miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.




El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y volví a girar la cabeza. Contemplé como salía de la clase con un pequeño bastón blanco, con la punta roja, que siempre iba mostrándole el camino a seguir.

Vi como sonreía a su profesora y unos hoyuelos preciosos aparecieron sobre sus carrillos rosados.

Era la niña más bonita que jamás había visto.

Me costó mucho tiempo atreverme a decirle algo, pero llegó el día en el que decidí que no podía esperar un minuto más. Tenía que conocerla.

Me puse la colonia del abuelo y mi madre me regañó, porque  decía que era un perfume de señor mayor; pero el abuelo siempre olía tan bien… que seguro que también le iba a gustar a ella.

—Hoy tengo que llegar un poco antes, mami —la dije mientras cogía mi mochila.

—¿Y eso? No sé si nos va a dar tiempo, cariño.

—Tengo que terminar unos cuantos ejercicios antes de clase.

—¡Ya estamos otra vez! Siempre te digo que tienes que llevar todo ya hecho.

—Lo sé, mami. Pero es que eran muchos y no me ha dado tiempo.

No me gustaba mentirla, pero es que quería estar listo, antes de que pasase ella a su clase, para saludarla y presentarme.

Así que conseguí algo de tiempo. Tiempo que se me hizo eterno porque me sudaban las manos y el corazón me palpitaba con mucha fuerza.

¿Y si no le gusto? ¿Y si no le parezco guapo?” ¡Eso no lo había pensado! ¿Cómo le voy a gustar si no me puede ver? Esto ha sido muy mala idea, esto…

—¡Hola! —me dijo al entrar.

—Hola —contesté, muy serio, sin decir nada más.


Ella sonrió  y yo me iluminé.




—Tú eres Pablo, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí… ¿Cómo sabes…?

Esa sonrisa…”

—Llevamos un año dando clases y aquí todo se escucha. Y en especial tu nombre, porque siempre te están regañando en clase. Yo me llamo…

—Alba. Te llamas Alba.

—¡Sí! ¿Ves cómo todo se escucha?

—Lo que no sé es que vienes a estudiar tú. Siempre veo que estáis leyendo y escribiendo con algo…

—Estoy en clases de apoyo de lengua y leo en Braille.

—¿Braille?

—Sí; es como leemos y escribimos las personas ciegas.

—Ah…

—Bueno, Pablo, creo que ya está mi profesora. Tengo que pasar a clase.

—Esto… y… ¿Cómo puedes saber que está, si no la ves?

—Por todo lo demás.

—Ah…

La verdad que no entendí muy bien lo que quería decir. Me quedé pasmado viendo cómo se sentaba con cuidado y delicadeza en su silla.

No la dejes escapar, estúpido”
—¡Alba!

—¿Sí? —contestó dándose la vuelta.

—¿Quieres que nos veamos el miércoles que viene, antes de entrar?

—¡Claro! Me encantaría.


Esa semana para mí fue con un viaje maravilloso a las nubes. El corazón lo tenía siempre a mil. Pensaba en su sonrisa y miles de mariposas me oprimían el estómago. Tanto que a veces resultaba hasta angustioso.

Nos veíamos así todas las semanas. Más tarde, empezamos a quedar los viernes, después de clase. No vivíamos muy lejos, así que, de vez en cuando, ella venía a casa a merendar o, al contrario.

No nos habíamos dicho nada, pero éramos novios.

Lo peor vino cuando se acabó el curso. Mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos, y yo no podía imaginarme tan lejos de ella durante dos meses.

Los amores preadolescentes pueden llegar a ser tan intensos…

—Te llamaré todos los días —le prometí.

—Vale. Si quieres quedamos a las cinco para hablar por teléfono.

—Sí. Y te escribiré una carta por semana —dije con toda mi buena intención.

—¡Para eso tendrías que aprender Braille! —contestó riéndose.

—No había pensado en eso. ¡Enséñame!

—¿Estás loco? ¡No hay tiempo! Se tarda mucho en aprender, porque aparte de un abecedario, también se interpretan ideas…. No puedo en una semana…

—Dime por lo menos, como escribir te quiero —pedí sonrojándome.

Abrió su cartera y cogió papel, un punzón y una regleta, y escribió en relieve:





Y todos los días, a las cinco de la tarde, mi madre me daba unas monedas para ir a llamar desde la cabina del pueblo.

Y todas las semanas, desde un pequeño pueblo extremeño, viajaba hasta Madrid un papel en cuyo centro había un valioso mensaje, escrito de varias formas:

































jueves, 7 de noviembre de 2019

AMORES CIEGOS




—Mamá, ¿cómo os conocisteis papá y tú? —me preguntó Mara—. Vamos, no es por nada, pero… quiero decir, no pertenecíais al mismo grupo, ¿no?
—Nos conocimos por internet, hija —respondí.
—¡Por internet! ¡Madre mía, que modernitos!
—Si, pero el internet de antes no es como el de ahora. Antes no nos podíamos ver las caras, solo charlábamos en los chats.
—¿Y no teníais más… contacto?

—¡No! —sonreí escandalizada—. Solo hablábamos. Ahora podéis tener experiencias sensoriales a través de vuestras pantallas transparentes; pero antes, eso estaba muy lejos de nosotros. Aunque ¿sabes? Eso lo hacía más emocionante. Recuerdo perfectamente el primer día que nos encontramos…


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«Estoy hecha un manojo de nervios, no lo puedo evitar. No sé qué dirá él al verme» pensaba mientras me vestía.
—Vamos, Laura, que llegas tarde a tu cita —dijo mi compañera de piso, risueña.
—Calla, tonta… ¿Estoy bien así? —pregunté poniéndome frente a Mica.
—Te falta un poco de carmín en los labios, espera —empezó a rebuscar en su bolso y sacó un pintalabios—. Así está mejor —dijo una vez que me los había pintado.
—¿Qué color me has puesto?
—¡Rojo pasión! Es lo que pega hoy, ¿no? —se fue hacia su habitación riéndose.
—¡Ay, Mica! ¡Me estás poniendo tú mas nerviosa de lo que estoy!
—Venga, mujer. Si ya habéis hablado muchas veces... Me acuerdo del día en el que empezamos con la coña a escribir lo que tú me decías. Y mira ahora.
—Pero ¿no crees que saldrá corriendo?
—¡Pero tú te has visto! ¡Uy, perdón! —soltó una risita.
—Qué graciosilla.
—Pensándolo bien, esto sí que va a ser una cita a ciegas —empezó reír a carcajadas y yo no pude evitar seguirla. Me senté a su lado, en su cama, llorando de la risa, y así estuvimos hasta que se nos pasó el ataque.


Llamaron al timbre.

—¡Ahí está! Mica, ¿voy bien peinada, estoy…? —pregunté nerviosa.
—¡Quieres tranquilizarte! Ya le abro yo…
—¡No!... Si, vale. Pero dile que ya bajo —me puse el abrigo y las gafas de sol, y con mi bastón comencé a andar hacia el ascensor.
—Pasadlo bien, par de tortolitos —se despidió Mica.

—Hola, Samuel —saludé tímida al abrir la puerta del portal.
—¡Hola, Laura! —se acercó a darme dos besos.

Se hizo un silencio incómodo.

—Bueno, por fin nos conocemos —dijo él para romper el hielo.
—Si, por fin… Oye una cosa, si no estás a gusto…
—¿Necesitas que te ayude? —preguntó al ir andando por la calle.
—No, gracias. Puedo caminar sola. Para eso tengo a mi amigo Sebas —dije sonriendo.
—¿A quién? —preguntó extrañado
—¡Al bastón!

Samuel se echó a reír.

