jueves, 19 de septiembre de 2019

AMOR A PIE DE PISTA




Quiero contar mi historia, porque dicen que mi memoria está fallando. En cierto modo tienen razón; muchas veces no recuerdo qué comí ayer, qué película vi o con quién hablé por la tarde. Tras un esfuerzo supremo, comienzan a venirme las imágenes, a trocitos, como cuando te comes una manzana con cuchillo, así, despedazadas.


Lo que sí recuerdo con total nitidez es el pasado; aquellos maravillosos años, como ese título de la serie que veían mis hijos en su juventud. Y es que todos, al final de nuestros días, lo decimos alguna vez.

Así que, como ya os he dicho, os voy a relatar una bonita historia:

En el Madrid de los años cincuenta, yo era un adolescente más y empezaba a tener amigas en el barrio —ya me entendéis. —Tenía una buena panda y cuando podía quedaba con ellos, aunque, en ocasiones, iba al puesto de mi padre, para que él pudiera echar la partida con los amigos y que así también descansara un poco. Pero…Ay…, suspiro pensando en aquellos días en los que el tema de las chicas estaba siendo todo un mundo nuevo para mí. A estas alturas de mi vida, no voy a ir de santo. Yo les gustaba, decían que era muy guapo y todo aquello empezaba a dar sus frutos: de vez en cuando se me escapa algún beso, de vez en cuando se me escapa algún piropo, de vez en cuando se me escapaba también la mano…y era ahí cuando recibía el bofetón de algunas o la invitación a seguir de otras. ¡Pero había que probar suerte!

También era conocido en el barrio por mi fama de buen trabajador, porque tenía varios oficios a la vez por la zona, todos estaban muy contentos conmigo y hablaban muy bien de mí. Así que oportunidad de trabajo nunca me faltó.

Un día, el tendero del barrio me paró por la calle.
—¡Oye chaval! ¿A ti te gusta la música?
—¡Mucho! —contesté.
En seguida me empezó a enumerar las grandes ventajas que era tener un pick up, que él me podía vender y hasta lo podía pagar poco a poco.
—¡Es una ganga, chaval! ¡Te llevarás a todas de calle con este aparato!

Con eso ya me ganó. Fuimos a la trastienda, abrió una pequeña maleta, lo vi y me encantó. Mientras el buen hombre lo enchufaba para enseñarme su funcionamiento, ya sabía que lo tenía vendido. Puso un disco y comenzó a sonar la banda sonora de “El puente sobre el río Kwit”.

Terminé con el tocadiscos y una buena colección de Paúl Anca, Los cinco Latinos, Nat Kin Col y José Luis y su guitarra, El dúo dinámico y un montón más. Me convertí en la envidia de todo el barrio. Cuando terminaba de trabajar me iba corriendo a casa, abría los balcones que daban a la calle y ponía el pick up a todo volumen, mientras yo me asomaba con un cigarrillo en la boca para que todo el mundo me pudiera ver. ¡Así de chulito era!

Cada vez que mis amigos me avisaban de que se quedaban solos en casa, organizábamos guateques, con el tocadiscos y mi colección de música que se iba haciendo cada vez más y más grade, e invitábamos a todas nuestras amigas. Había noches donde tocaba tener suerte, y otras, no tanto.

Una tarde en la que habíamos ido los amigos a una cafetería a tomar un refresco, uno de ellos se fijó en el sótano que tenía el local y tuvo la feliz idea de organizar un guateque de los de verdad; pero antes, debíamos de aprender a bailar bien si queríamos triunfar. Entonces nos apuntamos a la famosa escuela "Miki", donde cada baile con una chica te costaba un tique.

Tras el aprendizaje, comenzamos a buscar sitios y, cerca de López de Hoyos, encontramos el local que necesitábamos, en la cafetería “Marilyn”, que, por cierto, todavía existe.

Acordamos con el dueño el precio del alquiler para que nos dejará hacer allí el baile todos los domingos. Empezamos a buscar chicas del barrio que quisieran acudir para que así los chicos tuvieran algún interés en ir. Cobrábamos quince pesetas a los chicos, y las chicas entraban gratis. Sí, sí, ya sé que ahora esto es impensable, pero en aquella época era lo que se hacía y nadie lo veía mal.

El primer domingo perdimos dinero, y al hablar con el dueño de la cafetería nos dijo que no nos preocupáramos, que siguiéramos adelante y que ya le pagaríamos lo que faltaba. Esa semana nos anunciamos con el boca a boca todo lo que pudimos y al siguiente domingo ya tuvimos para pagar al dueño. ¡Nos pusimos muy contentos, porque los correveidiles estaban funcionando y poco a poco comenzamos a tener éxito!

