viernes, 27 de diciembre de 2019

LA VIEJA RADIO






Conchi se levantaba todas las mañanas a eso de las ocho, sin que le hiciera falta el despertador. Lo hacía despacio, mientras sentía cómo crujían todos los huesos de su cuerpo.

—Voy a encender la radio —hablaba en voz alta.

Eran tantas las horas que pasaba en la soledad de su decrepitud, que ya no la hacía falta hablar con la mente. Todo lo decía en alto, y le daba igual lo que opinaran sus vecinos.

—Eso es —decía mientras le daba al botón, con su dedo tembloroso y artrítico—. Esta radio cada vez suena peor. Tendré que llevarla a que la miren. Si estuvieras aquí, Julián, ya la habrías llevado. No me regañes —pedía mirando al aire.

Se puso la bata despacio, cogió el pequeño transistor negro, y se dirigió hacia la cocina con paso lento, arrastrando las zapatillas por el parqué crujiente de aquel viejo piso. La puso al lado de la ventana donde sabía que sintonizaba bien el canal si alargaba la antena. A pesar de eso, cada vez se perdía con más frecuencia su señal.

—Ya están otra vez con la política. Paparruchas, eso que dicen…

Conchi tenía siempre una conversación mañanera con los locutores mientras se preparaba un descafeinado con leche.

—Este aguachirri me va a matar más que el café —protestaba mientras se lo bebía, mojando una magdalena—. Pero las magdalenas no hay médico que pueda quitármelas —decía con la boca llena.

Sintió la puerta abrirse.

—Hola, mamá —saludó su hija Inés.
—Hola, hija —dijo tragando de golpe el trozo de bollo que tenía en la boca—. ¡Qué pronto has llegado!
—¿No te acuerdas? Te dije que hoy vendría antes. Tengo que llevar a Ignacio a la excursión a las ocho y media.

—No tenías que haberte molestado en venir, hija.


Inés miró de reojo la cocina, e hizo un mohín de disgusto.

—Eres una cabezota, mamá. ¡Cuántas veces te he dicho que no te prepares el café sola! Cualquier día te encuentro aquí diciéndome que te has quemado.
—Paparruchas —dijo con tono de enfado —Que no estoy todavía muerta. Me queréis matar vosotros con eso de no hacer nada. No café, no dulces, no fumar… Qué más me queda en la vida si no puedo al menos hacer las cosas por mí misma, a ver…
—Bueno. Tú verás —la cortó—. Te he traído la compra que hice ayer.

La radio, de pronto, se subió sola, y el ruido de una interferencia les provocó un pitido en los oídos.

—Este cacharro está ya para tirar, mamá. Suena fatal —afirmó Inés.
—La radio ni tocarla, ¿eh? Fue la que…
—Sí, sí. ¡Ya lo sé! La que te regaló papá hace cuarenta años —contestó Inés con paciencia.
—Ya no hacen cosas así…
—Eso desde luego, pero cualquier día te quedas sin poder escucharla, con lo que te gusta…
—No te metas en mis cosas. Ya encontraré a alguien que me la arregle.
—Bueno, venga. Dame un beso que me voy corriendo. Mañana vuelvo. Cualquier cosa ya sabes, hoy llamas a tu hijo.
—Vale cariño. Ale, pasa un buen día.

Cuando Inés se fue, Conchi se terminó el cuarto de la magdalena que había escondido en el bolsillo de su bata y siguió conversando con el locutor de la radio. Estaban gastando bromas telefónicas y ella no paraba de reírse.

—A ver si algún día me llamáis a mí. Veréis como os devuelvo la guasa —decía a la radio entre carcajadas— porque a mi Julián, no le ganaba nadie a bromista.

La mañana siguiente no fue como todas. Algo la despertó antes de tiempo. Se dirigió hacia su radio, pero no la encontró.

Frunció el ceño. Una música clásica estaba sonando desde la cocina.

—Hola, mamá —saludó Inés sonriendo de oreja a oreja.
—Hola —contestó arisca Conchi, mientras buscaba con la mirada.

Inés sonreía satisfecha.

—¿Qué leches es eso? —preguntó señalando un aparato gris, pequeño.
—Quería darte una sorpresa, mamá. Te he comprado una radio nueva. Es mucho mejor, no tienes que sintonizar con la rueda. Te he grabado tus programas favoritos y solo tienes que dar al botón para…


Conchi hizo un sonido gutural de disgusto.

—¿Dónde está mi radio?
—La he llevado en un momento a reciclar, mamá. Pero esta, mira… es mucho mejor y…
—¿Qué has hecho qué? Pero ¿Con qué derecho tocas mis cosas?

Conchi se fue hacia el salón que estaba aun a oscuras y se tiró al sofá, fatigada.

