jueves, 4 de abril de 2019

EL AGUADOR DEL TRANVÍA

Esta es una historia, como otras tantas, de un buen hombre. Podría decir que es la leyenda del padre más bueno del mundo, pero seguro que muchas hijas dicen esto de sus padres. Lo cierto es que todo lo que quiero contar ocurrió al principio, mucho antes de ser hija, incluso antes de ser él mismo.

Nació el ocho de julio de mil novecientos cuarenta y dos en Yecla. Allí permaneció hasta que, a los tres meses, la familia se trasladó a un Madrid abatido por la posguerra. Se llamaba Pedro, o Pedrito, como le decían cariñosamente. Era el menor de tres hermanos y el único varón de la familia.

Mi abuelo Pascual se quedó sin trabajo a causa de la mutilación de su pierna derecha. «Herida de guerra», decía el hombre con orgullo.

Comenzaron viviendo hacinados en una pequeña habitación de un piso situado en la calle Jorge Juan, junto a la plaza de toros. Pascual se marchaba todas las mañanas bien temprano a jugar su partida de dominó. Iba siempre al mismo sitio: la bodega de Don Mauricio, que estaba situada a dos calles de su casa. Teresa, mi abuela, se levantaba de madrugada para ir a limpiar el cine Argüelles. Era la única que se ocupaba de llevar algo de dinero a la familia. Mis tías, Rosa y Carmen, iban al colegio, y Pedrito, con apenas cuatro años, se quedaba remoloneando en la cama hasta que su madre volvía del trabajo.

Le cuidaba de vez en cuando la dueña del piso. No le daba siempre de desayunar, pues casi no les llegaba el dinero para pagar la habitación, y tampoco a ella le sobraba. Pero a veces, se enternecía, le partía un poco de pan y le daba un, más que escaso, vaso de leche. Le vestía y le dejaba bajar a la calle cuando se despertaba antes de que entrara Teresa por la puerta.

Se podría decir perfectamente que era un pequeño pieza. Su mayor ilusión por aquel entonces era correr detrás de las palomas para cazarlas.

— Este niño no para un momento —. Teresa se quejaba a menudo, cruzando los brazos bajo el pecho — .Se puede tirar toda la mañana corriendo detrás de esos pájaros.

— ¡Mamá mírame! —Gritaba Pedrito al verla llegar a casa — ¡Seguro que la cojo y la subo para soltarla desde la ventana!
Por supuesto, nunca conseguía cazar ninguna.


Pascual tenía un amigo que trabaja en una charcutería y de vez en cuando le regalaba recortes de jamón. Tenía que cruzar todo Madrid para ir a verlo, pero valía la pena el esfuerzo, porque el buen hombre al verle en su tienda, se apiadaba, y le daba algún recorte de periódico relleno de sobras que allí se tiraban. Un día llegó con un buen trozo de tocino a casa:


— Con este tocino podremos hacer grasa para cocinar. Hay que ir quitando poco a poco trozos pequeños y así nos durará unos cuantos días —dijo orgulloso a su familia, mientras lo guardaba en un armario.

Pedrito podía oler de lejos aquel manjar. Estuvo días sin tocarlo. Solo cerraba los ojos para imaginar su sabor. Pero el anhelo le tapó los oídos y los ojos y le abrió la boca. No pudo resistir más. Aquella mañana se levantó antes de que llegara su madre. Cogió una silla y con sus piernecitas aún cortas subió como pudo, se puso de puntillas sobre ella y abrió con cuidado el armario.

Lo cogió.
Lo miró.
Lo admiró.
Lo devoró en un santiamén.


El pedazo de tocino se escurría entre sus pequeños dedos grasientos mientras hundía la cara en la carne, dando grandes bocados, sin apenas masticar, sin poder casi ni respirar entre mordisco y mordisco.

Su hambre no sabía de hermanas ni de padres. Solo escuchaba sus tripas que ya se aburrían de tanto bramar. Después se quedó sentado en la silla, con su cuerpecillo desparramado hacia el suelo, con el buche lleno y una sonrisa de satisfacción.