—¡Es verdad! Ya no me acordaba que le pones nombre a todo. Oye, he reservado en un sitio para cenar, espero que te apetezca. Si no, podemos hacer otra cosa.
—No, no. Está bien, siempre que esté rico —sonreí.
—Pues sube al coche —dijo abriéndome la puerta —que te llevo. Te va a encantar.
                      
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—Recuerdo que cenamos estupendamente, no paramos de reír en toda la noche. Por fin se había roto el bloqueo de nuestro primer encuentro y las bromas surgían como cuando hablábamos por teléfono. Fue una noche fantástica.
—¿Y él no dijo nada sobre tu ceguera? —preguntó mi hija.
—No, ni una palabra. Ya se lo había dicho; pero claro, una cosa es saberlo y otra cosa es verlo.
—Es lo mismo, mamá —aseguró Mara.
—Bueno, sí, pero yo estaba tan nerviosa…
—Cuéntame más, ¿cómo termino esa noche?
—Pues fue inolvidable…


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—Estás preciosa —dijo Samuel al terminar de cenar—. ¡Te estás poniendo roja!
—¡Ay! —sonreí llevándome las dos manos a mi cara. Sentí mis mofletes arder—. Cuánto más me lo digas, más roja me voy a poner.
—Estas radiante. —De pronto se puso más serio, como si algo le rondara por la cabeza.

Tras tomar unas copas me acompañó hasta el portal.

—¿Puedo tocarte la cara? —pregunté en la puerta de mi casa.
—Pues claro. —Palpé cada curva que formaban aquel paisaje maravilloso. Bajé hacia el cuello para explorar su barbilla y su nuez.
—Así es como te puedo ver yo —expliqué.
—Lo sé —dijo cogiéndome las manos para situarlas en sus labios, muy despacio—. Te voy a besar.
—Lo sé —sonreí.
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—Qué romántico —dijo Mara en tono de guasa.
—Oye, no te burles, que has preguntado tú. Y ahora vístete, que viene Mica con su familia y tu padre está a punto de llegar de trabajar. ¡Y todavía ni hemos puesto la mesa!
—Sí, mamá —dijo poniendo los ojos hacia arriba con paciencia.

Yo me quedé un momento sentada en el salón, acariciando mis labios con la punta de mis dedos, para terminar de saborear aquella primera vez que los suyos rozaron mi boca y poder rememorar, un segundo más, aquella maravillosa cita a ciegas. 




lunes, 28 de octubre de 2019

EL MONSTRUO DE LA CASA


—A partir de las doce de la noche te convertirás en calabaza si estás despierta—decía papá mientras me tapaba—. Así que ya sabes, ¡a dormir pronto!
—Pero, papi, déjame jugar un poco más con Trébol, por fi…
—No puede ser, cariño. Mañana tienes que madrugar para ir al cole, acuérdate. Anda sé buena, que mamá tiene que descansar.
—¿Hoy se enfadará también?
—¿Mamá? Si ella nunca se enfada, cariño.
—Sí, a veces…
—Claro, cuando te portas mal.

Miré para otro lado para que no viera mi mueca de disgusto.



—Venga que te apago ya la luz.
—¡No! ¿Me lees un cuento antes de ir a dormir?
—Otro día, amor. Hoy se ha hecho tarde. No insistas más.
—Papá no te vayas, tengo … miedo.
—¿Miedo? Otra vez empezamos con eso… —dijo con tono disgustado.
—Es que a veces viene y …
—¿Quién viene? ¿Un monstruo?
—Si… —contesté rogándole con la mirada.
—Ya te he explicado muchas veces que los monstruos no existen, Carla. Venga, ya está bien. Que estoy cansado. Buenas noches, cariño. ¡Vamos Trébol! —dijo mi padre mientras el Dogo andaba a paso lento delante de él.

La habitación se quedó en silencio.

«Si no me duermo, a partir de las doce me convertiré en calabaza» pensaba mientras cerraba muy fuerte los ojos como queriendo llamar a Morfeo.

Un sudor fuerte me despertó en plena noche. La respiración agitada movía mis pequeños pulmones hasta parecer que sobresalían de las costillas.

Miré el reloj del hada que tenía al lado de la mesita. Era la una y diez.

Ya había pasado la primera prueba: no me había convertido en nada. Me daba pena decirle a mi padre que me aterraba esa idea. Creía de veras que al día siguiente me despertaría y al mirarme en el espejo, ¡vuh!, me vería como una horrible calabaza.

Ahora quedaba la segunda parte y solo por pensar en eso ya no pude volver a conciliar el sueño.

Sabía que quedaba poco.

A las dos en punto de la madrugada, como todas las noches, empecé a escuchar crujir el suelo del pasillo. Era una casita vieja, y siempre me había dicho papi que ese tipo de hogares tienen sus propios ruidos.

Pero reconocí aquel sonido, y rompí a llorar en silencio.

Se abrió la puerta de mi habitación.

—¿Mami?

Vi cómo se acercaba mirándome fijamente. Venía desnuda, como todas las noches. Sus pechos colgantes parecían deformidades a la luz de las sombras nocturnas. Los hombros caídos y los pies huesudos parecían extenderse el doble, convirtiéndose en una única sombra que llegaba hasta las paredes y el techo.

—¿Mami? ¿Estas despierta?

Por respuesta obtenía el silencio rompiéndose con el arrastrar de sus pies. Le costaba andar.
Me metí de nuevo bajo las sábanas gimiendo en silencio.

Mamá se quedó a mi lado, haciendo un ruido gutural muy bajito. Le costaba hablar.

Asomé los ojos por encima de la colcha y me sorprendí esta vez, al ver la cara de mi madre justo al lado de mis pómulos, susurrándome algo, con esos sonidos horribles, al oído.

—¡Papi! —grité con desesperación—. ¡Papi, ven deprisa!

Vi como entraba corriendo en mi habitación.


—Está dormida, Carla. No pasa nada. Ya te lo he explicado muchas veces.
—Despiértala, papi.
—No. Cuando están así no se les puede despertar, ya lo sabes —susurró.
—Pero papi…
—Vamos, Andrea —dijo dirigiéndose a mamá—. Vamos a la cama.

Mamá dio la media vuelta y se dejó arrastrar hacía su cuarto.

Bajé de la cama para cerrar la habitación y me corté con algo que estaba en el suelo. Grité en silencio por el escozor de la herida. Cogí con asombro el cuchillo. Ahora sí. Ahora estaba segura de que ella se convertía en monstruo todas las noches y esta vez venía a matarme.

Salí de puntillas de la habitación para colocarlo en la cocina porque no se me ocurrió nada mejor que hacer con él.

Pasé junto a la puerta del cuarto de mis padres. Hoy la habían dejado entreabierta y no pude evitar asomar el ojo.

—Venga, acuéstate. Tómate esto, te vendrá bien —le decía papi a mamá.

Pensé que él siempre se encargaba de acostarnos a las dos, siempre estaba pendiente de nosotras, tan cariñoso y atento. Papi era el mejor. Y mami de día también, aunque había veces que se pasaba horas con una extraña somnolencia.

—Carla, cariño, hoy no me encuentro bien —me explicaba cuando la veíamos así.

Todo empezó un día en el que no salió de la cama. Papá me explicaba que mami se había puesto malita, y que necesitaba descasar. Y a partir de ese momento, papá nunca, nunca la dejaba sola, siempre preocupado por su salud; y si se tenía que marchar a trabajar, él se ocupaba de que se quedara descansando dormidita, porque así, decía, estaba más segura.

Con ese pensamiento reanudé mi marcha hacia la cocina, de puntillas, cuando escuché más susurros.

—No le hagas daño —creí entenderla.

Volví dos pasos para atrás para mirar de nuevo, con mucho cuidado.

