viernes, 13 de diciembre de 2019

VIERNES 13




Me acabo de despertar y no sé muy bien qué ha pasado. Estoy bastante mareada y tengo nauseas.


—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Por favor, no me hagan daño… —ruego asustada. 


Nadie me responde. Solo escucho un goteo intermitente que retumba. 


La oscuridad es absoluta y la humedad me empapa la ropa y el pelo. No sé cuánto tiempo llevo tirada en el suelo.


Intento moverme, pero no siento mi cuerpo, como si solo existiera de cabeza para arriba. Hago un esfuerzo supremo para que mi mente mande la orden a mis brazos y a mis piernas, pero solo logro sentir un leve hormigueo en los dedos de la mano. 


—¿Qué quieres de mí? —grito aterrorizada, escuchando mi propia voz expandiéndose con el eco. 


Debo estar en una cueva o un túnel o…” —pienso—. “Dios mío. ¿Qué hago aquí?”


Giro mi cabeza a un lado y a otro intentando reconocer con alguna parte de mi cuerpo el terreno. Está frío y hay algo de agua cubriendo el suelo. 


—¡Qué alguien me ayude! — Comienzo a llorar.

—¿Hola? —escucho una voz de una joven, adolescente quizá.  También parece aturdida.

—¿Hola? ¡Estoy aquí! Dios mío, gracias a Dios —en parte siento alivio por el hecho de que haya alguien más conmigo— ¿Cómo te llamas?

—Soy Cristina. ¿Porqué me tienes aquí? Por favor… 


La chica está llorando.


—Tranquila. Yo estoy como tú. Me llamo Lucía. ¿Te puedes mover?

—No —dice sollozando cada vez más fuerte.

—Creo que nos han dado algo para que no sintamos el cuerpo. Supongo que ahora lo iremos notando, o eso espero…

—¡Quiero irme a mi casa! No sé que hago aquí, por favor, ¡déjame marchar!

Cristina está aterrorizada, como yo.

—Te prometo que yo no soy la que te ha raptado. No sé qué hacemos aquí. Yo… —contesto muy nerviosa. Aun así, no sé por qué, le doy esperanzas—. Saldremos de aquí. Todo se arreglará.


Sigo sin poder moverme, pero noto que mi sentido del olfato se empieza a despertar y me viene una bocanada de un olor nauseabundo, como tripas de pescado pútrido, carne muerta o vísceras.  Intento aguantarme la arcada, pero entre mi cabeza nublada y el hedor finalmente tengo que girar mi cabeza hacia un lado para poder vomitar mientras escucho el llanto de Cristina. 


—¿Cuántos años tienes? —pregunto para intentar distraer a la chica.

—No te voy a dar ninguna información —contesta entre hipidos —No sé si creerte o no. Estoy muy asustada.

—Vale, lo entiendo —respondo.


En ese momento escuchamos unos pasos acercarse.


—Lucía ¿eres tú la que estás andando? —pregunta Cristina, esta vez, con tono bajito.

—No soy yo, Cristina. Alguien viene.

—¡Ayuda! —grita la chica.

—Dios mío, creo que esa sí es la persona que nos ha raptado. Dios mío… por favor….

—¿Dónde están mis dos preciosas adquisiciones? —pregunta una voz de mujer.

—Están aquí, madre —contesta la voz de un chico joven.

—Esta vez me habrás hecho caso, espero…

—Sí, son cómo tú me pedías. Las dos rubias, y las edades las que te faltaban, tal y como me dijiste.

—Por favor, no nos haga nada —intento hablar con las voces desconocidas, hacerles entrar en razón, sabiendo que no voy a conseguir nada—. Si hacen trata de blancas, o de órganos, por favor, ella es muy joven y yo… estoy esperando un hijo.

—¡Uy! Eso no me lo esperaba. Esta vez sí que te has portado como Dios manda, hijo mío —dice la voz de mujer.

—Gracias, madre —contesta el joven lanzando una risita nerviosa. 


Cristina está callada. No dice nada, y me empiezo a preocupar.


—Cristina, ¿te han hecho algo? ¡Háblame!

—Cállate ya, mujer embarazada. Te estás poniendo muy pesada. Al final, vas a ser tú la primera, y créeme que es mucho peor que la chica vea todo.


Se escucha otra vez la risita nerviosa. 


—Es hora de dar la luz, Alberto. Vamos a verlas. 


De golpe una luz muy potente me deslumbra y me obliga a cerrar los ojos. Mi instinto hace que quiera taparme la vista con la mano, pero el intento sigue siendo fallido. 


—Le he puesto ya la inyección, madre. Para que tengas todo preparado. 