Cuando Pascual llegó quiso echar mano al armario para coger el tocino, fundir la grasa en el fuego y preparar algo más suculento de lo habitual. Pero ya no había nada con que hacerlo. Esperó taciturno a que Rosa y Carmen llegaran del colegio y los reunió a los tres. 


— ¿Quién ha cogido el tocino? —Preguntó enfadado — ¿Quién ha tenido la desfachatez de dejar a toda la familia sin poder cocinar con ello? ¿Sabéis cuánto me cuesta ir hasta la charcutería con esta pata de palo? ¡No tenéis vergüenza! Esto lo tenéis que pagar de alguna manera. ¿Me habéis escuchado bien?
 

— He sido yo, Papá —confesó Pedrito, cortando su retahíla —. Lo siento mucho.

Pascual le cogió con fuerza del brazo, le puso sobre sus rodillas y quitándose la correa le dio una tremenda tunda. Sus hermanas lloraban viendo cómo el cinturón se estrellaba una y otra vez sobre sus nalgas. Pedro gritaba a cada latigazo recibido. No le supuso ningún trauma infantil, ni se sintió humillado. Pensó que se merecía aquella paliza por dejar a su familia sin el tocino. Estuvo varios días sin poder sentarse y la lección le sirvió para toda la vida. Fue la única vez que Pascual le pegó.


En la calle Narváez esquina con Felipe II, frente a una tintorería que se llamaba “Los Yanquis”, existía una fuente de la que salía agua clara, limpia y fresca. Rosa y Carmen eran las encargadas de ir allí para recoger el agua con un botijo y llevarlo lleno a casa. Pedrito siempre quería acompañarlas, e iba revoloteando a su alrededor saltando y jugando. 


Un día, mientras sus hermanas llenaban el botijo, Pedro estaba jugando encima de una vieja alcantarilla que no se ajustaba bien al suelo. Se vino abajo y él con ella. El susto fue morrocotudo. Se quedó llorando en el fondo y sus hermanas desde arriba mirando con los ojos como platos, gritando como Pedrito nunca había escuchado gritar a nadie. La gente se arremolinó alrededor para ver qué pasaba. Por fin, alguien llegó con una cuerda, bajó por el hueco, ató a Pedro por la cintura y otra persona, desde arriba, tiró de la cuerda para subirle. A él se le pasó la llantina, sus hermanas se calmaron y se fueron los tres con el botijo lleno a casa como si nada hubiera pasado.

Después de mucho empeño, Pascual obtuvo un permiso para poner un kiosco de bebidas en un bulevar que hacía esquina con Reina Victoria.

Pedrito, por aquel entonces, se pasaba las horas en unos futbolines cercanos al nuevo negocio. Me contó, tiempo después, que un día alguien le regaló un aro y él lo hacía rodar con un palo sobre el suelo. No recordaba quién fue, pero sí que se sintió el rey de mundo. Era la primera vez que alguien le regalaba un juguete.

El problema lo tenía cuando iba a los futbolines con aquel aro, porque los chicos mayores, chulos y malcarados, se lo quitaban. Entonces, subía llorando al kiosco llamando a su hermana a gritos. Rosa, que era de armas tomar, bajaba con paso decidido y mandíbula apretada, hasta donde estaban esos chicos y los obligaba a que le devolvieran el juguete. Así Pedrito seguía jugando feliz.

Con tan solo seis años Pedro se topó de golpe con su primer sueldo. Era domingo y el calor seco de la ciudad pesaba sobre los hombros caídos de los transeúntes.

—Pedrito, ve a por agua hijo, que este calor nos está matando—pidió Pascual.

—Vale papá, cojo el botijo y lo traigo lleno.

Se acercó hasta una boca de riego que había en una esquina de la calle, cerca del kiosco. Llenó el cántaro mientras se fijaba que un poco más abajo, unos hombres sudorosos hacían fila en una parada del tranvía. Esos señores salían del campo de fútbol Metropolitano sedientos y cansados. Cuando vieron acercarse a Pedrito le llamaron:
— ¡Eh chaval! ¿Qué llevas ahí?—preguntó uno de ellos.

