y dónde está mi marido.

—Sara, te lo contaré todo, pero debemos de salir de aquí ya.

Pensé que no me quedaba otra que fiarme de ella, así que le hice caso, la liberé, subimos las escaleras lo más rápidas y silenciosas que pudimos, pero no nos dio tiempo.

Aquel hombre enorme apareció como una sombra entre la luz que llegaba del otro lado de la puerta. Vi como giraba la cabeza mientras me observaba curioso. Comenzó a bajar los escalones, muy despacio. Parecía que estaba saboreando el momento. Esther y yo comenzamos a retroceder sin apartar nuestra mirada de él. Los escalones resbaladizos nos obligaban a sujetarnos con las manos en las paredes rugosas y frías. Esther saltó el último escalón con agilidad, y yo, sin acordarme de lo alto que era, me caí de espaldas. Me llevé la mano a la cabeza y noté la sustancia caliente y viscosa entre mis dedos.

Volví a ponerme en pie, aturdida. El hombre llegó hasta a mí y olfateó mi sangre como si fuera un animal. No le podía ver porque el móvil había volado en la caída, solo sentía su aliento sobre mi cara. Escuché un golpe muy fuerte, un gruñido humano me hizo daño en el oído.

Aquel hombre se desplomó a mi lado.

—¡Vamos, Sara! —me apremió Esther. Escuché un sonido metálico, como si acabara de tirar algo al suelo.  Más tarde me enteré de que le había atizado con una caja de herramientas por la espalda, subida en el escalón más alto para llegar a su cabeza.

Esther fue corriendo en dirección al bosque. Su pequeño cuerpo se hundía, casi hasta las caderas, en la nieve y yo, que me olvidé mis crampones en la entrada de la casa, tenía que hacer un esfuerzo tremendo para levantar la pierna enterrada con cada zancada.

—¡Espera Esther! —grité al ver la furgoneta escondida entre árboles.

—No hay tiempo, Sara. Vendrán a por nosotros —me miró con sus grandes ojos azules asustados.

—Pero David tiene que estar en algún lado… — Sin hacerle caso me dirigí a la furgoneta. Las puertas estaban cerradas. Intenté abrirlas ejerciendo toda la fuerza que mis cansados músculos podían, pero estaba agotada.

Esther llegó y de dos patadas logró que la cerradura cediera. Era sorprendente la fuerza que tenía para lo pequeña que era.

Le ayudé con el último empujón y las puertas se abrieron.

Allí estaba. Atado de pies y manos, tumbado en el suelo en posición fetal.

—Está muerto —susurré al verle así. Me eché a llorar mientras saltaba dentro de la furgoneta. Necesitaba tocarle, abrazarle, quitarle esas cuerdas.

Esther subió detrás de mí y le tomó el pulso.

—No, tranquila. Solo está inconsciente. Pero… no nos podemos quedar, Sara.

—¿Cómo que no podemos? —me lancé a ella con toda la furia que tenía acumulada desde ayer —. ¡Todo es culpa tuya! ¡No sé en qué coño andas metida, pero si no hubieras aparecido tú, nada de esto habría pasado! —grité mientras daba empujones contra las paredes del vehículo.

—Tienes toda la razón. No pensé que os salpicaría nada de esto, pero ahora estáis aquí y tenemos que irnos, o esos hombres de ahí abajo, acabarán con nosotras.

De pronto escuchamos gritos en la casa.

—¡Dios mío! ¡Ya se han dado cuenta de que no estamos! —gritó Esther tensando sus facciones.

—Espera…. Escucha… ¡Sirenas de policía! —dije mientras saltaba de la furgoneta.

Corrí hacia ellos con los brazos en alto y grité todo lo que pude, para que me vieran.

—¡Aquí, estamos aquí! —avisé.

—¡Quédese quieta, señora! —gritó el policía-traductor.

Me quedé tiesa en el sitio, como cuando jugaba de pequeña al escondite inglés. Desde ese punto comprobé cómo sacaban a tres personas. Reconocí a uno de la furgoneta y al hombre grande, al que sacaban aturdido entre tres policías.

Una vez que registraron toda la casa, se acercó a mí.

—Le dijimos que no se moviera del hotel —dijo sin mover ni un solo músculo de la cara.

—No hay tiempo para esto —dije—. Mi marido está malherido ahí dentro. —Señalé la furgoneta—.  Y Esther…

—¿Está aquí Esther? —preguntó el policía mientras miraba hacia el bosque.

—Sí… Estaba aquí hace un momento.

—Atención —dijo por el walki —¡Peinad la zona! ¡La Cobra Azul se nos ha escapado! El policía hablaba en su idioma, pero de repente parecía que podía entender todo.

Él se acercó a David, mientras llamaba a una ambulancia. No había rastro de Esther.

De camino al hospital supe que ella se hacía llamar Cobra Azul. Era la jefa de un grupo de delincuentes que traficaban con droga, y camuflaban el contrabando bajo el negocio legal del pescado seco.

Llevaban tiempo siguiendo a la banda, y por sus infiltrados sabían que tenían problemas con los proveedores y que la Cobra Azul era buscada para cobrarse las deudas.

—David intervino en el momento en que vio que los de la furgoneta se la llevaban. Vosotros no debíais de estar allí —dijo el policía—. Llevábamos mucho tiempo tras ellos.

Estuvimos tres días en el hospital. Cuando volvimos al hotel, no quisimos ni parar a descansar, a pesar de que él necesitaba coger fuerzas. Cogí su maleta y la mía y con el chirrido de las pequeñas ruedas sobre la moqueta gris, nos despedimos de las Islas Lofoten con bastante prisa, deseando volver a la paz de nuestro hogar.

De Esther (si es que ese era su nombre), no supimos nada más. Nunca escuchamos su alias en ningún medio de comunicación y nosotros no la volvimos a nombrar jamás.



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Marta Azorin
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