lunes, 2 de septiembre de 2019

SOY OLIVIA




Todo empezó aquel sábado en el que mi madre me dijo que tenía que ir a la peluquería.

—Vamos Samuel, que llegamos tarde. ¡Acelera! —me ordenó mientras levantaba la persiana de mi habitación. —A este paso se nos va a pasar la hora.
—No quiero cortarme el pelo—dije medio enfadado.
—¡Pero qué te ha dado hoy! Venga que no estoy para escenas.
—¿Qué pasa? —preguntó papá asomando la nariz por encima del periódico desde la cocina.
—Tu hijo, que hoy no quiere cortarse el pelo. Anda, dile tú algo.
—Venga Samuel, no hagas esperar a tu madre, que ya sabes que luego se pone… —dijo guiñándome un ojo.

Le sonreí, pero al minuto siguiente, insistí.

—¡Qué no quiero cortarme el pelo! ¿Qué hay de malo en ello?
—Pues que no puedes ir con esas pintas por el mundo, hijo—contestó papá con calma.
—Eso, tú ahí, calmadito—dijo mi madre cada vez más nerviosa, mientras hacia un gesto con las dos manos, como si estuviera sujetando un balón en cada una.

Me cogió del brazo, me sacó a rastras de casa y me metió en el coche. A pesar de que ya le sacaba una cabeza, era más bien flacucho y tenía poca fuerza.

—No sé qué hay de malo en no querer cortarse el pelo—dije desde el asiento de atrás con los brazos cruzados sobre el pecho. —Tú, por ejemplo, lo llevas largo.
—Yo soy una mujer, tú eres un chico—respondió mamá.
—¿Y alguien me ha preguntado a mí si quiero ser un chico?

Mi madre empezó a palidecer.

Aminoró la marcha.

—¿Mamá? —me dirigí a ella un poco asustado.

Aparcó.

—A ver, Samuel. ¿Por qué no quieres cortarte el pelo? Es vaguería, ¿verdad?
—No… es que me gusta el pelo largo, y si siempre me lo estoy cortando pues no hay manera de que crezca. No me escucháis: el pelo es mío y no quiero cortarlo—contesté enfadado.
—Pero largo como lo tiene tu primo, ¿no? Así como… ¿heavy?
—No, largo como el tuyo, mamá.
—Está bien, está bien. Volvamos a casa y hablemos con calma.

Cuando era más pequeño no podía entender por qué me decían que tenía que ser chico, si lo que a mí me gustaba era estar con mis amigas, sus peinados, sus juegos… “yo soy una más”, pensaba siempre que estaba con ellas, aunque luego el espejo me decía todo lo contrario. ¡Si hasta me quedaba embobado viendo como mi madre se peinaba! Y a escondidas, cogía su rímel, me pintaba las pestañas y cuando me miraba al espejo, me veía mucho más guapo, mucho más yo. ¿Quién decide el género si no puede ser uno mismo el que lo haga? Con los años me resigné a ver un cuerpo que me parecía extraño y que no sentía como mío. Rechazaba los cambios que estaba sufriendo, me depilaba todo aquel bello que me salía por todas partes, odiaba la pelusilla de la cara. Me costó confesarme a mí mismo que me hubiese encantado tener las piernas lisas y las curvas de las chicas de mi edad y no aquella cosa que colgaba como una parte ajena a mí. Intentaba deshacerme de ese pensamiento, porque no me parecía natural; pero ocurría todo lo contrario: cada vez latía con más fuerza ese sentimiento.

A mi padre, que siempre parecía el más divertido, le costó algo más entenderlo. Pero al final sucumbió ante las largas explicaciones de mi madre.

—Escucha Samuel, yo es que… no quiero que nadie te haga daño. ¿Entiendes hijo? No es que me importe cómo seas tú. Es que tengo miedo de lo que puedas llegar a sufrir—me confesó una vez antes de irse a trabajar.
—Yo también tengo miedo, papá, pero es que, no soy como tú, soy como ella—contesté señalando a mi madre que escuchaba desde una esquina de la cocina, con su taza de café en la mano—y los que estén a mi alrededor me tendrán que conocer así.
—En realidad, tu madre y yo siempre lo habíamos sospechado, pero no dijimos nada. Tu manera de andar es… distinta.
—No es distinta, papá. Es, como tú has dicho, mi manera de andar. Sin más.
—Para tener quince años, parece que lo tienes muy claro.
—No te creas, siempre me he sentido muy confundido. Ahora, que lo estamos hablando, se empiezan a aclarar mis ideas.
—Pues adelante, hijo. Pero no dejes que nadie, nunca, te juzgue por ello.

Durante los meses de instituto en los que iba con el pelo largo, nadie se extrañó, pero cuando más adelante comencé a ir con un ligero brillo en los labios y los ojos un poquito marcados, comenzaron los cuchicheos, que dieron paso a las risas, que dieron paso a las peleas, que dieron paso al fracaso escolar.

