viernes, 27 de diciembre de 2019

LA VIEJA RADIO






Conchi se levantaba todas las mañanas a eso de las ocho, sin que le hiciera falta el despertador. Lo hacía despacio, mientras sentía cómo crujían todos los huesos de su cuerpo.

—Voy a encender la radio —hablaba en voz alta.

Eran tantas las horas que pasaba en la soledad de su decrepitud, que ya no la hacía falta hablar con la mente. Todo lo decía en alto, y le daba igual lo que opinaran sus vecinos.

—Eso es —decía mientras le daba al botón, con su dedo tembloroso y artrítico—. Esta radio cada vez suena peor. Tendré que llevarla a que la miren. Si estuvieras aquí, Julián, ya la habrías llevado. No me regañes —pedía mirando al aire.

Se puso la bata despacio, cogió el pequeño transistor negro, y se dirigió hacia la cocina con paso lento, arrastrando las zapatillas por el parqué crujiente de aquel viejo piso. La puso al lado de la ventana donde sabía que sintonizaba bien el canal si alargaba la antena. A pesar de eso, cada vez se perdía con más frecuencia su señal.

—Ya están otra vez con la política. Paparruchas, eso que dicen…

Conchi tenía siempre una conversación mañanera con los locutores mientras se preparaba un descafeinado con leche.

—Este aguachirri me va a matar más que el café —protestaba mientras se lo bebía, mojando una magdalena—. Pero las magdalenas no hay médico que pueda quitármelas —decía con la boca llena.

Sintió la puerta abrirse.

—Hola, mamá —saludó su hija Inés.
—Hola, hija —dijo tragando de golpe el trozo de bollo que tenía en la boca—. ¡Qué pronto has llegado!
—¿No te acuerdas? Te dije que hoy vendría antes. Tengo que llevar a Ignacio a la excursión a las ocho y media.

—No tenías que haberte molestado en venir, hija.


Inés miró de reojo la cocina, e hizo un mohín de disgusto.

—Eres una cabezota, mamá. ¡Cuántas veces te he dicho que no te prepares el café sola! Cualquier día te encuentro aquí diciéndome que te has quemado.
—Paparruchas —dijo con tono de enfado —Que no estoy todavía muerta. Me queréis matar vosotros con eso de no hacer nada. No café, no dulces, no fumar… Qué más me queda en la vida si no puedo al menos hacer las cosas por mí misma, a ver…
—Bueno. Tú verás —la cortó—. Te he traído la compra que hice ayer.

La radio, de pronto, se subió sola, y el ruido de una interferencia les provocó un pitido en los oídos.

—Este cacharro está ya para tirar, mamá. Suena fatal —afirmó Inés.
—La radio ni tocarla, ¿eh? Fue la que…
—Sí, sí. ¡Ya lo sé! La que te regaló papá hace cuarenta años —contestó Inés con paciencia.
—Ya no hacen cosas así…
—Eso desde luego, pero cualquier día te quedas sin poder escucharla, con lo que te gusta…
—No te metas en mis cosas. Ya encontraré a alguien que me la arregle.
—Bueno, venga. Dame un beso que me voy corriendo. Mañana vuelvo. Cualquier cosa ya sabes, hoy llamas a tu hijo.
—Vale cariño. Ale, pasa un buen día.

Cuando Inés se fue, Conchi se terminó el cuarto de la magdalena que había escondido en el bolsillo de su bata y siguió conversando con el locutor de la radio. Estaban gastando bromas telefónicas y ella no paraba de reírse.

—A ver si algún día me llamáis a mí. Veréis como os devuelvo la guasa —decía a la radio entre carcajadas— porque a mi Julián, no le ganaba nadie a bromista.

La mañana siguiente no fue como todas. Algo la despertó antes de tiempo. Se dirigió hacia su radio, pero no la encontró.

Frunció el ceño. Una música clásica estaba sonando desde la cocina.

—Hola, mamá —saludó Inés sonriendo de oreja a oreja.
—Hola —contestó arisca Conchi, mientras buscaba con la mirada.

Inés sonreía satisfecha.

—¿Qué leches es eso? —preguntó señalando un aparato gris, pequeño.
—Quería darte una sorpresa, mamá. Te he comprado una radio nueva. Es mucho mejor, no tienes que sintonizar con la rueda. Te he grabado tus programas favoritos y solo tienes que dar al botón para…


Conchi hizo un sonido gutural de disgusto.

—¿Dónde está mi radio?
—La he llevado en un momento a reciclar, mamá. Pero esta, mira… es mucho mejor y…
—¿Qué has hecho qué? Pero ¿Con qué derecho tocas mis cosas?

Conchi se fue hacia el salón que estaba aun a oscuras y se tiró al sofá, fatigada.

—Mamá, ¿estás bien?
—¡Como voy a estar bien si te has deshecho de la única cosa que me quedaba de tu padre! —dijo llevándose la mano al pecho, que sentía agitado.
—A ver mamá, quieres calmarte por favor. Yo pensé que te iba a gustar…

Conchi se levantó, cogió la radio y se la tendió a su hija.

—Vete de aquí —ordenó apretando fuerte el puño.
—No me parece nada bien esto que estas haciendo, mamá —dijo Inés enfadada.
—Es que cuánto más vieja, más pelleja —contestó chula Conchi mientras la abría la puerta—. ¡Largo!

Inés salió por la puerta con la cara descompuesta y Conchi cerró de un portazo y se sacudió la mano para aflojar sus huesos agarrotados

Fue a su habitación y se metió en la cama.

Miró a la tele que tenía en frente.

—Tú no me gustas —dijo dirigiéndose a la televisión con gesto de asco.

