CAMBIO DE PIEL






Es raro, hoy no ha venido nadie a buscarme.

Siempre me recogen a la salida del colegio, a pesar de que yo les insisto en que ya tengo doce años y me sé el camino. Les cuento, además, que mi amigo Pablo lo lleva haciendo desde hace un año, pero ellos dicen que en cada casa hay unas normas, y que la vida de ahora no es para que un chavalín —como me llama mi padre— vaya solo por la calle.

Él ve tantos peligros por todas partes, que siempre va mirando con un ojo al frente y el otro al bies, para tener un radio de acción más amplio de protección. Por eso, siempre estoy protestando.

Al no ver a ninguno en el cole, lo primero que he pensado es que por fin me estaban dando un voto de confianza, así que he cogido del asa de mi mochila, he estirado la espalda y cuadrado mis hombros (como si con eso pudiera crecer), y me he dirigido a casa ilusionado y temeroso a la vez.

He tardado veinte minutos en llegar hasta la entrada del jardín. No he querido entretenerme para vieran que podían confiar en mí.

Han caído en todo, pienso mientras compruebo que, con solo empujar un poco, la puerta de la verja que rodea el patio se abre. Saben que no suelo llevar las llaves encima.

Subo las escaleras del porche y estiro el brazo para llamar al timbre, cuando me percato de que la puerta principal está entornada.

Esto sí que es raro…

—¿Mami? —pregunto asomando primero la cabeza.

Paso despacio hacia el interior y la intuición hace que mis sentidos se pongan alerta.

Dejo la mochila en el suelo sin hacer ruido; un nudo se empieza a formar en la boca de mi estómago.

—Mamá, ¿Dónde estás? —susurro con la esperanza de que me escuche, me responda, y esa pesadez que flota el aire desaparezca sin más.

En el salón no hay nadie. Unos zapatos, tirados con descuido en el pasillo que cruza la planta baja, me desconciertan, porque mi madre nunca saldría en zapatillas de estar por casa.

En la cocina… Seguro que está con la música puesta, y no se está enterando de que he llegado, me digo.

Esa parte de la casa es la preferida de mamá. Es grande y luminosa, con una isla en medio. Fue el detalle por el que se decidieron a comprar la vivienda. A lo largo de mi vida nos hemos mudado mucho por el trabajo de papá, pero esta vez me prometieron que nos quedaríamos para siempre, por eso eligieron una casa super grande y bonita.

—Este será nuestro hogar, cariño. A partir de ahora ya no tendremos que mudarnos nunca más —me dijo un día mamá, en un taburete, que se veía solitario y pequeño en medio del salón vacío de muebles y con columnas infinitas de cajas y cajas, que parecían reproducirse por toda la casa.

Yo la creí porque era la vez que más muebles habíamos llevado. El resto de las ocasiones contábamos con lo imprescindible, y eso significaba que nos íbamos a instalar solo por unos pocos meses.

Entro en la cocina y algo hace que un pie se deslice y que casi me caiga. De forma instintiva miro al suelo y veo una sustancia rojiza y viscosa que baña los baldosines.

—¡Mamá esto no tiene gracia! —grito asustando mientras doy la vuelta a la isla siguiendo ese rastro pegajoso. Y allí, entre la encimera y la ventana está aquel hombre.

—¡Mamá! —grito, mientras salgo corriendo, casi sin mirarle, hacia la parte de arriba —¿Mamá, hay un hombre tirado en la cocina! Mamá, por favor, ¡contesta ya!

Subo las escaleras de tres en tres. Mi corazón va a mil por hora, las manos me sudan y tengo seca la garganta. Corro como un loco por las cuatro habitaciones y los dos cuartos de baño. Se me ha pasado por la cabeza que me puedo encontrar a alguien más tendido en el suelo, pero gana el ansia de comprobar que mi madre anda por aquí.

No está, me lamento, asombrándome de cómo no me he dado cuenta antes. Algo les ha pasado para no ir a buscarme al colegio.

Me meto en mi habitación con la respiración agitada de tanto correr, sintiendo el sabor metálico en mi boca por el bombeo del corazón. De un golpe cierro y echo el pestillo, por miedo a… no sé qué. Porque, la verdad, no entiendo nada de lo que está pasando. Apoyo la espalda en la puerta del armario, llorando. Resbalo lentamente, con las manos tapando mi cara, y me voy sentando en el suelo para poner la cabeza entre las rodillas. Me hubiese gustado ser un avestruz y así esconderme para no sentir tanto terror.