—Agua señor—contestó Pedro.

—Dame un poco chico, que estoy muerto de sed.

—Claro señor, ahí la tiene.

Con mucha sorpresa observó cómo aquel tipo se metía una mano en el bolsillo y sacaba unas monedas que amablemente le ofrecía.

Pedrito no perdió la oportunidad de pasearse por toda la fila y saciar la sed de aquellos hombres. Así fue como ganó sus primeras monedas. El tranvía llegaba y se marchaba lleno hasta los topes, pero en seguida se formaba otra cola, y él no paraba de ir a llenar el botijo para volver a ofrecerlo, una y otra vez. Fue en ese momento cuando rugió en sus adentros esa inquietud: algo que le empujaba a pensar en nuevas formas de ganar dinero.

Tanto tardó en volver al kiosco que Rosa fue a ver si le había pasado algo.


— Pedrito, ¿dónde te has metido? Padre te mandó a por agua y se está impacientando.

— Mira hermana —dijo Pedro, enseñándole un bolsillo repleto de monedas.

— ¿De dónde has sacado ese dinero Pedro?—preguntó sorprendida.

— Llevo todo el rato ofreciendo agua a estas personas y a cambio… ¡me han dado todo esto!—contestó Pedro con los ojos chispeantes, tocándose el bolsillo.

Rosa no se lo podía creer. Fueron corriendo a contárselo a Pascual, que al enterarse, olvidó inmediatamente su enfado. 

Aquel fue el primero de muchos negocios que Pedro tuvo a lo largo de su infancia. Siempre que había partido acudía a la cola del tranvía vociferando:
 « ¡el aguador!», y ofreciendo la preciada agua que calmaba la sed, después de una tarde chillando en el campo de futbol.

Cuando contaba con siete años de edad se fueron a compartir piso con una amiga de la familia. ¡Qué ilusión poder tener dos habitaciones para ellos solos! ¡Y con derecho a usar la cocina! Estaba situado en la calle Gómez Ortega y cerca también había una parada: la del tranvía número cuarenta.

Él siempre recordó con especial cariño aquella parada por dos motivos: la primera porque necesariamente tenían que montar en su vagones para ir a ver a una tía suya. Siempre intentaba sentarse. No era vaguería, era porque le hacía mucha ilusión poder ceder el asiento a una persona anciana. Eso le hacía sentirse mayor e importante. La segunda era que cuando se juntaba con los amigos del barrio solían subirse a los topes del último vagón, o ponían chapas en la vía para comprobar después lo aplastadas que quedaban, las redondeaban con el bordillo y servían para jugar al futbolín.

Una mañana, cruzando la calle López de Hoyos, a lo lejos vio una cosa negra, tirada en el suelo. Sin preocuparse de los coches, que por aquel entonces eran pocos, cruzó la calle para ver lo que era: una cartera negra repleta de dinero. Seiscientas pesetas de aquel entonces. Toda una fortuna.

Cuando la llevó a casa hubo una fiesta.

— Hijo, con este dinero—dijo Teresa poniéndole unos billetes en la mano—, vete derecho a pagar a la tienda del señor Paco—. Estaba eufórica de alegría.

—Vale madre, así lo haré.

—Carmen, tú acércate al mercado y compra un pollo; uno bien grande. Hoy vamos a comer bien chicos—. Teresa tenía la emoción contenida en sus ojos. —Con lo que sobre, os lo repartís a partes iguales y os vais juntos al cine.
Por su puesto, ni Pascual ni Teresa se quedaron nada para ellos. Pagaron deudas, y el pollo, bien racionado, les dio para comer un par de días.

Tan mal iban las cosas que Teresa siempre que podía llevaba del trabajo las colillas más grandes que se encontraba cuando limpiaba. Pascual las deshacía y las volvía a liar juntando los restos del tabaco en un cigarro más grande. Así él podía fumar. Pero traer esas colillas no era empresa fácil, pues Teresa tenía que competir con sus compañeras, porque todas hacían lo mismo.
Pedrito, como todos los niños de la época, también tenía un primo rico, que iba a ver en ese tranvía número cuarenta.