A lo largo del día le sonó el teléfono varias veces, pero no le apetecía hablar con nadie.

—Serán los memos de mis hijos, que no me dejan en paz… Sí, sí. Ya sé que me he vuelto una vieja cascarrabias —decía al aire— pero no me regañes, Julián.

En el fondo sabía que Inés lo había hecho con toda su buena intención, pero no se daba cuenta lo que significaba aquella radio para ella. Eran los rescoldos de una felicidad extinguida, las noches de conversación con su marido y la sintonía de fondo, sus niños pequeños levantándose por la mañana, mientras ella les preparaba el desayuno escuchando las noticias, las tareas domésticas amenizadas con su locutor favorito.

Tirarla había sido como si  destruyeran un trozo de su vida y la mandaran a la basura.

Además, sentía miedo de que, si ya no le quedaba nada de él, detrás fuera ella.

Pensando en eso y en que tenía que hablar con Inés, se quedó traspuesta con pesadillas toda la noche.

—¡Abuela! —escuchó entre sueños —¡Abuela, despierta!

Conchi abrió los ojos y encontró a su nieto adolescente a su lado, con su frente llena de granos y unos ojos verdes enormes que llevaba ella puestos en su juventud.

—Pero, Pablo… Qué haces tú aquí, ¿no tendrías que estar en el instituto?
—No pasa nada, abuela. Te hemos traído una sorpresa.

Conchi se desperezó.

—Dios mío, me duelen todos los huesos. Tengo que recordar no pasar tantas horas en la cama.

Pablo la ayudó a levantarse y ella cogió la cara de su nieto entre sus manos añosas y lo infló a besos.

—Vamos a la cocina, abuela —dijo Pablo. 

—Hola, mamá —saludó Inés mientras llenaba la taza favorita de su madre de descafeinado.
—Hija, qué bien verte por aquí. No hagas caso a esta vieja, que ya sabes el genio que tengo.
—Siempre lo has tenido mamá, pero cada vez más —dijo Inés, dándola un beso—  y ya sabes que te quiero y de eso de vales, brujilla.
—A ver, dame esa radio que me compraste hija.

Pablo le tendió una caja.

—Ábrelo, abuela —pidió sonriendo.

Con sus huesos torpes comenzó a desempaquetar el regalo.

—No hacía falta envolverlo. Si ya sé lo que…

A Conchi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi radio —susurró.

Cogió aquel aparato negro y lo estrujó junto a su corazón.

—Mi radio… —miró a su hija emocionada.

Inés tragó el nudo de la garganta para poder hablar.

—Al salir de aquí me fui corriendo al punto limpio. Aún no se habían deshecho de ella. Tardamos en encontrarla, pero estaba, gracias a Dios…
—Y por la tarde yo la desmonté, abuela. Te la he reparado. He ajustado el transformador del audio y unas cosas más y además…

Conchi encendió su radio.

—Se escucha de maravilla —afirmó.
—Esta por lo menos te dura diez años más —dijo su nieto ilusionado.
—Entonces, me sobrevivirá a mí y será toda tuya —dijo divertida.
—Pues me la quedaré siempre, como has hecho tú, abuela.
—Venid aquí los dos —pidió mientras intentaba estirar sus flacos brazos para poder abrazarlos.
—Perdóname, mamá. No te volveré a tratar como a una niña. Lo prometo —dijo Inés.
—No, hija. Lo hiciste con la mejor intención. Perdona tú a esta vieja que no sabe más que protestar, ¡si es que no sé cómo me aguantáis tanto...! Sí, sí —dijo mirando al aire —ya sé que ella tenía razón. No me regañes, Julián.



viernes, 13 de diciembre de 2019

VIERNES 13




Me acabo de despertar y no sé muy bien qué ha pasado. Estoy bastante mareada y tengo nauseas.


—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Por favor, no me hagan daño… —ruego asustada. 


Nadie me responde. Solo escucho un goteo intermitente que retumba. 


La oscuridad es absoluta y la humedad me empapa la ropa y el pelo. No sé cuánto tiempo llevo tirada en el suelo.


Intento moverme, pero no siento mi cuerpo, como si solo existiera de cabeza para arriba. Hago un esfuerzo supremo para que mi mente mande la orden a mis brazos y a mis piernas, pero solo logro sentir un leve hormigueo en los dedos de la mano. 


—¿Qué quieres de mí? —grito aterrorizada, escuchando mi propia voz expandiéndose con el eco. 


Debo estar en una cueva o un túnel o…” —pienso—. “Dios mío. ¿Qué hago aquí?”


Giro mi cabeza a un lado y a otro intentando reconocer con alguna parte de mi cuerpo el terreno. Está frío y hay algo de agua cubriendo el suelo. 


—¡Qué alguien me ayude! — Comienzo a llorar.

—¿Hola? —escucho una voz de una joven, adolescente quizá.  También parece aturdida.

—¿Hola? ¡Estoy aquí! Dios mío, gracias a Dios —en parte siento alivio por el hecho de que haya alguien más conmigo— ¿Cómo te llamas?

—Soy Cristina. ¿Porqué me tienes aquí? Por favor… 


La chica está llorando.


—Tranquila. Yo estoy como tú. Me llamo Lucía. ¿Te puedes mover?

—No —dice sollozando cada vez más fuerte.

—Creo que nos han dado algo para que no sintamos el cuerpo. Supongo que ahora lo iremos notando, o eso espero…

—¡Quiero irme a mi casa! No sé que hago aquí, por favor, ¡déjame marchar!

Cristina está aterrorizada, como yo.

—Te prometo que yo no soy la que te ha raptado. No sé qué hacemos aquí. Yo… —contesto muy nerviosa. Aun así, no sé por qué, le doy esperanzas—. Saldremos de aquí. Todo se arreglará.


