EL PREFERIDO








Su preferido siempre fue Raúl; continuamente hablaba de lo bueno que era, y de lo mucho que iba a lograr en la vida.

Pablo y yo hacíamos nuestra vida sin que ella interviniera. Sin embargo, el pobre Raúl, se pasaba el día pegado a sus faldas, jugando a cosas absurdas y locas. Aquello, por supuesto, para nosotros era un motivo de burla y desdén hacia el desdichado y tonto de mi hermano pequeño.


A mi madre siempre le gustaron las muñecas, hasta de mayor. Por eso pensábamos que estaba loca. A veces, Raúl nos daba pena. ¡Pero...! Así es la vida.

Un día lo vimos vestido con pololos y con unos coloretes enormes pintados en sus mofletes. Ya era adolescente, así que quedaba bastante ridículo.

Nos reímos de él, claro...; hasta que su sonrisa helada nos enmudeció de golpe, y nos quedamos fijos, como cuando se juega al escondite inglés, sin mover las manos ni los pies, sin apartar la vista de su macabra mueca.

—Toda su herencia es mía —dijo sin pestañear.

Bajamos la mirada invitados por un brillo metálico que relucía entre sus manos y, pasmados, vimos como limpiaba con mucha calma el cuchillo —ahora ensangrentado — que él siempre escondía en la cocinita de juguete de mamá.

Muy lentamente, lo volvió a dejar en su sitio. Con el cadáver aún caliente subió a la habitación donde ella siempre le esperaba,  y mientras cerraba la puerta dijo:

—Ahora me toca jugar a mí.



































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