LA VIEJA RADIO






Conchi se levantaba todas las mañanas a eso de las ocho, sin que le hiciera falta el despertador. Lo hacía despacio, mientras sentía cómo crujían todos los huesos de su cuerpo.

—Voy a encender la radio —hablaba en voz alta.

Eran tantas las horas que pasaba en la soledad de su decrepitud, que ya no la hacía falta hablar con la mente. Todo lo decía en alto, y le daba igual lo que opinaran sus vecinos.

—Eso es —decía mientras le daba al botón, con su dedo tembloroso y artrítico—. Esta radio cada vez suena peor. Tendré que llevarla a que la miren. Si estuvieras aquí, Julián, ya la habrías llevado. No me regañes —pedía mirando al aire.

Se puso la bata despacio, cogió el pequeño transistor negro, y se dirigió hacia la cocina con paso lento, arrastrando las zapatillas por el parqué crujiente de aquel viejo piso. La puso al lado de la ventana donde sabía que sintonizaba bien el canal si alargaba la antena. A pesar de eso, cada vez se perdía con más frecuencia su señal.

—Ya están otra vez con la política. Paparruchas, eso que dicen…

Conchi tenía siempre una conversación mañanera con los locutores mientras se preparaba un descafeinado con leche.

—Este aguachirri me va a matar más que el café —protestaba mientras se lo bebía, mojando una magdalena—. Pero las magdalenas no hay médico que pueda quitármelas —decía con la boca llena.

Sintió la puerta abrirse.

—Hola, mamá —saludó su hija Inés.
—Hola, hija —dijo tragando de golpe el trozo de bollo que tenía en la boca—. ¡Qué pronto has llegado!
—¿No te acuerdas? Te dije que hoy vendría antes. Tengo que llevar a Ignacio a la excursión a las ocho y media.

—No tenías que haberte molestado en venir, hija.


Inés miró de reojo la cocina, e hizo un mohín de disgusto.

—Eres una cabezota, mamá. ¡Cuántas veces te he dicho que no te prepares el café sola! Cualquier día te encuentro aquí diciéndome que te has quemado.
—Paparruchas —dijo con tono de enfado —Que no estoy todavía muerta. Me queréis matar vosotros con eso de no hacer nada. No café, no dulces, no fumar… Qué más me queda en la vida si no puedo al menos hacer las cosas por mí misma, a ver…
—Bueno. Tú verás —la cortó—. Te he traído la compra que hice ayer.

La radio, de pronto, se subió sola, y el ruido de una interferencia les provocó un pitido en los oídos.

—Este cacharro está ya para tirar, mamá. Suena fatal —afirmó Inés.
—La radio ni tocarla, ¿eh? Fue la que…
—Sí, sí. ¡Ya lo sé! La que te regaló papá hace cuarenta años —contestó Inés con paciencia.
—Ya no hacen cosas así…
—Eso desde luego, pero cualquier día te quedas sin poder escucharla, con lo que te gusta…
—No te metas en mis cosas. Ya encontraré a alguien que me la arregle.
—Bueno, venga. Dame un beso que me voy corriendo. Mañana vuelvo. Cualquier cosa ya sabes, hoy llamas a tu hijo.
—Vale cariño. Ale, pasa un buen día.

Cuando Inés se fue, Conchi se terminó el cuarto de la magdalena que había escondido en el bolsillo de su bata y siguió conversando con el locutor de la radio. Estaban gastando bromas telefónicas y ella no paraba de reírse.

—A ver si algún día me llamáis a mí. Veréis como os devuelvo la guasa —decía a la radio entre carcajadas— porque a mi Julián, no le ganaba nadie a bromista.

La mañana siguiente no fue como todas. Algo la despertó antes de tiempo. Se dirigió hacia su radio, pero no la encontró.

Frunció el ceño. Una música clásica estaba sonando desde la cocina.

—Hola, mamá —saludó Inés sonriendo de oreja a oreja.
—Hola —contestó arisca Conchi, mientras buscaba con la mirada.

Inés sonreía satisfecha.

—¿Qué leches es eso? —preguntó señalando un aparato gris, pequeño.
—Quería darte una sorpresa, mamá. Te he comprado una radio nueva. Es mucho mejor, no tienes que sintonizar con la rueda. Te he grabado tus programas favoritos y solo tienes que dar al botón para…


Conchi hizo un sonido gutural de disgusto.

—¿Dónde está mi radio?
—La he llevado en un momento a reciclar, mamá. Pero esta, mira… es mucho mejor y…
—¿Qué has hecho qué? Pero ¿Con qué derecho tocas mis cosas?

Conchi se fue hacia el salón que estaba aun a oscuras y se tiró al sofá, fatigada.

