NO HAY OLVIDO




Él rompió la carta en pedazos, como si, de esa forma, todo aquello no hubiera sucedido. Se quedó mirando los trozos del papel salpicados sobre su escritorio, pensativo. Deseaba que todos los recuerdos desparecieran, como lo acababan de hacer aquellas palabras, emborronadas con el sudor de sus manos.

Alberto supuso que él habría escrito esa carta muchos meses antes, porque en ella le decía que su recuerdo era lo único que le abrigaba en las frías noches alemanas, aunque con otras palabras por si era interceptada. Calculaba que habría tardado unos cuatro o cinco meses en llegar a sus manos porque, cuando la leyó, el calor arreciaba en la calle, bajo un sol que calentaba las paredes blancas de las casas, precipitándose por las tejas —algunas rotas—que formaban los techados naranjas.

La calima que azotaba esos días no le afectaba. En aquel mayo, que preñaba las platas de brotes nuevos, Alberto estaba helado.

Todas las palabras que quedaron por decir rellenaban los espacios en blanco que había entre esas líneas. Le visualizó sentado, escribiendo con la pluma que le regaló antes de marcharse, olvidándose por un momento del ruido que tenía de fondo al pensar en él.

A Alberto le dolía cada línea que su puño había trazado. Esas palabras estaban llenas de ausencia, de miedo y de amor.

Si hubiese llegado antes, él habría sabido dónde tenía que escribirle. Desde que le cambiaron de batallón, perdió su pista. Y el problema era que no podía acudir a la comandancia a preguntar porque, desde hacía tiempo, tenían la mira puesta en ambos. Y lo que le sucediera a él le daba igual, pero pensar que a Miguel le podían acusar y llevarle al calabozo, y luego quién sabe que más cosas…; y más así, sin saber con quién ni dónde estaba. Valoraba las consecuencias y sabía que podían ser nefastas.

Y todo por culpa del sargento Aparicio. Alberto, desde el principio, estuvo convencido de que también era homosexual. Pero a diferencia de ellos, no se lo reconocía a sí mismo. Había formado una familia tradicional, con una mujer que no era ni guapa ni fea, y dos hijos rollizos, a cada cual más grotesco. Al menos fue lo que pensó cuando vio su foto enmarcada en su despacho.

Arrepentido de haber roto la carta, cogió sus trozos intentando reconstruirla, pero nunca se le dieron bien los rompecabezas. Le venía a la mente el día en el que se conocieron en las prácticas de tiro. Miguel era realmente bueno y Alberto tenía que superarle, mejorar su puntuación. Recordaba las risas y la competitividad que hubo entre los dos aquel día.

La mirada verde de Miguel posándose en él, le pilló desprevenido. Reaccionó quitando de forma instintiva la cara para volver a mirarle unos segundos después, entre temeroso y cauto. Su estómago se encogió, y aquella sensación, encantadora y dolorosa al mismo tiempo, le asaltó como un tornado en pleno verano.

Ambos terminaron ese día con una sonrisa disimulada en sus ojos y una ilusión que no podían compartir con nadie.

Aparicio llegó con su cargo de General y un secreto bajo el brazo. Como todos ellos, se dedicaba a dar órdenes, pegar gritos e imponer castigos. A simple vista, nadie diría que era un renegado de su propio ser.

Todo empezó a primera hora de una mañana que podría haber sido como cualquier otra, pero no lo fue. Al salir hacia las maniobras, se quedaron los últimos de la fila, como hacían de vez en cuando, solo para poder tener un roce disimulado de mano. No podían hacer mucho más porque si alguien se hubiese dado cuenta de cuáles eran sus inclinaciones, la cosa se pondría muy fea para ellos.

No lo vieron venir, literalmente, de tan concentrados que estaban en esa efímera caricia. Aparicio surgió de la nada dando zancadas, para revisar los uniformes y en unos segundos llegó hasta ellos. Retiraron sus manos como si les hubiese dado un espasmo, pero contenido. Alberto se percató de la mirada de reojo de Aparicio y supo, inmediatamente, que todo se había complicado.

Desde ese momento cualquier excusa era buena para atosigarles constantemente. Intentaba separarles cada vez que podía y, aunque nunca hubo un castigo físico, fue realmente una tortura.

Sin embargo, el trato del General Aparicio hacia Miguel cambió de un día para otro. En varias ocasiones, Alberto le sorprendió observando a su amigo detenidamente, con un gesto que le revolvía las tripas y, cada vez que podía le llevaba con él, le llamaba al despacho, o le incluía en alguna simulación que él organizaba. Tanto es así que ascendió antes de lo previsto a Teniente Coronel, mientras que Alberto seguía cargándose con todas las guardias que Aparicio le ponía, como cabo primero.

Pero Miguel no se enteraba de nada y eso Alberto lo sabía, así que decidió no amargarle la vida con celos absurdos.

