martes, 24 de marzo de 2020

¡QUÉ NO, Y TRES VECES NO!

No hace mucho tiempo, la educación de las hijas se basaba en que aprendieran a ser una buenas esposas, que atendieran las tareas de su casa, y las necesidades de su marido. El objetivo de la vida para ellas era el matrimonio.

Desde aquí doy las gracias a todas las que dijeron "no".











Qué empeño tiene todo el mundo, oye. ¡Y que no se rinden!

“Así son las cosas, como tienen que ser”—. Imagino a mi abuela diciéndoselo a mi prometido.

La cuestión es que yo le miro y… no sé. Entre que no le quiero, que soy joven y tengo toda una vida por delante… ¡y es que no sé por qué tienen que ser ellos los que tomen mis decisiones! Sí, ya sé que una buena mujer tiene que buscar a un buen marido, y que la gente me vería como una solterona, y blablablá…, blablablá … Si es que me da igual. ¡Pero que manía les ha entrado con casarme! ¡Y venga a insistir, oye!

—Yo le prometo, señor, que cuidaré a su hija como se merece. La tendré como una reina.

Es ahí cuando observo de reojo el hueco vacío de ella y la veo mirándome con complicidad. Era la única que me entendía. Ella me habría apoyado en el momento en el que yo me hubiera pronunciado para anular la boda.

—Me agrada que me digas eso, muchacho —dice mi padre orgulloso—. Hemos criado a nuestra hija para que sea una buena mujer de su casa.

«Ay, ¡y dale! Pero es que yo no quiero ser eso» —escucho mi propia voz interna con tono ñoño.

Manuel apoya su mano sobre la mía, como para afianzar su amor. Yo miro a suelo y él me sonríe. Ha confundido mi gesto con rubor.

—Mi hija está muy contenta con este enlace —asegura mi madre.

«Sí, claro. Contenta, dice. ¡Pues no! Quiero saber más cosas, viajar, trabajar…» —suspiro.

—No hay más que verla —dice mi madre al escucharme.
—Abuela, ayúdame —ruego bajito, pero más alto de lo que me hubiese gustado.

—¿Qué has dicho, cariño? —pregunta Manuel.
—Ya tenemos hablado todo con el padre Rogelio, y …—«Eso, madre, usted hable y hable y decida por mí»—. No puedo evitar tener resentimiento —y hemos contratado al fotógrafo del …
—Quiero estudiar —suelto quintando la mano de Manuel.

El silencio ocupa todo el salón. La cara de mi padre se ha ido transformando poco a poco en una especie de enorme globo, primero de color rojo y luego amoratado, a punto de estallar. Le miro de reojo y me asombro al comprobar que  se puede apreciar el pálpito furioso de una vena que tiene en la sien.

—Bueno … —Manuel intenta llevar a buen puerto la situación. —Yo no te lo impediré. En casa de la señora Flory dan clases de cocina.

«Pobre muchacho, no se entera de nada»

—Quiero estudiar de verdad, para aprender cosas —me imagino a mi abuela sonriendo al escucharme —y viajar, y trabajar y no quiero encargarme de ningún hombre y…
—¡Basta! —grita mi padre mientras se levantaba dando un golpe en la mesa —¡No te hemos educado para que me avergüences de esta manera!

Mi madre se pone a rumiar algo por lo bajo mientras niega con la cabeza una y otra vez.

—Lo siento, pero no me casaré —digo poniéndome con la espalda muy recta, como para hacerme valer.
—¡Pero Adela! —Manuel pone cara de susto.
—No te quiero, Manuel. No sé cómo me he visto arrastrada por todo esto. Yo… lo siento de veras, porque todo esto es culpa mía… Haber llegado hasta este punto otra vez…, y lo hacía solo por complacerles, no te creas. ¿Eso no es de ser buena hija? Pero dónde queda lo que yo necesito…

En ese momento mi padre me coge del brazo y me saca a rastras del salón.

—¿Estás loca?

«Ja, la he liado bien»—dice mi voz de niña trasto.

