sábado, 22 de junio de 2019

BIENVENIDA ELYSA

¿Os habéis preguntado alguna vez quién esta detrás de los robots, de los teléfonos o cámaras  que nos hacen la vida más fácil?





Esa mañana me desperté más tarde de lo habitual. « Por fin sola» pensé al abrir los ojos. El sol se filtraba por la ventana inundando de luz mi habitación. Me gustaba aquella nueva casa, tan grande, blanca y espaciosa. Cogí el móvil y revisé todas mis redes sociales antes de ir a desayunar. Me pasaba el día entretenida con todo lo que estuviera relacionado con internet y dispositivos de última generación.

Mis padres habían decidido tomarse unos días sabáticos en las preciosas playas de México y mi hermano pequeño, Oliver, había ido a pasar unos días a la casa de campo que tenían los papás de su amigo Mario.

Estaba encantada. Habían acabado los exámenes de la universidad y eso era precisamente lo que me hacía falta: soledad, ver lo que me diera la gana en la tele con la única compañía de Greta, andar en pijama todo el día y lo mejor de todo: la fiesta que iba a montar mañana. Por supuesto mis padres sabían que iban a venir algunos amigos el sábado por la noche, pero ni por un momento se podían imaginar todo lo que iba a ocurrir durante esas horas, ni yo tampoco.

Me llevé a la cama un par de tostadas con mantequilla y un café en una bandeja que coloqué estratégicamente para hacer unas cuantas fotos y colgarlas en internet.

Sonó el teléfono.

— ¿Diga?

— Buenos días. Soy el repartidor de Total Connection. Le traigo un paquete. ¿Me podría confirmar el número de la calle, por favor?

Me puse loca de contenta. ¡Por fin estaba aquí! Había ahorrado bastante para poder comprarme aquel dispositivo. Sabía que mis padres no iban a estar muy conformes, pero cuando vieran todo lo que podía hacer seguro que cambiarían de opinión.

Cerré la puerta a un chico joven que me entregó el pequeño paquete con prisas. Abrí la caja y saqué el aquel minúsculo aparato negro. Me asombré de su tamaño, era simplemente un pequeño botón cuadrado; nada que ver con el cilindro de la versión anterior.

Decidí colocarlo en la cocina al lado del primer armario de la pared, donde quedaba bastante discreto.

Mientras ojeaba las instrucciones llamaron a la puerta.

— ¡Hola Alma! —Saludó mi vecino.

«Dios, eres tú. Y yo con estas pintas» —pensé.

— ¡Sergio! ¡Buenos días! Eh… ¿necesitas algo? — contesté mientras me cruzaba la chaqueta del pijama.

— No, qué va. Es que iba a salir a correr antes de comer y me preguntaba si te apetecía venir conmigo.

— Pues iría encantada pero es que me ha llegado un nuevo apartado y quiero conectarlo y ver cómo funciona. Lo han llamado Elysa. ¿Sabes qué es, no?

— ¡Claro! —. La devoción por la tecnología era algo que les había unido desde el principio.

— Oye… ¿Y si dejas lo de correr para otro día y me echas una mano? —pregunté.

« Ay Dios, por qué no me callo. Tengo todo hecho un asco» pensé, mientras mis mariposas criaban más mariposas en mi estómago.

— ¡Por supuesto! Vamos a echar un vistazo a Elysa.

Tras unas horas haciendo pruebas, por fin, teníamos todo conectado: las luces, el garaje, las puertas, la calefacción y el aire acondicionado, el ordenador, los teléfonos y hasta el sistema de vigilancia de la casa.

— Esto es una pasada —dijo Sergio con un brillo en los ojos.

— Es total —. Continué yo impresionada.

— Me tengo que marchar, Alma. Ya me contarás que tal funciona —dijo Sergio levantándose.

— ¡Claro! Oye… ¿Quieres venir mañana por la noche a una fiesta que hago en mi casa? Vendrán cinco o seis amigas con sus chicos. Ya sabes, gente de la universidad.

— Veré lo que puedo hacer. Yo también he quedado con mis amigos, pero quizá me pase a tomar algo antes de salir con ellos.