—¿Qué pasa Samuel? ¿Eres maricón o qué? —me dijo un día Raúl en el patio.
—Dejadle en paz. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer? Y si lo es ¿qué pasa? —Julia y Andrea siempre me defendían. Yo intentaba ignorarles, como me dijo muchas veces mi padre, pero ese día, no pude más y estallé.
—Soy lo que a mí me da la gana ser—contesté furioso.
—Uy que se nos pone gallito el hombretón —dijo Raúl burlándose. Los demás se echaron a reír, y algunos bajaron la cabeza.
—Vamos tíos, que el chaval no os ha hecho nada, joder. Dejadle en paz—pidió Esteban.
—Es maricón y no me gusta cómo me mira—contestó Raúl encarándose a su compañero. Se volvió después hacia mí. —¡No me mires más, pedazo de…!
—¡Como te vuelvas a dirigir a mí así te mato! —solté de pronto, mientras le empujaba hacia la pared. Me devolvió el embiste y me tiró al suelo. Seguía siendo un flacucho con poca fuerza. Los puñetazos me caían por la derecha, por la izquierda, en la tripa, en el costado... De lejos escuchaba como sus amigos alentaban a Raúl “¡Así, más fuerte! ¡Dale más!” mientras los míos no cejaban en el empeño de separarnos.

Julia fue a avisar a la profesora y terminamos los dos en dirección con la cara hinchada y el cuerpo dolorido.

—Tenéis los dos tres días de expulsión—sentenció la directora.

Nos marchamos cabizbajos, cada cual con nuestros padres.

—Si quieres, te cambiamos de instituto—sugirió mamá. —Has repetido un año ya, y …
—No. Tengo que seguir aquí—la corté. —Me va a ir bien a partir de ahora, me gustan los profesores y tengo amigos.

La mañana que volví al instituto estaba muy nervioso. La noche anterior preparé todo para que no me faltara ningún detalle. Unos días antes había hecho mis primeras compras de ropa femenina. Estaba todo perfectamente puesto encima de la cama. Lo miré detenidamente y con un nudo en el estómago, entre la emoción y el miedo, me fui vistiendo.

Me subí las medias con dedos torpes, me coloqué la falda que me llegaba por encima de la rodilla, me abroché el sujetador que contenía un pequeño relleno y finalmente me coloqué la blusa. Me pasé la plancha por el pelo, di brillo a mis labios y usé el rímel negro que me había regalado mi madre. Me miré al espejo y esta vez sí me devolvió la imagen de la persona que realmente era. No puedo describir con exactitud lo que sentí, no hay palabras suficientes para expresarlo. Estuve quieto durante unos tres minutos, en los que observé cada detalle de la persona que siempre había estado escondida dentro de mí. Para poder salir por la puerta de la habitación me tragué el nudo que ahogaba mi garganta. Cogí la mochila y ante la mirada estupefacta de mis padres salí de casa derecha a coger el autobús.

No les dio tiempo a decir nada.

Llegué a clase unos minutos tarde, aposta. La profesora acababa de entrar y estaba mandando callar a todos.

—¡Vamos chicos! Todo el mundo a su sitio y en silencio que empezamos.

Yo iba detrás de ella.

El mutismo ocupó toda la sala.

—¡Uy! ¡Qué poco me ha costado hoy! —dijo riendo, mientras colocaba su cartera sobre su mesa grande. Miró a la clase y al ver las caras se giró lentamente hacia mí.
—Hola profe. ¿Puedo hablarles a todos, por favor?
—Claro, adelante—contestó intentando disimular su asombro.
—Hola—dije dirigiéndome a la clase en general. Se escucharon dos o tres respuestas y los demás se mantenían expectantes. —Sé que esto no es a lo que estáis acostumbrados, pero … esta soy yo, y quiero que lo sepáis. Sigo siendo la misma persona, pero me siento chica, no chico; y mis padres me han explicado por qué siempre me he sentido mal y lo que tengo que hacer. Así que me presento como vuestra nueva compañera. No estáis obligados a aceptarlo, pero los que sí queráis hacerlo, seré vuestra amiga, la de siempre.

Resonó algún “vale” mientras me dirigía a mi sitio. Algunos me miraban de reojo. Otros se reían bajito. Julia y Andrea me sonrieron desde su pupitre. Esteban se levantó y me dio una palmada en la espalda mientras me decía “muy bien, con dos huevos, macho” y luego se quedó serio, seguramente pensando que acababa de meter la pata; pero yo le estreché la mano y él sonrió aliviado.

—Vale, creo que hoy vamos a cambiar la temática de la clase, chicos. Vamos a hablar de lo que acaba de pasar—dijo la profesora, tras permanecer unos minutos en silencio.


Os podéis imaginar lo que hubo después, durante los siguientes años: dificultades y felicidad han ido siempre de la mano y ahora, tras muchos papeleos, varias operaciones, insultos y victorias, con veinticinco años, por fin, puedo informaros que me podéis llamar por mi sombre: soy Olivia.
































2 comentarios:

  1. Me encanta!!! Estoy en espera de tu próxima historia, eres genial Marta��

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    1. Muchísimas gracias Sandra. Es un placer escribir sabiendo que me leen personas como tú. Gracias por dedicar un ratito a mis relatos.

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