lunes, 28 de octubre de 2019

EL MONSTRUO DE LA CASA


—A partir de las doce de la noche te convertirás en calabaza si estás despierta—decía papá mientras me tapaba—. Así que ya sabes, ¡a dormir pronto!
—Pero, papi, déjame jugar un poco más con Trébol, por fi…
—No puede ser, cariño. Mañana tienes que madrugar para ir al cole, acuérdate. Anda sé buena, que mamá tiene que descansar.
—¿Hoy se enfadará también?
—¿Mamá? Si ella nunca se enfada, cariño.
—Sí, a veces…
—Claro, cuando te portas mal.

Miré para otro lado para que no viera mi mueca de disgusto.



—Venga que te apago ya la luz.
—¡No! ¿Me lees un cuento antes de ir a dormir?
—Otro día, amor. Hoy se ha hecho tarde. No insistas más.
—Papá no te vayas, tengo … miedo.
—¿Miedo? Otra vez empezamos con eso… —dijo con tono disgustado.
—Es que a veces viene y …
—¿Quién viene? ¿Un monstruo?
—Si… —contesté rogándole con la mirada.
—Ya te he explicado muchas veces que los monstruos no existen, Carla. Venga, ya está bien. Que estoy cansado. Buenas noches, cariño. ¡Vamos Trébol! —dijo mi padre mientras el Dogo andaba a paso lento delante de él.

La habitación se quedó en silencio.

«Si no me duermo, a partir de las doce me convertiré en calabaza» pensaba mientras cerraba muy fuerte los ojos como queriendo llamar a Morfeo.

Un sudor fuerte me despertó en plena noche. La respiración agitada movía mis pequeños pulmones hasta parecer que sobresalían de las costillas.

Miré el reloj del hada que tenía al lado de la mesita. Era la una y diez.

Ya había pasado la primera prueba: no me había convertido en nada. Me daba pena decirle a mi padre que me aterraba esa idea. Creía de veras que al día siguiente me despertaría y al mirarme en el espejo, ¡vuh!, me vería como una horrible calabaza.

Ahora quedaba la segunda parte y solo por pensar en eso ya no pude volver a conciliar el sueño.

Sabía que quedaba poco.

A las dos en punto de la madrugada, como todas las noches, empecé a escuchar crujir el suelo del pasillo. Era una casita vieja, y siempre me había dicho papi que ese tipo de hogares tienen sus propios ruidos.

Pero reconocí aquel sonido, y rompí a llorar en silencio.

Se abrió la puerta de mi habitación.

—¿Mami?

Vi cómo se acercaba mirándome fijamente. Venía desnuda, como todas las noches. Sus pechos colgantes parecían deformidades a la luz de las sombras nocturnas. Los hombros caídos y los pies huesudos parecían extenderse el doble, convirtiéndose en una única sombra que llegaba hasta las paredes y el techo.

—¿Mami? ¿Estas despierta?

Por respuesta obtenía el silencio rompiéndose con el arrastrar de sus pies. Le costaba andar.
Me metí de nuevo bajo las sábanas gimiendo en silencio.

Mamá se quedó a mi lado, haciendo un ruido gutural muy bajito. Le costaba hablar.

Asomé los ojos por encima de la colcha y me sorprendí esta vez, al ver la cara de mi madre justo al lado de mis pómulos, susurrándome algo, con esos sonidos horribles, al oído.

—¡Papi! —grité con desesperación—. ¡Papi, ven deprisa!

Vi como entraba corriendo en mi habitación.


—Está dormida, Carla. No pasa nada. Ya te lo he explicado muchas veces.
—Despiértala, papi.
—No. Cuando están así no se les puede despertar, ya lo sabes —susurró.
—Pero papi…
—Vamos, Andrea —dijo dirigiéndose a mamá—. Vamos a la cama.

Mamá dio la media vuelta y se dejó arrastrar hacía su cuarto.