— Pueden venir también, es una fiesta. Cuánta más gente mejor.

— ¡Perfecto! Seguro que se apuntan.

— Hasta mañana entonces —dije ruborizada. Nunca me había atrevido a quedar con él fuera de esos encuentros vecinales. Adoraba esos ojos del color de la miel y sus cuatro pecas salpicadas solo sobre su nariz.

El día había pasado justamente como lo había planeado: unos paseos con Greta, un par de sándwich para comer y nada más.

Eran las tres de la mañana cuando un ligero gruñido me despertó.

— Greta cállate, ya estás soñando otra vez —dije mientras me tapaba la cabeza con la sábana.

La perra empezó a gimotear.

— ¿Pero qué te pasa? —. Encendí la luz.

Mi Labrador estaba con las orejas atentas, mirando la cámara de seguridad que mi padre había colocado estratégicamente en un rincón de la habitación. « Eh…. ¿Se ha movido la cámara? Juraría que estaba enfocando más hacia la ventana ».

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando de pronto escuché perfectamente cómo se abría la entrada principal. Greta se estiró y empezó a ladrar. Al principio me tapé con la sábana hasta arriba por puro miedo, pero tenía que comprobar que estaba la puerta cerrada. Igual había sido el viento…, quizá no dejé la llave bien girada. No me quedaba otra que bajar y ver qué había pasado.

— ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —. Solo sentí el silencio, la oscuridad y un frío repentino que no pegaba nada para la época en la que estábamos.

Encendí las luces, pero allí no había nadie. La puerta estaba entreabierta y la cerré echando todas las llaves.

— Shhhhhhhh, ahhhhhh —. Ese susurro se deslizó por mi nuca, algo ininteligible, como una exhalación. « Vamos Alma, cálmate. La puerta se habrá abierto por el viento. No empieces a escuchar encima cosas raras. Aquí no hay nadie… ¿O sí?» — Pensé para mí. Corrí hacia mi cama y pedí a Greta que se subiera conmigo.



La primera llamada del día siguiente fue la de mis padres. La segunda, la de Sandra que estaba preparando todo para la fiesta de esta noche.

Cuando bajé con Greta a desayunar comprobé que la puerta estaba tal y como la había dejado por la noche. «No hay nada peor que sugestionarse», pensé.

Entré en la cocina y quise probar a Elysa. Dije la primera frase para activarla:

— Bienvenida Elysa.

— Buenos días. Hoy hace una temperatura de veinte grados y son las diez de la mañana. Dime tu nombre para el reconocimiento de voz —dijo con tono robótico.

— Mi nombre es Alma.

— Encantada Alma. Ya ha quedado registrado tu nombre y enlazado con tu voz. Muchas gracias.

— A ti Elysa — dije riéndome. Definitivamente aquello me parecía una pasada.

Esta vez decidí salir a correr con mi perra. Pasé frente a la casa de Sergio y allí estaba al otro lado de la ventana de su habitación. Intenté hacerle señas para que me viera y retarle a una carrera, pero estaba tan concentrado trabajando con su ordenador que ni se enteró.

Al volver empecé a preparar las bebidas y el picoteo. No sabía exactamente cuántos iban a venir así que puse unos cuantos globos, algunas guirnaldas, y lo más importante: mucho alcohol.

Los primeros en llegar fueron Sandra y Raúl. Ella era una de mis mejores amigas y me estaba ayudando a preparar todo. Trajo más bebidas y algunos canapés que había preparado por la mañana.

Después fueron llegando todos: amigos, conocidos, invitados de los conocidos… Se llenó de gente, pero era mi primera fiesta en aquella casa y tenía que ser todo un éxito. ¡Dentro de un rato mi Instagram estaría echando chispas!

Sergio llegó un poco más tarde con tres amigos.

— Entrad. No os quedéis ahí que hay sitio de sobra —dije como buena anfitriona.

— Vamos chicos —dijo Sergio invitándoles a entrar—. Esta es Alma, mi vecina.

— Sergio nos ha hablado mucho de ti, Alma. Soy Quique.

