domingo, 13 de octubre de 2019

TAL COMO SOY







Mientras te espero, coloco los pies desnudos dentro de mi calzado viejo. Verás las suelas desgastadas y las esquinas roídas por los roces, pues mi camino ha sido arduo y las cuestas empinadas. 
Pero cuando me encuentres me sentiré en casa y, al quitarlos aliviada, te mostraré que lo que hay dentro es una piel suave con huesos torcidos por el esfuerzo; pero sin calcetín que los camufle, sin medias tintas, sin dobleces. 


lunes, 7 de octubre de 2019

DESPEDIDA



Para Andrés.

Hoy, en mi boca dormida, 
toma forma la tristeza que, 
como una herradura pesada, 
me obliga a caminar 
encorvada mirando al suelo. 

Miles de palabras perdidas
buscan a mi coherencia
para encontrar una explicación.

Pero mi razón tampoco entiende.


Desde que te has ido
nos hemos vuelto viajeros en el tiempo y,
dando rienda suelta a los recuerdos,
te tomamos de la mano
con la intención de traerte.

Pero no podemos.

Quiero decirte: vente
que nos haces falta, 
que tenemos momentos pendientes.
Tiempo que recuperar,
tiempo ausente.

En un día más,
en una mesa cualquiera
donde compartimos
sonrisas con ojos húmedos,
todos aquellos momentos
nos caen en cascada
violando nuestras mentes.

Hay una pena honda llorando
tras la puerta de un baño, 
unos amigos que te añoran,
niños que abrazan a su madre
cuando la ven llorar
y una mujer valiente que no duerme.







jueves, 3 de octubre de 2019

Y DE REPENTE TÚ





Llegaste hasta ella sin previo aviso. Creo que, al menos, pudiste haber hecho alguna señal; pero eres tan silencioso y discreto, que no te vi hasta que te tuve en frente, reflejado en su rostro amable.

Te comportas como una de esas personas que dicen que nunca se enfadan, pero cuando lo hacen, arde Troya. Pues así eres, calmadito hasta que decides ponerte a gritar.

Pero tú no tienes alma.

Llamaste a su puerta y entraste sin ser invitado. Te acomodaste y diste la cara volviendo la nuestra del revés. Siempre que paseo por las memorias de mi vida te culpo de todo lo que vino después. Tú diste el pistoletazo de salida a un sinfín de acontecimientos, que nos han enseñado a andar por la cuerda floja y a saltar de trampolín en trampolín, con mucho cuidado para no caer.

Prometiste enseñarle lugares nuevos, y de tu mano recorrió los largos pasillos, quirófanos y habitaciones blancas de hospital; pero conoció a gente hermosa, que se sentaba junto a ella para enfrentarse a ti y vencerte.

Crecías cada día en su interior, y ella te machacaba con sus ganas de vivir.


Y hoy te hablo, desde este presente en el que vivo, llena de orgullo, porque al final no te la llevaste tú. Sabes bien que aquella lucha quedó en tablas.

Y hoy te hablo, por ella, y por mis amigos a los que lloro; buenas personas que no se merecían tu invasión. Y te hablo por mi familia, y por las de mis amigos; y por la gente que no conozco, pero ellos a ti sí, y por sus familias. Porque todos nos hemos quedado cojos, mancos, ciegos y mudos.

Y hoy te repudio, a ti, con todos tus apellidos, y te miro victoriosa porque muchas personas se sueltan de tu mano, y no te vuelven a ver jamás.

Luchan, vencen y viven.

Y con ellos pierdes, y cada vez son más.

Hoy mis letras se visten de color rosa, y se arropan de esperanza, de fuerza y de solidaridad. 
































jueves, 19 de septiembre de 2019

AMOR A PIE DE PISTA




Quiero contar mi historia, porque dicen que mi memoria está fallando. En cierto modo tienen razón; muchas veces no recuerdo qué comí ayer, qué película vi o con quién hablé por la tarde. Tras un esfuerzo supremo, comienzan a venirme las imágenes, a trocitos, como cuando te comes una manzana con cuchillo, así, despedazadas.


