viernes, 8 de marzo de 2019

HISTORIAS DE UNA MULETA II

He empezado una recopilación que se titula " Historias de una muleta"  . Y es que las anécdotas que surgen con mi vieja compañera son incontables.

Hoy por ejemplo: Salgo del médico de cabecera. Me pide que espere fuera porque quiere hacerme una ecografía de rodilla. Hay una mujer mayor..., muy mayor, sentada en una de las butacas. Es bastante elegante. Lleva un pantalón de cuadros y un poncho gris a juego, cubriendo una camisa blanca, impoluta. Sin una mancha, sin una arruga. Dos horquillas plateadas sostienen  su moño cano. Zapatos marrones, tipo bailarinas pero con un poquito de tacón, gafas de sol grandes y cuadradas, combinadas con el calzado. A pesar de estar en una sala de espera, las lleva puestas y la quedan muy bien. "Antes muerta que sencilla", pienso yo.

Sus orejas colgantes hablan de su edad, mientras luchan contra la gravedad sujetando unas perlas nacaradas. Con la imagen que proyecta, me imagino a una mujer rica en educación, que no necesita nutrirse con conversaciones banales de ambulatorio para amenizar su espera.

Salgo con mi muleta y me siento para esperar la prueba. Ella me mira y comienza a hablar:

-¿Ha tenido usted un infarto? -pregunta sin ningún tipo de preámbulo. Yo con mi cara a cuadros, valorando su intención, la contesto titubeando...
-¿Eh? ¿Yo? Pues no..., no he tenido ningún infarto - Intento cortar sutilmente la conversión mientras voy masticando la pregunta.
- ¡Ah! ¡Pues yo sí!. Hace ocho días. Y también cojeo desde entonces. Por eso le preguntaba. Es que a partir de una edad, ya estas cosas pasan..

Su voz era temblorosa y añeja. Como la de las abuelitas de los cuentos.

"¿A partir de que edad?" - pienso - ¿Me está comparando con ella?

Vale que los niños, los chavales, incluso alguna persona de mi edad me llamen señora.¿Pero esto? ¡Si le ha faltado decir  " a nuestra edad"!. ¡Es una abuelita de libro! No le queda un centímetro en su cara sin arrugar y la mandíbula se esta escondiendo detrás de sí misma por la falta de dientes.

¿Creéis que la contesto? No. No lo hago. Soy invadida por  un sentimiento de respeto que me impide expresar mi indignación. Me quedo con mi cara a cuadros, mirando al frente, rozando la mala educación por no querer continuar su charla, y deambulando entre la compasión ante su piel ajada  y la perplejidad por la pregunta. Mientras otra mujer, testigo de todo, nos mira divertida. Al menos a ella, la hemos hecho pasar  un buen rato.









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