— ¡Eh, Alma! —gritaron Sandra y Olivia — Venga vamos a bailar —. Me cogieron de la mano y nos fuimos hacia el salón riendo.

Bailamos y bebimos durante horas. Mi casa estaba llena de personas que no había visto en mi vida. De golpe, a mitad de la noche, la música paró y un segundo después se fue la luz. Los chicos se quejaron.

— Tranquilos —dije — Elysa, enciende las luces.

— Luces encendidas, Alma — contestó una voz robótica.

— Elysa pon la…

Se escuchó un grito en la planta de arriba y pasos bajando rápido por la escalera.

— ¿Quién es el cerdo que está manipulando la cámara? —dijo Olivia mientras bajaba abrochándose la camisa. Moisés bajaba detrás de ella, haciendo lo mismo con el cinturón.

— ¿Qué dices Olivia? ¿Y qué hacíais arriba? —pregunté algo enfadada.

— Eso da lo mismo. Alguien ha movido la puñetera cámara que tienes en la habitación. Se ha girado y ha enfocado hacia la cama.

— Vamos, eso no es posible. Es una cámara de vigilancia y sólo esta activada cuando no estamos o por la noche, y está dirigida hacia la ventana. Venga cálmate.

En ese momento, la música se encendió sola.

— Música encendida, Kim —dijo la voz robótica.

« ¿Quién es Kim? » —. Pensé.

— No lo entiendes. Eso se ha movido —señaló Olivia —Mira, yo me voy de aquí, estas bromas no me gustan nada—. Olivia se volvía un poco tajante cuando se enfadaba.

Cuando fue a abrir la puerta, la música paró en seco de nuevo, se cerraron los cerrojos y la llave giró hacia la derecha, sola. Todo el mundo empezó a gritar.

— Puerta cerrada y asegurada, Kim —dijo Elysa.

— Elysa abre la puerta—ordené.

— Persianas bajadas, Kim —dijo de nuevo Elysa mientras se bajaban todas las persianas de la casa.

— ¿Pero quién es Kim, Elysa?

— No entiendo la pregunta —respondió el robot.

— A lo mejor el sistema está fallando, Alma —. Se acercó Sergio para calmarme.

— Desconexión Elysa.

La luz naranja de Elysa se apagó.

— ¿En serio? ¿Esto que es una broma Alma? ¿Pretendías hacer una fiesta del terror o algo así? — Me increpó Sandra — Se me han quitado las ganas de bailar. Nos vamos —. Intentó de nuevo abrir la puerta, pero era imposible.

La luz naranja volvió a encenderse.

— Hola de nuevo, Kim.

— A ver, ¿Quién de vosotros es Kim? ¡Esto no tiene ninguna gracia! — me dirigí a todos gritándoles. Cogí el teléfono para llamar a la policía, o más bien para amedrentar al dichoso Kim que, suponía, estaba entre nosotros; pero no funcionaba. — Alguien ha cortado la línea —dije pálida.

— Kim dice: Hola — siguió la voz robótica —estáis todos encerrados. No vais a salir de aquí.

— Puede reproducir un mensaje si le das unas coordenadas concretas —me dijo Sergio en voz baja, asombrado por el descubrimiento.

— Tenemos que averiguar quién es Kim —. Susurré, me quedé pensando y me di cuenta de… — ¿Y tus amigos?—pregunté.

— Se marcharon hace rato. Ya te dije que habíamos quedado en otro sitio, pero yo he preferido estar aquí, contigo… Puedes estar tranquila, porque ellos no han gastado nunca bromas tan macabras.

— Esto es una locura —dijo Olivia. — Me quiero ir, de verdad. No me voy a enfadar, lo prometo, pero por favor, Alma, abre la puerta. Te lo ruego—rogó con ansiedad.

— Empieza a hacer mucho calor, ¿no os parece? —dijo Raúl.

Fui a comprobar la calefacción. Estaba subiendo y subiendo y subiendo la temperatura de termostato.

— Baja eso por favor —me pidió Sandra —. Nos estamos achicharrando.