Lo que sí recuerdo con total nitidez es el pasado; aquellos maravillosos años, como ese título de la serie que veían mis hijos en su juventud. Y es que todos, al final de nuestros días, lo decimos alguna vez.

Así que, como ya os he dicho, os voy a relatar una bonita historia:

En el Madrid de los años cincuenta, yo era un adolescente más y empezaba a tener amigas en el barrio —ya me entendéis. —Tenía una buena panda y cuando podía quedaba con ellos, aunque, en ocasiones, iba al puesto de mi padre, para que él pudiera echar la partida con los amigos y que así también descansara un poco. Pero…Ay…, suspiro pensando en aquellos días en los que el tema de las chicas estaba siendo todo un mundo nuevo para mí. A estas alturas de mi vida, no voy a ir de santo. Yo les gustaba, decían que era muy guapo y todo aquello empezaba a dar sus frutos: de vez en cuando se me escapa algún beso, de vez en cuando se me escapa algún piropo, de vez en cuando se me escapaba también la mano…y era ahí cuando recibía el bofetón de algunas o la invitación a seguir de otras. ¡Pero había que probar suerte!

También era conocido en el barrio por mi fama de buen trabajador, porque tenía varios oficios a la vez por la zona, todos estaban muy contentos conmigo y hablaban muy bien de mí. Así que oportunidad de trabajo nunca me faltó.

Un día, el tendero del barrio me paró por la calle.
—¡Oye chaval! ¿A ti te gusta la música?
—¡Mucho! —contesté.
En seguida me empezó a enumerar las grandes ventajas que era tener un pick up, que él me podía vender y hasta lo podía pagar poco a poco.
—¡Es una ganga, chaval! ¡Te llevarás a todas de calle con este aparato!

Con eso ya me ganó. Fuimos a la trastienda, abrió una pequeña maleta, lo vi y me encantó. Mientras el buen hombre lo enchufaba para enseñarme su funcionamiento, ya sabía que lo tenía vendido. Puso un disco y comenzó a sonar la banda sonora de “El puente sobre el río Kwit”.

Terminé con el tocadiscos y una buena colección de Paúl Anca, Los cinco Latinos, Nat Kin Col y José Luis y su guitarra, El dúo dinámico y un montón más. Me convertí en la envidia de todo el barrio. Cuando terminaba de trabajar me iba corriendo a casa, abría los balcones que daban a la calle y ponía el pick up a todo volumen, mientras yo me asomaba con un cigarrillo en la boca para que todo el mundo me pudiera ver. ¡Así de chulito era!

Cada vez que mis amigos me avisaban de que se quedaban solos en casa, organizábamos guateques, con el tocadiscos y mi colección de música que se iba haciendo cada vez más y más grade, e invitábamos a todas nuestras amigas. Había noches donde tocaba tener suerte, y otras, no tanto.

Una tarde en la que habíamos ido los amigos a una cafetería a tomar un refresco, uno de ellos se fijó en el sótano que tenía el local y tuvo la feliz idea de organizar un guateque de los de verdad; pero antes, debíamos de aprender a bailar bien si queríamos triunfar. Entonces nos apuntamos a la famosa escuela "Miki", donde cada baile con una chica te costaba un tique.

Tras el aprendizaje, comenzamos a buscar sitios y, cerca de López de Hoyos, encontramos el local que necesitábamos, en la cafetería “Marilyn”, que, por cierto, todavía existe.

Acordamos con el dueño el precio del alquiler para que nos dejará hacer allí el baile todos los domingos. Empezamos a buscar chicas del barrio que quisieran acudir para que así los chicos tuvieran algún interés en ir. Cobrábamos quince pesetas a los chicos, y las chicas entraban gratis. Sí, sí, ya sé que ahora esto es impensable, pero en aquella época era lo que se hacía y nadie lo veía mal.

El primer domingo perdimos dinero, y al hablar con el dueño de la cafetería nos dijo que no nos preocupáramos, que siguiéramos adelante y que ya le pagaríamos lo que faltaba. Esa semana nos anunciamos con el boca a boca todo lo que pudimos y al siguiente domingo ya tuvimos para pagar al dueño. ¡Nos pusimos muy contentos, porque los correveidiles estaban funcionando y poco a poco comenzamos a tener éxito!

