viernes, 31 de mayo de 2019

NAVE LLAMANDO A TIERRA



      


Hoy, en la siesta, he pintado la frente a Gael y ni se ha enterado, pero al despertar ha ido al baño y ahora está gritándome.

— ¡No me guztan estas bromas! ¡Te lo he dicho muchas veces!—. Lloriquea mirándose al espejo.

Me tapo con la sábana la cara para que no escuche mi risa.

— Venga, vamos a jugar un rato—le digo cuando vuelve a la habitación—. ¡Píntame también! Toda la cabeza si quieres. Tengo las pistolas de ayer en el cajón.

— Vale—dice con medio puchero aún en su cara.

Pobrecito, él es bastante más pequeño que yo y, en ocasiones, me aprovecho de eso. Las horas del día son tan largas a veces…

Nos ponemos en pie. Él tiene que apartar algunos cables que le molestan, pero al final saltamos de las camas y comenzamos el juego.

— ¡Atención, nave nodriza dirigiéndose a tierra! ¡Nos persigue una nave extraterrestre! ¡Ayuda!

— ¡No te ezcaparás maldito terrícola! Vais a morir todos, ja, ja, ja—exclama exagerando una risa perversa.

Comenzamos a correr por la habitación con los brazos extendidos, simulando naves en el espacio exterior, gritando y saltando sobre las camas como si fueran meteoritos que debemos esquivar.

Gael me persigue sujetando con su mano izquierda lo que dice que es su súper nave. Esa cosa tiene ruedas y le dificulta la caza y eso me da mucha ventaja.

Se abre la puerta.

— ¡Atención, atención! La monstruo jefa está invadiendo nuestro espacio—grito mientras corremos como dos niños buenos para meternos en la cama.

— Vamos chicos, portaos bien—ordena mientras saca su fonendoscopio para auscultarme.

— ¡Maldición, me ataca!—exclamo llevándome las manos a la cara de forma teatral, cuando me acerca el aparato al pecho. La doctora no puede evitar reírse.

— Estate quieto—me pide risueña.

Miro a Gael guiñando un ojo y él lanza una risita. De repente se pone serio y la mira.

— Señora monztruo—vuelve a reír de forma pícara— ¿cuándo le va a crecer el pelo a Ángel?—pregunta señalando mi cabeza pintada por él hace un rato.

— Muy pronto Gael. Y a ti te quitaremos los cables en breve. Estáis los dos muy bien.

Nuestras madres entran con caras alegres detrás de la doctora. Parece que han recibido muy buenas noticias.







viernes, 24 de mayo de 2019

SONAMBULISTAS



LA NIÑA

Hoy estoy muy contenta porque es viernes por la tarde. Las clases en el mes de mayo empiezan a resultar duras con el calor. Pero no estoy feliz solo porque llega el fin de semana. A papá hoy le toca trabajar de noche en el taxi y siempre que eso pasa, pido a mamá poder dormir con ella.

Mi madre se cree que es porque me encanta descansar en esa cama. En parte sí. Pero también es porque me suelo despertar a media noche con pesadillas horribles que me dan mucho miedo. A veces me encuentro sentada en la cama gritando, sin saber qué hago ni dónde estoy. Al despertarme de golpe veo miles de sombras en la oscuridad de mi habitación, o me imagino espíritus malignos acechándome para llevarme a algún lugar tenebroso. Siento un pánico terrible. Así que, cuando duermo con mamá, me encuentro más segura, y si me despierto sé que nada malo me puede ocurrir. Ella está ahí y eso me calma. La empiezo a rascar la espalda, como excusa para que ella también se despierte. Cuando abre los ojos el miedo se disipa. Ella cree que lo hago solo porque la quiero mucho, pero es para sentirme protegida ante las aterradoras presencias que seguro me observan. Aunque no penséis que no la quiero. Me encanta darle muchos besos y abrazos y sé que nunca se cansa de tenerme encima.


Papá se despide como siempre con un beso a cada una, y mis dos hermanas y yo nos quedamos con mi madre cenando. Acabo de venir de la calle de estar con mis amigas. El juego que más me gusta es la goma. Me sé todas las canciones y se me dan muy bien las alturitas. También me gusta mucho montar en bici. A veces me escapo por las calles y me voy muy lejos con mi amiga sin que mis padres lo sepan, y pedaleo rápido y me imagino que vuelo como si estuviera montada en Falcor de La Historia Interminable.