— Eso intento Sandra. Pero no puedo, no me hace caso —contesté apretando el termostato una y otra vez. — Elysa: Baja la calefacción.

— Tengo órdenes contradictorias. No puedo bajar el sistema de calefacción. Digan el código de seguridad para desactivar la primera orden —dijo Elysa.

— ¡No sé cuál es el maldito código! —. Estaba realmente asustada.

— Kim dice—habló el robot— Este es mi juego y os voy a enseñar mis reglas.

— ¿Cómo?

— A ver… ¿Hay alguien que pueda estar enfadado porque no le hayas dicho nada de la fiesta, o algo por lo que hayas enfadado a alguien? —preguntó Sandra.

— ¡No…! ¡No lo sé!; pero en cualquier caso, si se me ha pasado invitar a alguien no ha sido aposta. Nos está vacilando, ¿no os dais cuenta?

— He comprobado todas las ventanas y ninguna se puede abrir —dijo Raúl mientras se secaba el sudor.

— No bebáis más alcohol. Eso os deshidratará. Voy a ir a por una jarra de agua —dije.

— ¿Qué dices? Venga que rule el ron. Para aguantar esto necesito alcohol, querida amiga —contestó Olivia que ya llevaba un alto grado de embriaguez.

Abrí el grifo, empezó a caer un hijo fino de agua hasta que se cortó. Intenté abrirlo de manera nerviosa y compulsiva una y otra vez, pero no salía agua. También la habían cortado. Me pareció escuchar aquel susurro de anoche, justo detrás de mí — shhhhh, ahhhh. — Otra vez se colocó en mi nuca erizándome el pelo.

— ¿Lo has escuchado? —Pregunté a Sergio que no se separaba de mi lado.

— ¿El qué?

— Eso… Ese susurro, como si hablaran muy bajito y exhalaran o soplaran…, algo parecido.

— Creo que ahora nadie está hablando bajito Alma —dijo mientras dirigía su mirada al salón para observar cómo todos hablaban a voces.

— Es como lo que escuché anoche. Por cierto… Greta. ¿Dónde estás pequeña? —. Empecé a buscar a mi perra, muerta de miedo. Las gotas de sudor que caían de mi frente me nublaban la vista. El ambiente pesaba. — ¡No encuentro a Greta! ¿Alguien la ha visto?

Todos negaron con la cabeza o se encogieron de hombros.

— Kim dice: Tu perra está bien —contestó la voz robótica. —Tu perra no morirá.

— ¿Pero quién coño es Kim, Alma? —Gritó Olivia llorando — ¿Y qué quiere decir? ¿Qué vamos morir los demás?

— ¡No lo sé, de verdad que no lo sé! No sé quién es, ni lo que quiere —dije poniéndome a llorar.

Una risa se escuchó a través de aquel botón negro pegado a un lado del armario de la cocina.

Estupor.

— Kim dice: ¿Queréis jugar, o no? —habló la voz de Elysa.

— Sergio, ¿cómo damos las instrucciones para que transmita un mensaje? —pregunté.

— Estoy buscándolo —contestó mientras miraba nervioso las instrucciones — Aquí está, lo tengo. Tienes que dar tú la orden. Hay que decir: Elysa repite.

— Elysa repite: ¿Quién eres?

— Kim dice: Lo tienes que adivinar. ¿Queréis jugar sí o no?—insistió.

— Elysa repite: Queremos salir de aquí.

La luz se apagó y volvió a resonar con más fuerza la risa.

— Por Dios, quiero otra copa —dijo Raúl. Los demás le siguieron. — Si esto es una broma, te estás pasando, Alma.

— Os prometo que no sé de qué…

— Kim dice: Si queréis que abra la puerta, tenéis que jugar conmigo.

— Esto es demasiado Kim. Quién seas, déjalo ya —ordenó Sergio apretando la mandíbula furioso.

— Esta cosa nos escucha, nos ve y nos tiene encerrados y asfixiados —dijo Olivia tras pegar un trago al vaso de ron, paseándose de un lado al otro de la sala. — ¿Vamos a morir, Kim? —preguntó con tono burlón mientras le sacaba la lengua al dichoso cacharro.