Teníamos la música más actual y empezábamos a ganar bastante dinero y a ligar— más todavía— con las muchachas del barrio. Así que llegó un día en que la sala se nos quedó pequeña. Tardamos en dar con el adecuado, pero al final alquilamos un local a pie de calle, bastante grande, cuyo dueño tenía un bar enfrente. Y fue allí, en ese sitio, donde ella apareció:

—¿Y a esto le llaman baile? —pregunto enfurruñada a su amiga, mientras abría la puerta del local.
—¡Pasad! —dije al escucharla —No os preocupéis. Ya veréis cómo dentro de un rato esto se pone muy bien.

Se sentaron en dos de las sillas que rodeaban la pista. Comenzó a llegar gente y cuando estaba ya casi finalizando la fiesta, me acerqué a la que había entrado protestado, porque era la que me había llamado la atención.
—¿Qué te parece? ¿Has estado a gusto?
—¡Sí! —respondió con una tímida sonrisa. —Volveremos la semana que viene.
—Antes de iros, ¿te puedo invitar a un baile? —pregunté.


Nunca me olvidaré de aquel primer baile con la canción “El Reloj” de Lucho Gatica.


Ahora mismo, me acabo de poner la canción mientras escribo esto y hasta me parece oler ese maravilloso perfume que llevaba. Me traslado a la pista y veo sus brazos apoyados en los míos tímidamente, mientras yo la agarro por encima de la cintura, con suavidad. En mi cabeza solo estamos ella y yo, la pista y las luces, sin nadie más alrededor. Tras terminar la canción se marcharon, mientras yo me quedaba como un pasmarote en medio del local y vi como abría la puerta sin mirar atrás.

Al domingo siguiente aparecieron de nuevo las dos. La que me gustaba era la más bajita, porque era también la más guapa. Volví a bailar con ella y pese al pacto que teníamos los amigos de no comprometernos con ninguna, le dije que quería quedar con ella entre semana, que a mí cualquier día me venía bien. Como respuesta tuve una negación rotunda.

—Yo no salgo con nadie —me dijo —y menos los días laborables.

Pasé esa semana trabajando duro, encabezonado en quitármela de la mente y en nuestro plan de no complicarnos con ninguna chica, pero el domingo siguiente llegó y empecé a pensar en ella. Estaba nervioso y no hacía otra cosa que asomarme a la puerta, deseando verla llegar de lejos. La tarde transcurría entre canciones, bailes, besos…, pero yo seguía sin apartar la vista de la puerta, mientras cambiaba discos. Por fin, intuí su silueta. Abrió la puerta y yo corté la canción que estaba sonando en ese momento para poner El Reloj. Por la manera en que me miró, ya sabía que esa tarde la tendría entre mis brazos, e intentaría retenerla un poquito más, porque de esa chica me gustaba todo: su estatura pequeña, sus ojos verdes, su moño italiano…

Comencé a intuir que era realmente ahí, con ella, dónde empezaba la historia de mi vida.

Fueron tres años de feliz noviazgo, nos casamos, tuvimos problemas económicos y de salud que superamos a base de esfuerzo, pero nunca, ni un solo día, dejé de amarla, de cuidarla. He de decir que a su lado me sentía el hombre más querido del mundo también. Siempre íbamos cogidos de la mano cuando paseábamos por la calle, y a nuestra hija pequeña, la daba mucha vergüenza vernos así cuando iba con sus amigos. «Parecéis dos adolescentes con cincuenta y tantos años», nos decía. Ahora que la tengo aquí al lado y ya es una mujer adulta, se ríe con añoranza pensando en esos momentos. Desde aquel primer baile, sentí siempre que era lo más importante de mi vida.

Y así fue, hasta el último día de la suya, después de criar a nuestros hijos, las luchas, los quebrantos, los días felices y las peleas matrimoniales. Ella siempre supo que amé hasta la última peca de su piel.


