miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.




El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y volví a girar la cabeza. Contemplé como salía de la clase con un pequeño bastón blanco, con la punta roja, que siempre iba mostrándole el camino a seguir.

Vi como sonreía a su profesora y unos hoyuelos preciosos aparecieron sobre sus carrillos rosados.

Era la niña más bonita que jamás había visto.

Me costó mucho tiempo atreverme a decirle algo, pero llegó el día en el que decidí que no podía esperar un minuto más. Tenía que conocerla.

Me puse la colonia del abuelo y mi madre me regañó, porque  decía que era un perfume de señor mayor; pero el abuelo siempre olía tan bien… que seguro que también le iba a gustar a ella.

—Hoy tengo que llegar un poco antes, mami —la dije mientras cogía mi mochila.

—¿Y eso? No sé si nos va a dar tiempo, cariño.

—Tengo que terminar unos cuantos ejercicios antes de clase.

—¡Ya estamos otra vez! Siempre te digo que tienes que llevar todo ya hecho.

—Lo sé, mami. Pero es que eran muchos y no me ha dado tiempo.

No me gustaba mentirla, pero es que quería estar listo, antes de que pasase ella a su clase, para saludarla y presentarme.

Así que conseguí algo de tiempo. Tiempo que se me hizo eterno porque me sudaban las manos y el corazón me palpitaba con mucha fuerza.

¿Y si no le gusto? ¿Y si no le parezco guapo?” ¡Eso no lo había pensado! ¿Cómo le voy a gustar si no me puede ver? Esto ha sido muy mala idea, esto…

—¡Hola! —me dijo al entrar.

—Hola —contesté, muy serio, sin decir nada más.


Ella sonrió  y yo me iluminé.




—Tú eres Pablo, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí… ¿Cómo sabes…?

Esa sonrisa…”

—Llevamos un año dando clases y aquí todo se escucha. Y en especial tu nombre, porque siempre te están regañando en clase. Yo me llamo…

—Alba. Te llamas Alba.

—¡Sí! ¿Ves cómo todo se escucha?

—Lo que no sé es que vienes a estudiar tú. Siempre veo que estáis leyendo y escribiendo con algo…

—Estoy en clases de apoyo de lengua y leo en Braille.

—¿Braille?

—Sí; es como leemos y escribimos las personas ciegas.

—Ah…

—Bueno, Pablo, creo que ya está mi profesora. Tengo que pasar a clase.

—Esto… y… ¿Cómo puedes saber que está, si no la ves?

—Por todo lo demás.

—Ah…

La verdad que no entendí muy bien lo que quería decir. Me quedé pasmado viendo cómo se sentaba con cuidado y delicadeza en su silla.

No la dejes escapar, estúpido”
—¡Alba!

—¿Sí? —contestó dándose la vuelta.

—¿Quieres que nos veamos el miércoles que viene, antes de entrar?

—¡Claro! Me encantaría.


Esa semana para mí fue con un viaje maravilloso a las nubes. El corazón lo tenía siempre a mil. Pensaba en su sonrisa y miles de mariposas me oprimían el estómago. Tanto que a veces resultaba hasta angustioso.

Nos veíamos así todas las semanas. Más tarde, empezamos a quedar los viernes, después de clase. No vivíamos muy lejos, así que, de vez en cuando, ella venía a casa a merendar o, al contrario.

No nos habíamos dicho nada, pero éramos novios.

Lo peor vino cuando se acabó el curso. Mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos, y yo no podía imaginarme tan lejos de ella durante dos meses.

Los amores preadolescentes pueden llegar a ser tan intensos…

—Te llamaré todos los días —le prometí.

—Vale. Si quieres quedamos a las cinco para hablar por teléfono.

—Sí. Y te escribiré una carta por semana —dije con toda mi buena intención.

—¡Para eso tendrías que aprender Braille! —contestó riéndose.

—No había pensado en eso. ¡Enséñame!

—¿Estás loco? ¡No hay tiempo! Se tarda mucho en aprender, porque aparte de un abecedario, también se interpretan ideas…. No puedo en una semana…

—Dime por lo menos, como escribir te quiero —pedí sonrojándome.

Abrió su cartera y cogió papel, un punzón y una regleta, y escribió en relieve:





Y todos los días, a las cinco de la tarde, mi madre me daba unas monedas para ir a llamar desde la cabina del pueblo.

Y todas las semanas, desde un pequeño pueblo extremeño, viajaba hasta Madrid un papel en cuyo centro había un valioso mensaje, escrito de varias formas:

































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