Giro la cabeza buscando desesperada a Cristina, pero mi radio de visión es muy pequeño; así, tumbada en el suelo, solo puedo ver el agua sobre la que reposa mi cuerpo. Tras dos segundos de búsqueda, veo que llegan  a mi lado dos zapatos del tamaño de una mujer adulta, pero con forma infantil, como los zapatos de Mercedita que llevaba yo de niña.


—Ayúdame a levantarla —ordena la voz de mujer.


Uno brazos grandes me cogen por las axilas y me arrastran por el suelo mojado. Siento como el frío y la humedad me calan la ropa, aunque sigo sin sentir nada en el cuerpo.

Con un movimiento me levanta y me sienta en una silla. Mientras con un brazo me sujeta el cuerpo, con la otra me ata con unas correas que lleva incorporado el asiento. 


—Bien… Con estas dos termino mi colección —dice la mujer acercándose a mí. Su gesto es de satisfacción.


La visión de ella es esperpéntica.

Es una mujer bajita y redonda. Lleva dos trenzas largas sujetadas con gomas de colores y va pintada de manera exagerada, como si fuera…


¿Una niña?” —pienso para mí.


 Coloretes perfectamente redondos y rojos sobre sus mejillas, algunas pecas y unas pestañas postizas enormes que le llegan hasta las cejas.

Se viste con un peto rosa fucsia y una camiseta blanca. El peto le queda por encima de las rodillas, y los calcetines blancos están remangados en los tobillos.


—Por favor, no me hagan daño. Por favor, no sé qué quieren… —Ahora sí, escucho a Cristina con su llanto ahogado. Miro hacia mi derecha y la veo tirada en el suelo, como yo hace un momento, sin poder moverse. 


Yo también empiezo a llorar. Es tan joven…


—Tenemos que darnos prisa, madre. Hace ya un rato que les puse la inyección.

Ahora me fijo en él. Tendrá unos veinte años. Lleva algo en la cabeza que le hace parecer que está calvo. También lleva pintados dos enormes coloretes con pecas, y como vestimenta… va como si fuera un bebé, con pañales debajo de un body, y tiene puestos unos patucos, como si fuera un…


“¿Nenuco? —pienso, mientras la boca se me seca y el corazón me va a doscientos por hora.


De pronto, comienzo a sentir el hormigueo en las piernas e intento, de manera desesperada, volver a moverlas. Algo ha cambiado, tengo sensibilidad. Igual todavía tengo alguna oportunidad.


—Te voy a contar lo que tenemos pensado —dice la mujer, mientras su hijo suelta su risita nerviosa—. Es bueno que sintáis la adrenalina en el cuerpo, porque así os puedo… manejar después mejor.

—¡Estáis locos! —grito recordando que no debo de moverme nada, para que no noten que empiezo a despertar—. ¡Dejadnos ir! Prometemos que no diremos nada, que os dejaremos seguir con vuestras vidas. Por favor, por mi hijo, os lo ruego…

—¡Sí! Embarazada… dos en uno… Vamos a comenzar…Alberto, por favor. Haz los honores.

—Encantado, madre —dice entre risita y risita. 


Aprieta un botón y se abre la pared que tengo frente a mí, provocando que el olor sea aún más inmundo.


—¡Pero qué demonios…! —comienzo a sudar, a pesar del intenso frío y creo que el corazón se me va a salir por la boca —¡Dejadme salir!


No puedo parar de gritar. Mi terror está totalmente desatado.


Observo tarros de cristal con sustancias de distintos colores. Veo figuras que son como maniquís de todos los tipos y situaciones: unos están sentados alrededor de una cocinita de tamaño real, otros atienden en una frutería, mientras algunos maniquís compran fruta o verdura. Otros están dentro de una casita, como la de Pin y Pon, pero en grande.


No me da tiempo a fijarme en más cosas porque la mujer se pone frente a mí. 


—Verás que hay todo tipo de edades, razas, sexos… Pero me faltaban dos para completar mi colección. Una niña de trece años rubia, y una mujer embarazada.

—Son muñecos… —pienso en voz alta. Los miro a ellos —Y vosotros dos, vais vestidos de muñecos, también. ¡Estáis locos! —grito espantada.

—Sí, querida. Son mis muñecos —contesta recalcando el “mi”— ¿Te gustan? Siempre quise tener un montón de ellos. Todos los que nunca he tenido. 


Escucho la risita y el llanto histérico y desenfrenado de la chica.


“Dios mío, tenemos que salir de aquí. Tengo que pensar. Tranquilizarme y pensar en algo; pero rápido”


—Y ahora os voy a contar lo que vamos a hacer, para que sintáis un poquito más de miedo —dice la mujer mientras me sonríe—. Todo esto que ves —dice señalando a los maniquís— eran personas; sí, como vosotros.  Pero ahora, son mis muñecos.

