martes, 23 de abril de 2019

LAS CADENAS DE SARA

Esta vez me apetecía cambiar el tono del relato. ¿Os apetece un poquito de acción? Pues vamos a ello.
Espero que os guste, y en cualquier caso, podéis dejarme comentarios más abajo.







Sara ya lo sabía. Pensaba en ello sentada en un taburete al lado de la bañera, mientras masajeaba el pelo rubio de Carol. Miraba aquellos ojos cerrados con sus largas pestañas, y con un dedo iba repasando el paisaje de su cara: aquellos dos hoyuelos, que la volvían loca, su nariz perfecta y sus labios curvados en media sonrisa. Su cuerpo estaba cubierto de espuma. «No puedo consentirlo», rumiaba removiendo el agua que envolvía a Carol.

—Tengo que salir, amor —dijo Sara mientras se secaba la mano con la toalla. No recibió respuesta; tampoco la esperaba.

Se puso ropa de deporte, cerró la puerta de un golpe y sintió cómo una brisa fuerte la traspasaba el rostro. Inspiró profundamente para intentar apaciguar su ansiedad. Su corazón palpitaba con fuerza, las manos sudaban y el nudo en la boca del estómago la estaba ahogando. «No puedo consentirlo». No dejaba de repetírselo una y otra vez.

Salió sin rumbo fijo y corrió tan rápido como pudo intentando dejar todo atrás.

Cuando quiso darse cuenta estaba delante de aquella casa. Se acercó despacio y dudó. «Márchate Sara. Sal de aquí», se dijo mientras se dirigía hacia la entrada.

— ¡Hola Sara! —saludó Víctor al abrir la puerta—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Va todo bien?

— Hola Víctor —contestó ella sonriendo.

«Aquí está, mírale. Tan guapo y encantador como siempre», pensó con desprecio.

— Sí, sí. Todo va estupendamente. He salido a correr y justo he parado delante de tu casa. Hace tiempo que no nos vemos, así que he pensado en saludarte.

— ¡Claro! Me das una grata sorpresa. Pasa, no te quedes ahí. ¿Quieres un café? —preguntó con naturalidad.

«Qué bien disimulas», pensó ella.

— Mejor té, si tienes, gracias —contestó lo más simpática que pudo—. ¿Qué tal Sonia y los niños? Veo que no están.

« ¿Lo habrán hecho aquí mismo, donde estoy sentada? ¿Cuántas veces habrá subido Carol aquellas escaleras para ir hasta su habitación?»

— Han salido los tres de compras. Los chicos crecen rápido y en seguida se les queda todo pequeño, ya sabes —respondió Víctor desde la cocina.

Sara decidió marcharse. Fue hacia la puerta pero se arrepintió. Empezó a dar vueltas por el salón llorando, con las manos en la cabeza apretándose la sien ahogando un grito y sudando como nunca en su vida había sudado.

— Te he puesto una de esas galletas que sé que te… —. Víctor no pudo terminar la frase. Se quedó de pie en la entrada del salón sospechando lo que pasaba.

—Tengo que contarte algo —admitió Sara, mirándole con odio, mientras se secaba las lágrimas —He matado a Carol—. Lo dijo sin pensar, solo para que el dolor también le consumiera por dentro.

— ¿Cómo? —preguntó Víctor con un hilo de voz tembloroso— ¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?

— Lo he hecho en la bañera —continuó explicando con la mirada perdida, sin escucharle —. ¿Sabes lo que le relaja que acaricie la cabeza mientras se baña? ¿Te ha pedido ese tipo de cosas alguna vez, o solo follabais? ¿Sabes que llevo toda la vida enamorada de ella y sabes cuántos años me costó que me dejara de ver como a una amiga? La di todo lo que pedía solo para que supiera que yo la haría feliz. ¿Y para qué…? No lo podía consentir. La he sedado y después la he ahogado en la bañera —explicó con una repentina frialdad.

— ¡Estás loca! —gritó Víctor, aterrado. La taza de té cayó al suelo haciéndose añicos —. No puedes estar diciéndolo en serio. ¡No es posible!

— Claro que es en serio. Ve a comprobarlo si quieres.