Con tanta travesura estoy agotada. Mamá me manda a la cama, pero pido quedarme un poquito más.

—Mamá, hoy es viernes. Por fi quiero ver el un, dos, tres.

— Bueno, media hora más y a la cama.

Finalmente me quedo dormida en el sofá y mi madre me lleva con cuidado a la habitación.

Me alertan unos gritos espantosos.

— ¡Mamá, mamá! ¡Pero qué te pasa!—pregunto asustada.

— ¡Hay serpientes en la cama!—dice mi madre gritando.

— ¡Qué dices!—. Levanto la sábana y veo toda la cama llena de enormes serpientes que se sisean y se desplazan lentas. No han dejado un hueco del colchón libre. Comienzo a gritar desesperada, me agarro a mi madre llena de pavor. Para mi sorpresa veo que ella se deshace de mis brazos con una fuerza animal y… en ese momento me despierto y la veo corriendo por la habitación gritando desaforada.



LA MADRE

Por fin es viernes. Hoy a mi marido le toca trabajar por la noche y no me hace mucha gracia porque alguna vez se ha llevado un susto en el taxi. Pero bueno; así es la vida.

Seguro que mi hija me dice que quiere dormir conmigo.

La verdad, no me importa; de hecho me encanta sentirla cerquita. Y eso que muchas veces me despierta en plena noche y me empieza a rascar la espalda y yo en ese momento me siento muy querida. A veces incluso es un poquito pesada. Se pasa el día colgada a mí, pidiendo echar una partida a las cartas, y dándome besos y más besos, y cuando tengo que hacer toda la casa resulta agotador; pero por otra parte, le queda poco para seguir siendo pequeña y que yo sea todo su mundo. Lo sé bien porque ya he pasado dos veces por ese trance.

Luego vendrá la dichosa adolescencia y esta niña apunta maneras.

Se cree que no lo sé, pero la he pillado muchas veces con la bici por ahí. Y mira que le digo que no salga del barrio, pero no hay manera. Cualquier día me avisan dándome un susto.


Mi marido ya se marcha; como siempre nos da un beso a las cuatro y nos quedamos cenando. Después de cenar mis hijas mayores salen un poquito por la noche, pero llegarán pronto. Siempre les digo que a las once en casa y me hacen caso. La pequeña está agotada. La mando pronto a la cama, pero me pide un ratito más, como siempre.

—Mamá, hoy es viernes. Por fi quiero ver el un, dos, tres.

— Bueno, media hora más y a la cama.

Finalmente se queda frita en el sofá y la tengo que acostar con cuidado.


Me alertan unos ruidos raros y escucho la voz de mi niña preocupada.

— ¡Mamá, mamá! ¡Pero qué te pasa!—pregunta mi hija asustada.

— ¡Dios mío! ¡Me persigue un demente! ¡Parece que está muy mal!—. Un hombre con aspecto hosco me acosa y ni la artrosis me impide dejar de correr. Va gritando detrás de mí, haciendo sonidos extraños y torciendo la boca en un intento de risa. De repente, me alcanza y me rodea con sus brazos. Saco la mayor fuerza que puedo y me desprendo de ellos. Corro cada vez más.

En ese momento me despierto, y me encuentro de pie en mitad de la habitación. Miro a mi hija que está sentada en la cama mirando el colchón y chillando aterrada. ¿Qué le pasa al colchón? ¿Qué hago de pie?

Mis hijas mayores, que estaban despiertas charlando en sus camas, vienen corriendo al escuchar tanto grito, no sin antes pasar por la cocina para coger un cuchillo. Algo muy malo nos tiene que estar pasando.

Se quedan atónitas mirando la escena desde el pasillo. Ya despiertas las dos, mi hija sentada y yo de pie, comenzamos reír a carcajadas comprendiendo que se han mezclado nuestros mundos oníricos.

— ¿No habéis pensado que no es buena idea que dos sonámbulas duerman juntas?—dice la mayor con cara de paciencia.