Teníamos la música más actual y empezábamos a ganar bastante dinero y a ligar— más todavía— con las muchachas del barrio. Así que llegó un día en que la sala se nos quedó pequeña. Tardamos en dar con el adecuado, pero al final alquilamos un local a pie de calle, bastante grande, cuyo dueño tenía un bar enfrente. Y fue allí, en ese sitio, donde ella apareció:

—¿Y a esto le llaman baile? —pregunto enfurruñada a su amiga, mientras abría la puerta del local.
—¡Pasad! —dije al escucharla —No os preocupéis. Ya veréis cómo dentro de un rato esto se pone muy bien.

Se sentaron en dos de las sillas que rodeaban la pista. Comenzó a llegar gente y cuando estaba ya casi finalizando la fiesta, me acerqué a la que había entrado protestado, porque era la que me había llamado la atención.
—¿Qué te parece? ¿Has estado a gusto?
—¡Sí! —respondió con una tímida sonrisa. —Volveremos la semana que viene.
—Antes de iros, ¿te puedo invitar a un baile? —pregunté.


Nunca me olvidaré de aquel primer baile con la canción “El Reloj” de Lucho Gatica.


Ahora mismo, me acabo de poner la canción mientras escribo esto y hasta me parece oler ese maravilloso perfume que llevaba. Me traslado a la pista y veo sus brazos apoyados en los míos tímidamente, mientras yo la agarro por encima de la cintura, con suavidad. En mi cabeza solo estamos ella y yo, la pista y las luces, sin nadie más alrededor. Tras terminar la canción se marcharon, mientras yo me quedaba como un pasmarote en medio del local y vi como abría la puerta sin mirar atrás.

Al domingo siguiente aparecieron de nuevo las dos. La que me gustaba era la más bajita, porque era también la más guapa. Volví a bailar con ella y pese al pacto que teníamos los amigos de no comprometernos con ninguna, le dije que quería quedar con ella entre semana, que a mí cualquier día me venía bien. Como respuesta tuve una negación rotunda.

—Yo no salgo con nadie —me dijo —y menos los días laborables.

Pasé esa semana trabajando duro, encabezonado en quitármela de la mente y en nuestro plan de no complicarnos con ninguna chica, pero el domingo siguiente llegó y empecé a pensar en ella. Estaba nervioso y no hacía otra cosa que asomarme a la puerta, deseando verla llegar de lejos. La tarde transcurría entre canciones, bailes, besos…, pero yo seguía sin apartar la vista de la puerta, mientras cambiaba discos. Por fin, intuí su silueta. Abrió la puerta y yo corté la canción que estaba sonando en ese momento para poner El Reloj. Por la manera en que me miró, ya sabía que esa tarde la tendría entre mis brazos, e intentaría retenerla un poquito más, porque de esa chica me gustaba todo: su estatura pequeña, sus ojos verdes, su moño italiano…

Comencé a intuir que era realmente ahí, con ella, dónde empezaba la historia de mi vida.

Fueron tres años de feliz noviazgo, nos casamos, tuvimos problemas económicos y de salud que superamos a base de esfuerzo, pero nunca, ni un solo día, dejé de amarla, de cuidarla. He de decir que a su lado me sentía el hombre más querido del mundo también. Siempre íbamos cogidos de la mano cuando paseábamos por la calle, y a nuestra hija pequeña, la daba mucha vergüenza vernos así cuando iba con sus amigos. «Parecéis dos adolescentes con cincuenta y tantos años», nos decía. Ahora que la tengo aquí al lado y ya es una mujer adulta, se ríe con añoranza pensando en esos momentos. Desde aquel primer baile, sentí siempre que era lo más importante de mi vida.

Y así fue, hasta el último día de la suya, después de criar a nuestros hijos, las luchas, los quebrantos, los días felices y las peleas matrimoniales. Ella siempre supo que amé hasta la última peca de su piel.


 


3 comentarios:

  1. Que preciosidad de historia!! Gracias por escribir cosas tan maravillosas como esta y por saltarnos las lágrimas a los que las leemos.

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  2. Preciosa historia y muy bien contada, casi bailo yo también el Reloj. Gracias.

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias. Me alegro mucho que te haya gustado. Gracias por comentar. ¡Un abrazo!

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