Sigo sin poder moverme, pero noto que mi sentido del olfato se empieza a despertar y me viene una bocanada de un olor nauseabundo, como tripas de pescado pútrido, carne muerta o vísceras.  Intento aguantarme la arcada, pero entre mi cabeza nublada y el hedor finalmente tengo que girar mi cabeza hacia un lado para poder vomitar mientras escucho el llanto de Cristina. 


—¿Cuántos años tienes? —pregunto para intentar distraer a la chica.

—No te voy a dar ninguna información —contesta entre hipidos —No sé si creerte o no. Estoy muy asustada.

—Vale, lo entiendo —respondo.


En ese momento escuchamos unos pasos acercarse.


—Lucía ¿eres tú la que estás andando? —pregunta Cristina, esta vez, con tono bajito.

—No soy yo, Cristina. Alguien viene.

—¡Ayuda! —grita la chica.

—Dios mío, creo que esa sí es la persona que nos ha raptado. Dios mío… por favor….

—¿Dónde están mis dos preciosas adquisiciones? —pregunta una voz de mujer.

—Están aquí, madre —contesta la voz de un chico joven.

—Esta vez me habrás hecho caso, espero…

—Sí, son cómo tú me pedías. Las dos rubias, y las edades las que te faltaban, tal y como me dijiste.

—Por favor, no nos haga nada —intento hablar con las voces desconocidas, hacerles entrar en razón, sabiendo que no voy a conseguir nada—. Si hacen trata de blancas, o de órganos, por favor, ella es muy joven y yo… estoy esperando un hijo.

—¡Uy! Eso no me lo esperaba. Esta vez sí que te has portado como Dios manda, hijo mío —dice la voz de mujer.

—Gracias, madre —contesta el joven lanzando una risita nerviosa. 


Cristina está callada. No dice nada, y me empiezo a preocupar.


—Cristina, ¿te han hecho algo? ¡Háblame!

—Cállate ya, mujer embarazada. Te estás poniendo muy pesada. Al final, vas a ser tú la primera, y créeme que es mucho peor que la chica vea todo.


Se escucha otra vez la risita nerviosa. 


—Es hora de dar la luz, Alberto. Vamos a verlas. 


De golpe una luz muy potente me deslumbra y me obliga a cerrar los ojos. Mi instinto hace que quiera taparme la vista con la mano, pero el intento sigue siendo fallido. 


—Le he puesto ya la inyección, madre. Para que tengas todo preparado. 


Giro la cabeza buscando desesperada a Cristina, pero mi radio de visión es muy pequeño; así, tumbada en el suelo, solo puedo ver el agua sobre la que reposa mi cuerpo. Tras dos segundos de búsqueda, veo que llegan  a mi lado dos zapatos del tamaño de una mujer adulta, pero con forma infantil, como los zapatos de Mercedita que llevaba yo de niña.


—Ayúdame a levantarla —ordena la voz de mujer.


Uno brazos grandes me cogen por las axilas y me arrastran por el suelo mojado. Siento como el frío y la humedad me calan la ropa, aunque sigo sin sentir nada en el cuerpo.

Con un movimiento me levanta y me sienta en una silla. Mientras con un brazo me sujeta el cuerpo, con la otra me ata con unas correas que lleva incorporado el asiento. 


—Bien… Con estas dos termino mi colección —dice la mujer acercándose a mí. Su gesto es de satisfacción.


La visión de ella es esperpéntica.

Es una mujer bajita y redonda. Lleva dos trenzas largas sujetadas con gomas de colores y va pintada de manera exagerada, como si fuera…


¿Una niña?” —pienso para mí.


 Coloretes perfectamente redondos y rojos sobre sus mejillas, algunas pecas y unas pestañas postizas enormes que le llegan hasta las cejas.

Se viste con un peto rosa fucsia y una camiseta blanca. El peto le queda por encima de las rodillas, y los calcetines blancos están remangados en los tobillos.


—Por favor, no me hagan daño. Por favor, no sé qué quieren… —Ahora sí, escucho a Cristina con su llanto ahogado. Miro hacia mi derecha y la veo tirada en el suelo, como yo hace un momento, sin poder moverse. 


Yo también empiezo a llorar. Es tan joven…


—Tenemos que darnos prisa, madre. Hace ya un rato que les puse la inyección.

Ahora me fijo en él. Tendrá unos veinte años. Lleva algo en la cabeza que le hace parecer que está calvo. También lleva pintados dos enormes coloretes con pecas, y como vestimenta… va como si fuera un bebé, con pañales debajo de un body, y tiene puestos unos patucos, como si fuera un…


“¿Nenuco? —pienso, mientras la boca se me seca y el corazón me va a doscientos por hora.


De pronto, comienzo a sentir el hormigueo en las piernas e intento, de manera desesperada, volver a moverlas. Algo ha cambiado, tengo sensibilidad. Igual todavía tengo alguna oportunidad.


—Te voy a contar lo que tenemos pensado —dice la mujer, mientras su hijo suelta su risita nerviosa—. Es bueno que sintáis la adrenalina en el cuerpo, porque así os puedo… manejar después mejor.

—¡Estáis locos! —grito recordando que no debo de moverme nada, para que no noten que empiezo a despertar—. ¡Dejadnos ir! Prometemos que no diremos nada, que os dejaremos seguir con vuestras vidas. Por favor, por mi hijo, os lo ruego…

—¡Sí! Embarazada… dos en uno… Vamos a comenzar…Alberto, por favor. Haz los honores.

—Encantado, madre —dice entre risita y risita. 


Aprieta un botón y se abre la pared que tengo frente a mí, provocando que el olor sea aún más inmundo.


