lunes, 11 de marzo de 2019

AROMAS DE INFANCIA


Para mis hermanas, a las que adoro por encima de todas las cosas, bellas y únicas:

Hoy he amanecido algo más tarde de lo habitual. David ya se ha levantado y está preparando café para los dos. El olor  del desayuno, sale de la cocina, recorre el pasillo, se cuela por debajo de la puerta de la habitación y viene a despertarme, suave y meloso.  Medio dormida, exhalo profundamente. “mmmm, qué bien huele”.  Arrebatada por su intensidad  le dejo pasar, y es entonces cuando se apodera de mi mente aletargada.  Sigue su camino, y curiosea en los vericuetos de mi memoria. Descubre vivencias pasadas que rescata, las sacude y  coloca en mi cabeza,  para terminar de despertarme.

Ante mí se presenta como un flash aquella invernal mañana. Yo no tendría más de tres o cuatro años. No es un recuerdo fuerte. No es triste ni alegre. No marcó una tragedia ni fue el preludio de buenaventura. Es una evocación sencilla y muy significativa.
Debía de ser sábado o domingo… ¿quién sabe? Pero  seguro que era fin de semana, porque la prisa no se dejaba ver por los pasillos.  Mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno;  mi padre, como casi siempre, estaría trabajando. Me desperté con aquel pijama de algodón blanco y nubes azules, y un sudorcito adormilado con olor a leche. Mi piel aun olía así.
Fui desperezándome  sigilosa hacia donde escuchaba el bullicio de mi familia. Mamá bregaba con las dos para que pusieran la mesa del desayuno. De la cocina salía una zarzuela de aromas: olor a café, a  leche caliente  con colacao, a tostadas recién hechas… hasta podía notar el sabor de las  galletas con mantequilla que ella estaba untando para mí. ¡Era mi desayuno preferido!
 Entré… y allí estaban las dos. Con los pelos enmarañados, con sus caras de sueño, y sus batas abrochadas. Se giraron al sentirme y corrieron risueñas hacia mí.
Yo me sorprendí muchísimo. Quizá era la edad en la que una empezaba a entender de sentimientos. Al acordarme de aquello ahora, renace en mí la misma sensación  maravillosa: el sentirme tan querida por mis dos hermanas mayores, como si fuera consciente por primera vez de lo que significa la palabra amor. Y eso que la mayoría  de las veces no paraban de chincharme, y se molestaban cuando tenían que encargarse de mí. Ambas intentaron cogerme en brazos. Pero claro, yo no podía partirme en dos. Y entonces fue cuando ocurrió: «A ver, ¿Con quién te vienes, con Ana o conmigo?»- Preguntó Beatriz
Sin quererlo, mi hermana estaba haciendo una pregunta que para mí supuso un torrente de nuevas sensaciones: ternura, compasión, cariño... No podía elegir entre una y otra. Durante unos segundos que parecieron décadas, intenté decidir y… ¡me daba tantísima pena abandonar a cualquiera de las dos! Pero ella insistió y yo señalé.
No recuerdo a quién escogí; pero sí el ir en volandas prendida de unas manos que me alzaban hacia el techo, mientras miraba a la que se quedó, sintiendo una pena infinita  por no haberla podido señalar también. Evocando hoy ese recuerdo puedo percibirlo tal cual en mi pecho. Es como un pellizco que se quedó enganchado por siempre en mí. A lo mejor las imágenes están mejoradas por los engranajes de mi mente; igual las batas no estaban abrochadas, o mi padre sí estaba ese día. Lo que  quedó intacto es la sensación abrumadora de amor y aflicción que me invadió. Puedo garantizar que, más que un dibujo tejido para dar forma a mis memorias, lo que perdura en mí, es un calco estampado con precisión de lo que sentí en aquella mañana.

Me levanto con una sonrisa ante tal recuerdo. Camino al encuentro de David, que me está esperando para desayunar, y en mi cabeza, ya se desdibuja  una niña pequeña, que relame los bordes de sus galletas. Sin duda, ha sido un buen despertar.



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