jueves, 7 de noviembre de 2019

AMORES CIEGOS




—Mamá, ¿cómo os conocisteis papá y tú? —me preguntó Mara—. Vamos, no es por nada, pero… quiero decir, no pertenecíais al mismo grupo, ¿no?
—Nos conocimos por internet, hija —respondí.
—¡Por internet! ¡Madre mía, que modernitos!
—Si, pero el internet de antes no es como el de ahora. Antes no nos podíamos ver las caras, solo charlábamos en los chats.
—¿Y no teníais más… contacto?

—¡No! —sonreí escandalizada—. Solo hablábamos. Ahora podéis tener experiencias sensoriales a través de vuestras pantallas transparentes; pero antes, eso estaba muy lejos de nosotros. Aunque ¿sabes? Eso lo hacía más emocionante. Recuerdo perfectamente el primer día que nos encontramos…


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«Estoy hecha un manojo de nervios, no lo puedo evitar. No sé qué dirá él al verme» pensaba mientras me vestía.
—Vamos, Laura, que llegas tarde a tu cita —dijo mi compañera de piso, risueña.
—Calla, tonta… ¿Estoy bien así? —pregunté poniéndome frente a Mica.
—Te falta un poco de carmín en los labios, espera —empezó a rebuscar en su bolso y sacó un pintalabios—. Así está mejor —dijo una vez que me los había pintado.
—¿Qué color me has puesto?
—¡Rojo pasión! Es lo que pega hoy, ¿no? —se fue hacia su habitación riéndose.
—¡Ay, Mica! ¡Me estás poniendo tú mas nerviosa de lo que estoy!
—Venga, mujer. Si ya habéis hablado muchas veces... Me acuerdo del día en el que empezamos con la coña a escribir lo que tú me decías. Y mira ahora.
—Pero ¿no crees que saldrá corriendo?
—¡Pero tú te has visto! ¡Uy, perdón! —soltó una risita.
—Qué graciosilla.
—Pensándolo bien, esto sí que va a ser una cita a ciegas —empezó reír a carcajadas y yo no pude evitar seguirla. Me senté a su lado, en su cama, llorando de la risa, y así estuvimos hasta que se nos pasó el ataque.


Llamaron al timbre.

—¡Ahí está! Mica, ¿voy bien peinada, estoy…? —pregunté nerviosa.
—¡Quieres tranquilizarte! Ya le abro yo…
—¡No!... Si, vale. Pero dile que ya bajo —me puse el abrigo y las gafas de sol, y con mi bastón comencé a andar hacia el ascensor.
—Pasadlo bien, par de tortolitos —se despidió Mica.

—Hola, Samuel —saludé tímida al abrir la puerta del portal.
—¡Hola, Laura! —se acercó a darme dos besos.

Se hizo un silencio incómodo.

—Bueno, por fin nos conocemos —dijo él para romper el hielo.
—Si, por fin… Oye una cosa, si no estás a gusto…
—¿Necesitas que te ayude? —preguntó al ir andando por la calle.
—No, gracias. Puedo caminar sola. Para eso tengo a mi amigo Sebas —dije sonriendo.
—¿A quién? —preguntó extrañado
—¡Al bastón!

Samuel se echó a reír.

—¡Es verdad! Ya no me acordaba que le pones nombre a todo. Oye, he reservado en un sitio para cenar, espero que te apetezca. Si no, podemos hacer otra cosa.
—No, no. Está bien, siempre que esté rico —sonreí.
—Pues sube al coche —dijo abriéndome la puerta —que te llevo. Te va a encantar.
                      
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—Recuerdo que cenamos estupendamente, no paramos de reír en toda la noche. Por fin se había roto el bloqueo de nuestro primer encuentro y las bromas surgían como cuando hablábamos por teléfono. Fue una noche fantástica.
—¿Y él no dijo nada sobre tu ceguera? —preguntó mi hija.
—No, ni una palabra. Ya se lo había dicho; pero claro, una cosa es saberlo y otra cosa es verlo.
—Es lo mismo, mamá —aseguró Mara.
—Bueno, sí, pero yo estaba tan nerviosa…
—Cuéntame más, ¿cómo termino esa noche?
—Pues fue inolvidable…


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—Estás preciosa —dijo Samuel al terminar de cenar—. ¡Te estás poniendo roja!
—¡Ay! —sonreí llevándome las dos manos a mi cara. Sentí mis mofletes arder—. Cuánto más me lo digas, más roja me voy a poner.
—Estas radiante. —De pronto se puso más serio, como si algo le rondara por la cabeza.

Tras tomar unas copas me acompañó hasta el portal.

—¿Puedo tocarte la cara? —pregunté en la puerta de mi casa.
—Pues claro. —Palpé cada curva que formaban aquel paisaje maravilloso. Bajé hacia el cuello para explorar su barbilla y su nuez.
—Así es como te puedo ver yo —expliqué.
—Lo sé —dijo cogiéndome las manos para situarlas en sus labios, muy despacio—. Te voy a besar.
—Lo sé —sonreí.
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—Qué romántico —dijo Mara en tono de guasa.
—Oye, no te burles, que has preguntado tú. Y ahora vístete, que viene Mica con su familia y tu padre está a punto de llegar de trabajar. ¡Y todavía ni hemos puesto la mesa!
—Sí, mamá —dijo poniendo los ojos hacia arriba con paciencia.

Yo me quedé un momento sentada en el salón, acariciando mis labios con la punta de mis dedos, para terminar de saborear aquella primera vez que los suyos rozaron mi boca y poder rememorar, un segundo más, aquella maravillosa cita a ciegas. 




2 comentarios:

  1. Hola Marta, me ha encantado esta historia de "Amores Ciegos". El amor no está en lo que se ve, sino en lo que se siente y lo que se siente no se puede ver.
    En este relato hay algunos errores: "Así esta mejor" (falta la tilde) La palabra "emocionante" ("Eso lo hacía más emociónate") tiene una errata. Y en la frase "Bueno, sí, per yo estaba tan nerviosa…" a "pero" le falta la o.
    Te lo digo por si puedes corregirlos...
    Un saludo y espero leer otro de tus relatos que ponen la piel de gallina...
    Un saludo, Marta.
    .

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    Respuestas
    1. ¡Muchísimas gracias! Lo acabo de corregir todo. Es que las prisas no son nada buenas. ¡Y tiene que estar bien! Mil gracias y un abrazo.

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