—No te vas a ir de aquí. Ya te lo dije. ¡No te vale con que te esconda la ropa todas las noches, para que no salgas desnuda! Estás loca. Si salieras así a la calle, la policía no tardaría en arrestarte. No dejaré que te marches y que te lleves a mi hija. Mira lo que me obligas a hacer...
—Me marcharé algún día y ella se vendrá conmigo. Cuando menos te lo esperes —respondió mami entre balbuceos.

Papi le dio la pastilla, mientras ella giraba la cabeza para no tomarla. Pero no tenía fuerza suficiente y al final él lo consiguió.

Papá se volvió hacia la puerta y me vio.

Me asusté y el cuchillo se me cayó de las manos.

—¿Qué haces ahí?
—Nada.
—¿Cuánto tiempo llevas?
—Acabo de llegar. Encontré esto en la habitación.
—Eso es mío, cariño. Dámelo.
—No.
—Dame el cuchillo, Carla.
—Lo estaba llevando a la cocina —respondí nerviosa.
—Papá tiene ese cuchillo para protegerte, cariño —dijo sonriéndome.
—¿De quién, papi?
—Mamá anda dormida por las noches, ya lo sabes y nunca se sabe qué puede estar soñando en ese momento.

La miré y parecía querer moverse y hablarme, pero un sopor pesado la tenía atada a la cama.

Sentí mucho miedo. Ahora no tenía claro quién era el monstruo.
Le tendí el cuchillo mientras él me daba las buenas noches.

—Hasta mañana, princesa. Papi cuidará de vosotras; tú no te asustes.

Cerró la puerta de su alcoba y yo me quedé petrificada, de pie, mientras notaba el pipí caliente empapándome el pantalón del pijama.
















martes, 22 de octubre de 2019

ESPACIO VACÍO






Me despierta la luz blanca de la mañana. Con los ojos entrecerrados, contemplo las cortinas azules moviéndose al compás de una brisa fresca, y el polvo fino en suspensión sobre el halo de luz, que se cuela por los agujeros de una persiana a medio echar. Estiro el brazo para despertarte, y me encuentro con un espacio vacío y fresco. Con la mano siento la forma de tu silueta deshaciéndose en las sábanas arrugadas.

Me pongo la bata y salgo al porche para buscarte. Siempre te ha encantado desayunar temprano para ver amanecer bajo el chopo milenario que reina en nuestro jardín.

Abro la puerta y una luz resplandeciente me obliga a ponerme la mano sobre los ojos. Oteo todo el jardín, pero no te encuentro. Habrás salido a dar un paseo, o a ver a Rufián, ese caballo patoso que siempre te saluda cuando pasas por su lado y que, en un par de ocasiones, nos ha dado un susto porque casi te tira al suelo. Ayer te preparé unas cuantas zanahorias para él. Sé que te encanta ese jamelgo.

Me siento en el porche con un café y un zumo de naranja. Nunca me ha gustado comer demasiado, pero últimamente tengo el estómago cerrado, y tú siempre me regañas.

Después de leer las noticias, me quedo un rato contemplando nuestro hermoso jardín con sus pequeñas margaritas entonadas con el rocío de la noche. Hemos tenido un gran acierto con la mudanza. Aquí todo rezuma paz.

Después de recoger un poco la casa, decido ir a dar una vuelta, hacer algo de compra y pararme a echar gasolina.

Entro en casa saludándote, pero no estas. Nos hemos debido de cruzar. Lo sé porque has llenado todo de barro con tus pisadas, y porque te has dejado el periódico abierto en tu sección favorita. ¡Mira que leer todavía ese papel enorme, teniendo tanta tecnología…! Me pregunto dónde habrás ido ahora. Te llamo por teléfono, sin éxito. Está apagado.

Preparo la comida —una ensalada verde y lubina al horno, con limón— pero no te sirvo porque aún no has llegado. Lo siento; tengo hambre y he decidido no esperarte.

Paso la tarde del sábado traspuesta frente a la tele y cuando despierto casi es de noche. Empiezo a preocuparme otra vez. Siempre nos ha gustado ir mucho a lo nuestro, pero cuando se te va el tiempo así, de esta manera, y no me avisas…me asustas. Busco mi móvil y vuelvo a llamarte, y ahora escucho con asombro que el teléfono marcado no existe. Seguro que se trata de error. Siempre has sido un desastre para tus cosas.

Enciendo la chimenea y preparo tu manta junto a la mía. Me envuelvo en ella con miedo a que su peso pueda romper mi cascarón de huevo. Así de frágil me siento. Un dolor enorme golpea mi cabeza, como un corazón latiendo en mi frente. Un sufrimiento repentino me ata el estómago, como si estuviera preparándolo para un regalo, con un buen lazo que lo aprieta y sé que esta noche tampoco voy a cenar. Después, de nuevo, me regañarás por no hacerlo, Así, hecha un ovillo en la manta, como siempre me dan las dos de la mañana traspuesta en el sofá. Por fin, te siento entrar por la puerta.

Te pregunto que dónde te has metido, pero te escucho ya de lejos, subiendo las escaleras, diciéndome que estas agotado, que me vaya contigo a la cama.

Medio dormida subo en tu busca. Abro la habitación y no te encuentro. Te estarás duchando, seguro. Me tumbo en tu lado de la cama, como todas las noches. Esa parte huele tanto a ti… Me quedo así un rato, las horas me desatienden y no sé cuánto tiempo pasa hasta que he decido irme al mío para que, cuando tu vengas, tengas tu espacio fresco y vacío.

























domingo, 13 de octubre de 2019

TAL COMO SOY







Mientras te espero, coloco los pies desnudos dentro de mi calzado viejo. Verás las suelas desgastadas y las esquinas roídas por los roces, pues mi camino ha sido arduo y las cuestas empinadas. 
Pero cuando me encuentres me sentiré en casa y, al quitarlos aliviada, te mostraré que lo que hay dentro es una piel suave con huesos torcidos por el esfuerzo; pero sin calcetín que los camufle, sin medias tintas, sin dobleces. 


lunes, 7 de octubre de 2019

DESPEDIDA



Para Andrés.

Hoy, en mi boca dormida, 
toma forma la tristeza que, 
como una herradura pesada, 
me obliga a caminar 
encorvada mirando al suelo. 

Miles de palabras perdidas
buscan a mi coherencia
para encontrar una explicación.

Pero mi razón tampoco entiende.


Desde que te has ido
nos hemos vuelto viajeros en el tiempo y,
dando rienda suelta a los recuerdos,
te tomamos de la mano
con la intención de traerte.

Pero no podemos.

Quiero decirte: vente
que nos haces falta, 
que tenemos momentos pendientes.
Tiempo que recuperar,
tiempo ausente.

En un día más,
en una mesa cualquiera
donde compartimos
sonrisas con ojos húmedos,
todos aquellos momentos
nos caen en cascada
violando nuestras mentes.

Hay una pena honda llorando
tras la puerta de un baño, 
unos amigos que te añoran,
niños que abrazan a su madre
cuando la ven llorar
y una mujer valiente que no duerme.







jueves, 3 de octubre de 2019

Y DE REPENTE TÚ





Llegaste hasta ella sin previo aviso. Creo que, al menos, pudiste haber hecho alguna señal; pero eres tan silencioso y discreto, que no te vi hasta que te tuve en frente, reflejado en su rostro amable.

Te comportas como una de esas personas que dicen que nunca se enfadan, pero cuando lo hacen, arde Troya. Pues así eres, calmadito hasta que decides ponerte a gritar.

Pero tú no tienes alma.

Llamaste a su puerta y entraste sin ser invitado. Te acomodaste y diste la cara volviendo la nuestra del revés. Siempre que paseo por las memorias de mi vida te culpo de todo lo que vino después. Tú diste el pistoletazo de salida a un sinfín de acontecimientos, que nos han enseñado a andar por la cuerda floja y a saltar de trampolín en trampolín, con mucho cuidado para no caer.