—¡Pero qué demonios…! —comienzo a sudar, a pesar del intenso frío y creo que el corazón se me va a salir por la boca —¡Dejadme salir!


No puedo parar de gritar. Mi terror está totalmente desatado.


Observo tarros de cristal con sustancias de distintos colores. Veo figuras que son como maniquís de todos los tipos y situaciones: unos están sentados alrededor de una cocinita de tamaño real, otros atienden en una frutería, mientras algunos maniquís compran fruta o verdura. Otros están dentro de una casita, como la de Pin y Pon, pero en grande.


No me da tiempo a fijarme en más cosas porque la mujer se pone frente a mí. 


—Verás que hay todo tipo de edades, razas, sexos… Pero me faltaban dos para completar mi colección. Una niña de trece años rubia, y una mujer embarazada.

—Son muñecos… —pienso en voz alta. Los miro a ellos —Y vosotros dos, vais vestidos de muñecos, también. ¡Estáis locos! —grito espantada.

—Sí, querida. Son mis muñecos —contesta recalcando el “mi”— ¿Te gustan? Siempre quise tener un montón de ellos. Todos los que nunca he tenido. 


Escucho la risita y el llanto histérico y desenfrenado de la chica.


“Dios mío, tenemos que salir de aquí. Tengo que pensar. Tranquilizarme y pensar en algo; pero rápido”


—Y ahora os voy a contar lo que vamos a hacer, para que sintáis un poquito más de miedo —dice la mujer mientras me sonríe—. Todo esto que ves —dice señalando a los maniquís— eran personas; sí, como vosotros.  Pero ahora, son mis muñecos.

—¡No! —grito—. Esto no puede estar pasando. Esto no…

—Ahora tengo que volver a inyectarte un líquido que poco a poco te irá dejando inmovilizada del todo, incluyendo ya la cabeza, los sentidos, el habla... Te mataría antes, pero después de muchas pruebas, me di cuenta de que queda mucho mejor si hago el proceso mientras estás con vida.

—Por favor, dejadme salir —grita llorando Cristina—. No quiero morir, por favor, déjenme…

—Ese líquido —continúa la mujer —es el primer paso para disecarte. Pero no te preocupes. Míralos —dice señalando a “sus muñecos”—, están guapísimos.

—Sí —contesta su hijo —tienes que estar muy orgullosa de tu colección, madre. 


Dejo de escucharla para concentrarme en mi cuerpo, en mis piernas. 


Venga, despertad. Por favor… ¡vamos!”


El hijo comienza a soltarme y noto sus manos en mis gemelos mientras me desabrocha las correas.


¡Sí! ¡Os siento! ¡Vamos!”


Me coge por los brazos para llevarme a una camilla que tiene en medio del sótano donde estamos. 


Aun no tengo suficiente fuerza… ¡Aun no!”


—¡Espera! —digo la mujer tratando de ganar tiempo—. ¿Cómo sabes que esto resultará para el feto? A lo mejor no lo puedes disecar así, a lo mejor …


La mujer se encoge de hombros. 


—No lo sé. Si no se puede, seguiremos con las pruebas —contesta mientras se acerca a mí con una aguja. 


Una, dos y tres…”

Hago fuerza con las caderas y me tiro sobre ella cuando está lo suficientemente cerca. Sé que en el forcejeo me puede clavar esa horrible aguja, pero total, ya tengo todo perdido.

Nos caemos las dos al suelo.

—¡Madre! —grita el chico.

—¿Qué está pasando? —continúa llorando y gritando Cristina. 


Me encuentro encima de ella y la tengo inmovilizada, pero el Nenuco viene a por mí.

Con un movimiento, lo más rápido que mis músculos pueden, la muerdo en la mano que sujeta la inyección. La recojo con los dientes, y con un movimiento de cabeza la clavo en el brazo, empujando el émbolo con la fuerza de mi frente para que entre el líquido. Solo logro que entre la mitad.


—¡No! ¿Qué has hecho? ¡Madre! —grita el hijo, apartándome de un golpe del cuerpo de su madre.

—Mátala —alcanza a decir ella. 


Mientras,  voy reptando por el suelo como puedo, impulsada con la poca fuerza de mis piernas y el breve hormigueo de los dedos de mis manos. Les obligo a sentir, mandando toda la fuerza para serpentear lo más rápido posible. Siento un dolor agudo en mis extremidades por la energía forzada de mis músculos. 


El chico se abalanza sobre mí y estoy segura de que, en el forcejeo, él tiene todas las de ganar. Se sienta sobre mi espalda y comienza a estrangularme.

Siento cómo me ahogo y él aprieta cada vez más fuerte. Mi garganta carraspea, los ojos me escuecen, inyectados de sangre, y me empiezan a pitar los oídos.  Soy consciente de que me estoy muriendo cuando comienzan los espasmos y la orina se deslizaba por mis piernas. 


De pronto el cae sobre mí de forma brusca. 


Ya no siento sus manos sobre mi garganta. Empiezo a toser y a respirar abriendo mucho la boca, como si fuera un pez fuera del agua. Siento como mis pulmones se expanden como dos globos inflándose. 


Intento darme la vuelta para moverle y echarle a un lado, cayendo a mi izquierda. Miro a la derecha y veo a Cristina, que sigue llorando, tirada también en el suelo, con una aguja en la mano.

—He visto cómo te arrastrabas por el suelo y sabía que tenía que hacer lo mismo —me explica.

—Gracias —contesto tosiendo.

Ella me sonríe con el miedo viviendo en sus ojos, seguramente, ya para siempre. 

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —me pregunta.

—Tenemos que esperar a que podamos andar y, después,  llamar a la policía. 