— Kim dice: Es posible.

— ¿Cuál es tu juego? ¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Sandra nerviosa.

— Kim dice: Para bajar la calefacción tendréis que pasar la primera prueba. Tendréis que cortar un dedo a algunos de vosotros. Os quedan cinco minutos para decidir quién es la persona elegida.

— ¡Ni locos vamos a hacer eso! — grité — ¡Vamos chicos, hay que pensar en algo!

Intentamos de nuevo abrir las ventanas, sin éxito. Buscamos herramientas con las que poder romper las persianas, pero con la mudanza muchas de las cosas estaban en el garaje aún, y el acceso estaba cerrado.

Pasaron los cinco minutos. Nos sentamos por el suelo, con el pelo empapado y la ropa pegada al cuerpo, buscando algo de frescor, abanicándonos con papeles, servilletas, posavasos…

— Kim dice: Habéis perdido.

— ¡Joder! El termostato... ¡Está subiendo la temperatura como un loco! —dijo Moisés mientras se acercaba incrédulo a comprobarlo.

Los gritos y la desesperación se apoderaron de todos.

— Elysa repite: Danos dos minutos más —ordené.

El termostato paró.

— Tenemos que hacer algo… Venga, cortadme un dedo. ¿Cuál es el que menos nos sirve? —dije decidida.

— Pero qué dices Alma. Todos nos sirven. ¡No lo hagas! —pidió Sandra.

— Hay que hacerlo. Nos vamos a morir deshidratados. Venga decidid vosotros, tomad. —dije tendiendo el mejor cuchillo de la casa al grupo de amigos que me miraban estupefactos—. Por favor, venga, no nos queda tiempo.

Sandra fue corriendo a por los pocos hielos que quedaban y los repartió en dos platos hondos. Raúl buscó vendas y desinfectante y Sergio fue a por toallas. El resto se acurrucaban asustados y repartidos por las esquinas del salón más alejadas de mí.

— Yo lo haré —dijo Raúl.

Metí el dedo en hielo unos segundos, mordí una toalla y vi a Raúl coger el cuchillo. No recuerdo más. Caí desplomada. Cuando desperté estaba empapada en sudor y Sergio me sujetaba la cabeza. Un dolor intensó me hizo gritar aterrorizada, miré mi mano y vi la venda ensangrentada que cubría mi dedo anular.

— Hemos metido el dedo en lo que quedaba del hielo, por si nos da tiempo y lo podemos salvar. — Me informó Sandra.

El sudor de mi frente no me dejaba pensar con claridad.

— Kim dice: Segunda prueba. Para poder beber agua, tenéis que confesar lo que no os gusta de vuestra pareja. ¿Quién empieza?

— Venga empiezo yo — dijo Raúl.

— Vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir —. Olivia empezó a dar vueltas por el salón, llorando y sin dejar de repetírselo una y otra vez. — ¿Quién eres? ¡Déjanos en paz!

— Kim dice: Tenéis cinco minutos para empezar y esta vez no voy a dar más tiempo.

— ¡Eres un sádico de mierda! —chilló Sergio al aparato.

— No me gusta cuándo intentas controlar mis horas: cuándo entro y cuándo salgo, lo que hago o dejo de hacer… —empezó a decir Raúl, agachando la cabeza sin mirar a Sandra.

— ¿Qué quieres decir? Yo no te controlo —respondió ella enfadada — A mí no me gusta cuando te pones en plan celoso —dijo en tono de asco.

— Me molesta tu tono de voz cuando empiezas a chillar enfadada —dijo Moisés.

— ¿Chillar cómo? ¿Así?—contestó furiosa Olivia encarándose con él.

Cada uno fue diciendo aptitudes que les molestaban de sus respectivas parejas. El ambiente estaba tenso, todos se estaban enfadando. Aquello me asustaba cada vez más.

— ¡Vamos a morir! — volvió a decir Olivia mientras lloraba aterrada

— ¡Cállate de una vez!—gritó Sandra.

— ¡No me da la gana, niñata! —. Olivia y Sandra se encararon.

