jueves, 12 de diciembre de 2019

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO





Se me acumulan los garbanzos y no sé dónde esconderlos. Las monjas dicen que sirven para combatir el frío. Por eso, siempre le guardo algo.

Cuando salimos al patio, los chicos de fuera nos gritan que somos hijos de rojos.

Lo único que sé de mis papás es lo que me ha contado la hermana Maria Margarita, que es la monja más joven y no tiene cara de bruja fea, como algunas mayores. Me dice que mi padre luchó como un valiente, pero que nunca volvió de la guerra y a mi madre la enterraron con muchos otros, en algún lugar desconocido.

Así que no sé de qué color eran mis papás, pero cuando los niños normales, los de fuera del cole, nos gritan eso, yo me miro la piel… y me veo como ellos: color carne. Entonces voy a la madre Maria Margarita y le pregunto qué significa eso de que mis padres eran de color rojo.

Ella se acerca a mi oreja y me susurra que las niñas pequeñitas, como yo, somos angelitos del cielo que nuestros papás han regalado al mundo. Siempre me lo dice al oído, porque es un secreto. Las demás monjitas no se pueden enterar de que ella me dice eso, pero a mí no me resuelve la duda, así que siempre me he imaginado a mis padres con la piel de la cara y los brazos de color rojo, como una sandía.

Tomás es un señor mayor —por lo menos tiene treinta y tantos— que vive bajo el techado de un portal, frente al cole. Cuando esos niños normales, los de color carne, nos gritan, él les espanta y después me sonríe y me dice, en voz alta para que pueda escucharle, que ellos no tienen la culpa.


Y tampoco sé a qué se refiere.

Sus mantas no deben de abrigar mucho, porque siempre le veo tiritando. Está muy delgado y tiene un cazo en el que caen las monedas que le tiran los que pasan por su lado.

Un día le pregunté, metiendo mi nariz entre los barrotes de la verja del patio, que para qué quería el dinero. Él se acercó a las rejas y me contestó que tenía hambre y frío y que servía para comer o poder dormir caliente alguna noche. Después me dijo que a mí no me pasaría lo que a él porque tenía un cole donde vivir.

Nunca me había parado a pensar que pudiera haber alguien con más hambre que yo, que rebusco en las papeleras para encontrar cáscaras de naranja y comérmelas. No es que las monjitas no nos den de comer, pero el plato es muy escaso y siempre son las mismas cosas: lentejas con bichos, que también me los como, huevos, gallina… y ahora llevamos unos cuantos días seguidos con ración de garbanzos.

Cuando mis compañeras y yo nos hemos quejado por comer lo mismo tantas veces, las monjitas nos han dicho que lo hacen porque sirven para entrar en calor y que a callar.

Entonces me he acordado de Tomás y se me ha encendido la bombillita: “Si le guardo un poquito de mi ración, podrá comer y dejará de tiritar a la vez; y ya no necesitará, jamás en la vida, pedir dinero con su cazo.”
Lo que hago es que me como la mitad del plato y, de manera disimulada, primero compruebo que ninguna monja ni ninguna niña chivata me están mirando, y después, cucharada a cucharada, vierto el resto al vaso. Dudo si es suficiente, porque no llega ni a la mitad. Nada más comer me voy directa a mi habitación y lo escondo bajo la cama.

Después se lo llevo en el recreo, y él se lo come a la velocidad de la luz, sin respirar; vuelvo a esconder el vaso, ya vacío, para que no me falte en la comida de mañana.

Él se pone muy contento, y me dice lo mismo que la Madre Margarita: que soy un ángel que he venido a ayudarle.

Ahora llevo días sin verle y eso me preocupa bastante, porque he tenido que mentir las monjas tres veces seguidas diciendo que se me había roto el vaso de agua y por eso me han castigado. Me han dicho que tengo que ser cuidadosa con las cosas, pero resulta que los tengo bajo mi cama.

Las mantas de Tomás han estado vacías, esperándole como yo, hasta esta mañana que ha llegado el señor que limpia las calles y las ha recogido.

Le he preguntado si sabía cuándo iba a volver, señalando el sitio donde duerme, y le he pedido que dejara las mantas porque él las iba a necesitar. Pero me ha mirado con cara triste, ha dicho que no con la cabeza, en silencio y encogiendo los hombros, y ha continuado con su trabajo.

¿No? ¿No viene? ¿No está? ¿Ha encontrado un cole donde quedarse a vivir…? ¿No qué?”

Intuyo que algo va mal, pero no sé muy bien qué es.

Antes de que se acabe el recreo vuelvo a mi habitación para comprobar que siguen allí los vasos con su comida.

Me he quedado mirándolos un rato, mientras las tripas reclamaban su contenido.

“Sé que ya no puedo seguir mintiendo a las monjas para guardarle más”—me excuso a mí misma porque sé que no me puedo resistir, mientras cojo los vasos, salivando—. “Al final, me tendré que comer la legumbre.”



























4 comentarios:

  1. Precioso! Lleno de ternura y sensibilidad. No había leído nada tuyo y me ha encantado. Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias Aurora. Espero entonces tenerte por aquí desde ahora.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. ¡Gracias Mariángeles! Me alegro mucho de que te haya gustado.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Elige tu idioma

ADELANTE, PODEIS PASAR...

Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

COMENTA CON FACEBOOK

MUTACIÓN