ABRAZOS QUE CURAN

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Llevábamos diez años sin vernos y, si me pongo a pensarlo, casi ni me acuerdo de qué fue lo que pasó.
Quizá la distancia, las vidas que nos llevan por caminos distintos, o quizá… nos hicimos mucho daño diciéndonos cosas que, en realidad, no sentíamos.
Hoy ha muerto el tío Félix y, aparte de la propia tristeza que tengo, estoy muy nerviosa porque sé que voy a ver a mi hermano, después de tanto tiempo.
No faltaría por nada del mundo, lo sé.
El tío Félix nos crio; mientras mi madre, adolescente, andaba metiéndose en líos y drogas, él estaba con nosotros.
—Vente a vivir conmigo, hermanita —le dijo un día—. Yo podré cuidar de los tres… ¡Me sobra casa!
—¡Eres el mejor hermano que se puede tener, Félix! —le dijo abrazándole—. En cuanto encuentre un trabajo, te pagaré un alquiler.
—Me parece bien. Pues déjate ya de tonterías y de novios raros y ponte a buscar trabajo —ordenó mientras la cogía por la cintura con cariño.
Mi madre tardó poco en hacer las maletas y dejar el hostal de mala muerte donde vivíamos los tres, no sin antes pedir un adelanto a su hermano para poder pagar la habitación.
Mi tío Félix no sabía lo que estaba haciendo. O quizá sí… porque era un hombre bueno, eso seguro.
Mi madre dejó en su casa la maleta y a sus dos mellizos, ósea a nosotros, y le dijo a su hermano que vendría enseguida.
A la mañana siguiente Miguel y yo nos despertamos por el ruido que estaba haciendo la policía en casa. Salimos al pasillo, sigilosos, para escuchar la conversación.
—Lleva más de un día desaparecida —explicaba mi tío al agente, que estaba de pie en el salón.
—¿Y no puede haberse ido por voluntad propia? —preguntaba otro de los polis, gordo y con un bigote muy ancho que le tapaba ambos labios.
—¡Claro que es posible! —gritó nervioso mi tío. —Pero ha dejado aquí a sus dos hijos. Tiene que haberle pasado algo.
Hicieron cuatro anotaciones en sus libretas y se marcharon. A mí me dio la impresión de que no habían hecho mucho caso a mi tío. Ya sabían cómo era mi madre y sabe Dios dónde se habría metido.

Por la tarde recibió una llamada. La habían encontrado tirada en una esquina con el brazo lleno de picos; pero estaba viva.
—Niños, vuestra madre está bien —nos decía mi tío—. Ahora la van a cuidar en el hospital, se pondrá buena y volverá a casa.
Miguel y yo nos abrazamos entristecidos. Es curioso… nos queríamos muchísimo de pequeños.
Pasó alrededor de un mes…, quizá algo más; eso no lo recuerdo bien. La cuestión es que ella volvió, con buen aspecto y rejuvenecida.
Al abrir la puerta de la entrada, con una sonrisa de oreja a oreja, se tiró al suelo de rodillas y abrió mucho los brazos.
—¿Dónde están mis niños? —preguntó alegre.
Nosotros corrimos gritando de puro contento hacia esos delgados y descarnados huesos que se abrían para abrazarnos fuerte, o todo lo fuerte que ella podía.
—Mami, ¡ya estás aquí! —dije mientras reposaba mi cabeza sobre su hombro.
—Así es, Daniela, y no me voy a volver a marchar nunca más —prometió mirándome a los ojos.
Yo la creí.
Ella decía la verdad.
Cada momento tiene su propia realidad.
Fueron días muy felices. No pienso decir los mejores de mi infancia, porque mi tío se ocupó de proporcionarme momentos tremendamente divertidos, pero me sentía radiante.
Miguel y yo no parábamos de jugar con ella. Era muy guapa o, al menos, así la veíamos nosotros. Tenía un pelo tan rubio que de lejos se confundía con el trigo cuando corríamos sobre el campo amarillo, y sus ojos eran azules, muy claros, muy grandes, y a veces… muy tristes.
Mi hermano ha heredado sus ojos, sus gestos…, todo menos el pelo.
Estuvo tres días en casa. Después de eso, comenzó de nuevo con sus andanzas.
Su otra verdad había despertado.