— ¡Dios mío! ¿Pero qué has hecho? ¡Nunca debiste dejar a aquel psiquiatra! ¡Tu obsesión por ella no la dejaba vivir! ¡A ver si te enteras: Carol solo seguía contigo por miedo, porque estás loca!— lloraba con ira—. La tenías atada a ti, no tenía otra opción atrapada entre tus cadenas. …, pero…, Dios mío, qué es lo que has hecho—. Víctor caminaba hacia atrás instintivamente, intentando llegar hasta el teléfono.

En ese momento se escuchó el ruido de la puerta:

— ¡Hola papá! —gritaron los mellizos—. ¡Ya hemos vuelto!

— ¡No entréis! ¡Quedaros fuera y avisad a vuestra madre! ¡Decidla que llame a la policía!

— ¿Qué pasa papá?

— ¡Salid fuera ya! — gritó mientras se giraba hacia la puerta de entrada.

En ese momento Sara se acercó rápidamente a la chimenea, cogió el atizador de fuego y dando un grito terrorífico se abalanzó hacia él, golpeándole en la frente. Víctor cayó al suelo.

Sara tenía la cara salpicada de sangre, aún caliente. No paraba de gritar, con la mirada desquiciada, con el gancho elevado para golpearle otra vez, y con todos los músculos de su cuerpo en tensión, sudando mucho más que antes. Se quedó así, paralizada, mientras sentía de fondo gritos y llantos y más gritos.

— ¡Víctor! —escuchó a Sonia como si estuviera muy lejos — ¿Pero qué has hecho Sara? ¿Por qué? ¡Dios mío! ¡Víctor!

— Vete de aquí. Coge a los chicos y sal. Esto no va contigo. Puedo con otros tres más —amenazó una Sara autómata.

Salieron los tres corriendo hacia el coche, mientras Sonia intentaba llamar a una ambulancia. El pulso le temblaba y el móvil cayó al suelo. Los chicos lloraban despavoridos. Recogió el teléfono y se encerraron dentro. Entre temblor y temblor llamó como pudo a emergencias.


Sara salió de la casa.

— Aún respira —dijo cuando pasó por su lado, sin que la escucharan. Sonia apretaba a sus hijos contra su cuerpo como si con eso pudiera protegerlos,  y con mucho miedo, con sus cabezas juntas y agachadas, gritaban y lloraban.

— Calmaos chicos, ya se va. ¿Lo veis? No nos va a pasar nada—. Intentaba tranquilizar a sus pequeños, que no entendían por qué una amiga de su familia, cercana y amada por ellos, había golpeado a su padre con tal saña. El más intrépido se atrevió a levantar un poco la vista y mirar de reojo la figura ensangrentada que pasaba al lado del coche—. La policía está en camino y una ambulancia llevará a vuestro padre al hospital. Todo se va a solucionar —. Un temblor en su voz y un llanto ahogado, inasible y tenue, traicionaban la intención de Sonia.


Sara echó a correr, pero esta vez con rumbo fijo. Entró en su casa.

— Hola cariño. ¿Dónde te habías metido? —preguntó Carol desde la planta de arriba, al sentirla llegar.

— Te dije que tenía que salir.


FIN




2 comentarios:

  1. Entonces... ¿Ella cree que mata a Carol y se va a confesar a Víctor pero después de su ataque regresa a casa y resulta que Carol ha sobrevivido? ¿O desde el principio Carol está viva pero Sara le miente a Víctor para descargar su furia?

    (Me ha gustado mucho)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias Utrilla!
      Es normal que tengas esas dudas, ya que se trata de un mircro relato con final abierto, almenos en algunas partes de la historia.
      Para responder a tu pregunta te diré se trata de la segunda opción que planteas. Al menos la escribí pensando en eso: Carol está viva desde el principio.El escrito intenta jugar con el factor sorpresa, manejando la idea de su asesinato a mitad de la historia y
      descubriendo al final que no es así.
      ¡Un fuerte abrazo y gracias por comentar!

      Eliminar

Elige tu idioma

ADELANTE, PODEIS PASAR...

Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

COMENTA CON FACEBOOK

AMORES CIEGOS