Tras una hora más o menos de espera, bajo la humedad y ese olor repugnante, conseguimos ponernos en pie. 


Salimos por unas escaleras que conducen a una casa enorme, situada en medio del campo. 

No sabemos dónde nos encontramos, y comprobamos que no tenemos los móviles, así que comenzamos a andar, despacio y cansadas, para encontrar la población más cercana.

Me doy la vuelta para ver la fachada de la casa, y me parece observar la imagen de una joven, de unos quince años, vestida de muñeca, tras los visillos de una de las ventanas de la planta de arriba.

“No voy a pararme a comprobar” —pienso, mientras me alejo cojeando de aquel infierno.








jueves, 12 de diciembre de 2019

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO





Se me acumulan los garbanzos y no sé dónde esconderlos. Las monjas dicen que sirven para combatir el frío. Por eso, siempre le guardo algo.

Cuando salimos al patio, los chicos de fuera nos gritan que somos hijos de rojos.

Lo único que sé de mis papás es lo que me ha contado la hermana Maria Margarita, que es la monja más joven y no tiene cara de bruja fea, como algunas mayores. Me dice que mi padre luchó como un valiente, pero que nunca volvió de la guerra y a mi madre la enterraron con muchos otros, en algún lugar desconocido.

Así que no sé de qué color eran mis papás, pero cuando los niños normales, los de fuera del cole, nos gritan eso, yo me miro la piel… y me veo como ellos: color carne. Entonces voy a la madre Maria Margarita y le pregunto qué significa eso de que mis padres eran de color rojo.

Ella se acerca a mi oreja y me susurra que las niñas pequeñitas, como yo, somos angelitos del cielo que nuestros papás han regalado al mundo. Siempre me lo dice al oído, porque es un secreto. Las demás monjitas no se pueden enterar de que ella me dice eso, pero a mí no me resuelve la duda, así que siempre me he imaginado a mis padres con la piel de la cara y los brazos de color rojo, como una sandía.

Tomás es un señor mayor —por lo menos tendrá treinta y tantos— que vive bajo el techado de un portal, frente al cole. Cuando esos niños normales, los de color carne, nos gritan, él les espanta y después me sonríe y me dice, en voz alta para que pueda escucharle, que ellos no tienen la culpa.

Y tampoco sé a qué se refiere.

Sus mantas no deben de abrigar mucho, porque siempre le veo tiritando. Está muy delgado y tiene un cazo en el que caen las monedas que le tiran los que pasan por su lado.

Un día le pregunté, metiendo mi nariz entre los barrotes de la verja del patio, que para qué quería el dinero. Él se acercó a las rejas y me contestó que tenía hambre y frío y que servía para comer o poder dormir caliente alguna noche. Después me dijo que a mí no me pasaría lo que a él porque tenía un cole donde vivir.

Nunca me había parado a pensar que pudiera haber alguien con más hambre que yo, que rebusco en las papeleras para encontrar cáscaras de naranja y comérmelas. No es que las monjitas no nos den de comer, pero el plato es muy escaso y siempre son las mismas cosas: lentejas con bichos, que también me los como, huevos, gallina… y ahora llevamos unos cuantos días seguidos con ración de garbanzos.

Cuando mis compañeras y yo nos hemos quejado por comer lo mismo tantas veces, las monjitas nos han dicho que lo hacen porque sirven para entrar en calor y que a callar.

Entonces me he acordado de Tomás y se me ha encendido la bombillita: “Si le guardo un poquito de mi ración, podrá comer y dejará de tiritar a la vez; y ya no necesitará, jamás en la vida, pedir dinero con su cazo.”
Lo que hago es que me como la mitad del plato y, de manera disimulada, primero compruebo que ninguna monja ni ninguna niña chivata me están mirando, y después, cucharada a cucharada, vierto el resto al vaso. Dudo si es suficiente, porque no llega ni a la mitad. Nada más comer me voy directa a mi habitación y lo escondo bajo la cama.

Después se lo llevo en el recreo, y él se lo come a la velocidad de la luz, sin respirar; vuelvo a esconder el vaso, ya vacío, para que no me falte en la comida de mañana.

Él se pone muy contento, y me dice lo mismo que la Madre Margarita: que soy un ángel que he venido a ayudarle.

Ahora llevo días sin verle y eso me preocupa bastante, porque he tenido que mentir las monjas tres veces seguidas diciendo que se me había roto el vaso de agua y por eso me han castigado. Me han dicho que tengo que ser cuidadosa con las cosas, pero resulta que los tengo bajo mi cama.

Las mantas de Tomás han estado vacías, esperándole como yo, hasta esta mañana que ha llegado el señor que limpia las calles y las ha recogido.

Le he preguntado si sabía cuándo iba a volver, señalando el sitio donde duerme, y le he pedido que dejara las mantas porque él las iba a necesitar. Pero me ha mirado con cara triste, ha dicho que no con la cabeza, en silencio y encogiendo los hombros, y ha continuado con su trabajo.

¿No? ¿No viene? ¿No está? ¿Ha encontrado un cole donde quedarse a vivir…? ¿No qué?”

Intuyo que algo va mal, pero no sé muy bien qué es.

Antes de que se acabe el recreo vuelvo a mi habitación para comprobar que siguen allí los vasos con su comida.

Me he quedado mirándolos un rato, mientras las tripas reclamaban su contenido.

“Sé que ya no puedo seguir mintiendo a las monjas para guardarle más”—me excuso a mí misma porque sé que no me puedo resistir, mientras cojo los vasos, salivando—. “Al final, me tendré que comer la legumbre.”



























miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.




El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y volví a girar la cabeza. Contemplé como salía de la clase con un pequeño bastón blanco, con la punta roja, que siempre iba mostrándole el camino a seguir.