Si aquel día le hubiesen dicho a Alberto como iba a acabar todo, habría rogado a Miguel que no siguiera su juego. Sabía que tenía un alma buena, pero también que empezaba a gozar de estatus y que eso le gustaba. Muchas veces intentaba convencerle de que el General no era mala persona, solo un poco recio. Le decía que tenía que olvidar esa inquina que le había entrado hacia su persona, porque no le venía nada bien.

Cuando Alberto escuchaba eso de boca de su amigo se limitaba a decir que no con la cabeza, mirando al suelo, y le asustaba el hecho de comprobar hasta que punto el General Aparicio le había sorbido el coco.

Todo aquello a Alberto, ya desde su casa, le parecía una pesadilla. Se atormentaba con la idea de que no hizo lo suficiente, pensaba que no tendría que haber agachado la cabeza sin más. Quizá si le hubiese dicho todo lo que él veía mientras Miguel no miraba… ese gesto lascivo que ocupaba su boca, o el toque, más largo de lo debido, de su mano sobre el hombro… Debió haberle contado que cuando el General advertía la ausencia de ambos, imaginaba que estaban juntos y se ponía enfermo y no paraba hasta encontrarlos. Tenía que haberle dicho que esos planes que tenía para él eran planes malos, porque no era una buena persona.

Esas ideas le achicharraban la mente como una olla quemándose al fuego. Un grito contenido se escapaba entre sus dientes apretados. Se puso de pie, dibujando una chepa que no tenía, y su brazo barrió todo lo que tenía sobre su escritorio: chocaron las plumas contra el suelo con si fueran perdigones tirados a matar. Las hojas, que reposaban tranquilas un momento antes, planeaban despistadas sobre el aire amargo de esa habitación. Y ahí fue cuando el estallido se liberó de su garganta. Era un lobo herido aullando a la desaparición de su luna llena.

El trece de Julio de 1941, Miguel partió desde Sevilla hacia Berlín y nunca más le volvió a ver. El General Aparicio había decidido llevarle con él para formar parte de la División Azul.

Cuando Alberto se enteró, quiso presentarse voluntario para poder estar junto a él. La idea de estar sin verle le desvelaba por las noches. Para su sorpresa recibió una negativa. Alguien había hecho un informe recomendando su exclusión del ejército español.

 Al despedirse en la estación del tren, Miguel aprovechó un abrazo, el típico entre amigos con palmadas en la espalda, para meter en su bolsillo una nota y las llaves de su casa. Se quedó en las escaleras que subían al vagón mientras emprendía la marcha. Sus ojos se estuvieron besando a lo largo de todo el recorrido de aquella triste parada. Alberto quería correr tras él, pero se sentía pegado al suelo, de tanto que le pesaba la tristeza.

Regresó a su hogar con quince kilos menos y unas llaves junto con una nota donde le pedía que cuidara de sus plantas, y que recogiera las cartas de su buzón dirigidas a su madre.

Las primeras misivas que le llegaron de Miguel estaban selladas en la base militar de Grafenwöhr. La última le informaba que pronto le destinarían a otra ciudad, pero aún no sabía dónde. En las cartas no le hablaba de amor, ni le contaba nada de los muertos que veía. Le describía el miedo y la soledad. Le pedía que entregara esa carta a su madre, que no sabía leer, para que ella supiera que la echaba de menos, que se cuidara, que la quería, que recordaba sus ojos y sus manos cuando de niño le acariciaban, que no estuviera triste, y, finalmente, prometía en todas, que volvería a casa, porque era allí donde estaba su sitio.

Alberto contestaba siempre informando que su madre estaba muy bien. Que no pasaba un minuto sin que se acordara de su hijo querido, que lo echaba de menos, que lo quería, le pedía que tuviera mucho cuidado, y rogaba que, en cuanto pudiera, tenía que volver, pues ella estaba mayor y lo necesitaba.

Después, le perdió la pista.

Alberto sacó todas las cartas que tenía bajo llave, y se pasó toda la noche, acurrucado en una esquina de la habitación, leyéndolas. Parecía que su pecho iba a romperse en dos por la opresión que sentía. Entre aquellas declaraciones de amor encubiertas, resbaló el comunicado que recogió de su buzón, donde informaban de su defunción. Lo leyó una última vez, a pesar de que le costaba distinguir las letras. Se le antojaban como la imagen de la calle tras el cristal de su ventana, en un día lluvioso.


Muy despacio, intentando controlar el temblor de sus dedos, rompió en pedacitos cada vez más pequeños, la noticia de su muerte. Los puso en un cenicero, encendió el mechero y contempló hipnotizado cómo se quemaban, junto con sus ganas de existir.

Pero la vida le obligó a seguir viviéndola, caminando de puntillas, saltando trampolines, de una forma discreta, bella y difícil a partes iguales.

Con el tiempo tuvo que lamer sus cicatrices para curarlas, para poder conocer a otros hombres con los que tuvo afinidades que le llenaban su día a día.


Pero nunca, a lo largo de todo su viaje, nunca se olvidó de quererle.



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Marta Azorin
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