Bajé de la cama para cerrar la habitación y me corté con algo que estaba en el suelo. Grité en silencio por el escozor de la herida. Cogí con asombro el cuchillo. Ahora sí. Ahora estaba segura de que ella se convertía en monstruo todas las noches y esta vez venía a matarme.

Salí de puntillas de la habitación para colocarlo en la cocina porque no se me ocurrió nada mejor que hacer con él.

Pasé junto a la puerta del cuarto de mis padres. Hoy la habían dejado entreabierta y no pude evitar asomar el ojo.

—Venga, acuéstate. Tómate esto, te vendrá bien —le decía papi a mamá.

Pensé que él siempre se encargaba de acostarnos a las dos, siempre estaba pendiente de nosotras, tan cariñoso y atento. Papi era el mejor. Y mami de día también, aunque había veces que se pasaba horas con una extraña somnolencia.

—Carla, cariño, hoy no me encuentro bien —me explicaba cuando la veíamos así.

Todo empezó un día en el que no salió de la cama. Papá me explicaba que mami se había puesto malita, y que necesitaba descasar. Y a partir de ese momento, papá nunca, nunca la dejaba sola, siempre preocupado por su salud; y si se tenía que marchar a trabajar, él se ocupaba de que se quedara descansando dormidita, porque así, decía, estaba más segura.

Con ese pensamiento reanudé mi marcha hacia la cocina, de puntillas, cuando escuché más susurros.

—No le hagas daño —creí entenderla.

Volví dos pasos para atrás para mirar de nuevo, con mucho cuidado.

—No te vas a ir de aquí. Ya te lo dije. ¡No te vale con que te esconda la ropa todas las noches, para que no salgas desnuda! Estás loca. Si salieras así a la calle, la policía no tardaría en arrestarte. No dejaré que te marches y que te lleves a mi hija. Mira lo que me obligas a hacer...
—Me marcharé algún día y ella se vendrá conmigo. Cuando menos te lo esperes —respondió mami entre balbuceos.

Papi le dio la pastilla, mientras ella giraba la cabeza para no tomarla. Pero no tenía fuerza suficiente y al final él lo consiguió.

Papá se volvió hacia la puerta y me vio.

Me asusté y el cuchillo se me cayó de las manos.

—¿Qué haces ahí?
—Nada.
—¿Cuánto tiempo llevas?
—Acabo de llegar. Encontré esto en la habitación.
—Eso es mío, cariño. Dámelo.
—No.
—Dame el cuchillo, Carla.
—Lo estaba llevando a la cocina —respondí nerviosa.
—Papá tiene ese cuchillo para protegerte, cariño —dijo sonriéndome.
—¿De quién, papi?
—Mamá anda dormida por las noches, ya lo sabes y nunca se sabe qué puede estar soñando en ese momento.

La miré y parecía querer moverse y hablarme, pero un sopor pesado la tenía atada a la cama.

Sentí mucho miedo. Ahora no tenía claro quién era el monstruo.
Le tendí el cuchillo mientras él me daba las buenas noches.

—Hasta mañana, princesa. Papi cuidará de vosotras; tú no te asustes.

Cerró la puerta de su alcoba y yo me quedé petrificada, de pie, mientras notaba el pipí caliente empapándome el pantalón del pijama.
















7 comentarios:

  1. De gran belleza, te mantiene en vilo de principio a fin. para reflexionar sobre la vida y las personas. No tardes en publicar, ¡por favor!

    ResponderEliminar
  2. Pufffff. Menudo relato angustioso 👍👍

    ResponderEliminar
  3. Te has superado. Impresionante. Perfecto para la fecha que se acerca. Estremecedor. Una ficción tan bien contada que nadie podría negar que para alguna niña puediera ser real. ��������

    ResponderEliminar
  4. ¡Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios! Y mil gracias por leerme.

    ResponderEliminar
  5. Ufff... Historia para no dormir. Si es lo que pretendías, lo has conseguido. Enhorabuena, me ha gustado mucho.

    ResponderEliminar

Elige tu idioma

ADELANTE, PODEIS PASAR...

Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

COMENTA CON FACEBOOK

AMORES CIEGOS