Vi como sonreía a su profesora y unos hoyuelos preciosos aparecieron sobre sus carrillos rosados.

Era la niña más bonita que jamás había visto.

Me costó mucho tiempo atreverme a decirle algo, pero llegó el día en el que decidí que no podía esperar un minuto más. Tenía que conocerla.

Me puse la colonia del abuelo y mi madre me regañó, porque  decía que era un perfume de señor mayor; pero el abuelo siempre olía tan bien… que seguro que también le iba a gustar a ella.

—Hoy tengo que llegar un poco antes, mami —la dije mientras cogía mi mochila.

—¿Y eso? No sé si nos va a dar tiempo, cariño.

—Tengo que terminar unos cuantos ejercicios antes de clase.

—¡Ya estamos otra vez! Siempre te digo que tienes que llevar todo ya hecho.

—Lo sé, mami. Pero es que eran muchos y no me ha dado tiempo.

No me gustaba mentirla, pero es que quería estar listo, antes de que pasase ella a su clase, para saludarla y presentarme.

Así que conseguí algo de tiempo. Tiempo que se me hizo eterno porque me sudaban las manos y el corazón me palpitaba con mucha fuerza.

¿Y si no le gusto? ¿Y si no le parezco guapo?” ¡Eso no lo había pensado! ¿Cómo le voy a gustar si no me puede ver? Esto ha sido muy mala idea, esto…

—¡Hola! —me dijo al entrar.

—Hola —contesté, muy serio, sin decir nada más.


Ella sonrió  y yo me iluminé.




—Tú eres Pablo, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí… ¿Cómo sabes…?

Esa sonrisa…”

—Llevamos un año dando clases y aquí todo se escucha. Y en especial tu nombre, porque siempre te están regañando en clase. Yo me llamo…

—Alba. Te llamas Alba.

—¡Sí! ¿Ves cómo todo se escucha?

—Lo que no sé es que vienes a estudiar tú. Siempre veo que estáis leyendo y escribiendo con algo…

—Estoy en clases de apoyo de lengua y leo en Braille.

—¿Braille?

—Sí; es como leemos y escribimos las personas ciegas.

—Ah…

—Bueno, Pablo, creo que ya está mi profesora. Tengo que pasar a clase.

—Esto… y… ¿Cómo puedes saber que está, si no la ves?

—Por todo lo demás.

—Ah…

La verdad que no entendí muy bien lo que quería decir. Me quedé pasmado viendo cómo se sentaba con cuidado y delicadeza en su silla.

No la dejes escapar, estúpido”
—¡Alba!

—¿Sí? —contestó dándose la vuelta.

—¿Quieres que nos veamos el miércoles que viene, antes de entrar?

—¡Claro! Me encantaría.


Esa semana para mí fue con un viaje maravilloso a las nubes. El corazón lo tenía siempre a mil. Pensaba en su sonrisa y miles de mariposas me oprimían el estómago. Tanto que a veces resultaba hasta angustioso.

Nos veíamos así todas las semanas. Más tarde, empezamos a quedar los viernes, después de clase. No vivíamos muy lejos, así que, de vez en cuando, ella venía a casa a merendar o, al contrario.

No nos habíamos dicho nada, pero éramos novios.

Lo peor vino cuando se acabó el curso. Mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos, y yo no podía imaginarme tan lejos de ella durante dos meses.

Los amores preadolescentes pueden llegar a ser tan intensos…

—Te llamaré todos los días —le prometí.

—Vale. Si quieres quedamos a las cinco para hablar por teléfono.

—Sí. Y te escribiré una carta por semana —dije con toda mi buena intención.

—¡Para eso tendrías que aprender Braille! —contestó riéndose.

—No había pensado en eso. ¡Enséñame!

—¿Estás loco? ¡No hay tiempo! Se tarda mucho en aprender, porque aparte de un abecedario, también se interpretan ideas…. No puedo en una semana…

—Dime por lo menos, como escribir te quiero —pedí sonrojándome.

Abrió su cartera y cogió papel, un punzón y una regleta, y escribió en relieve:





Y todos los días, a las cinco de la tarde, mi madre me daba unas monedas para ir a llamar desde la cabina del pueblo.

Y todas las semanas, desde un pequeño pueblo extremeño, viajaba hasta Madrid un papel en cuyo centro había un valioso mensaje, escrito de varias formas:

































jueves, 7 de noviembre de 2019

AMORES CIEGOS




—Mamá, ¿cómo os conocisteis papá y tú? —me preguntó Mara—. Vamos, no es por nada, pero… quiero decir, no pertenecíais al mismo grupo, ¿no?
—Nos conocimos por internet, hija —respondí.
—¡Por internet! ¡Madre mía, que modernitos!
—Si, pero el internet de antes no es como el de ahora. Antes no nos podíamos ver las caras, solo charlábamos en los chats.
—¿Y no teníais más… contacto?

