MUTACIÓN




Me sorprendo mirando abstraída por la ventana, como si el ruido de mi pequeña radio me acabara de despertar de un letargo, cuando debería estar tecleando el ordenador.
Las paredes del edificio de enfrente se han vestido de un rosa tenue, reflejando el atardecer que ya se asoma al fondo de la calle. Pero, desde este sitio en el que me encuentro, no lo puedo ver.

Un niño, que se parece muchísimo al mío, está en una de las terrazas que contemplan mi casa; el crio me saluda.
Le respondo con una sonrisa y, mientras comienzo a levantar mi mano para responderle, noto que alguien está detrás de él. Agarra los hombros del pequeño y le obliga a dar la vuelta. Ella, antes de entrar en su salón, se gira para mirarme desafiante. Me quedo totalmente petrificada al comprobar que es exactamente igual a mí.

No es posible. No he debido verla bien y tengo que ir a comprobarlo. Ese chico...¡también es igual que mi hijo! Tengo que salir, ¡sí!, tengo que hacerlo a pesar de todo. Debo ir a por él.

Me dirijo hacia la puerta de la habitación, pero no existe, ha desaparecido. En su lugar hay un montón de ladrillos anaranjados. Toco con desesperación la pared intentando encontrar alguna ranura. Grito el nombre de mi hijo Abel todo lo fuerte que puedo, intentando tirar abajo el muro con fuerza, pero no recibo ninguna señal de vida al otro lado de mi nueva pared.
No sé cómo ha podido pasar algo así ni en qué momento se ha formado aquí un tabique. ¿Cuánto tiempo he estado enajenada?
Siento el sudor empapando mi frente, me cuesta respirar y parece que el corazón se me va a salir por la boca. Doy vueltas por la habitación intentando entender. ¡Esto no puede estar pasando!
Vuelvo a mirar por la ventana y, tras el visillo de la casa de enfrente, me veo a mi misma con una sonrisa ladeada. Intento abrir la ventana, pero está atascada. Doy golpes a los cristales, pidiendo socorro. Pero no hay nadie por la calle.

Nadie me ve.
Nadie me escucha.
Todos están encerrados en sus hogares.

Mi otro yo se da la vuelta y corre las cortinas mientras escucho en la radio que el confinamiento se ha extremado y no se puede salir bajo ninguna circunstancia. El extraño virus ha mutado copiando nuestra forma humana y ya no quedan personas que nos puedan ayudar. 

Nadie nos ve.
Nadie nos oye.
 



Comentarios

  1. Un relato muy interesante. Me dejas con la duda de saber, su el virus es tu otro "yo" o tú misma. Me decanto por esto ultimo.
    Saludos

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  2. ¡Pues me encanta ese final! Ser yo misma. Fantástica interpretación.
    Pero no... cuando lo escribí, se trataba de otro "yo". Se deja abierto a valorar si es un virus mutado ( y vaya mutación), una invasión...

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