Levanto la cara hacia el techo y un grito ensancha mis pulmones y los vacía de aire.

—¡Dónde estás, mamá!

Solo responde el silencio.

Tengo que bajar. Me da miedo, pero tengo que volver a ver a ese hombre.

Vuelvo sobre mis pasos y esta vez me atrevo a mirarlo con detenimiento. Es muy gordo y está tumbado boca abajo. Una brecha se abre en la parte trasera de su cabeza. A pesar de que sé que está muerto compruebo el pulso, tal y como me han enseñado en el colegio, para corroborarlo. No soy capaz porque el mío lo ocupa todo en este momento.

Me arrodillo junto a él con la intención de darle la vuelta, para ver si le reconozco. Lo consigo a la tercera intentona y con mucho esfuerzo. Me pongo de pie, y me paro un momento para tomar aliento, pero cuando le miro doy un paso hacia atrás, espantando al ver la expresión de su cara: unos ojos, con las venas saltadas y gesto de susto, y una boca abierta como si se fuera a comer una hamburguesa triple, o más.

No le conozco de nada. Ha debido de venir a robar. Intento actuar y pensar con lógica, dejar el miedo atrás, pero… es la primera vez que veo un cadáver y el olor que desprende la sangre seca me hace dar arcadas, así que me tengo que llevar la manga del jersey a la nariz para evitar el hedor, cosa que no da mucho resultado.

Piensa, Rubén. Tienes que saber qué hacer… ¡Claro! —por fin tengo la solución— ¡Cómo no lo he caído antes!

Subo de nuevo corriendo a la habitación, abro el cajón de mi mesita para coger el teléfono móvil. Como mis padres no me dejan aún llevarlo al colegio, lo dejo siempre apagado en casa; así que lo enciendo y llamó a mamá, pero su móvil está fuera de cobertura.

—¡Mierda! —me quejo en alto.

Hago lo mismo con papá y pasa igual, así que busco en la agenda el teléfono de su oficina.

—Tecnofácil, ¿dígame? — Siempre contesta Sandra, la secretaria de la empresa.
—Hola, soy Rubén. ¿Me puedes pasar con mi padre, por favor?
—Hola, cariño. Pues te pasaría, pero hoy no ha venido a la oficina.

Un mutismo incómodo llega hasta el auricular de Sandra.

—Rubén, ¿estás ahí? ¿Necesitas algo, cariño? —pregunta ella.
—Esto… no. Déjalo. Si va a trabajar dile que me llame, por favor.
—Vale —responde Sandra con tono inseguro, —pero ¿estás bien? ¿Está tu madre por ahí?
—Sí, sí, claro. Está aquí. Gracias, Sandra —cuelgo el teléfono de forma brusca para que no me haga más preguntas.

Agotado, me siento en el sofá del salón. No me queda más remedio que llamar a la policía. Justo antes de marcar, suena el timbre, a pesar de que dejé la puerta abierta.

—¡Mamá! — Salgo corriendo hacia la puerta, llorando, deseando abrazarla. Me paro en seco cuando veo a dos hombres trajeados en el umbral de la casa.
—¿Rubén García? —pregunta el más alto.
—¿Quiénes sois? ¿Les ha pasado algo a mis padres? —pregunto intentando esconder el miedo que cosquillea en la punta de mis dedos.
—Tienes que venir con nosotros —afirma el hombre sin responderme.
—Yo sin mis padres…
—No hay tiempo de explicaciones —dice el mismo hombre con tono amable mirando, como lo hacía mi padre, hacia todos los lados.

Me cogen en volandas entre los dos, mientras yo grito y pataleo en el aire, pidiendo socorro sin éxito. Me meten en un coche negro con los cristales tintados y echan todos los cerrojos.

—Mierda, se ha hecho pis —dice el bajito, que ha rozado sin querer mis pantalones húmedos al meterme dentro.
—Es un crío, qué quieres… —contesta el otro —Escucha, tienes que ir tumbado en el asiento de atrás —me dice mirándome a través de sus gafas de sol.
—¡No! ¡Dejadme salir! —digo dando patadas a la puerta del coche.
—¡Túmbate o te tendré que tapar esa cabezota que tienes! —dice el bajito.
—Ten un poco de paciencia, hombre —le pide el alto.

