jueves, 13 de junio de 2019

TAL DIA COMO HOY




 Quería compartir con vosotros este escrito que se quedó guardado en los cajones olvidados del Facebook y que hace un rato se han abierto para mí. Antes, si me lo permitís, os cuento un poco como fue la historia, para que entendáis mejor alguna frase del texto.

  Tal día como hoy, hace seis años, vi a mi padre por última vez. Estaba ingresado, es cierto. De hecho llevábamos con ingresos constantes desde antes de navidades, pero en realidad nada hacía presagiar que no pasaría de ese fin de semana. Le podrían mejor allí y a casa, como ya era costumbre. Pero vivíamos con la pena de saber—y la imposibilidad de asumir— que igual no llegaría a las siguientes navidades, o si las pasaba, sería por poco.

  Según las normas de mi empresa tengo que coger vacaciones de todo el año en el mes de enero. Y fue en ese momento cuando elegí el catorce de junio del dos mil trece de vacaciones. Solo era un día que se quedaba suelto y había que colocarlo. Como caía en viernes, la intención era juntarlo con el fin de semana para un viajecito corto de tres días y pensamos en ir a Oporto. ¿Qué podía pasar en tres días? ¿Nada no? Pues cogimos el hotel y los vuelos en el mes de enero. Todo estaba ya planeado. Y cuando digo todo, es que la vida nos tenía una sorpresa para ese mismo día y ella también lo tenía todo planeado, porque si no, con la de días que hay en el año, no me lo explico.

  El trece de junio estuve toda la tarde con él. Hablamos de muchos temas, me dio un consejo sobre el coche que tenía en ese momento y muchas cosas más

  Estoy segura que él sí sabía que se iba a marchar; estaba asomado a la ventana viendo a los chicos jugar al futbol en el campo que hay frente al hospital. Me miró y me dijo «Hija el día que me vaya, tú solo piensa que he sido muy feliz, que he disfrutado mucho y me he sentido muy querido». Se me encogió el corazón… y le regañé por decir esas cosas.

  Llevaba días pensando y verbalizando que no quería irme, pero tanto mis amigos, como mi familia me animaron a ello ¿Qué podía pasar? Estaba continuamente con gente, porque su pareja actual no se separaba de su lado y nosotras tres, tampoco. «Vete y descansa y recarga pilas», me decían. Así luego a lo mejor también podemos irnos nosotras y tú te quedas y nos repartimos. ¿Qué podía pasar?

   Me despedí de él un jueves a las nueve de la noche. Le prometí que el domingo en cuanto aterrizara iría a verle, sin pasar por casa. Al salir de la habitación me giré y le vi dormitando. De verdad que no puedo explicar bien lo que sentí, pero estoy convencida que fue una intuición. Fue como si un cuchillo me rajara de dentro a fuera, con un dolor que me dobló en dos, y luego en cuatro y luego me desbaraté en miles de pedazos, como un jarrón grande al estallar. Rompí a llorar y, como si acabara de fallecer, tenía el estómago retorcido por la pena.

  Araceli, su pareja, me acompañaba a la calle, y me abrazaba diciendo «Anda tonta, si está bien». 





  

Llegué a casa y mi chico me preguntó qué tal estaba mi padre. Yo le dije: «no le veo bien». Me dio pena decirle que no quería irme. Al rato me tranquilicé, miré a mi pareja y pensé «venga, vamos a desconectar tres días. ¿Qué puede pasar? Deja ya de ser tan tremendista»

  El viernes por la mañana cogimos el vuelo a Oporto. Llegué sobre la una del medio día y llamé a Araceli. Me dijo que estaba muy bien, había comido perfectamente y estaba bromeando con las enfermeras. Me relajé y fui a ver la ciudad. 


  A las dos de la tarde falleció.

  No os quiero ni contar cómo fue nuestra vuelta.

  Y ahora  pongo  el texto que escribí hace un par de años y que, como no ha cambiado ni uno solo de esos sentimientos, os comparto hoy, modificando alguna pequeña cosa, por el paso de los años. 





  “Un día como hoy, hace seis años, aproximadamente a esta hora, hablé contigo por última vez sin saber que ya nunca más volverías a estar a mi lado. Me despedí con un beso, como todos los días, aunque esta vez algo se desgarraba en mi corazón. Algo que me decía que no debía de irme a ese viaje de tres días. Esa intuición a la que habitualmente no hacemos mucho caso. Quedé el domingo contigo en ir a verte en cuanto bajara del avión; pero para ti no hubo más domingos. Tenía que contarte que aquel consejo que me diste dio buenos resultados, quedó pendiente celebrar el día del padre, que no pudimos por culpa de tus ingresos. Te quedó pendiente vivir, papá.


 



  Me gusta cerrar los ojos y verte; imaginarme que abrazo tu piel blandita y que te beso y que me gastas bromas, como siempre. Te veo detrás una estela borrosa, como si de un tul se tratara e intento retirarlo para alcanzarte, pero no lo logro. No puedo tocarte, ni contemplarte, ni hablar contigo. Tengo tanto dolor que parece que se va a desparramar en cualquier momento, como líquido que ya no cabe en un recipiente. Y las horas vuelan y no me hacen caso, porque yo quisiera retroceder el reloj hacia atrás y volver a disfrutar contigo y aprovechar cada momento como si fuera el último.

  Hay tantas frases que me imagino que me sigues diciendo: « Papá, si eso ya te lo he contado. Nunca te acuerdas de nada » —«Si es por hablar de algo, hija». Por hablar de algo, papá, por hablar, aunque sea algo. Qué gran significado tiene a día de hoy esa frase, cuando ya no podemos hablar de nada; Y esos gestos que son solo tuyos… ¡Cómo los echo en falta!

  



  Papá, ¿te llegó mi amor? Aunque sé que sí, que no has parado de repetir lo querido que te sentías. Pero como tengo tanto amor aquí dentro, sin que ya pueda salir, me pregunto ¿por qué sigue aquí? ¿Es que no te lo entregué del todo? Porque tenía más amor que darte, papá, mucho más. Y ahora está perdido, buscándote desesperado, y sin poder expresarse con esos achuchones, y las llamadas de diarias de teléfono, y tantas cosas, papá. Se ha quedado palpitante dentro de mí. Y cada pálpito de ese amor es una punzada que se clava en lo hondo del estómago por no poder dártelo.

  Me siento muy orgullosa de ti y me considero una privilegiada por haber tenido unos padres magníficos. Quizá por eso os habéis ido tan pronto.

   Admiro tu valentía con la enfermedad, tu forma de ser, tu persona. Me siento llena de todo lo que me has dado. Me gusta tu risa, tus bromas, tu piel, tan blandita, tu ojos, tu pelo, tus gestos, tu amor, tu lealtad, tu valentía, tu poder, tu flaqueza, tu bondad, tu alegría, tu tristeza.

   Un día como hoy, hace seis años, aproximadamente a esta hora, hablé por última vez contigo, sin saber que al día siguiente volarías de mi lado; sin saber que a partir del segundo después de haberte visto, te echaría de menos para el resto mi vida.” 








3 comentarios:

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