—Mamá, ¿estás bien?
—¡Como voy a estar bien si te has deshecho de la única cosa que me quedaba de tu padre! —dijo llevándose la mano al pecho, que sentía agitado.
—A ver mamá, quieres calmarte por favor. Yo pensé que te iba a gustar…

Conchi se levantó, cogió la radio y se la tendió a su hija.

—Vete de aquí —ordenó apretando fuerte el puño.
—No me parece nada bien esto que estas haciendo, mamá —dijo Inés enfadada.
—Es que cuánto más vieja, más pelleja —contestó chula Conchi mientras la abría la puerta—. ¡Largo!

Inés salió por la puerta con la cara descompuesta y Conchi cerró de un portazo y se sacudió la mano para aflojar sus huesos agarrotados

Fue a su habitación y se metió en la cama.

Miró a la tele que tenía en frente.

—Tú no me gustas —dijo dirigiéndose a la televisión con gesto de asco.

A lo largo del día le sonó el teléfono varias veces, pero no le apetecía hablar con nadie.

—Serán los memos de mis hijos, que no me dejan en paz… Sí, sí. Ya sé que me he vuelto una vieja cascarrabias —decía al aire— pero no me regañes, Julián.

En el fondo sabía que Inés lo había hecho con toda su buena intención, pero no se daba cuenta lo que significaba aquella radio para ella. Eran los rescoldos de una felicidad extinguida, las noches de conversación con su marido y la sintonía de fondo, sus niños pequeños levantándose por la mañana, mientras ella les preparaba el desayuno escuchando las noticias, las tareas domésticas amenizadas con su locutor favorito.

Tirarla había sido como si  destruyeran un trozo de su vida y la mandaran a la basura.

Además, sentía miedo de que, si ya no le quedaba nada de él, detrás fuera ella.

Pensando en eso y en que tenía que hablar con Inés, se quedó traspuesta con pesadillas toda la noche.

—¡Abuela! —escuchó entre sueños —¡Abuela, despierta!

Conchi abrió los ojos y encontró a su nieto adolescente a su lado, con su frente llena de granos y unos ojos verdes enormes que llevaba ella puestos en su juventud.

—Pero, Pablo… Qué haces tú aquí, ¿no tendrías que estar en el instituto?
—No pasa nada, abuela. Te hemos traído una sorpresa.

Conchi se desperezó.

—Dios mío, me duelen todos los huesos. Tengo que recordar no pasar tantas horas en la cama.

Pablo la ayudó a levantarse y ella cogió la cara de su nieto entre sus manos añosas y lo infló a besos.

—Vamos a la cocina, abuela —dijo Pablo. 

—Hola, mamá —saludó Inés mientras llenaba la taza favorita de su madre de descafeinado.
—Hija, qué bien verte por aquí. No hagas caso a esta vieja, que ya sabes el genio que tengo.
—Siempre lo has tenido mamá, pero cada vez más —dijo Inés, dándola un beso—  y ya sabes que te quiero y de eso de vales, brujilla.
—A ver, dame esa radio que me compraste hija.

Pablo le tendió una caja.

—Ábrelo, abuela —pidió sonriendo.

Con sus huesos torpes comenzó a desempaquetar el regalo.

—No hacía falta envolverlo. Si ya sé lo que…

A Conchi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi radio —susurró.

Cogió aquel aparato negro y lo estrujó junto a su corazón.

—Mi radio… —miró a su hija emocionada.

Inés tragó el nudo de la garganta para poder hablar.

—Al salir de aquí me fui corriendo al punto limpio. Aún no se habían deshecho de ella. Tardamos en encontrarla, pero estaba, gracias a Dios…
—Y por la tarde yo la desmonté, abuela. Te la he reparado. He ajustado el transformador del audio y unas cosas más y además…

Conchi encendió su radio.

—Se escucha de maravilla —afirmó.
—Esta por lo menos te dura diez años más —dijo su nieto ilusionado.
—Entonces, me sobrevivirá a mí y será toda tuya —dijo divertida.
—Pues me la quedaré siempre, como has hecho tú, abuela.
—Venid aquí los dos —pidió mientras intentaba estirar sus flacos brazos para poder abrazarlos.
—Perdóname, mamá. No te volveré a tratar como a una niña. Lo prometo —dijo Inés.
—No, hija. Lo hiciste con la mejor intención. Perdona tú a esta vieja que no sabe más que protestar, ¡si es que no sé cómo me aguantáis tanto...! Sí, sí —dijo mirando al aire —ya sé que ella tenía razón. No me regañes, Julián.



jueves, 12 de diciembre de 2019

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO





Se me acumulan los garbanzos y no sé dónde esconderlos. Las monjas dicen que sirven para combatir el frío. Por eso, siempre le guardo algo.