Volvía cada dos o tres días, sucia, drogada y sin un duro. El tío solo nos decía que mamá estaba enferma, pero nosotros sabíamos que estaba haciendo algo muy malo y comenzamos a rechazarla cada vez que la veíamos.
Ella se ponía muy triste al ver que la ignorábamos, lloraba mucho, abrazándose a sí misma como si le doliera la tripa, y se volvía a marchar. Fueron muchos meses de idas y venidas, hasta que un día, no volvimos a saber nada más de ella.
Durante mucho tiempo me sentí culpable de que se fuera, por no quererla lo suficiente, por sentir más apego hacia mi tío que hacia ella y eso me martirizaba todos los días. Me volví callada y taciturna, mientras Miguel parecía vivir en un mundo irreal donde nada había pasado.
Cuando pasó un año de su desaparición el tío Félix arregló los papeles para adoptarnos legalmente.
El recuerdo de mi madre se fue disipando hasta quedarse en una ligera humareda blanca y unos ojos azules lejanos. Y cuando el humo se terminó de evaporar, nosotros pudimos continuar con nuestras vidas.
Se ocupó de llevarnos a un bueno colegio, de nuestra educación, de nuestras actividades, de no dormir bien por la noche hasta no sabernos en casa seguros, de las charlas de sexo, drogas y alcohol, de pagar la universidad…
Félix ha sido nuestro tío, nuestra madre y nuestro padre.
Nunca dejó de buscar a su hermana, de querer saber qué le había pasado. Revisaba los periódicos para ver si anunciaban algo que pudiera darle alguna pista, o había alguna esquela que pudiera pertenecerla. Preguntaba de vez en cuando a la policía, en hospitales y así durante muchos, muchísimos años… hasta hoy que, a sus noventa y cuatro años, ha decidido marcharse.
Es el día más triste de mi vida.
He estado con él durante toda su enfermedad. Vivimos prácticamente al lado y le he cuidado todo lo que he podido. Aunque me hubiera gustado dar más…, mucho más. 
Miguel se marchó a vivir fuera por motivos de trabajo, pero me consta que han tenido mucho contacto.
Ha llegado el momento de la verdad y un torrente de emociones me estruja el corazón. Estoy sentada en primera fila, a mi lado, un hueco vacío, y después dos de mis tías, las más jóvenes, llorando la pérdida de su hermano, abrazándose.
El hueco en el banco es para Miguel.
Unas piernas de traje negro pasan por delante de mí, mientras yo miro al suelo.
—Hola, Daniela —me saluda.
Le miro con los ojos llorosos.
Siento las dos pérdidas —porque a mi querido hermano hace tiempo que le perdí— rasgando mi corazón, arrancándolo de mí como los pequeños alfileres que extirpan un bígaro de su cascarón.
—Hola, Miguel —respondo bajito.
La homilía se hace eterna y aburrida. La hemos preparado por mis tías, porque Félix no era muy religioso. Félix era de la vida, de la lucha, de la fuerza, pero no de la iglesia.
Ya ha acabado todo y me despido de mías tías que intentan rodearme con sus brazos para consolarme, pero las esquivo.
Quiero irme lo antes posible.
Desaparecer.
Volver al jardín, a cuando tenía doce años. A aquella tarde bochornosa en la que Félix nos mojaba con una manguera y nosotros, en ropa interior, corríamos riendo, sintiendo la hierba fresca en nuestros pies, intentando esquivar el chorro de agua.
Evaporarme con sus gotas.
—Daniela espera —pide mi hermano.
Me quedo parada.
—Dime, Miguel —contesto seria.
—Espera, mujer. Que hace mucho que no nos vemos.
—Sí. Exactamente diez años, cuatros meses y tres días.
—Yo también llevo la cuenta…
Se crea un silencio incómodo.
—Oye, siento no haber estado más con Félix. Es difícil viajar desde México, ya sabes, pero hablaba con él casi a diario y…
—Lo sé. No tienes por qué dar explicaciones. Cada uno tiene sus circunstancias —digo seria, mirándole impasible a los ojos, como si no me importara, como si no le quisiera.
—Te invito a un café. —Mi hermano parece no querer irse. Al final doy mi brazo a torcer.
—Está bien, vamos. Aquí al lado ponen un café irlandés, como el que te gusta a ti.
—¿Aún te acuerdas?
—Siempre me acuerdo de todo —contesto raspando la grosería con mi tono.
