MERECE LA PENA, SIEMPRE.




Por notar la arena caliente jugueteando entre los dedos de mis pies al pasear por la orilla de una playa olvidada; por poder escuchar el rumor de las olas al acercarse suaves, por poder dejar de temer al sol y disfrutarlo siempre y poder sentir la brisa refrescando mis pecas. ¿Podéis notarla meciendo vuestro cabello?

Por poder observar una escena familiar feliz. Ser la espectadora de conversaciones políticas, de series y de libros…, ser partícipe de risas y de planes. Tener el lujo de pensar que todo está bien mientras os contemplo uno a uno, sin tener que imaginarlo, siempre. ¿Percibís la tranquilidad?

Por esos paseos junto al rio con mi perra, viéndola feliz y disfrutando sin correa que la retenga y pensarla junto a mí, siempre. Exhalar juntas aromas florales, notar la fuerza boscosa con la mente limpia de inquietud y no tener más preocupación que pararnos a admirar el agua atravesando la tierra. Si cerráis lo ojos, ¿podréis escuchar su caudal?

Por observar a mi compañero dormir tranquilo a mi lado. Por viajar con él y reencontrarnos, siempre, por poder reírnos siendo cómplices y amigos. Por perdonar nuestras salidas de tono, porque sí, para querernos. ¿Veis cuánta generosidad?

Por poder reunirme con mis amigas, diluirme en esas risas que mitigan mis dolores, calman mis miedos, y me hacen olvidar. Por volver a casa con el corazón inflado y completo. Porque tienen las fichas del puzle que soy y me completan, siempre. ¿Entendéis cuánta lealtad?

Por tantas cosas bellas — a veces cosas imposibles; otras no. — y por disfrutar, aunque sea una décima de segundo, de esos pensamientos que ahuyentan mi otra realidad y abrigan mis fríos. Por todos los buenos momentos, y lo malos también. Por ellos y a pesar de ellos, adoro la vida: mágica, especial, vibrante, sensible, terrible, amable, trágica, valiente… Solo por eso, todo merece la pena, siempre. ¿Apreciáis mi felicidad?





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