 


lunes, 9 de septiembre de 2019

SUSTO O MUERTE

El atardecer caía despacio, y los colores en el cielo se desdibujaban como lo hace un helado al derretirse. Lo pude observar mientras me precipitaba al vacío y decidí concentrarme en él para poder disfrutarlo una última vez.


Si dijera que sentí dolor, mentiría, pero sí mucha curiosidad por las personas que se paraban a mirarme y me hacían fotos para después colgarlas en las redes, sin piedad. Me hubiese encantado hacer ¡Vuh! ante uno de esos móviles de última generación. Reí solo de pensarlo; aunque seguramente, después, mi cara de muerta hubiera salido en una de esas bromas que te hacen mirar fijamente una imagen, para luego darte un susto;  «mejor no, sobre todo por mis padres» —pensé. 

Algunos se hacían selfies delante de mi cuerpo, imitando la imagen del emoticono azul con las manos a los lados de la cara y la boca abierta. Entonces yo me plantaba detrás de sus cabezas, con gestos amenazantes en unas, en otras ponía los dedos de la mano en V y en otras tiraba besos poniendo mi lado más fotogénico.

A lo mejor no os lo creéis, pero me lo pasé realmente bien durante un rato y, la verdad, me hubiese encantado salir en una de ellas. ¿Os imagináis sus caras cuando vieran la foto? Fui Trending topic en pocos segundos, sin pretenderlo. Al fin y al cabo, después del gran susto, me merecía aquel momento, que era solo para mí.   Deambulé, sintiéndome etérea y ligera, entre la gente que se arremolinaba alrededor del coche rojo, donde cayó mi cuerpo. Lo siento por su dueño, pero aquello no fue idea mía. Bailoteaba entre ellos, sin saber muy bien qué iba a venir después.

Algunos hablaban con la policía, y todos miraban mi cadáver, menos una niña que estaba señalando el décimo piso de la torre, mientras un agente le preguntaba. Siguiendo su pequeño dedito miré hacia arriba y vi cómo una silueta se escabullía tras las cortinas de mi cuarto. Bajé la cabeza y me topé de pronto con su mirada infantil fija en mí. Sonreí y ella me dijo hola con su manita regordeta. De repente, me sentí cansada y decidí irme casa; me crucé con mi asesino en las escaleras, intenté ponerle la zancadilla, pero aún no tenía práctica para ciertos trucos. Cerré de golpe la puerta de la entrada y allí descansé, por toda la eternidad.  

 

lunes, 2 de septiembre de 2019

SOY OLIVIA




Todo empezó aquel sábado en el que mi madre me dijo que tenía que ir a la peluquería.

—Vamos Samuel, que llegamos tarde. ¡Acelera! —me ordenó mientras levantaba la persiana de mi habitación. —A este paso se nos va a pasar la hora.
—No quiero cortarme el pelo—dije medio enfadado.
—¡Pero qué te ha dado hoy! Venga que no estoy para escenas.
—¿Qué pasa? —preguntó papá asomando la nariz por encima del periódico desde la cocina.
—Tu hijo, que hoy no quiere cortarse el pelo. Anda, dile tú algo.
—Venga Samuel, no hagas esperar a tu madre, que ya sabes que luego se pone… —dijo guiñándome un ojo.

Le sonreí, pero al minuto siguiente, insistí.

—¡Qué no quiero cortarme el pelo! ¿Qué hay de malo en ello?
—Pues que no puedes ir con esas pintas por el mundo, hijo—contestó papá con calma.
—Eso, tú ahí, calmadito—dijo mi madre cada vez más nerviosa, mientras hacia un gesto con las dos manos, como si estuviera sujetando un balón en cada una.

Me cogió del brazo, me sacó a rastras de casa y me metió en el coche. A pesar de que ya le sacaba una cabeza, era más bien flacucho y tenía poca fuerza.

—No sé qué hay de malo en no querer cortarse el pelo—dije desde el asiento de atrás con los brazos cruzados sobre el pecho. —Tú, por ejemplo, lo llevas largo.
—Yo soy una mujer, tú eres un chico—respondió mamá.
—¿Y alguien me ha preguntado a mí si quiero ser un chico?

Mi madre empezó a palidecer.