— Vamos chicas, lo que nos faltaba es que nosotros discutamos —dije con voz entrecortada. La fiebre estaba empezando a subirme y los latidos del dedo, o de lo que quedaba de él, eran como puñales clavándose en la piel.

— Esta rubia de mierda siempre me ha tenido envidia —dijo Olivia con desprecio, haciendo oídos sordos a mis consejos.

— ¿Me has llamado rubia de mierda? ¿Envidia yo? Como no sea de tus cartucheras… —contestó Sandra.

— No. Envidia porque tú querías salir antes con Moisés. Por eso. Y no me puedes soportar, rubia de mierda. —repitió con más fuerza, al ver que a su amiga eso le había molestado.

Sandra gritó histérica y se abalanzó sobre Olivia; cayeron las dos al suelo y se propinaron unos golpes que amorataron sus rostros.

Miré al resto y me di cuenta que de repente todos estaban discutiendo.

Se escuchó de nuevo aquella risa.

— Kim dice: Tercera prueba: Sólo puede quedar uno. Solamente una persona saldrá por la puerta. Hacedlo como queráis. El tiempo empieza…, ya.

Pánico.

— Venga, eso está claro que no lo vamos a hacer —dije observando a los demás — Esto es lo que pretendía: que nos enfadáramos primero para ahora hacer esta jugada. Quién sea no se va a salir con la suya. Tenemos que ser más listos. ¡Está jugando con nosotros!

En ese momento Olivia cogió rápidamente el cuchillo con el que habían cortado mi dedo y soltando un grito desgarrador se lanzó sobre Sandra dándole una puñalada en el estómago.

— ¿Pero qué…? ¡Sandra! — Lloraba Raúl cogiéndola en brazos. — ¡Dios mío que has hecho Olvia! ¡Estás loca!

— ¡No quiero morir! —Gritó Olivia llorando — No quiero… morir — soltó el chuchillo, como si fuera consciente por primera vez de lo que acababa de hacer. — Sandra..., qué he hecho... — Cayó de rodillas junto a ella intentando tapar la herida con sus manos.

Unos empezaron a chillar y a pelearse y otros corrieron a esconderse asustados. Todo era un caos. A la que mejor distinguí fue a Olivia subiendo a la parte de arriba de la casa con sus manos ensangrentadas, llorando desquiciada. Yo cogí unas tijeras por si me tenía que defender. Ya no podíamos confiar en nadie. Mientras tanto, Sandra se desangraba en salón y Raúl por más toallas que la ponía no podía hacer nada para impedirlo. « Mi querida Sandra», me lamenté.

Desconfianza.

— Apagando luces, Kim —confirmó el robot.

Nos quedamos a oscuras y subí a la planta de arriba para entrar en mi habitación y esconderme en el armario, pero tras hacerlo, escuché un grito aterrador, salí con las piernas temblorosas y me dirigí hacia el dormitorio donde creí escucharlo. Tenía que pensar en algo, pero la infección se estaba apoderando de toda mi mano. Allí estaba, su espesa melena negra desparramada por el suelo, con medio cuerpo sobre las sábanas y una expresión de horror en un rostro que colgaba boca abajo por un lateral de la cama. « ¡No Raúl! ». Estaba segura de que, por venganza, había sido él.

Bajé despacio al salón, tanteando la pared porque la oscuridad era absoluta. Cuando llegué abajo escuché a alguien llorar.

— ¿Quién hay? —pregunté bajito.

— Soy yo —dijo Raúl.

— Raúl no tenías que haberlo hecho. Ahora te pesará toda la vida. Olivia ha hecho algo horrible, pero… tenías que haberla dejado.

— ¿Pero qué dices? ¿De qué estás hablando? Yo no la he hecho nada. Y no es por falta de ganas. Pero no me he movido del lado de Sandra —. Empezó llorar de nuevo.

Me quedé de piedra. Teníamos a un asesino en la casa.

— Alma —. Escuché a Sergio detrás de mí. — Por favor, te estaba buscando. No te despegues de mí.

— Han matado a Olivia, Sergio —dije llorando. — Sandra y Olivia, mis dos mejores amigas —. Sergio me abrazó.