Prometiste enseñarle lugares nuevos, y de tu mano recorrió los largos pasillos, quirófanos y habitaciones blancas de hospital; pero conoció a gente hermosa, que se sentaba junto a ella para enfrentarse a ti y vencerte.

Crecías cada día en su interior, y ella te machacaba con sus ganas de vivir.


Y hoy te hablo, desde este presente en el que vivo, llena de orgullo, porque al final no te la llevaste tú. Sabes bien que aquella lucha quedó en tablas.

Y hoy te hablo, por ella, y por mis amigos a los que lloro; buenas personas que no se merecían tu invasión. Y te hablo por mi familia, y por las de mis amigos; y por la gente que no conozco, pero ellos a ti sí, y por sus familias. Porque todos nos hemos quedado cojos, mancos, ciegos y mudos.

Y hoy te repudio, a ti, con todos tus apellidos, y te miro victoriosa porque muchas personas se sueltan de tu mano, y no te vuelven a ver jamás.

Luchan, vencen y viven.

Y con ellos pierdes, y cada vez son más.

Hoy mis letras se visten de color rosa, y se arropan de esperanza, de fuerza y de solidaridad. 
































jueves, 19 de septiembre de 2019

AMOR A PIE DE PISTA




Quiero contar mi historia, porque dicen que mi memoria está fallando. En cierto modo tienen razón; muchas veces no recuerdo qué comí ayer, qué película vi o con quién hablé por la tarde. Tras un esfuerzo supremo, comienzan a venirme las imágenes, a trocitos, como cuando te comes una manzana con cuchillo, así, despedazadas.


Lo que sí recuerdo con total nitidez es el pasado; aquellos maravillosos años, como ese título de la serie que veían mis hijos en su juventud. Y es que todos, al final de nuestros días, lo decimos alguna vez.

Así que, como ya os he dicho, os voy a relatar una bonita historia:

En el Madrid de los años cincuenta, yo era un adolescente más y empezaba a tener amigas en el barrio —ya me entendéis. —Tenía una buena panda y cuando podía quedaba con ellos, aunque, en ocasiones, iba al puesto de mi padre, para que él pudiera echar la partida con los amigos y que así también descansara un poco. Pero…Ay…, suspiro pensando en aquellos días en los que el tema de las chicas estaba siendo todo un mundo nuevo para mí. A estas alturas de mi vida, no voy a ir de santo. Yo les gustaba, decían que era muy guapo y todo aquello empezaba a dar sus frutos: de vez en cuando se me escapa algún beso, de vez en cuando se me escapa algún piropo, de vez en cuando se me escapaba también la mano…y era ahí cuando recibía el bofetón de algunas o la invitación a seguir de otras. ¡Pero había que probar suerte!

También era conocido en el barrio por mi fama de buen trabajador, porque tenía varios oficios a la vez por la zona, todos estaban muy contentos conmigo y hablaban muy bien de mí. Así que oportunidad de trabajo nunca me faltó.

Un día, el tendero del barrio me paró por la calle.
—¡Oye chaval! ¿A ti te gusta la música?
—¡Mucho! —contesté.
En seguida me empezó a enumerar las grandes ventajas que era tener un pick up, que él me podía vender y hasta lo podía pagar poco a poco.
—¡Es una ganga, chaval! ¡Te llevarás a todas de calle con este aparato!

Con eso ya me ganó. Fuimos a la trastienda, abrió una pequeña maleta, lo vi y me encantó. Mientras el buen hombre lo enchufaba para enseñarme su funcionamiento, ya sabía que lo tenía vendido. Puso un disco y comenzó a sonar la banda sonora de “El puente sobre el río Kwit”.

Terminé con el tocadiscos y una buena colección de Paúl Anca, Los cinco Latinos, Nat Kin Col y José Luis y su guitarra, El dúo dinámico y un montón más. Me convertí en la envidia de todo el barrio. Cuando terminaba de trabajar me iba corriendo a casa, abría los balcones que daban a la calle y ponía el pick up a todo volumen, mientras yo me asomaba con un cigarrillo en la boca para que todo el mundo me pudiera ver. ¡Así de chulito era!

Cada vez que mis amigos me avisaban de que se quedaban solos en casa, organizábamos guateques, con el tocadiscos y mi colección de música que se iba haciendo cada vez más y más grade, e invitábamos a todas nuestras amigas. Había noches donde tocaba tener suerte, y otras, no tanto.

Una tarde en la que habíamos ido los amigos a una cafetería a tomar un refresco, uno de ellos se fijó en el sótano que tenía el local y tuvo la feliz idea de organizar un guateque de los de verdad; pero antes, debíamos de aprender a bailar bien si queríamos triunfar. Entonces nos apuntamos a la famosa escuela "Miki", donde cada baile con una chica te costaba un tique.

Tras el aprendizaje, comenzamos a buscar sitios y, cerca de López de Hoyos, encontramos el local que necesitábamos, en la cafetería “Marilyn”, que, por cierto, todavía existe.

Acordamos con el dueño el precio del alquiler para que nos dejará hacer allí el baile todos los domingos. Empezamos a buscar chicas del barrio que quisieran acudir para que así los chicos tuvieran algún interés en ir. Cobrábamos quince pesetas a los chicos, y las chicas entraban gratis. Sí, sí, ya sé que ahora esto es impensable, pero en aquella época era lo que se hacía y nadie lo veía mal.

El primer domingo perdimos dinero, y al hablar con el dueño de la cafetería nos dijo que no nos preocupáramos, que siguiéramos adelante y que ya le pagaríamos lo que faltaba. Esa semana nos anunciamos con el boca a boca todo lo que pudimos y al siguiente domingo ya tuvimos para pagar al dueño. ¡Nos pusimos muy contentos, porque los correveidiles estaban funcionando y poco a poco comenzamos a tener éxito!

Teníamos la música más actual y empezábamos a ganar bastante dinero y a ligar— más todavía— con las muchachas del barrio. Así que llegó un día en que la sala se nos quedó pequeña. Tardamos en dar con el adecuado, pero al final alquilamos un local a pie de calle, bastante grande, cuyo dueño tenía un bar enfrente. Y fue allí, en ese sitio, donde ella apareció:

—¿Y a esto le llaman baile? —pregunto enfurruñada a su amiga, mientras abría la puerta del local.
—¡Pasad! —dije al escucharla —No os preocupéis. Ya veréis cómo dentro de un rato esto se pone muy bien.

Se sentaron en dos de las sillas que rodeaban la pista. Comenzó a llegar gente y cuando estaba ya casi finalizando la fiesta, me acerqué a la que había entrado protestado, porque era la que me había llamado la atención.
—¿Qué te parece? ¿Has estado a gusto?
—¡Sí! —respondió con una tímida sonrisa. —Volveremos la semana que viene.
—Antes de iros, ¿te puedo invitar a un baile? —pregunté.


Nunca me olvidaré de aquel primer baile con la canción “El Reloj” de Lucho Gatica.


Ahora mismo, me acabo de poner la canción mientras escribo esto y hasta me parece oler ese maravilloso perfume que llevaba. Me traslado a la pista y veo sus brazos apoyados en los míos tímidamente, mientras yo la agarro por encima de la cintura, con suavidad. En mi cabeza solo estamos ella y yo, la pista y las luces, sin nadie más alrededor. Tras terminar la canción se marcharon, mientras yo me quedaba como un pasmarote en medio del local y vi como abría la puerta sin mirar atrás.

Al domingo siguiente aparecieron de nuevo las dos. La que me gustaba era la más bajita, porque era también la más guapa. Volví a bailar con ella y pese al pacto que teníamos los amigos de no comprometernos con ninguna, le dije que quería quedar con ella entre semana, que a mí cualquier día me venía bien. Como respuesta tuve una negación rotunda.

—Yo no salgo con nadie —me dijo —y menos los días laborables.

