CASTILLOS EN LA ARENA





Sé que tengo que poner punto final a nuestra historia.

Sofía no se lo merece.

Ella siempre tiene las manos llenas de amor para mí; lo va acumulando como granos de arenisca que adornan un tarro, bello y colorido, junto con sus sueños de una vida juntos.



Yo acepto su regalo para intentar hacer nuestro castillo de arena, pero se derrama entre mis dedos, como el polvo del desierto que rueda por las dunas, con el que tú, rubia mía, haces barro para moldear tu figura, imperfecta y deseada.

Tumbado en el mimbre de sus nalgas, sabias estrías que la vida ha trazado, un escalofrío recorre mi nuca cuando pienso en esa falsa seguridad, en ese sabor a tenerte.

Te conozco y sé que me despedirás para siempre con un “adiós, Miguel” y a mí solo me quedará limpiar los rescoldos de tu amor clandestino, de mi obsesión por quererte.










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