Cuando salimos al patio, los chicos de fuera nos gritan que somos hijos de rojos.

Lo único que sé de mis papás es lo que me ha contado la hermana Maria Margarita, que es la monja más joven y no tiene cara de bruja fea, como algunas mayores. Me dice que mi padre luchó como un valiente, pero que nunca volvió de la guerra y a mi madre la enterraron con muchos otros, en algún lugar desconocido.

Así que no sé de qué color eran mis papás, pero cuando los niños normales, los de fuera del cole, nos gritan eso, yo me miro la piel… y me veo como ellos: color carne. Entonces voy a la madre Maria Margarita y le pregunto qué significa eso de que mis padres eran de color rojo.

Ella se acerca a mi oreja y me susurra que las niñas pequeñitas, como yo, somos angelitos del cielo que nuestros papás han regalado al mundo. Siempre me lo dice al oído, porque es un secreto. Las demás monjitas no se pueden enterar de que ella me dice eso, pero a mí no me resuelve la duda, así que siempre me he imaginado a mis padres con la piel de la cara y los brazos de color rojo, como una sandía.

Tomás es un señor mayor —por lo menos tiene treinta y tantos— que vive bajo el techado de un portal, frente al cole. Cuando esos niños normales, los de color carne, nos gritan, él les espanta y después me sonríe y me dice, en voz alta para que pueda escucharle, que ellos no tienen la culpa.


Y tampoco sé a qué se refiere.

Sus mantas no deben de abrigar mucho, porque siempre le veo tiritando. Está muy delgado y tiene un cazo en el que caen las monedas que le tiran los que pasan por su lado.

Un día le pregunté, metiendo mi nariz entre los barrotes de la verja del patio, que para qué quería el dinero. Él se acercó a las rejas y me contestó que tenía hambre y frío y que servía para comer o poder dormir caliente alguna noche. Después me dijo que a mí no me pasaría lo que a él porque tenía un cole donde vivir.

Nunca me había parado a pensar que pudiera haber alguien con más hambre que yo, que rebusco en las papeleras para encontrar cáscaras de naranja y comérmelas. No es que las monjitas no nos den de comer, pero el plato es muy escaso y siempre son las mismas cosas: lentejas con bichos, que también me los como, huevos, gallina… y ahora llevamos unos cuantos días seguidos con ración de garbanzos.

Cuando mis compañeras y yo nos hemos quejado por comer lo mismo tantas veces, las monjitas nos han dicho que lo hacen porque sirven para entrar en calor y que a callar.

Entonces me he acordado de Tomás y se me ha encendido la bombillita: “Si le guardo un poquito de mi ración, podrá comer y dejará de tiritar a la vez; y ya no necesitará, jamás en la vida, pedir dinero con su cazo.”
Lo que hago es que me como la mitad del plato y, de manera disimulada, primero compruebo que ninguna monja ni ninguna niña chivata me están mirando, y después, cucharada a cucharada, vierto el resto al vaso. Dudo si es suficiente, porque no llega ni a la mitad. Nada más comer me voy directa a mi habitación y lo escondo bajo la cama.

Después se lo llevo en el recreo, y él se lo come a la velocidad de la luz, sin respirar; vuelvo a esconder el vaso, ya vacío, para que no me falte en la comida de mañana.

Él se pone muy contento, y me dice lo mismo que la Madre Margarita: que soy un ángel que he venido a ayudarle.

Ahora llevo días sin verle y eso me preocupa bastante, porque he tenido que mentir las monjas tres veces seguidas diciendo que se me había roto el vaso de agua y por eso me han castigado. Me han dicho que tengo que ser cuidadosa con las cosas, pero resulta que los tengo bajo mi cama.

Las mantas de Tomás han estado vacías, esperándole como yo, hasta esta mañana que ha llegado el señor que limpia las calles y las ha recogido.

Le he preguntado si sabía cuándo iba a volver, señalando el sitio donde duerme, y le he pedido que dejara las mantas porque él las iba a necesitar. Pero me ha mirado con cara triste, ha dicho que no con la cabeza, en silencio y encogiendo los hombros, y ha continuado con su trabajo.

¿No? ¿No viene? ¿No está? ¿Ha encontrado un cole donde quedarse a vivir…? ¿No qué?”

Intuyo que algo va mal, pero no sé muy bien qué es.

Antes de que se acabe el recreo vuelvo a mi habitación para comprobar que siguen allí los vasos con su comida.

Me he quedado mirándolos un rato, mientras las tripas reclamaban su contenido.