Ante la amenaza obedezco órdenes y me tumbo. No entiendo cómo pueden ir tan tranquilos mientras secuestran a un menor… Deben estar acostumbrados. Ya no puedo pensar más, me siento agotado… Intento resistirme al sueño, pero, tras un tiempo que se me hace infinito, me vence y las pesadillas me empapan el pelo con sangre por el suelo de la cocina, veo a mis padres muertos pidiéndome ayuda, ahogándome bajo una capucha que me tapa la cara, y mojándome con algo caliente entre mis piernas de nuevo…

—Despierta. Ya hemos llegado —dice el más amable.

Abro lo ojos y compruebo que es de noche. No sé cuántas horas hemos hecho de viaje.

—¿Dónde estamos? ¡Por favor, no me hagáis daño! —lloriqueo.
—No te vayas a mear otra vez, chico —dice el más borde señalándome con el dedo —Te llevamos con tus padres —me informa.

Dolorido, me incorporo en el asiento de atrás, mientras escucho cerrar la puerta del conductor y el inicio una conversación lejana.

—Señor, hemos traído a su hijo —dice el hombre alto.
—¡Dios mío! ¿Está bien? —escucho la voz alarmada de mi padre.
—¡Papá! ¿Eres tú? —pregunto abriendo la puerta del coche, que por fin está desbloqueada.
—¡Rubén! —grita él lanzándose hacia mí.

El hombre bajito lo para sujetándole de un brazo.

—Recuerde, señor, ya no puede llamarle así —Pero lo suelta muy rápido, como si le hubiese dado un calambre, ante la mirada inquisitiva de mi padre.

Él me abraza llorando.

—Había un hombre en la cocina, papá, y mamá no estaba, y te llamé a la oficina y yo…
—Lo sé, cariño, lo sé —intenta calmarme. — Mamá nos espera dentro —dice señalando una pequeña casa blanca.
—¿Está ahí mama? ¡Pensé que estabais muertos! —grito llorando.

A pesar del alivio que siento no puedo evitar estar muy enfadado con ellos.

—Te lo explicaremos todo, cariño. Vamos con ella, que hay mucho de lo que hablar.

Mi madre sale de la casita corriendo hacia mí.

—¡Rubén! —grita.

El hombre bajito carraspea mirando a mi padre con gesto de advertencia.

—¡Mamá! ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacemos aquí?
—Escucha, cariño. Ahora tenemos que buscar una nueva casa… y nuevas identidades. Ya no te podrás llamar Rubén. ¿Entiendes, hijo? —me explica ella mientras vamos hacia la casa. —¿Te acuerdas de que, cuando eras pequeño, tenías otro nombre también? Pues ahora...
—No me acuerdo, mamá —la corto, —¿Me llamaba de otra manera? ¿Porqué? No entiendo nada. Me prometiste que…
—Señor, si no necesita nada más nosotros nos retiramos —la interrupción del hombre alto hace que se me olviden mis reproches.
—Gracias, Sánchez. Pueden irse.
—Señor, una última cosa. Mañana cuando le asignen la nueva misión, los escoltaremos hasta la frontera.
—Ya veremos, Sánchez… ya veremos. Con esto que ha pasado hoy, creo que voy a pedir ser policía de oficina y luchar solo con papeles. No quiero más servicio de infiltración… — Cuando escucho eso, le observo de reojo y me doy cuenta de que está mirando como nos alejamos mamá y yo abrazados. Decido parar a esperarle.
—Haremos lo que usted ordene, Señor —contesta el más amable.
—Mañana lo hablamos, Sánchez. Hoy ha sido un día muy largo y tenemos que descansar.
—Está bien, señor — Regresan ambos al coche y antes de entrar, el más alto se da la vuelta de súbito. Parece que algo se le ha olvidado. —Una cosa más, hemos borrado todos sus datos, señor. Ya no existen las personas que eran.
—Muy bien, Sánchez. Buen trabajo. Ahora entonces toca llevar una vida tranquila —dice mi padre mientras se acerca a nosotros.

Caminamos los tres abrazados hacia el escondite que nos han proporcionado. Cerramos las puertas: Mi madre la de esa casa y mi padre la de su arriesgada vida.

Ahora, de nuevo tendremos que cambiar de vivienda, aunque intuyo que, esta vez, nos tocará mudar hasta la piel que nos disfraza.











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