—¡No! —grito—. Esto no puede estar pasando. Esto no…

—Ahora tengo que volver a inyectarte un líquido que poco a poco te irá dejando inmovilizada del todo, incluyendo ya la cabeza, los sentidos, el habla... Te mataría antes, pero después de muchas pruebas, me di cuenta de que queda mucho mejor si hago el proceso mientras estás con vida.

—Por favor, dejadme salir —grita llorando Cristina—. No quiero morir, por favor, déjenme…

—Ese líquido —continúa la mujer —es el primer paso para disecarte. Pero no te preocupes. Míralos —dice señalando a “sus muñecos”—, están guapísimos.

—Sí —contesta su hijo —tienes que estar muy orgullosa de tu colección, madre. 


Dejo de escucharla para concentrarme en mi cuerpo, en mis piernas. 


Venga, despertad. Por favor… ¡vamos!”


El hijo comienza a soltarme y noto sus manos en mis gemelos mientras me desabrocha las correas.


¡Sí! ¡Os siento! ¡Vamos!”


Me coge por los brazos para llevarme a una camilla que tiene en medio del sótano donde estamos. 


Aun no tengo suficiente fuerza… ¡Aun no!”


—¡Espera! —digo la mujer tratando de ganar tiempo—. ¿Cómo sabes que esto resultará para el feto? A lo mejor no lo puedes disecar así, a lo mejor …


La mujer se encoge de hombros. 


—No lo sé. Si no se puede, seguiremos con las pruebas —contesta mientras se acerca a mí con una aguja. 


Una, dos y tres…”

Hago fuerza con las caderas y me tiro sobre ella cuando está lo suficientemente cerca. Sé que en el forcejeo me puede clavar esa horrible aguja, pero total, ya tengo todo perdido.

Nos caemos las dos al suelo.

—¡Madre! —grita el chico.

—¿Qué está pasando? —continúa llorando y gritando Cristina. 


Me encuentro encima de ella y la tengo inmovilizada, pero el Nenuco viene a por mí.

Con un movimiento, lo más rápido que mis músculos pueden, la muerdo en la mano que sujeta la inyección. La recojo con los dientes, y con un movimiento de cabeza la clavo en el brazo, empujando el émbolo con la fuerza de mi frente para que entre el líquido. Solo logro que entre la mitad.


—¡No! ¿Qué has hecho? ¡Madre! —grita el hijo, apartándome de un golpe del cuerpo de su madre.

—Mátala —alcanza a decir ella. 


Mientras,  voy reptando por el suelo como puedo, impulsada con la poca fuerza de mis piernas y el breve hormigueo de los dedos de mis manos. Les obligo a sentir, mandando toda la fuerza para serpentear lo más rápido posible. Siento un dolor agudo en mis extremidades por la energía forzada de mis músculos. 


El chico se abalanza sobre mí y estoy segura de que, en el forcejeo, él tiene todas las de ganar. Se sienta sobre mi espalda y comienza a estrangularme.

Siento cómo me ahogo y él aprieta cada vez más fuerte. Mi garganta carraspea, los ojos me escuecen, inyectados de sangre, y me empiezan a pitar los oídos.  Soy consciente de que me estoy muriendo cuando comienzan los espasmos y la orina se deslizaba por mis piernas. 


De pronto el cae sobre mí de forma brusca. 


Ya no siento sus manos sobre mi garganta. Empiezo a toser y a respirar abriendo mucho la boca, como si fuera un pez fuera del agua. Siento como mis pulmones se expanden como dos globos inflándose. 


Intento darme la vuelta para moverle y echarle a un lado, cayendo a mi izquierda. Miro a la derecha y veo a Cristina, que sigue llorando, tirada también en el suelo, con una aguja en la mano.

—He visto cómo te arrastrabas por el suelo y sabía que tenía que hacer lo mismo —me explica.

—Gracias —contesto tosiendo.

Ella me sonríe con el miedo viviendo en sus ojos, seguramente, ya para siempre. 

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —me pregunta.

—Tenemos que esperar a que podamos andar y, después,  llamar a la policía. 


Tras una hora más o menos de espera, bajo la humedad y ese olor repugnante, conseguimos ponernos en pie. 


Salimos por unas escaleras que conducen a una casa enorme, situada en medio del campo. 

No sabemos dónde nos encontramos, y comprobamos que no tenemos los móviles, así que comenzamos a andar, despacio y cansadas, para encontrar la población más cercana.

Me doy la vuelta para ver la fachada de la casa, y me parece observar la imagen de una joven, de unos quince años, vestida de muñeca, tras los visillos de una de las ventanas de la planta de arriba.

“No voy a pararme a comprobar” —pienso, mientras me alejo cojeando de aquel infierno.








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