— ¡Venga Pedrito, vamos a ver a los primos!—decía Teresa alegre.

— ¡Bien! ¿Qué tendrán esta vez? A ver si me dan otra canica, ¡o un coche! ¡Sí! ¡Mejor un coche , que canicas ya tengo dos!
Sabía que volvería a casa con los juguetes que su primo no quería o que rompía. Se los guardaban siempre para el primito pobre: Soldaditos de plomo sin cabeza o sin piernas, coches sin cabina o sin ruedas… Pero a él no le importaba. Si los soldaditos no tenían cabeza, ya se inventaba alguna guerra donde la hubieran perdido. Y si a los coches les faltaba algo, pues ya se encargaba de llevarlos al taller. Si eran muñecos viejos, pues él cogía de los periódicos los dibujos que encontraba de botellas, las recortaba y jugaba a que era camarero de un bar, con un montón de ancianos como clientes. El último juego que recordaba de su niñez, era con un amiguito suyo cuyo padre tenía un bar. Jugaban al circo en su sótano. Él hacía de león, y el amiguito de domador. Pedrito se metía en una caja de cartón, y el otro chico se ponía frente a él, con un látigo en la mano y un bocadillo de chocolate en la otra.

La picardía que tenía Pedro por aquel entonces le hacía ser sumamente espabilado, y si el domador quería que hiciera las cosas que mandaba, la condición era que tenía que tirar un trocito del bocadillo al león. De esa forma Pedrito merendaba casi todas las tardes pan con chocolate.

Huelga decir que, mientras todo esto sucedía y su infancia iba pasando, él seguía acudiendo a las paradas de los tranvías en los días de calor para ofrecer el agua. Tanto en la parada de Metropolitano, como en la cola del número cuarenta.
En cuanto a su experiencia con el colegio fue más bien escasa. Acudió durante tres meses al Sagrado Corazón de Jesús. Le hicieron la clásica foto con una máquina de escribir y el mapa de España de fondo. ¡Una foto con una máquina de escribir! ¡A él, que no sabía leer ni escribir! Volvió a sentirse importante. Entró de forma tardía en el curso. Justo era el mes de las comuniones. Su madre quería que la hiciera y a pesar de que esto supuso grandes debates entre Pascual y ella, finalmente ocurrió. Su padre no era muy religioso que digamos, pero a Pedrito le hacía muchísima ilusión aquel evento.

— Mamá, ¿crees que me pondrán el primero? Al ser el más mayor yo creo que sí —decía ilusionado.

— Ya veremos cariño. Haremos lo que diga el profesor.

Pedrito ya se imaginaba el primero de la fila, vestido de marinero y con muchos regalos a su alrededor. Pero ni hubo ni traje, ni fue el primero de la fila sino todo lo contrario. Le pusieron el último, porque un niño que iba vestido tan mal no podía ser el primero. A pesar de eso, él estaba muy contento, con sus pantalones cortos zurcidos y su rebeca de lana roída por los codos.

La celebración fue lo que más le gustó. Todos los niños tenían sus regalos, pero pensó que ninguno tenía que lo que a él dieron: una onza de chocolate y un trozo de pan. Todo un manjar. No vio a ningún compañero suyo con chocolate. Lo que no sabía es que ellos tenían eso casi todas las tardes.

Llegó el mes de junio y junto al fin de las clases también terminó así su experiencia con el colegio.

Su niñez, o lo que hubo de ella, terminó pronto porque en seguida se puso a trabajar a jornal completo. Poco a poco iban mejorando económicamente a base de mucho esfuerzo. Sus hermanas también se pusieron a trabajar y Pedrito llegó a tener hasta tres trabajos a la vez. Dos de ellos entre diario y otro los domingos repartiendo periódicos. Pese a todos los escollos que la vida le puso, nunca fue para él una infancia triste. Sí hambrienta y esclava, pero tenía la gran habilidad de disfrutar de las cosas con ansía infantil. Quería comerse el mundo, a veces literalmente, y ese afán jamás de abandonó



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