lunes, 9 de septiembre de 2019

SUSTO O MUERTE

El atardecer caía despacio, y los colores en el cielo se desdibujaban como lo hace un helado al derretirse. Lo pude observar mientras me precipitaba al vacío y decidí concentrarme en él para poder disfrutarlo una última vez.


Si dijera que sentí dolor, mentiría, pero sí mucha curiosidad por las personas que se paraban a mirarme y me hacían fotos para después colgarlas en las redes, sin piedad. Me hubiese encantado hacer ¡Vuh! ante uno de esos móviles de última generación. Reí solo de pensarlo; aunque seguramente, después, mi cara de muerta hubiera salido en una de esas bromas que te hacen mirar fijamente una imagen, para luego darte un susto;  «mejor no, sobre todo por mis padres» —pensé. 

Algunos se hacían selfies delante de mi cuerpo, imitando la imagen del emoticono azul con las manos a los lados de la cara y la boca abierta. Entonces yo me plantaba detrás de sus cabezas, con gestos amenazantes en unas, en otras ponía los dedos de la mano en V y en otras tiraba besos poniendo mi lado más fotogénico.

A lo mejor no os lo creéis, pero me lo pasé realmente bien durante un rato y, la verdad, me hubiese encantado salir en una de ellas. ¿Os imagináis sus caras cuando vieran la foto? Fui Trending topic en pocos segundos, sin pretenderlo. Al fin y al cabo, después del gran susto, me merecía aquel momento, que era solo para mí.   Deambulé, sintiéndome etérea y ligera, entre la gente que se arremolinaba alrededor del coche rojo, donde cayó mi cuerpo. Lo siento por su dueño, pero aquello no fue idea mía. Bailoteaba entre ellos, sin saber muy bien qué iba a venir después.

Algunos hablaban con la policía, y todos miraban mi cadáver, menos una niña que estaba señalando el décimo piso de la torre, mientras un agente le preguntaba. Siguiendo su pequeño dedito miré hacia arriba y vi cómo una silueta se escabullía tras las cortinas de mi cuarto. Bajé la cabeza y me topé de pronto con su mirada infantil fija en mí. Sonreí y ella me dijo hola con su manita regordeta. De repente, me sentí cansada y decidí irme casa; me crucé con mi asesino en las escaleras, intenté ponerle la zancadilla, pero aún no tenía práctica para ciertos trucos. Cerré de golpe la puerta de la entrada y allí descansé, por toda la eternidad.  

 

1 comentario:

  1. Bestial¡¡ y si realmente es así cuando sucede un accidente, buena reflexión, tal vez la próxima vez que veamos un suceso de este tipo nuestra mente nos obligue a mirar al rededor aún sin ver nada, en lugar de buscar un lugar privilegiado para obtener una buena imagen con el puto movil.

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