Pasamos las horas hablando del tío Félix, recordando nuestra vida con él. Las regañinas que nos echaba, lo que nos tapaba delante de sus otras hermanas, que también se sentían medio madres nuestras, sus bromas, sus preocupaciones, como intentaba ganar más dinero en las vacas flacas y cuando tenía algo era siempre para nosotros.
—Fueron tantas cosas… —dice entristecido—. Le voy a echar mucho de menos. Es con la única persona que podía estar hablando diariamente más de una hora. No se acababa nunca el tema de conversación.
—Sí. Él nos adoraba, siempre nos lo demostró. Y hasta el final de sus días fue una persona elocuente y charlatana.
Empezamos a reírnos con aquellos recuerdos, y después hemos seguido con los nuestros. Nuestras trastadas, los secretos, las risas y … la discusión.
—¿Qué nos pasó, Daniela? —pregunta apoyando sus manos sobre las mías en la mesa de la cafetería.
—Cabezonería —contesto impasible, encogiéndome de hombros.
—Ya, pero… ¿Tan idiotas somos que hemos dejado pasar el tiempo? Yo… os he echado mucho de menos.
Quito las manos de debajo de las suyas, de manera súbita, como un movimiento instintivo, y él me mira con más tristeza aún.
—No me mires así que me recuerdas a ella, cuando lo hacía con pena porque sabía que lo estaba haciendo mal. Tienes sus mismos puñeteros ojos —digo desviando la vista hacia el suelo.
—¿No hay reconciliación posible? —insiste—. Quiero recuperar a mi hermana.
Sobreviene otro silencio, esta vez menos incómodo.
Quizá no sea tarde.
Puede que aún le quiera.
Es posible que haya estado buscando a la mitad de mi ser desde hace diez años, cuatro meses y tres días.
—Perdona. Yo… también te he echado mucho de menos. Es que todo esto, me supera, me queda muy grande—. Mi caparazón se empieza a agrietar.
—Eres mi hermana favorita —me dice guiñándome un ojo, como cuando era un niño.
Le miré con las lágrimas agarrotadas en mis ojos.
—Y tú mi hermano más pedorro —contesto, como cuando también era pequeña.
Nos sonreímos y poco a poco, creamos ese calor que siempre ha existido entre nosotros, como una bruma que nos envuelve en aquella tarde fría y triste. Ese entusiasmo de antes, cuando sobraban las palabras porque con mirarnos nos entendíamos.
—Perdóname. Todo fue culpa mía —confiesa de pronto.
—No debí echarte en cara que te fueras justo cuando… —digo poniendo esta vez yo mis manos sobre las suyas.
—Cuando le diagnosticaron la enfermedad. No debí hacerlo —continuó él con mi frase.
—No podemos hipotecar nuestra vida por circunstancias. Era una oportunidad que no podías desaprovechar; después lo entendí, pero nunca te llamé. Me daba tanto miedo haberte perdido para siempre…
—Creo que podría haber esperado, y haber encontrado algo por aquí, yo…
—Sabes que eso era muy difícil.
—Aprendamos de esto, hermana —me pide.
Agacho la cabeza ahogando un grito de llanto. Levanté la vista secándome las lágrimas para contestarle.
—Sí. Nunca más, Miguel.
—Nunca, nunca, nunca más.
Salimos de la cafetería visiblemente emocionados.
—Había pensado en quedarme unos días, para contarte cosas, enseñarte fotos de tus sobrinos…
—Tengo una cama de invitados que te lleva esperando diez años —contesto sonriendo mientras lágrimas emocionadas se desparramaban como cataratas sobre mi piel fría.
En ese momento suelta su maletín, y me abraza mientras se pone a llorar como un niño. Yo le rodeo con mis brazos por su cintura y le empujo suavemente hacia mi cuerpo, cada vez un poquito más fuerte, más pegados. No sé calcular los minutos que hemos estado así, pero ha sido el mejor abrazo de mi vida. Respiro su olor de hermano mayor por un minuto y acaricio sus rizos castaños de la nuca.
—Mi hermana preferida —me susurra.
—Mi hermano pedorro —sonrío. .
La vida nos pone a prueba y la muerte de Félix nos está sirviendo, al menos, para rencontrarnos y fundirnos en esos brazos, algo que llevaba tantos años suspendido y de lo que nunca nos podremos despegar. 







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