—Mamá, ¿estás bien?
—¡Como voy a estar bien si te has deshecho de la única cosa que me quedaba de tu padre! —dijo llevándose la mano al pecho, que sentía agitado.
—A ver mamá, quieres calmarte por favor. Yo pensé que te iba a gustar…

Conchi se levantó, cogió la radio y se la tendió a su hija.

—Vete de aquí —ordenó apretando fuerte el puño.
—No me parece nada bien esto que estas haciendo, mamá —dijo Inés enfadada.
—Es que cuánto más vieja, más pelleja —contestó chula Conchi mientras la abría la puerta—. ¡Largo!

Inés salió por la puerta con la cara descompuesta y Conchi cerró de un portazo y se sacudió la mano para aflojar sus huesos agarrotados

Fue a su habitación y se metió en la cama.

Miró a la tele que tenía en frente.

—Tú no me gustas —dijo dirigiéndose a la televisión con gesto de asco.

A lo largo del día le sonó el teléfono varias veces, pero no le apetecía hablar con nadie.

—Serán los memos de mis hijos, que no me dejan en paz… Sí, sí. Ya sé que me he vuelto una vieja cascarrabias —decía al aire— pero no me regañes, Julián.

En el fondo sabía que Inés lo había hecho con toda su buena intención, pero no se daba cuenta lo que significaba aquella radio para ella. Eran los rescoldos de una felicidad extinguida, las noches de conversación con su marido y la sintonía de fondo, sus niños pequeños levantándose por la mañana, mientras ella les preparaba el desayuno escuchando las noticias, las tareas domésticas amenizadas con su locutor favorito.

Tirarla había sido como si  destruyeran un trozo de su vida y la mandaran a la basura.

Además, sentía miedo de que, si ya no le quedaba nada de él, detrás fuera ella.

Pensando en eso y en que tenía que hablar con Inés, se quedó traspuesta con pesadillas toda la noche.

—¡Abuela! —escuchó entre sueños —¡Abuela, despierta!

Conchi abrió los ojos y encontró a su nieto adolescente a su lado, con su frente llena de granos y unos ojos verdes enormes que llevaba ella puestos en su juventud.

—Pero, Pablo… Qué haces tú aquí, ¿no tendrías que estar en el instituto?
—No pasa nada, abuela. Te hemos traído una sorpresa.

Conchi se desperezó.

—Dios mío, me duelen todos los huesos. Tengo que recordar no pasar tantas horas en la cama.

Pablo la ayudó a levantarse y ella cogió la cara de su nieto entre sus manos añosas y lo infló a besos.

—Vamos a la cocina, abuela —dijo Pablo. 

—Hola, mamá —saludó Inés mientras llenaba la taza favorita de su madre de descafeinado.
—Hija, qué bien verte por aquí. No hagas caso a esta vieja, que ya sabes el genio que tengo.
—Siempre lo has tenido mamá, pero cada vez más —dijo Inés, dándola un beso—  y ya sabes que te quiero y de eso de vales, brujilla.
—A ver, dame esa radio que me compraste hija.

Pablo le tendió una caja.

—Ábrelo, abuela —pidió sonriendo.

Con sus huesos torpes comenzó a desempaquetar el regalo.

—No hacía falta envolverlo. Si ya sé lo que…

A Conchi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi radio —susurró.

Cogió aquel aparato negro y lo estrujó junto a su corazón.

—Mi radio… —miró a su hija emocionada.

Inés tragó el nudo de la garganta para poder hablar.

—Al salir de aquí me fui corriendo al punto limpio. Aún no se habían deshecho de ella. Tardamos en encontrarla, pero estaba, gracias a Dios…
—Y por la tarde yo la desmonté, abuela. Te la he reparado. He ajustado el transformador del audio y unas cosas más y además…

Conchi encendió su radio.

—Se escucha de maravilla —afirmó.
—Esta por lo menos te dura diez años más —dijo su nieto ilusionado.
—Entonces, me sobrevivirá a mí y será toda tuya —dijo divertida.
—Pues me la quedaré siempre, como has hecho tú, abuela.
—Venid aquí los dos —pidió mientras intentaba estirar sus flacos brazos para poder abrazarlos.
—Perdóname, mamá. No te volveré a tratar como a una niña. Lo prometo —dijo Inés.
—No, hija. Lo hiciste con la mejor intención. Perdona tú a esta vieja que no sabe más que protestar, ¡si es que no sé cómo me aguantáis tanto...! Sí, sí —dijo mirando al aire —ya sé que ella tenía razón. No me regañes, Julián.



Comentarios

  1. Hermoso, una historia que narra perfectamente el cariño que se deposita en esos objetos que forman parte de nuestra vida.

    ResponderEliminar
  2. Hermoso relato.
    Entiendo a Conchi perfectamente, no puedo concebir día a día en casa sin radio

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

NARRACIÓN DE NAVE LLAMANDO A TIERRA.

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO

EL MONSTRUO DE LA CASA