Pasé esa semana trabajando duro, encabezonado en quitármela de la mente y en nuestro plan de no complicarnos con ninguna chica, pero el domingo siguiente llegó y empecé a pensar en ella. Estaba nervioso y no hacía otra cosa que asomarme a la puerta, deseando verla llegar de lejos. La tarde transcurría entre canciones, bailes, besos…, pero yo seguía sin apartar la vista de la puerta, mientras cambiaba discos. Por fin, intuí su silueta. Abrió la puerta y yo corté la canción que estaba sonando en ese momento para poner El Reloj. Por la manera en que me miró, ya sabía que esa tarde la tendría entre mis brazos, e intentaría retenerla un poquito más, porque de esa chica me gustaba todo: su estatura pequeña, sus ojos verdes, su moño italiano…

Comencé a intuir que era realmente ahí, con ella, dónde empezaba la historia de mi vida.

Fueron tres años de feliz noviazgo, nos casamos, tuvimos problemas económicos y de salud que superamos a base de esfuerzo, pero nunca, ni un solo día, dejé de amarla, de cuidarla. He de decir que a su lado me sentía el hombre más querido del mundo también. Siempre íbamos cogidos de la mano cuando paseábamos por la calle, y a nuestra hija pequeña, la daba mucha vergüenza vernos así cuando iba con sus amigos. «Parecéis dos adolescentes con cincuenta y tantos años», nos decía. Ahora que la tengo aquí al lado y ya es una mujer adulta, se ríe con añoranza pensando en esos momentos. Desde aquel primer baile, sentí siempre que era lo más importante de mi vida.

Y así fue, hasta el último día de la suya, después de criar a nuestros hijos, las luchas, los quebrantos, los días felices y las peleas matrimoniales. Ella siempre supo que amé hasta la última peca de su piel.


 


lunes, 9 de septiembre de 2019

SUSTO O MUERTE

El atardecer caía despacio, y los colores en el cielo se desdibujaban como lo hace un helado al derretirse. Lo pude observar mientras me precipitaba al vacío y decidí concentrarme en él para poder disfrutarlo una última vez.


Si dijera que sentí dolor, mentiría, pero sí mucha curiosidad por las personas que se paraban a mirarme y me hacían fotos para después colgarlas en las redes, sin piedad. Me hubiese encantado hacer ¡Vuh! ante uno de esos móviles de última generación. Reí solo de pensarlo; aunque seguramente, después, mi cara de muerta hubiera salido en una de esas bromas que te hacen mirar fijamente una imagen, para luego darte un susto;  «mejor no, sobre todo por mis padres» —pensé. 

Algunos se hacían selfies delante de mi cuerpo, imitando la imagen del emoticono azul con las manos a los lados de la cara y la boca abierta. Entonces yo me plantaba detrás de sus cabezas, con gestos amenazantes en unas, en otras ponía los dedos de la mano en V y en otras tiraba besos poniendo mi lado más fotogénico.

A lo mejor no os lo creéis, pero me lo pasé realmente bien durante un rato y, la verdad, me hubiese encantado salir en una de ellas. ¿Os imagináis sus caras cuando vieran la foto? Fui Trending topic en pocos segundos, sin pretenderlo. Al fin y al cabo, después del gran susto, me merecía aquel momento, que era solo para mí.   Deambulé, sintiéndome etérea y ligera, entre la gente que se arremolinaba alrededor del coche rojo, donde cayó mi cuerpo. Lo siento por su dueño, pero aquello no fue idea mía. Bailoteaba entre ellos, sin saber muy bien qué iba a venir después.

Algunos hablaban con la policía, y todos miraban mi cadáver, menos una niña que estaba señalando el décimo piso de la torre, mientras un agente le preguntaba. Siguiendo su pequeño dedito miré hacia arriba y vi cómo una silueta se escabullía tras las cortinas de mi cuarto. Bajé la cabeza y me topé de pronto con su mirada infantil fija en mí. Sonreí y ella me dijo hola con su manita regordeta. De repente, me sentí cansada y decidí irme casa; me crucé con mi asesino en las escaleras, intenté ponerle la zancadilla, pero aún no tenía práctica para ciertos trucos. Cerré de golpe la puerta de la entrada y allí descansé, por toda la eternidad.  

 

lunes, 2 de septiembre de 2019

SOY OLIVIA




Todo empezó aquel sábado en el que mi madre me dijo que tenía que ir a la peluquería.

—Vamos Samuel, que llegamos tarde. ¡Acelera! —me ordenó mientras levantaba la persiana de mi habitación. —A este paso se nos va a pasar la hora.
—No quiero cortarme el pelo—dije medio enfadado.
—¡Pero qué te ha dado hoy! Venga que no estoy para escenas.
—¿Qué pasa? —preguntó papá asomando la nariz por encima del periódico desde la cocina.
—Tu hijo, que hoy no quiere cortarse el pelo. Anda, dile tú algo.
—Venga Samuel, no hagas esperar a tu madre, que ya sabes que luego se pone… —dijo guiñándome un ojo.

Le sonreí, pero al minuto siguiente, insistí.

—¡Qué no quiero cortarme el pelo! ¿Qué hay de malo en ello?
—Pues que no puedes ir con esas pintas por el mundo, hijo—contestó papá con calma.
—Eso, tú ahí, calmadito—dijo mi madre cada vez más nerviosa, mientras hacia un gesto con las dos manos, como si estuviera sujetando un balón en cada una.

Me cogió del brazo, me sacó a rastras de casa y me metió en el coche. A pesar de que ya le sacaba una cabeza, era más bien flacucho y tenía poca fuerza.

—No sé qué hay de malo en no querer cortarse el pelo—dije desde el asiento de atrás con los brazos cruzados sobre el pecho. —Tú, por ejemplo, lo llevas largo.
—Yo soy una mujer, tú eres un chico—respondió mamá.
—¿Y alguien me ha preguntado a mí si quiero ser un chico?

Mi madre empezó a palidecer.

Aminoró la marcha.

—¿Mamá? —me dirigí a ella un poco asustado.

Aparcó.

—A ver, Samuel. ¿Por qué no quieres cortarte el pelo? Es vaguería, ¿verdad?
—No… es que me gusta el pelo largo, y si siempre me lo estoy cortando pues no hay manera de que crezca. No me escucháis: el pelo es mío y no quiero cortarlo—contesté enfadado.
—Pero largo como lo tiene tu primo, ¿no? Así como… ¿heavy?
—No, largo como el tuyo, mamá.
—Está bien, está bien. Volvamos a casa y hablemos con calma.

Cuando era más pequeño no podía entender por qué me decían que tenía que ser chico, si lo que a mí me gustaba era estar con mis amigas, sus peinados, sus juegos… “yo soy una más”, pensaba siempre que estaba con ellas, aunque luego el espejo me decía todo lo contrario. ¡Si hasta me quedaba embobado viendo como mi madre se peinaba! Y a escondidas, cogía su rímel, me pintaba las pestañas y cuando me miraba al espejo, me veía mucho más guapo, mucho más yo. ¿Quién decide el género si no puede ser uno mismo el que lo haga? Con los años me resigné a ver un cuerpo que me parecía extraño y que no sentía como mío. Rechazaba los cambios que estaba sufriendo, me depilaba todo aquel bello que me salía por todas partes, odiaba la pelusilla de la cara. Me costó confesarme a mí mismo que me hubiese encantado tener las piernas lisas y las curvas de las chicas de mi edad y no aquella cosa que colgaba como una parte ajena a mí. Intentaba deshacerme de ese pensamiento, porque no me parecía natural; pero ocurría todo lo contrario: cada vez latía con más fuerza ese sentimiento.

A mi padre, que siempre parecía el más divertido, le costó algo más entenderlo. Pero al final sucumbió ante las largas explicaciones de mi madre.