Aminoró la marcha.

—¿Mamá? —me dirigí a ella un poco asustado.

Aparcó.

—A ver, Samuel. ¿Por qué no quieres cortarte el pelo? Es vaguería, ¿verdad?
—No… es que me gusta el pelo largo, y si siempre me lo estoy cortando pues no hay manera de que crezca. No me escucháis: el pelo es mío y no quiero cortarlo—contesté enfadado.
—Pero largo como lo tiene tu primo, ¿no? Así como… ¿heavy?
—No, largo como el tuyo, mamá.
—Está bien, está bien. Volvamos a casa y hablemos con calma.

Cuando era más pequeño no podía entender por qué me decían que tenía que ser chico, si lo que a mí me gustaba era estar con mis amigas, sus peinados, sus juegos… “yo soy una más”, pensaba siempre que estaba con ellas, aunque luego el espejo me decía todo lo contrario. ¡Si hasta me quedaba embobado viendo como mi madre se peinaba! Y a escondidas, cogía su rímel, me pintaba las pestañas y cuando me miraba al espejo, me veía mucho más guapo, mucho más yo. ¿Quién decide el género si no puede ser uno mismo el que lo haga? Con los años me resigné a ver un cuerpo que me parecía extraño y que no sentía como mío. Rechazaba los cambios que estaba sufriendo, me depilaba todo aquel bello que me salía por todas partes, odiaba la pelusilla de la cara. Me costó confesarme a mí mismo que me hubiese encantado tener las piernas lisas y las curvas de las chicas de mi edad y no aquella cosa que colgaba como una parte ajena a mí. Intentaba deshacerme de ese pensamiento, porque no me parecía natural; pero ocurría todo lo contrario: cada vez latía con más fuerza ese sentimiento.

A mi padre, que siempre parecía el más divertido, le costó algo más entenderlo. Pero al final sucumbió ante las largas explicaciones de mi madre.

—Escucha Samuel, yo es que… no quiero que nadie te haga daño. ¿Entiendes hijo? No es que me importe cómo seas tú. Es que tengo miedo de lo que puedas llegar a sufrir—me confesó una vez antes de irse a trabajar.
—Yo también tengo miedo, papá, pero es que, no soy como tú, soy como ella—contesté señalando a mi madre que escuchaba desde una esquina de la cocina, con su taza de café en la mano—y los que estén a mi alrededor me tendrán que conocer así.
—En realidad, tu madre y yo siempre lo habíamos sospechado, pero no dijimos nada. Tu manera de andar es… distinta.
—No es distinta, papá. Es, como tú has dicho, mi manera de andar. Sin más.
—Para tener quince años, parece que lo tienes muy claro.
—No te creas, siempre me he sentido muy confundido. Ahora, que lo estamos hablando, se empiezan a aclarar mis ideas.
—Pues adelante, hijo. Pero no dejes que nadie, nunca, te juzgue por ello.

Durante los meses de instituto en los que iba con el pelo largo, nadie se extrañó, pero cuando más adelante comencé a ir con un ligero brillo en los labios y los ojos un poquito marcados, comenzaron los cuchicheos, que dieron paso a las risas, que dieron paso a las peleas, que dieron paso al fracaso escolar.

—¿Qué pasa Samuel? ¿Eres maricón o qué? —me dijo un día Raúl en el patio.
—Dejadle en paz. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer? Y si lo es ¿qué pasa? —Julia y Andrea siempre me defendían. Yo intentaba ignorarles, como me dijo muchas veces mi padre, pero ese día, no pude más y estallé.
—Soy lo que a mí me da la gana ser—contesté furioso.
—Uy que se nos pone gallito el hombretón —dijo Raúl burlándose. Los demás se echaron a reír, y algunos bajaron la cabeza.
—Vamos tíos, que el chaval no os ha hecho nada, joder. Dejadle en paz—pidió Esteban.
—Es maricón y no me gusta cómo me mira—contestó Raúl encarándose a su compañero. Se volvió después hacia mí. —¡No me mires más, pedazo de…!
—¡Como te vuelvas a dirigir a mí así te mato! —solté de pronto, mientras le empujaba hacia la pared. Me devolvió el embiste y me tiró al suelo. Seguía siendo un flacucho con poca fuerza. Los puñetazos me caían por la derecha, por la izquierda, en la tripa, en el costado... De lejos escuchaba como sus amigos alentaban a Raúl “¡Así, más fuerte! ¡Dale más!” mientras los míos no cejaban en el empeño de separarnos.

