viernes, 24 de mayo de 2019

SONAMBULISTAS



LA NIÑA

Hoy estoy muy contenta porque es viernes por la tarde. Las clases en el mes de mayo empiezan a resultar duras con el calor. Pero no estoy feliz solo porque llega el fin de semana. A papá hoy le toca trabajar de noche en el taxi y siempre que eso pasa, pido a mamá poder dormir con ella.

Mi madre se cree que es porque me encanta descansar en esa cama. En parte sí. Pero también es porque me suelo despertar a media noche con pesadillas horribles que me dan mucho miedo. A veces me encuentro sentada en la cama gritando, sin saber qué hago ni dónde estoy. Al despertarme de golpe veo miles de sombras en la oscuridad de mi habitación, o me imagino espíritus malignos acechándome para llevarme a algún lugar tenebroso. Siento un pánico terrible. Así que, cuando duermo con mamá, me encuentro más segura, y si me despierto sé que nada malo me puede ocurrir. Ella está ahí y eso me calma. La empiezo a rascar la espalda, como excusa para que ella también se despierte. Cuando abre los ojos el miedo se disipa. Ella cree que lo hago solo porque la quiero mucho, pero es para sentirme protegida ante las aterradoras presencias que seguro me observan. Aunque no penséis que no la quiero. Me encanta darle muchos besos y abrazos y sé que nunca se cansa de tenerme encima.


Papá se despide como siempre con un beso a cada una, y mis dos hermanas y yo nos quedamos con mi madre cenando. Acabo de venir de la calle de estar con mis amigas. El juego que más me gusta es la goma. Me sé todas las canciones y se me dan muy bien las alturitas. También me gusta mucho montar en bici. A veces me escapo por las calles y me voy muy lejos con mi amiga sin que mis padres lo sepan, y pedaleo rápido y me imagino que vuelo como si estuviera montada en Falcor de La Historia Interminable.

Con tanta travesura estoy agotada. Mamá me manda a la cama, pero pido quedarme un poquito más.

—Mamá, hoy es viernes. Por fi quiero ver el un, dos, tres.

— Bueno, media hora más y a la cama.

Finalmente me quedo dormida en el sofá y mi madre me lleva con cuidado a la habitación.

Me alertan unos gritos espantosos.

— ¡Mamá, mamá! ¡Pero qué te pasa!—pregunto asustada.

— ¡Hay serpientes en la cama!—dice mi madre gritando.

— ¡Qué dices!—. Levanto la sábana y veo toda la cama llena de enormes serpientes que se sisean y se desplazan lentas. No han dejado un hueco del colchón libre. Comienzo a gritar desesperada, me agarro a mi madre llena de pavor. Para mi sorpresa veo que ella se deshace de mis brazos con una fuerza animal y… en ese momento me despierto y la veo corriendo por la habitación gritando desaforada.



LA MADRE

Por fin es viernes. Hoy a mi marido le toca trabajar por la noche y no me hace mucha gracia porque alguna vez se ha llevado un susto en el taxi. Pero bueno; así es la vida.

Seguro que mi hija me dice que quiere dormir conmigo.

La verdad, no me importa; de hecho me encanta sentirla cerquita. Y eso que muchas veces me despierta en plena noche y me empieza a rascar la espalda y yo en ese momento me siento muy querida. A veces incluso es un poquito pesada. Se pasa el día colgada a mí, pidiendo echar una partida a las cartas, y dándome besos y más besos, y cuando tengo que hacer toda la casa resulta agotador; pero por otra parte, le queda poco para seguir siendo pequeña y que yo sea todo su mundo. Lo sé bien porque ya he pasado dos veces por ese trance.

Luego vendrá la dichosa adolescencia y esta niña apunta maneras.

Se cree que no lo sé, pero la he pillado muchas veces con la bici por ahí. Y mira que le digo que no salga del barrio, pero no hay manera. Cualquier día me avisan dándome un susto.


Mi marido ya se marcha; como siempre nos da un beso a las cuatro y nos quedamos cenando. Después de cenar mis hijas mayores salen un poquito por la noche, pero llegarán pronto. Siempre les digo que a las once en casa y me hacen caso. La pequeña está agotada. La mando pronto a la cama, pero me pide un ratito más, como siempre.

—Mamá, hoy es viernes. Por fi quiero ver el un, dos, tres.

— Bueno, media hora más y a la cama.

Finalmente se queda frita en el sofá y la tengo que acostar con cuidado.


Me alertan unos ruidos raros y escucho la voz de mi niña preocupada.

— ¡Mamá, mamá! ¡Pero qué te pasa!—pregunta mi hija asustada.

— ¡Dios mío! ¡Me persigue un demente! ¡Parece que está muy mal!—. Un hombre con aspecto hosco me acosa y ni la artrosis me impide dejar de correr. Va gritando detrás de mí, haciendo sonidos extraños y torciendo la boca en un intento de risa. De repente, me alcanza y me rodea con sus brazos. Saco la mayor fuerza que puedo y me desprendo de ellos. Corro cada vez más.

En ese momento me despierto, y me encuentro de pie en mitad de la habitación. Miro a mi hija que está sentada en la cama mirando el colchón y chillando aterrada. ¿Qué le pasa al colchón? ¿Qué hago de pie?

Mis hijas mayores, que estaban despiertas charlando en sus camas, vienen corriendo al escuchar tanto grito, no sin antes pasar por la cocina para coger un cuchillo. Algo muy malo nos tiene que estar pasando.

Se quedan atónitas mirando la escena desde el pasillo. Ya despiertas las dos, mi hija sentada y yo de pie, comenzamos reír a carcajadas comprendiendo que se han mezclado nuestros mundos oníricos.

— ¿No habéis pensado que no es buena idea que dos sonámbulas duerman juntas?—dice la mayor con cara de paciencia.

Esto nos va a servir para reírnos durante muchos años, estoy segura.









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