Esto nos va a servir para reírnos durante muchos años, estoy segura.









viernes, 17 de mayo de 2019

EL ABUELO










Ella se desconcertó cuando vio el sobre encima de su escritorio. Más que nada porque desde el principio pensó que era misión imposible. Pero allí estaba… por fin, cuando estaba a punto de darlo todo por perdido. Le había costado muchos meses conseguir aquello, buscando en archivos, consultando ayuntamientos, escribiendo a posibles familiares, preguntando a vecinos de su pueblo…. Ya pensaba que, de existir algo de lo que buscaba, no iba a dar tiempo, que su abuelo se marcharía para siempre antes de poder darle aquella sorpresa.


Abrió aquel sobre despacio, como quien tiene un tesoro mágico y teme que desaparezca. Junto a la foto había una nota en la que explicaba quién era, de esa imagen, el hombre que estaba buscando. En ella se podía contemplar la figura de un chico junto con otras personas adultas que, supuso, se trataría de los tatarabuelos y más familiares. La foto en blanco y negro y medio borrosa, posiblemente sería la única imagen que se tenía de él. La devastación de la guerra había privado al abuelo de cualquier recuerdo, foto, objeto…, ninguna cosa que él pudiera atesorar de su padre.


Dejó lo que estaba haciendo en el despacho, cogió el bolso y fue a la residencia.

Le entregó el sobre.

Al principio se quedó sorprendido, no sabía de qué… Pero... Su rostro fue cambiando y una emoción afloró intensa; Y fue entonces cuando empezó a contar aquella historia que tantas veces ella había escuchado:
 

—Yo tenía los ojos más tristes que un niño podía tener—dijo el abuelo observándose en la foto—. Menudas pestañas. No las recordaba así.

— Igual que ahora, abuelo—dijo ella con cariño, mientras acariciaba su mejilla con ternura.

El hombre la miró con admiración y afecto.

Continuó con su historia:

—Me asomaba detrás de una rendija que dejaba al aire una pequeña apertura por donde podía mirar. Al otro lado, individuos que jugaban a ser soldaditos de plomo pasaban por delante de mí sin verme, y el miedo me hacía estar muy callado, tal y como mi padre me pedía. Recuerdo cómo apretaba mi mano muy fuerte, para hacerme sentir seguro. Apenas si cabíamos en aquel cuartucho que tenían mis padres como despensa. Mi padre…, cuánto le quería.

— Lo sé abuelo.

— Él decía que no pasaba nada, que eran sólo personas enfadadas, pero que no hacían daño; que las listas de nombres no eran ciertas. Los miré detenidamente. Sus gritos me aterraban y aquellas armas enlutadas dispuestas a disparar no parecían de juguete. La puerta se abrió y unas grandes manos cogieron a mi padre y… Y ya nunca más le volví a ver. Sentí un golpe fuerte en la sien—el abuelo se tocó la cicatriz de su cabeza—. En realidad, aquel que me dio el golpe se apiadó de mí. Es contradictorio, ¿verdad? —se lo preguntaba a sí mismo mirándola a ella— El asesino de mi padre, fue el que me salvó.Y cuando ocurre eso, uno se pasa la vida sin saber que sentir hacía ese desconocido: odio por haberme privado de mi padre, pena por que seguramente se vió obligado a hacerlo, o agradecimiento por encubrir mi presencia y haberme permitido tener una vida, haber conocido a mi querida Amalia, a mi hijo Alfredo y lo mejor de todo, tenerte aquí conmigo ahora.

— Fueron tiempos duros para todos.

— Me avivó el rescoldo de un olor a pólvora y el rostro de mi madre con expresión urgente apareció tras aquella puerta. Desde entonces solo pude recordar de mi padre aquella mano apretándome fuerte, solo eso. Se lo llevaron todo, hasta la posibilidad de recordarle de otra manera.

— Ahora ya puedes hacerlo, abuelo—señaló una imagen de la foto—. Éste era él, ahí tienes su imagen, riendo, feliz, con todos vosotros—dijo ella.

Se abrazaron muy fuerte y se quedaron así, dejando pasar el tiempo, compartiendo amor, nostalgia y consuelo.

— Gracias hija mía—le susurró al oído—. Gracias.

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Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

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