martes, 24 de marzo de 2020

¡QUÉ NO, Y TRES VECES NO!

No hace mucho tiempo, la educación de las hijas se basaba en que aprendieran a ser una buenas esposas, que atendieran las tareas de su casa, y las necesidades de su marido. El objetivo de la vida para ellas era el matrimonio.

Desde aquí doy las gracias a todas las que dijeron "no".











Qué empeño tiene todo el mundo, oye. ¡Y que no se rinden!

“Así son las cosas, como tienen que ser”—. Imagino a mi abuela diciéndoselo a mi prometido.

La cuestión es que yo le miro y… no sé. Entre que no le quiero, que soy joven y tengo toda una vida por delante… ¡y es que no sé por qué tienen que ser ellos los que tomen mis decisiones! Sí, ya sé que una buena mujer tiene que buscar a un buen marido, y que la gente me vería como una solterona, y blablablá…, blablablá … Si es que me da igual. ¡Pero que manía les ha entrado con casarme! ¡Y venga a insistir, oye!

—Yo le prometo, señor, que cuidaré a su hija como se merece. La tendré como una reina.

Es ahí cuando observo de reojo el hueco vacío de ella y la veo mirándome con complicidad. Era la única que me entendía. Ella me habría apoyado en el momento en el que yo me hubiera pronunciado para anular la boda.

—Me agrada que me digas eso, muchacho —dice mi padre orgulloso—. Hemos criado a nuestra hija para que sea una buena mujer de su casa.

«Ay, ¡y dale! Pero es que yo no quiero ser eso» —escucho mi propia voz interna con tono ñoño.

Manuel apoya su mano sobre la mía, como para afianzar su amor. Yo miro a suelo y él me sonríe. Ha confundido mi gesto con rubor.

—Mi hija está muy contenta con este enlace —asegura mi madre.

«Sí, claro. Contenta, dice. ¡Pues no! Quiero saber más cosas, viajar, trabajar…» —suspiro.

—No hay más que verla —dice mi madre al escucharme.
—Abuela, ayúdame —ruego bajito, pero más alto de lo que me hubiese gustado.

—¿Qué has dicho, cariño? —pregunta Manuel.
—Ya tenemos hablado todo con el padre Rogelio, y …—«Eso, madre, usted hable y hable y decida por mí»—. No puedo evitar tener resentimiento —y hemos contratado al fotógrafo del …
—Quiero estudiar —suelto quintando la mano de Manuel.

El silencio ocupa todo el salón. La cara de mi padre se ha ido transformando poco a poco en una especie de enorme globo, primero de color rojo y luego amoratado, a punto de estallar. Le miro de reojo y me asombro al comprobar que  se puede apreciar el pálpito furioso de una vena que tiene en la sien.

—Bueno … —Manuel intenta llevar a buen puerto la situación. —Yo no te lo impediré. En casa de la señora Flory dan clases de cocina.

«Pobre muchacho, no se entera de nada»

—Quiero estudiar de verdad, para aprender cosas —me imagino a mi abuela sonriendo al escucharme —y viajar, y trabajar y no quiero encargarme de ningún hombre y…
—¡Basta! —grita mi padre mientras se levantaba dando un golpe en la mesa —¡No te hemos educado para que me avergüences de esta manera!

Mi madre se pone a rumiar algo por lo bajo mientras niega con la cabeza una y otra vez.

—Lo siento, pero no me casaré —digo poniéndome con la espalda muy recta, como para hacerme valer.
—¡Pero Adela! —Manuel pone cara de susto.
—No te quiero, Manuel. No sé cómo me he visto arrastrada por todo esto. Yo… lo siento de veras, porque todo esto es culpa mía… Haber llegado hasta este punto otra vez…, y lo hacía solo por complacerles, no te creas. ¿Eso no es de ser buena hija? Pero dónde queda lo que yo necesito…

En ese momento mi padre me coge del brazo y me saca a rastras del salón.

—¿Estás loca?

«Ja, la he liado bien»—dice mi voz de niña trasto.

—Padre, yo no …
—¡Mira a tu madre! —me asomo con cuidado para ver la escena del salón y la veo llorando con su pañuelo en la mano, pidiendo disculpas a mi —ya no—prometido.

«Se le pasará, aunque ahora me dejará de hablar un tiempo. A todos les importa el qué dirán, pero a mí, la verdad es que nada de nada»

—No quería avergonzarles, padre. Me tienen que perdonar, pero ustedes quieren mi felicidad, así que comprenderán…
—Tu felicidad está en el matrimonio —me interrumpe—. Así que ahora vas a entrar ahí —dice señalando la puerta del salón—, vas a sentarte y a disculparte y te vas a casar de una vez por todas. Si no, verás lo que es bueno —me amenaza sujetando el cinturón.



—Sí, padre.

«A ver ahora qué hago» «Pues sí que la he liado buena, pero vamos, por mi abuela que no me caso y no y no».

—Quería pedir disculpas por mi comportamiento —digo al entrar al salón. —Ha sido muy descortés por mi parte.
—Está bien, Adela. Los nervios nos pueden jugar una mala pasada. No te preocupes.
—Claro, Manuel —hago un gesto compungido para simular que me siento fatal por todo —pero sobre todo me reconcomen los remordimientos. Prefiero renunciar al matrimonio antes que ir a él sin que sepas que… —agacho la cabeza mientras miro a mi madre esconder la suya entre las manos, esperándose lo peor —he conocido a otros hombres antes, y…
—¿Cómo que has conocido a…? —escucho el grito sofocado de mi madre. A mi padre no le quise mirar—. ¿Quieres decir que…?
—Si nos vamos a casar, tendré que ser franca, Manuel. Además… es algo que más tarde o temprano…lo hubieses sabido, porque bueno..., hace semanas que no… —«ahí voy con el bombazo»— bueno, ya sabes…—titubeo—, no me hagas decirlo… Y es que no se quién es el padre y yo… me dejé llevar. Espero que aceptes de igual manera ser el padre de esta criatura…
—¡Esto es indignante! —gritó Manuel, levantándose y sacudiéndose los pantalones. Tomó u sombrero y la chaqueta, abrió la puerta y se volvió hacia nosotros —¡Os habéis reído de mí todo este tiempo! Pero esto no va a quedar así, ¡no señor! —y se marchó dando un portazo.

«Por fin, situación resuelta. Ahora a ser una feliz solterona para siempre» —pienso mientras me dirijo a mi habitación para encerrarme, con la cólera de mi padre pisándome los talones.

—Otra vez lo ha hecho, Mauricio —escucho a mi madre medio llorando, antes de cerrar la puerta —Nos ha vuelto a dejar en vergüenza. Van tres prometidos y no la casamos —solloza.
—¡A monja! ¡La meto a monja, fíjate lo que te digo! —grita mi padre.

Suspiro apoyándome en la puerta sonriendo y sabiendo que tengo que ir pensando en otra excusa para la próxima vez. Porque lo único que tengo claro en esta vida es que no me caso con un chico al que no quiera y no me deje ser libre, estudiar y hacer lo que yo quiera. Y, si no me enamoro, prefiero quedarme como estoy.  ¡Qué no y tres veces no!






























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