“Sé que ya no puedo seguir mintiendo a las monjas para guardarle más”—me excuso a mí misma porque sé que no me puedo resistir, mientras cojo los vasos, salivando—. “Al final, me tendré que comer la legumbre.”



























miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.




El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y volví a girar la cabeza. Contemplé como salía de la clase con un pequeño bastón blanco, con la punta roja, que siempre iba mostrándole el camino a seguir.

Vi como sonreía a su profesora y unos hoyuelos preciosos aparecieron sobre sus carrillos rosados.

Era la niña más bonita que jamás había visto.

Me costó mucho tiempo atreverme a decirle algo, pero llegó el día en el que decidí que no podía esperar un minuto más. Tenía que conocerla.

Me puse la colonia del abuelo y mi madre me regañó, porque  decía que era un perfume de señor mayor; pero el abuelo siempre olía tan bien… que seguro que también le iba a gustar a ella.

—Hoy tengo que llegar un poco antes, mami —la dije mientras cogía mi mochila.

—¿Y eso? No sé si nos va a dar tiempo, cariño.

—Tengo que terminar unos cuantos ejercicios antes de clase.

—¡Ya estamos otra vez! Siempre te digo que tienes que llevar todo ya hecho.

—Lo sé, mami. Pero es que eran muchos y no me ha dado tiempo.

No me gustaba mentirla, pero es que quería estar listo, antes de que pasase ella a su clase, para saludarla y presentarme.

Así que conseguí algo de tiempo. Tiempo que se me hizo eterno porque me sudaban las manos y el corazón me palpitaba con mucha fuerza.

¿Y si no le gusto? ¿Y si no le parezco guapo?” ¡Eso no lo había pensado! ¿Cómo le voy a gustar si no me puede ver? Esto ha sido muy mala idea, esto…

—¡Hola! —me dijo al entrar.

—Hola —contesté, muy serio, sin decir nada más.


Ella sonrió  y yo me iluminé.




—Tú eres Pablo, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí… ¿Cómo sabes…?

Esa sonrisa…”

—Llevamos un año dando clases y aquí todo se escucha. Y en especial tu nombre, porque siempre te están regañando en clase. Yo me llamo…

—Alba. Te llamas Alba.

—¡Sí! ¿Ves cómo todo se escucha?

—Lo que no sé es que vienes a estudiar tú. Siempre veo que estáis leyendo y escribiendo con algo…

—Estoy en clases de apoyo de lengua y leo en Braille.

—¿Braille?

—Sí; es como leemos y escribimos las personas ciegas.

—Ah…

—Bueno, Pablo, creo que ya está mi profesora. Tengo que pasar a clase.

—Esto… y… ¿Cómo puedes saber que está, si no la ves?

—Por todo lo demás.

—Ah…

La verdad que no entendí muy bien lo que quería decir. Me quedé pasmado viendo cómo se sentaba con cuidado y delicadeza en su silla.

No la dejes escapar, estúpido”
—¡Alba!

—¿Sí? —contestó dándose la vuelta.

—¿Quieres que nos veamos el miércoles que viene, antes de entrar?

—¡Claro! Me encantaría.


Esa semana para mí fue con un viaje maravilloso a las nubes. El corazón lo tenía siempre a mil. Pensaba en su sonrisa y miles de mariposas me oprimían el estómago. Tanto que a veces resultaba hasta angustioso.

Nos veíamos así todas las semanas. Más tarde, empezamos a quedar los viernes, después de clase. No vivíamos muy lejos, así que, de vez en cuando, ella venía a casa a merendar o, al contrario.

No nos habíamos dicho nada, pero éramos novios.

Lo peor vino cuando se acabó el curso. Mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos, y yo no podía imaginarme tan lejos de ella durante dos meses.

Los amores preadolescentes pueden llegar a ser tan intensos…

—Te llamaré todos los días —le prometí.

—Vale. Si quieres quedamos a las cinco para hablar por teléfono.

—Sí. Y te escribiré una carta por semana —dije con toda mi buena intención.

—¡Para eso tendrías que aprender Braille! —contestó riéndose.

—No había pensado en eso. ¡Enséñame!

—¿Estás loco? ¡No hay tiempo! Se tarda mucho en aprender, porque aparte de un abecedario, también se interpretan ideas…. No puedo en una semana…

—Dime por lo menos, como escribir te quiero —pedí sonrojándome.

Abrió su cartera y cogió papel, un punzón y una regleta, y escribió en relieve:





Y todos los días, a las cinco de la tarde, mi madre me daba unas monedas para ir a llamar desde la cabina del pueblo.

Y todas las semanas, desde un pequeño pueblo extremeño, viajaba hasta Madrid un papel en cuyo centro había un valioso mensaje, escrito de varias formas:

































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