martes, 22 de octubre de 2019

ESPACIO VACÍO






Me despierta la luz blanca de la mañana. Con los ojos entrecerrados, contemplo las cortinas azules moviéndose al compás de una brisa fresca, y el polvo fino en suspensión sobre el halo de luz, que se cuela por los agujeros de una persiana a medio echar. Estiro el brazo para despertarte, y me encuentro con un espacio vacío y fresco. Con la mano siento la forma de tu silueta deshaciéndose en las sábanas arrugadas.

Me pongo la bata y salgo al porche para buscarte. Siempre te ha encantado desayunar temprano para ver amanecer bajo el chopo milenario que reina en nuestro jardín.

Abro la puerta y una luz resplandeciente me obliga a ponerme la mano sobre los ojos. Oteo todo el jardín, pero no te encuentro. Habrás salido a dar un paseo, o a ver a Rufián, ese caballo patoso que siempre te saluda cuando pasas por su lado y que, en un par de ocasiones, nos ha dado un susto porque casi te tira al suelo. Ayer te preparé unas cuantas zanahorias para él. Sé que te encanta ese jamelgo.

Me siento en el porche con un café y un zumo de naranja. Nunca me ha gustado comer demasiado, pero últimamente tengo el estómago cerrado, y tú siempre me regañas.

Después de leer las noticias, me quedo un rato contemplando nuestro hermoso jardín con sus pequeñas margaritas entonadas con el rocío de la noche. Hemos tenido un gran acierto con la mudanza. Aquí todo rezuma paz.

Después de recoger un poco la casa, decido ir a dar una vuelta, hacer algo de compra y pararme a echar gasolina.

Entro en casa saludándote, pero no estas. Nos hemos debido de cruzar. Lo sé porque has llenado todo de barro con tus pisadas, y porque te has dejado el periódico abierto en tu sección favorita. ¡Mira que leer todavía ese papel enorme, teniendo tanta tecnología…! Me pregunto dónde habrás ido ahora. Te llamo por teléfono, sin éxito. Está apagado.

Preparo la comida —una ensalada verde y lubina al horno, con limón— pero no te sirvo porque aún no has llegado. Lo siento; tengo hambre y he decidido no esperarte.

Paso la tarde del sábado traspuesta frente a la tele y cuando despierto casi es de noche. Empiezo a preocuparme otra vez. Siempre nos ha gustado ir mucho a lo nuestro, pero cuando se te va el tiempo así, de esta manera, y no me avisas…me asustas. Busco mi móvil y vuelvo a llamarte, y ahora escucho con asombro que el teléfono marcado no existe. Seguro que se trata de error. Siempre has sido un desastre para tus cosas.

Enciendo la chimenea y preparo tu manta junto a la mía. Me envuelvo en ella con miedo a que su peso pueda romper mi cascarón de huevo. Así de frágil me siento. Un dolor enorme golpea mi cabeza, como un corazón latiendo en mi frente. Un sufrimiento repentino me ata el estómago, como si estuviera preparándolo para un regalo, con un buen lazo que lo aprieta y sé que esta noche tampoco voy a cenar. Después, de nuevo, me regañarás por no hacerlo, Así, hecha un ovillo en la manta, como siempre me dan las dos de la mañana traspuesta en el sofá. Por fin, te siento entrar por la puerta.

Te pregunto que dónde te has metido, pero te escucho ya de lejos, subiendo las escaleras, diciéndome que estas agotado, que me vaya contigo a la cama.

Medio dormida subo en tu busca. Abro la habitación y no te encuentro. Te estarás duchando, seguro. Me tumbo en tu lado de la cama, como todas las noches. Esa parte huele tanto a ti… Me quedo así un rato, las horas me desatienden y no sé cuánto tiempo pasa hasta que he decido irme al mío para que, cuando tu vengas, tengas tu espacio fresco y vacío.

























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