—Escucha Samuel, yo es que… no quiero que nadie te haga daño. ¿Entiendes hijo? No es que me importe cómo seas tú. Es que tengo miedo de lo que puedas llegar a sufrir—me confesó una vez antes de irse a trabajar.
—Yo también tengo miedo, papá, pero es que, no soy como tú, soy como ella—contesté señalando a mi madre que escuchaba desde una esquina de la cocina, con su taza de café en la mano—y los que estén a mi alrededor me tendrán que conocer así.
—En realidad, tu madre y yo siempre lo habíamos sospechado, pero no dijimos nada. Tu manera de andar es… distinta.
—No es distinta, papá. Es, como tú has dicho, mi manera de andar. Sin más.
—Para tener quince años, parece que lo tienes muy claro.
—No te creas, siempre me he sentido muy confundido. Ahora, que lo estamos hablando, se empiezan a aclarar mis ideas.
—Pues adelante, hijo. Pero no dejes que nadie, nunca, te juzgue por ello.

Durante los meses de instituto en los que iba con el pelo largo, nadie se extrañó, pero cuando más adelante comencé a ir con un ligero brillo en los labios y los ojos un poquito marcados, comenzaron los cuchicheos, que dieron paso a las risas, que dieron paso a las peleas, que dieron paso al fracaso escolar.

—¿Qué pasa Samuel? ¿Eres maricón o qué? —me dijo un día Raúl en el patio.
—Dejadle en paz. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer? Y si lo es ¿qué pasa? —Julia y Andrea siempre me defendían. Yo intentaba ignorarles, como me dijo muchas veces mi padre, pero ese día, no pude más y estallé.
—Soy lo que a mí me da la gana ser—contesté furioso.
—Uy que se nos pone gallito el hombretón —dijo Raúl burlándose. Los demás se echaron a reír, y algunos bajaron la cabeza.
—Vamos tíos, que el chaval no os ha hecho nada, joder. Dejadle en paz—pidió Esteban.
—Es maricón y no me gusta cómo me mira—contestó Raúl encarándose a su compañero. Se volvió después hacia mí. —¡No me mires más, pedazo de…!
—¡Como te vuelvas a dirigir a mí así te mato! —solté de pronto, mientras le empujaba hacia la pared. Me devolvió el embiste y me tiró al suelo. Seguía siendo un flacucho con poca fuerza. Los puñetazos me caían por la derecha, por la izquierda, en la tripa, en el costado... De lejos escuchaba como sus amigos alentaban a Raúl “¡Así, más fuerte! ¡Dale más!” mientras los míos no cejaban en el empeño de separarnos.

Julia fue a avisar a la profesora y terminamos los dos en dirección con la cara hinchada y el cuerpo dolorido.

—Tenéis los dos tres días de expulsión—sentenció la directora.

Nos marchamos cabizbajos, cada cual con nuestros padres.

—Si quieres, te cambiamos de instituto—sugirió mamá. —Has repetido un año ya, y …
—No. Tengo que seguir aquí—la corté. —Me va a ir bien a partir de ahora, me gustan los profesores y tengo amigos.

La mañana que volví al instituto estaba muy nervioso. La noche anterior preparé todo para que no me faltara ningún detalle. Unos días antes había hecho mis primeras compras de ropa femenina. Estaba todo perfectamente puesto encima de la cama. Lo miré detenidamente y con un nudo en el estómago, entre la emoción y el miedo, me fui vistiendo.

Me subí las medias con dedos torpes, me coloqué la falda que me llegaba por encima de la rodilla, me abroché el sujetador que contenía un pequeño relleno y finalmente me coloqué la blusa. Me pasé la plancha por el pelo, di brillo a mis labios y usé el rímel negro que me había regalado mi madre. Me miré al espejo y esta vez sí me devolvió la imagen de la persona que realmente era. No puedo describir con exactitud lo que sentí, no hay palabras suficientes para expresarlo. Estuve quieto durante unos tres minutos, en los que observé cada detalle de la persona que siempre había estado escondida dentro de mí. Para poder salir por la puerta de la habitación me tragué el nudo que ahogaba mi garganta. Cogí la mochila y ante la mirada estupefacta de mis padres salí de casa derecha a coger el autobús.

No les dio tiempo a decir nada.

Llegué a clase unos minutos tarde, aposta. La profesora acababa de entrar y estaba mandando callar a todos.

—¡Vamos chicos! Todo el mundo a su sitio y en silencio que empezamos.

Yo iba detrás de ella.

El mutismo ocupó toda la sala.

—¡Uy! ¡Qué poco me ha costado hoy! —dijo riendo, mientras colocaba su cartera sobre su mesa grande. Miró a la clase y al ver las caras se giró lentamente hacia mí.
—Hola profe. ¿Puedo hablarles a todos, por favor?
—Claro, adelante—contestó intentando disimular su asombro.
—Hola—dije dirigiéndome a la clase en general. Se escucharon dos o tres respuestas y los demás se mantenían expectantes. —Sé que esto no es a lo que estáis acostumbrados, pero … esta soy yo, y quiero que lo sepáis. Sigo siendo la misma persona, pero me siento chica, no chico; y mis padres me han explicado por qué siempre me he sentido mal y lo que tengo que hacer. Así que me presento como vuestra nueva compañera. No estáis obligados a aceptarlo, pero los que sí queráis hacerlo, seré vuestra amiga, la de siempre.

Resonó algún “vale” mientras me dirigía a mi sitio. Algunos me miraban de reojo. Otros se reían bajito. Julia y Andrea me sonrieron desde su pupitre. Esteban se levantó y me dio una palmada en la espalda mientras me decía “muy bien, con dos huevos, macho” y luego se quedó serio, seguramente pensando que acababa de meter la pata; pero yo le estreché la mano y él sonrió aliviado.

—Vale, creo que hoy vamos a cambiar la temática de la clase, chicos. Vamos a hablar de lo que acaba de pasar—dijo la profesora, tras permanecer unos minutos en silencio.


Os podéis imaginar lo que hubo después, durante los siguientes años: dificultades y felicidad han ido siempre de la mano y ahora, tras muchos papeleos, varias operaciones, insultos y victorias, con veinticinco años, por fin, puedo informaros que me podéis llamar por mi sombre: soy Olivia.
































miércoles, 7 de agosto de 2019

Cuántas alegrías me está dando mi libro.
Desde el primer día hasta ahora, he recibido tantísimo cariño... Os estaré siempre agradecida. Sigue de venta en Amazon. 


viernes, 2 de agosto de 2019

MALA CONCIENCIA

   



    —Sofi era la del vestido largo… Esta de aquí, la que tiene ese flequillo recto y grueso y gafas de culo de vaso. Siempre estaba comiendo bollos ¿te acuerdas? —dijo Cristina señalando una foto antigua del colegio.

    —¡Es verdad! Ya ni me acordaba de ella—comentó Virginia con aire despreocupado, mientras daba una calada al cigarrillo.

    —Pues te aseguro que ella sí se debe de acordar de nosotras.

    —¿Por?

    —No me puedo creer que no lo recuerdes. Yo aún me arrepiento de todo lo que le hicimos ese día.

    —Pues la verdad que no me acuerdo mucho de esa chica. Y si la hicimos algo, seguro que la ayudó a espabilar. Total, éramos niñas.

    —Eso quiere decir que sabes de qué te hablo. Yo desde entonces he vivido con remordimientos, siempre estábamos riéndonos de ella, pero lo de aquella noche fue…—. Cristina se tapó con las dos manos la cara, como si con eso pudiera evitar aquel recuerdo espantoso— y no sé por qué no hemos hablado de ello jamás.

    —¿Qué noche? ¡Ay, no sería para tanto, mujer! Deja ya de dar tantas vueltas a aquella historia. Ahora será feliz, con una vida, un trabajo… seguro que no es para tanto.