—Padre, yo no …
—¡Mira a tu madre! —me asomo con cuidado para ver la escena del salón y la veo llorando con su pañuelo en la mano, pidiendo disculpas a mi —ya no—prometido.

«Se le pasará, aunque ahora me dejará de hablar un tiempo. A todos les importa el qué dirán, pero a mí, la verdad es que nada de nada»

—No quería avergonzarles, padre. Me tienen que perdonar, pero ustedes quieren mi felicidad, así que comprenderán…
—Tu felicidad está en el matrimonio —me interrumpe—. Así que ahora vas a entrar ahí —dice señalando la puerta del salón—, vas a sentarte y a disculparte y te vas a casar de una vez por todas. Si no, verás lo que es bueno —me amenaza sujetando el cinturón.



—Sí, padre.

«A ver ahora qué hago» «Pues sí que la he liado buena, pero vamos, por mi abuela que no me caso y no y no».

—Quería pedir disculpas por mi comportamiento —digo al entrar al salón. —Ha sido muy descortés por mi parte.
—Está bien, Adela. Los nervios nos pueden jugar una mala pasada. No te preocupes.
—Claro, Manuel —hago un gesto compungido para simular que me siento fatal por todo —pero sobre todo me reconcomen los remordimientos. Prefiero renunciar al matrimonio antes que ir a él sin que sepas que… —agacho la cabeza mientras miro a mi madre esconder la suya entre las manos, esperándose lo peor —he conocido a otros hombres antes, y…
—¿Cómo que has conocido a…? —escucho el grito sofocado de mi madre. A mi padre no le quise mirar—. ¿Quieres decir que…?
—Si nos vamos a casar, tendré que ser franca, Manuel. Además… es algo que más tarde o temprano…lo hubieses sabido, porque bueno..., hace semanas que no… —«ahí voy con el bombazo»— bueno, ya sabes…—titubeo—, no me hagas decirlo… Y es que no se quién es el padre y yo… me dejé llevar. Espero que aceptes de igual manera ser el padre de esta criatura…
—¡Esto es indignante! —gritó Manuel, levantándose y sacudiéndose los pantalones. Tomó u sombrero y la chaqueta, abrió la puerta y se volvió hacia nosotros —¡Os habéis reído de mí todo este tiempo! Pero esto no va a quedar así, ¡no señor! —y se marchó dando un portazo.

«Por fin, situación resuelta. Ahora a ser una feliz solterona para siempre» —pienso mientras me dirijo a mi habitación para encerrarme, con la cólera de mi padre pisándome los talones.

—Otra vez lo ha hecho, Mauricio —escucho a mi madre medio llorando, antes de cerrar la puerta —Nos ha vuelto a dejar en vergüenza. Van tres prometidos y no la casamos —solloza.
—¡A monja! ¡La meto a monja, fíjate lo que te digo! —grita mi padre.

Suspiro apoyándome en la puerta sonriendo y sabiendo que tengo que ir pensando en otra excusa para la próxima vez. Porque lo único que tengo claro en esta vida es que no me caso con un chico al que no quiera y no me deje ser libre, estudiar y hacer lo que yo quiera. Y, si no me enamoro, prefiero quedarme como estoy.  ¡Qué no y tres veces no!






























lunes, 9 de marzo de 2020

SU VISITA.




Llegará pronto; le intuyo y por eso tengo todo preparado: he ventilado bien la casa por si queda algo de polvo antiguo. No quiero que usted piense que estoy arrastrando, desde ese día, las huellas del pasado. Necesito que sienta que he vivido, reído y amado intensamente, sin desaprovechar ni un segundo de este viaje desgastado. 



He limpiado bien los agujeros de mi memoria  y sanado todas las rozaduras que mis andanzas han causado, para que esté tranquilo y vea que no me queda nada pendiente, que solo me llevo la calma.

Deseo que la brisa fresca sorprenda su rostro al entrar. Recuerdo que le encantaba abrir la ventana, e inspirar el olor del mar que se filtraba por lo agujeros de una persiana a medio echar. Entonces la subía hasta arriba y, mientras sonreía al ver las cortinas danzar, se daba media vuelta jugueteando para despertarme.

