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Mostrando entradas de diciembre, 2019

LA VIEJA RADIO

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Conchi se levantaba todas las mañanas a eso de las ocho, sin que le hiciera falta el despertador. Lo hacía despacio, mientras sentía cómo crujían todos los huesos de su cuerpo.

—Voy a encender la radio —hablaba en voz alta.

Eran tantas las horas que pasaba en la soledad de su decrepitud, que ya no la hacía falta hablar con la mente. Todo lo decía en alto, y le daba igual lo que opinaran sus vecinos.

—Eso es —decía mientras le daba al botón, con su dedo tembloroso y artrítico—. Esta radio cada vez suena peor. Tendré que llevarla a que la miren. Si estuvieras aquí, Julián, ya la habrías llevado. No me regañes —pedía mirando al aire.

Se puso la bata despacio, cogió el pequeño transistor negro, y se dirigió hacia la cocina con paso lento, arrastrando las zapatillas por el parqué crujiente de aquel viejo piso. La puso al lado de la ventana donde sabía que sintonizaba bien el canal si alargaba la antena. A pesar de eso, cada vez se perdía con más frecuencia su señal.

—Ya están otra vez con l…

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO

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Se me acumulan los garbanzos y no sé dónde esconderlos. Las monjas dicen que sirven para combatir el frío. Por eso, siempre le guardo algo.

Cuando salimos al patio, los chicos de fuera nos gritan que somos hijos de rojos.

Lo único que sé de mis papás es lo que me ha contado la hermana Maria Margarita, que es la monja más joven y no tiene cara de bruja fea, como algunas mayores. Me dice que mi padre luchó como un valiente, pero que nunca volvió de la guerra y a mi madre la enterraron con muchos otros, en algún lugar desconocido.

Así que no sé de qué color eran mis papás, pero cuando los niños normales, los de fuera del cole, nos gritan eso, yo me miro la piel… y me veo como ellos: color carne. Entonces voy a la madre Maria Margarita y le pregunto qué significa eso de que mis padres eran de color rojo.

Ella se acerca a mi oreja y me susurra que las niñas pequeñitas, como yo, somos angelitos del cielo que nuestros papás han regalado al mundo. Siempre me lo dice al oído, porque es un secre…

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.

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El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y v…