    —No sé cómo puedes ser tan sumamente fría.

    —¿Y tú no? Porque ahora eso de que te arrepientas ¿significa que fuiste una hermanita de la caridad? ¡Venga! Deja ya de ser tan falsa. Estuviste allí, como todas. Olvídalo.

    —No lo soy. Mi cabeza no me deja descansar y desde entonces voy a su casa todas las semanas, sin que ella me vea y la observo de lejos.

    —Tía, estás pirada —protestó Virginia.

    —Cuando compruebo que se ha marchado, dejo dinero en su puerta. No se me ocurre otra forma de pagar por lo que hicimos…

    —¿Me lo estás diciendo en serio?

    —Claro que sí. Ahora ya no lleva gafas de culo de vaso porque tiene que se tiene que poner unas oscuras. El sol le hace daño a la vista. No lo sabías ¿verdad? Como tampoco debes saber que las lleva sujetas con una cinta a la cabeza porque le falta la parte de arriba de la oreja izquierda y no puede sujetarlas de otra manera.

    —¡Qué dices! Ya será menos…

    —Estuvo más de un año en la unidad de quemados.

    —Vale, sí. Estuvo mal, pero yo solo pretendía arreglarle ese horrible flequillo que tenía. ¡No sabía que era una peluca y que podía arder tanto! Nunca pretendí hacerla aquello y por eso no me siento tan culpable como me quieres hacer sentir tú ahora mismo.

    —Con un mechero. Querías arreglarle el flequillo con un mechero —dijo Cristina estirando la cara por la ira.

    —Además, tú no hiciste nada. Fui yo. Deja ya de tener tantos remordimientos.

    —Estuve allí, y no te paré cuando quemaste su pelo y tampoco cuando estaba con la cabeza envuelta en llamas y la grabaste en vídeo. Ella no volvió jamás al colegio, pero aquella grabación recorrió todos los rincones —continuó Cristina, cada vez más furiosa ante la pasividad de su amiga —Dios, durante días estuve vomitando en el baño y sin poder dormir.

    Virginia empezó a sucumbir y bajó la cabeza avergonzada.

    —Laura y Ana se reían, pero yo estaba petrificada mirando, sin mover un dedo para ayudarla —continuó Cristina.

    —Si fuera hoy, no lo haría Cris —aseguró Virginia.

    —Pero lo hiciste, y jamás te preocupaste por ella.

    —¿Para qué iba a hacerlo? El mal ya estaba hecho.

    —Ayer cuando fui a su casa, se quedó esperándome sin que yo me diera cuenta. «Sé quién eres» me dijo «Deja de esconderte y sal de una vez»

    —O sea que te pilló. ¿Y te agradeció el dinero que la estas dejando desde entonces? A qué no lo hizo…

    —No, pero me pidió un favor —dijo Cristina mientras se encendía también un cigarrillo.

    —No me digas. ¿Cuál?

   Cristina dio una calada al cigarrillo…

    —Te lo enseñaré, pero tienes que cerrar los ojos. No puedes verlo hasta que yo te avise.

    —Está bien. Pero esto sí que es raro, no me… —Virginia emitió un grito terrorífico, mientras Cristina tiraba de su pelo fuertemente y estampaba el cigarrillo con saña sobre su ojo derecho cerrado.

    —Ella quería que supieras lo que es no tener párpados durante el resto de tu vida.

 










lunes, 29 de julio de 2019

METAMORFOSIS




   Desde que él llegó a la familia, mi vida cambió por completo, y de esto hace ya ocho años. A mis diez ya sé lo que es sentirse desplazado y que a nadie le importe una mierda.

   Todas las atenciones fueron para esa cosa llorona; al principio porque era un bebé precioso de ojos redondos y brazos regordetes, y después cuando empezaron los síntomas. Aquel mundo, que era todo para mí, se agrietó poco a poco y yo me fui sintiendo cada vez más transparente, sobre todo cuando mis padres pasaban por mi lado sin mirarme porque Hugo no paraba de gritar y de dar golpes.

   Muchas noches me asomaba a su cuna y le observaba detenidamente.: Así, a simple vista, no parecía tener nada raro. Lo peor venía cuando se despertaba, y cuántos más años cumplía más le costaba seguir las órdenes. Por mucho que papá y mamá le dijeran «Hugo estate quieto», «Hugo no cojas eso» «Hugo no grites, no corras, no pegues, cálmate» y un largo etcétera, daba igual, él siempre iba a lo suyo, y yo no lograba entender por qué no era capaz de hacer caso ni una sola vez; ¿por qué él no entendía que luego todo era peor? Después en casa el silencio chillaba de dolor y lo nervios levantaban los cimientos de nuestra— muy antigua— paz, como raíces de árboles rompiendo una tierra llana, que antaño no tenía ni un solo surco. Y todo por su culpa.

   Cuando me enteré de que iba a tener un hermanito, realmente me hizo mucha ilusión. No fui un niño de estos tontorrones que ambicionaba a mis padres para mí solito. Todo lo contrario. Quería a alguien como yo, para jugar al balón, ir juntos a la escuela, contarnos secretos..., Pero esto… Esto no me lo esperaba. Muchas veces he añorado al hermano que nunca he tenido; he llorado por la cantidad de balones que se quedaron sin lazar, por las peleas típicas y reconciliaciones posteriores repletas de abrazos con palmaditas en la espalda, como un par de hombres, por no poder contarle que me gusta tal chica, por no poder tapar nuestras travesuras a nuestros padres. Sí, lo reconozco: he llorado mucho por ese tipo de cosas.

   Ahora Hugo tiene ocho años y, aparte de todo el trabajo diario que tanto él como mis padres tienen que hacer desde que nació, tenemos que ir dos días en semana toda la familia a sesiones con psicólogos y pedagogos porque se supone que tiene que conseguir ser algo más independiente, y que, con ayuda, podría desarrollar más sus capacidades sociales.


   Ayer por la tarde fue una de esas en las que papá y mamá ponen en práctica las técnicas que les han enseñado y, como yo escuchaba todo desde el salón, me puse la tele más alta porque no me apetecía sentir pena, o lo que fuera que sintiera, por él; pero al rato, desistí, mi curiosidad pudo más, bajé el volumen y me quedé muy atento:

   —Hugo, mírame a los ojos, cariño—dijo mamá.
   —Uno, tres, cinco, siete, nueve—respondió mi hermano.
   —Cariño, mira. ¿Ves este pantalón? Te lo voy a poner, ¿vale? Mírame a los ojos cuando te hable, Hugo. Así, despacio.
   —No quiero, no quiero, no quiero, no quiero— dice él mientras empieza a ponerse nervioso y mover su cuerpo de atrás hacia delante compulsivamente, rechazando el pantalón que ella le estaba subiendo.

   En ese momento ya me estaba asomando a la puerta de la habitación, pero como era transparente, mi madre ni se enteró.

   Tras un tiempo interminable en el que observé a mi madre sudando, con sus ojeras marcadas y sus ojos cansados, y a él gritando y dando golpes, consiguió vestirle. Después tocó explicarle que tenían que bajar al salón, para salir después de casa conmigo, esperar al autobús de línea e ir a su colegio, que era la primera parada.

   Bajar al salón no le disgustaba demasiado, porque le encantaba contar. Se pasaba el día contando cosas, enumerando absolutamente todo y siempre lo hacía contando números impares. A mí a veces me dejaba asombrado porque nunca se me hubiera ocurrido contar tantas y tantas cosas.

   Descendieron por los escalones, que él contó, enumeró las tablas de la tarima, los objetos que había sobre los muebles, los cristales que componían la lámpara de pie que había en la entrada, las rayas que dividían las partes del radiador, los enchufes y sus tornillos, los cables, los juguetes, las sillas del salón, las patas de las sillas, absolutamente todo, y con una rapidez asombrosa.…

   —Hugo—le llamó la atención mi madre— Ahora te vas a ir con tu hermano, hasta la esquina. Yo no puedo acompañarte ¿de acuerdo? Ahí cogeréis el autobús ¿sí?