— Tranquila, tenemos que pensar. Algo se podrá hacer para salir de aquí.

Volvió la luz por una orden dada a Elysa, y la escena que mis ojos observaron fue a Sandra fría en el suelo arropada por Raúl y Sergio a mi lago abrazándome. Me quedé unos minutos quieta, atenta. No se escuchaba nada y, con todos los que éramos, me extrañó.

— Es raro que no se escucha a nadie. Esto no me gusta.

— Voy a subir —dijo Sergio.

— No deja, ya subo yo. Quédate con Raúl.

— Pero no sabemos quién ha matado a Olivia, Alma. Estará arriba y te hará daño.

— Por eso mismo. Es mi casa, y la conozco mejor que ninguno. Correré ese riesgo.

Cogí una linterna de uno de los cajones de la cocina, subí despacio las escaleras sujetando las tijeras con ambas manos y me adentré en el pasillo. La escena era espeluznante: había tres chicos tirados por el suelo. Ahogué un grito tapándome la boca para que el asesino no pudiera oírme y continué andando y esquivando los cuerpos de aquellos jóvenes.

— Quién seas, deja ya de hacer esto—rogué con mi voz temblorosa llorando—. Podemos ver cómo salir de aquí sin hacer daño a nadie más, por favor. —dije, pero nadie contestó.

Me asomé a la habitación donde estaba Olivia; esta vez la acompañaban dos cuerpos más.

Pasé al cuarto de mis padres y a los baños y a la habitación de invitados y en todas partes había amigos muertos, con el cuello morado y los ojos muy abiertos. Me entraron ganas de vomitar.

Me asaltó una inquietud.

— ¡Sergio, cuidado! ¡Creo que me le he cruzado y ha podido bajar! – Grité, mientras bajaba corriendo las escaleras.

Me quedé parada en el último escalón. « No puede ser», pensé.

— ¡Suéltale! ¡Te digo que le sueltes! —dije corriendo hacia él con las tijeras apuntándole. Sin pensarlo se las clavé en un costado.

Raúl calló al suelo, amoratado y tosiendo.

— Gracias — dijo medio afónico y dolorido.

Me quedé paralizada, con mi mano pegada a las tijeras que desgarraban vísceras. Pese a ello, Sergio con toda su adrenalina bullendo, en un solo movimiento hábil, me ató al cuello la cuerda que llevaba en sus manos. Apretó cada vez más, no podía respirar. Me levantó con fuerza en el aire mientras yo pataleaba. La cuerda rompía mi piel y  sangraba. Mi garganta carraspeaba, los ojos me escocían, inyectados de sangre, y me empezaron a pitar los oídos. Supe que me estaba muriendo cuando comenzaron los espasmos y la orina se deslizaba por mis piernas.

Caí al suelo medio inconsciente y mis pulmones se expandieron como dos globos inflándose. Mi boca se movía como la de un pez ahogándose y se esforzaba, de manera instintiva, en coger el máximo aire posible.



Abrí los ojos aturdida y vi a Raúl clavando una y otra vez las tijeras a Sergio.

Me miraba. El asesino me miraba y sonreía.

— Eres la afortunada. Has ganado —dijo Sergio antes de morir.

En ese momento se abrió la puerta, me giré hacia ella y de pronto comprendí todo. Salí con pasos lentos, encorvada y dolorida y me dirigí a la casa de mi vecino. Miré hacia su ventana y vi a dos de los chicos que entraron con él a la fiesta. Contemplé cómo arrancaron rápidamente el ordenador de Sergio y se fueron corriendo. El tercero saltó por la ventana hasta el jardín de mi casa.

Greta estaba atada a las rejas. Entré con ella en casa y llamé a emergencias. Cuando la policía llegó nos encontraron a Raúl y a mí abrazados, agotados y en estado de shock.

Hoy, a las tres y media de la tarde, me han dado la condicional por buen comportamiento tras cinco años de reclusión por el homicidio en grado de tentativa. Raúl aún cumple condena. Tengo muchos planes, muchas cosas pendientes.

No pararé hasta encontrarles.



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