—¡No! —sonreí escandalizada—. Solo hablábamos. Ahora podéis tener experiencias sensoriales a través de vuestras pantallas transparentes; pero antes, eso estaba muy lejos de nosotros. Aunque ¿sabes? Eso lo hacía más emocionante. Recuerdo perfectamente el primer día que nos encontramos…


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«Estoy hecha un manojo de nervios, no lo puedo evitar. No sé qué dirá él al verme» pensaba mientras me vestía.
—Vamos, Laura, que llegas tarde a tu cita —dijo mi compañera de piso, risueña.
—Calla, tonta… ¿Estoy bien así? —pregunté poniéndome frente a Mica.
—Te falta un poco de carmín en los labios, espera —empezó a rebuscar en su bolso y sacó un pintalabios—. Así está mejor —dijo una vez que me los había pintado.
—¿Qué color me has puesto?
—¡Rojo pasión! Es lo que pega hoy, ¿no? —se fue hacia su habitación riéndose.
—¡Ay, Mica! ¡Me estás poniendo tú mas nerviosa de lo que estoy!
—Venga, mujer. Si ya habéis hablado muchas veces... Me acuerdo del día en el que empezamos con la coña a escribir lo que tú me decías. Y mira ahora.
—Pero ¿no crees que saldrá corriendo?
—¡Pero tú te has visto! ¡Uy, perdón! —soltó una risita.
—Qué graciosilla.
—Pensándolo bien, esto sí que va a ser una cita a ciegas —empezó reír a carcajadas y yo no pude evitar seguirla. Me senté a su lado, en su cama, llorando de la risa, y así estuvimos hasta que se nos pasó el ataque.


Llamaron al timbre.

—¡Ahí está! Mica, ¿voy bien peinada, estoy…? —pregunté nerviosa.
—¡Quieres tranquilizarte! Ya le abro yo…
—¡No!... Si, vale. Pero dile que ya bajo —me puse el abrigo y las gafas de sol, y con mi bastón comencé a andar hacia el ascensor.
—Pasadlo bien, par de tortolitos —se despidió Mica.

—Hola, Samuel —saludé tímida al abrir la puerta del portal.
—¡Hola, Laura! —se acercó a darme dos besos.

Se hizo un silencio incómodo.

—Bueno, por fin nos conocemos —dijo él para romper el hielo.
—Si, por fin… Oye una cosa, si no estás a gusto…
—¿Necesitas que te ayude? —preguntó al ir andando por la calle.
—No, gracias. Puedo caminar sola. Para eso tengo a mi amigo Sebas —dije sonriendo.
—¿A quién? —preguntó extrañado
—¡Al bastón!

Samuel se echó a reír.

—¡Es verdad! Ya no me acordaba que le pones nombre a todo. Oye, he reservado en un sitio para cenar, espero que te apetezca. Si no, podemos hacer otra cosa.
—No, no. Está bien, siempre que esté rico —sonreí.
—Pues sube al coche —dijo abriéndome la puerta —que te llevo. Te va a encantar.
                      
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—Recuerdo que cenamos estupendamente, no paramos de reír en toda la noche. Por fin se había roto el bloqueo de nuestro primer encuentro y las bromas surgían como cuando hablábamos por teléfono. Fue una noche fantástica.
—¿Y él no dijo nada sobre tu ceguera? —preguntó mi hija.
—No, ni una palabra. Ya se lo había dicho; pero claro, una cosa es saberlo y otra cosa es verlo.
—Es lo mismo, mamá —aseguró Mara.
—Bueno, sí, pero yo estaba tan nerviosa…
—Cuéntame más, ¿cómo termino esa noche?
—Pues fue inolvidable…


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—Estás preciosa —dijo Samuel al terminar de cenar—. ¡Te estás poniendo roja!
—¡Ay! —sonreí llevándome las dos manos a mi cara. Sentí mis mofletes arder—. Cuánto más me lo digas, más roja me voy a poner.
—Estas radiante. —De pronto se puso más serio, como si algo le rondara por la cabeza.

Tras tomar unas copas me acompañó hasta el portal.

—¿Puedo tocarte la cara? —pregunté en la puerta de mi casa.
—Pues claro. —Palpé cada curva que formaban aquel paisaje maravilloso. Bajé hacia el cuello para explorar su barbilla y su nuez.
—Así es como te puedo ver yo —expliqué.
—Lo sé —dijo cogiéndome las manos para situarlas en sus labios, muy despacio—. Te voy a besar.
—Lo sé —sonreí.
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—Qué romántico —dijo Mara en tono de guasa.
—Oye, no te burles, que has preguntado tú. Y ahora vístete, que viene Mica con su familia y tu padre está a punto de llegar de trabajar. ¡Y todavía ni hemos puesto la mesa!
—Sí, mamá —dijo poniendo los ojos hacia arriba con paciencia.

Yo me quedé un momento sentada en el salón, acariciando mis labios con la punta de mis dedos, para terminar de saborear aquella primera vez que los suyos rozaron mi boca y poder rememorar, un segundo más, aquella maravillosa cita a ciegas. 




lunes, 28 de octubre de 2019

EL MONSTRUO DE LA CASA


—A partir de las doce de la noche te convertirás en calabaza si estás despierta—decía papá mientras me tapaba—. Así que ya sabes, ¡a dormir pronto!
—Pero, papi, déjame jugar un poco más con Trébol, por fi…
—No puede ser, cariño. Mañana tienes que madrugar para ir al cole, acuérdate. Anda sé buena, que mamá tiene que descansar.
—¿Hoy se enfadará también?
—¿Mamá? Si ella nunca se enfada, cariño.
—Sí, a veces…
—Claro, cuando te portas mal.

Miré para otro lado para que no viera mi mueca de disgusto.



—Venga que te apago ya la luz.
—¡No! ¿Me lees un cuento antes de ir a dormir?
—Otro día, amor. Hoy se ha hecho tarde. No insistas más.
—Papá no te vayas, tengo … miedo.
—¿Miedo? Otra vez empezamos con eso… —dijo con tono disgustado.
—Es que a veces viene y …
—¿Quién viene? ¿Un monstruo?
—Si… —contesté rogándole con la mirada.
—Ya te he explicado muchas veces que los monstruos no existen, Carla. Venga, ya está bien. Que estoy cansado. Buenas noches, cariño. ¡Vamos Trébol! —dijo mi padre mientras el Dogo andaba a paso lento delante de él.

La habitación se quedó en silencio.