Julia fue a avisar a la profesora y terminamos los dos en dirección con la cara hinchada y el cuerpo dolorido.

—Tenéis los dos tres días de expulsión—sentenció la directora.

Nos marchamos cabizbajos, cada cual con nuestros padres.

—Si quieres, te cambiamos de instituto—sugirió mamá. —Has repetido un año ya, y …
—No. Tengo que seguir aquí—la corté. —Me va a ir bien a partir de ahora, me gustan los profesores y tengo amigos.

La mañana que volví al instituto estaba muy nervioso. La noche anterior preparé todo para que no me faltara ningún detalle. Unos días antes había hecho mis primeras compras de ropa femenina. Estaba todo perfectamente puesto encima de la cama. Lo miré detenidamente y con un nudo en el estómago, entre la emoción y el miedo, me fui vistiendo.

Me subí las medias con dedos torpes, me coloqué la falda que me llegaba por encima de la rodilla, me abroché el sujetador que contenía un pequeño relleno y finalmente me coloqué la blusa. Me pasé la plancha por el pelo, di brillo a mis labios y usé el rímel negro que me había regalado mi madre. Me miré al espejo y esta vez sí me devolvió la imagen de la persona que realmente era. No puedo describir con exactitud lo que sentí, no hay palabras suficientes para expresarlo. Estuve quieto durante unos tres minutos, en los que observé cada detalle de la persona que siempre había estado escondida dentro de mí. Para poder salir por la puerta de la habitación me tragué el nudo que ahogaba mi garganta. Cogí la mochila y ante la mirada estupefacta de mis padres salí de casa derecha a coger el autobús.

No les dio tiempo a decir nada.

Llegué a clase unos minutos tarde, aposta. La profesora acababa de entrar y estaba mandando callar a todos.

—¡Vamos chicos! Todo el mundo a su sitio y en silencio que empezamos.

Yo iba detrás de ella.

El mutismo ocupó toda la sala.

—¡Uy! ¡Qué poco me ha costado hoy! —dijo riendo, mientras colocaba su cartera sobre su mesa grande. Miró a la clase y al ver las caras se giró lentamente hacia mí.
—Hola profe. ¿Puedo hablarles a todos, por favor?
—Claro, adelante—contestó intentando disimular su asombro.
—Hola—dije dirigiéndome a la clase en general. Se escucharon dos o tres respuestas y los demás se mantenían expectantes. —Sé que esto no es a lo que estáis acostumbrados, pero … esta soy yo, y quiero que lo sepáis. Sigo siendo la misma persona, pero me siento chica, no chico; y mis padres me han explicado por qué siempre me he sentido mal y lo que tengo que hacer. Así que me presento como vuestra nueva compañera. No estáis obligados a aceptarlo, pero los que sí queráis hacerlo, seré vuestra amiga, la de siempre.

Resonó algún “vale” mientras me dirigía a mi sitio. Algunos me miraban de reojo. Otros se reían bajito. Julia y Andrea me sonrieron desde su pupitre. Esteban se levantó y me dio una palmada en la espalda mientras me decía “muy bien, con dos huevos, macho” y luego se quedó serio, seguramente pensando que acababa de meter la pata; pero yo le estreché la mano y él sonrió aliviado.

—Vale, creo que hoy vamos a cambiar la temática de la clase, chicos. Vamos a hablar de lo que acaba de pasar—dijo la profesora, tras permanecer unos minutos en silencio.


Os podéis imaginar lo que hubo después, durante los siguientes años: dificultades y felicidad han ido siempre de la mano y ahora, tras muchos papeleos, varias operaciones, insultos y victorias, con veinticinco años, por fin, puedo informaros que me podéis llamar por mi sombre: soy Olivia.
































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Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

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