   Mi madre levantó la barbilla suavemente para forzarle a encontrarse con su mirada. Se notaba claramente que a él le incomodaban muchísimo aquellos gestos cercanos, pero al final consintió y la miró.

   —No, contigo, siempre. Quiero contigo.
   —No puede ser cariño. Ya sabes que tenemos que reforzar tu autonomía. Tu hermano es muy responsable, con él estarás bien.
   —No, no, quiero contigo.
   —Vamos Hugo—le dije cansado de tanta escena. —No pasará nada.

   Salimos de casa con la misma cantinela de todos los días. «Quiero volver, con mamá, esto no me gusta, con mamá. No, no. Con mamá» Yo ya sabía cuántas veces iba a repetir aquellas palabras, y el soniquete que empleaba en cada una de ellas. Pero me callaba, no sabía cómo hablarle ni qué decirle. Mis padres me habían explicado cómo tenía que tratarle, había tenido largas horas con los expertos en esta materia, pero yo era incapaz de hacerlo. «¿Y quién le explica a él cómo tratarme a mí? ¿Qué hay de lo que yo siento desde que él ocupó la vida de todos los de la casa, desde que invadió hasta el aire que respiramos?» Me estaba ahogando y nadie se daba cuenta.

   Conseguimos llegar a la parada y subimos al autobús de línea. Darío estaba sentado junto a su hermana Natalia en los asientos del final, a la derecha. Yo intenté alejarme de ellos, porque sabía de sobra lo que podría ocurrir, pero ese día Hugo se puso contento al ver el último asiento de la izquierda vacío, y no tuve manera de convencerle.

   Me senté cabizbajo, como avergonzado, y mientras escuchaba las risas y los insultos yo me sentía un chaval de mierda, porque nunca les puse en su sitio y siempre me consideré un maldito cobarde… menos ese día.

   —Dejad de reíros—dije, sin quitar la vista del suelo.
   —Pero ¿tu hermano es tonto o qué le pasa? —dijo Darío con deje burlón.



  Se levantó y se acercó a él con el autobús ya en marcha. Hugo empezó a ponerse nervioso y comenzó con su balanceo y ese balbuceo incomprensible. Vi venir todo con la impotencia de saber que ya no había remedio.

   —Ay, ay, con mamá, vámonos, quince, diecisiete, diecinueve—dijo Darío imitando a mi hermano, con voz gangosa y la boca torcida, cruzando las manos por delante del pecho y los dedos estirados, cada uno hacia un lado, mientras Natalia no paraba de reír.

   Hugo empezó a golpearse en la cabeza contra el asiento y a gritar como si le estuvieran descuartizando. Ya se había desencadenado todo; el conductor paró el autobús y se acercó.

   —Deberíais plantearos otro medio de transporte para él—comentó el chofer de mal humor.
   —Mi hermano tiene el mismo derecho que todos a coger este autobús o el que le dé la real gana—contesté.
   —¡Pero si es retrasado! —gritó Darío.

   Fue ahí cuando todo cambió para mí. No sentí que naciera algo nuevo, sino más bien creo que sufrí una metamorfosis repentina. Algo que estaba latente dentro de mí, sin que yo fuera consciente, un amor que explosionó furioso como si estuviera dentro de una olla de presión mal asegurada.

   Me giré, me abalancé sobre Darío y comencé a golpearle, cada vez más y más fuerte. Le tiré al suelo propinándole un puñetazo tras otro. El conductor me cogió en volandas para evitar que siguiera.

   —¡Es mi hermano! —grité lanzando puñetazos al aire— ¡y no te vas a volver a reír jamás de él!
   —¡Cálmate muchacho! Mira lo que has hecho. Ahora tengo que llamar a una ambulancia. Te has metido en un buen lío, chaval.

   Cuando mi padre llegó a urgencias, lo primero que hizo fue mirarme con ira.

   —Su hijo se ha liado a puñetazos con el mío —informó la madre de Darío a mi padre.
   —¿Se puede saber que has hecho? —me gritó furioso.
   —Tres, cinco, siete, no, con mamá, nueve, … —se escuchó a Hugo.
   —No ha sido culpa mía, papá. ¡Se estaban riendo de Hugo! ¡Y siempre lo hacen! ¡Y es mi hermano, le tenía que defender! Le insultan y le imitan y yo ya no podía dejarlo estar por más tiempo—. Me puse a llorar.

   En pocos segundos la expresión de mi padre se dio un buen paseo recorriendo desde la ira hacia el asombro, cruzando por el amor para acabar en el orgullo.

   —Mi hijo nunca haría eso —dijo la madre de Darío.
   —Y el mío no miente —contestó seco mi padre—. Vamos chicos que el día ha terminado por hoy. Y usted, haga saber a sus hijos que no se pueden reír de los demás y menos de alguien que nunca se reiría de ellos.

   Fuimos en el asiento de atrás del coche de papá. Hugo la izquierda, como siempre, como tenía que ser porque si no, le daba uno de sus ataques, y yo, por consiguiente, a la derecha. Y así, sentado como estaba, comencé a notar como poco a poco mi transparencia iba tomando forma de nuevo. Así era siempre que pensaba que mis padres no me veían porque estaban solo pendientes de Hugo, hasta que papá habló.

   —Alberto, estoy muy orgulloso de ti porque has defendido a tu hermano. Pero para otra vez intenta hacer oídos sordos y no pegar a nadie. Esto nos va a pasar más de una vez y tenemos que asumirlo.
   —Lo haré papá, lo siento de verdad, pero hoy no me he podido aguantar las ganas. Se lo tenían merecido.

   Una atmósfera silenciosa y apacible se apoderó durante unos segundos del pequeño espacio en el que íbamos.

   —Hijo, quiero que sepas que nosotros podemos con esto gracias a ti. Eres un chico bueno y responsable y sin tu ayuda nada de esto nos sería posible a tu madre y a mí. Eres un muchacho muy especial, lo sabes ¿verdad?


   ¿Orgulloso de mí? —pensé—. ¿Especial? —. Mis piernas empezaron de nuevo a tomar forma, la transparencia se iba esfumando y me sentí más vivo que nunca.

   Giré la cabeza hacia Hugo que iba mirando por la ventana, esperando verle contar todo. Sin embargo, estaba callado. Poco a poco, con movimientos que parecían estar grabados a cámara lenta, se fue volviendo hacia mí. Levantó los ojos del asiento a mi cara lentamente y, con un gran esfuerzo por su parte, fijó su mirada en las lágrimas de regocijo que los míos retenían.

   Ladeó la cabeza y la apoyó en mi hombro. Era la primera vez que teníamos contacto físico. Levanté mi mano para abrazarle y torcí mi cuello para apoyarme en él. Nuestro primer abrazo de hermanos. Sí, uno de esos en los que siempre había pensado. Quizá no fuera todo lo espontáneo que imaginé, pero esto me valía. Yo sonreía con el corazón henchido y con las lágrimas ya abandonando mis ojos en cascada, y él iba contando las líneas de los pasos de cebra que se veían por la luna del coche, y así fuimos hasta llegar a casa.

   —Nunca, escúchame, nunca más dejaré que nadie se ría de ti—le dije antes de bajar del coche.

   Hugo salió, con su manera torpe de correr, llamando a mi madre, sin dar señales de haber entendido mi promesa. Pero yo sí. Yo entendí todo: el amor hacia él que hasta ahora me había escondido a mí mismo, la transformación que había surgido en mí y todo lo que implicaría. Y estaba feliz, pero muy muy feliz por ello.








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