«Si no me duermo, a partir de las doce me convertiré en calabaza» pensaba mientras cerraba muy fuerte los ojos como queriendo llamar a Morfeo.

Un sudor fuerte me despertó en plena noche. La respiración agitada movía mis pequeños pulmones hasta parecer que sobresalían de las costillas.

Miré el reloj del hada que tenía al lado de la mesita. Era la una y diez.

Ya había pasado la primera prueba: no me había convertido en nada. Me daba pena decirle a mi padre que me aterraba esa idea. Creía de veras que al día siguiente me despertaría y al mirarme en el espejo, ¡vuh!, me vería como una horrible calabaza.

Ahora quedaba la segunda parte y solo por pensar en eso ya no pude volver a conciliar el sueño.

Sabía que quedaba poco.

A las dos en punto de la madrugada, como todas las noches, empecé a escuchar crujir el suelo del pasillo. Era una casita vieja, y siempre me había dicho papi que ese tipo de hogares tienen sus propios ruidos.

Pero reconocí aquel sonido, y rompí a llorar en silencio.

Se abrió la puerta de mi habitación.

—¿Mami?

Vi cómo se acercaba mirándome fijamente. Venía desnuda, como todas las noches. Sus pechos colgantes parecían deformidades a la luz de las sombras nocturnas. Los hombros caídos y los pies huesudos parecían extenderse el doble, convirtiéndose en una única sombra que llegaba hasta las paredes y el techo.

—¿Mami? ¿Estas despierta?

Por respuesta obtenía el silencio rompiéndose con el arrastrar de sus pies. Le costaba andar.
Me metí de nuevo bajo las sábanas gimiendo en silencio.

Mamá se quedó a mi lado, haciendo un ruido gutural muy bajito. Le costaba hablar.

Asomé los ojos por encima de la colcha y me sorprendí esta vez, al ver la cara de mi madre justo al lado de mis pómulos, susurrándome algo, con esos sonidos horribles, al oído.

—¡Papi! —grité con desesperación—. ¡Papi, ven deprisa!

Vi como entraba corriendo en mi habitación.


—Está dormida, Carla. No pasa nada. Ya te lo he explicado muchas veces.
—Despiértala, papi.
—No. Cuando están así no se les puede despertar, ya lo sabes —susurró.
—Pero papi…
—Vamos, Andrea —dijo dirigiéndose a mamá—. Vamos a la cama.

Mamá dio la media vuelta y se dejó arrastrar hacía su cuarto.

Bajé de la cama para cerrar la habitación y me corté con algo que estaba en el suelo. Grité en silencio por el escozor de la herida. Cogí con asombro el cuchillo. Ahora sí. Ahora estaba segura de que ella se convertía en monstruo todas las noches y esta vez venía a matarme.

Salí de puntillas de la habitación para colocarlo en la cocina porque no se me ocurrió nada mejor que hacer con él.

Pasé junto a la puerta del cuarto de mis padres. Hoy la habían dejado entreabierta y no pude evitar asomar el ojo.

—Venga, acuéstate. Tómate esto, te vendrá bien —le decía papi a mamá.

Pensé que él siempre se encargaba de acostarnos a las dos, siempre estaba pendiente de nosotras, tan cariñoso y atento. Papi era el mejor. Y mami de día también, aunque había veces que se pasaba horas con una extraña somnolencia.

—Carla, cariño, hoy no me encuentro bien —me explicaba cuando la veíamos así.

Todo empezó un día en el que no salió de la cama. Papá me explicaba que mami se había puesto malita, y que necesitaba descasar. Y a partir de ese momento, papá nunca, nunca la dejaba sola, siempre preocupado por su salud; y si se tenía que marchar a trabajar, él se ocupaba de que se quedara descansando dormidita, porque así, decía, estaba más segura.

Con ese pensamiento reanudé mi marcha hacia la cocina, de puntillas, cuando escuché más susurros.

—No le hagas daño —creí entenderla.

Volví dos pasos para atrás para mirar de nuevo, con mucho cuidado.

—No te vas a ir de aquí. Ya te lo dije. ¡No te vale con que te esconda la ropa todas las noches, para que no salgas desnuda! Estás loca. Si salieras así a la calle, la policía no tardaría en arrestarte. No dejaré que te marches y que te lleves a mi hija. Mira lo que me obligas a hacer...
—Me marcharé algún día y ella se vendrá conmigo. Cuando menos te lo esperes —respondió mami entre balbuceos.

Papi le dio la pastilla, mientras ella giraba la cabeza para no tomarla. Pero no tenía fuerza suficiente y al final él lo consiguió.

Papá se volvió hacia la puerta y me vio.

Me asusté y el cuchillo se me cayó de las manos.

—¿Qué haces ahí?
—Nada.
—¿Cuánto tiempo llevas?
—Acabo de llegar. Encontré esto en la habitación.
—Eso es mío, cariño. Dámelo.
—No.
—Dame el cuchillo, Carla.
—Lo estaba llevando a la cocina —respondí nerviosa.
—Papá tiene ese cuchillo para protegerte, cariño —dijo sonriéndome.
—¿De quién, papi?
—Mamá anda dormida por las noches, ya lo sabes y nunca se sabe qué puede estar soñando en ese momento.

La miré y parecía querer moverse y hablarme, pero un sopor pesado la tenía atada a la cama.

Sentí mucho miedo. Ahora no tenía claro quién era el monstruo.
Le tendí el cuchillo mientras él me daba las buenas noches.

—Hasta mañana, princesa. Papi cuidará de vosotras; tú no te asustes.

Cerró la puerta de su alcoba y yo me quedé petrificada, de pie, mientras notaba el pipí caliente empapándome el pantalón del pijama.
















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