He apilado todas sus lecciones por estricto orden, desde la primera hasta la última, para que sepa que nunca me olvidé de todo lo que me enseñó, y he sacado el abrazo más grande que tenía reservado para este momento.

Cojo mi espejo pequeño del cajón de la mesita. Me miro y me pregunto si usted me reconocerá en esta piel, que parece querer estrellarse contra el suelo, por el peso de todas las vivencias grabadas.

Tengo una sensación vertiginosa en mi estómago, que me impulsa a mover los dedos de forma frenética sobre el colchón en el que estoy tumbada. El corazón cansado me palpita poniendo todo su esfuerzo. Hago lo posible por tranquilizarle, pues aún me queda un momento.

Mi nieto entra detrás de usted en la habitación. Me pregunta si necesito algo y me desea buenas noches sin percatarse de nada. Le pido un beso y sello el mío en su cara tersa, aprisionando su olor para llevarme algo de él en la maleta.

—¿Dónde está madre? —le pregunto mirándole con avidez.

El chico piensa que se me ha ido la cabeza.


—Vamos con ella —contesta usted, mientras viene, como antaño, jugueteando a mi cama; esta vez para que duerma.

Llevo días observando su silueta escondida tras la puerta. Estoy preparada y sonrío mientras pienso, padre, que sigue teniendo la misma luz de ayer, cuando aún el tiempo no había hecho mella.





  


martes, 3 de marzo de 2020

ABRAZOS QUE CURAN

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Llevábamos diez años sin vernos y, si me pongo a pensarlo, casi ni me acuerdo de qué fue lo que pasó.
Quizá la distancia, las vidas que nos llevan por caminos distintos, o quizá… nos hicimos mucho daño diciéndonos cosas que, en realidad, no sentíamos.
Hoy ha muerto el tío Félix y, aparte de la propia tristeza que tengo, estoy muy nerviosa porque sé que voy a ver a mi hermano, después de tanto tiempo.
No faltaría por nada del mundo, lo sé.
El tío Félix nos crio; mientras mi madre, adolescente, andaba metiéndose en líos y drogas, él estaba con nosotros.
—Vente a vivir conmigo, hermanita —le dijo un día—. Yo podré cuidar de los tres… ¡Me sobra casa!
—¡Eres el mejor hermano que se puede tener, Félix! —le dijo abrazándole—. En cuanto encuentre un trabajo, te pagaré un alquiler.
—Me parece bien. Pues déjate ya de tonterías y de novios raros y ponte a buscar trabajo —ordenó mientras la cogía por la cintura con cariño.
Mi madre tardó poco en hacer las maletas y dejar el hostal de mala muerte donde vivíamos los tres, no sin antes pedir un adelanto a su hermano para poder pagar la habitación.
Mi tío Félix no sabía lo que estaba haciendo. O quizá sí… porque era un hombre bueno, eso seguro.
Mi madre dejó en su casa la maleta y a sus dos mellizos, ósea a nosotros, y le dijo a su hermano que vendría enseguida.
A la mañana siguiente Miguel y yo nos despertamos por el ruido que estaba haciendo la policía en casa. Salimos al pasillo, sigilosos, para escuchar la conversación.
—Lleva más de un día desaparecida —explicaba mi tío al agente, que estaba de pie en el salón.
—¿Y no puede haberse ido por voluntad propia? —preguntaba otro de los polis, gordo y con un bigote muy ancho que le tapaba ambos labios.
—¡Claro que es posible! —gritó nervioso mi tío. —Pero ha dejado aquí a sus dos hijos. Tiene que haberle pasado algo.
Hicieron cuatro anotaciones en sus libretas y se marcharon. A mí me dio la impresión de que no habían hecho mucho caso a mi tío. Ya sabían cómo era mi madre y sabe Dios dónde se habría metido.

Por la tarde recibió una llamada. La habían encontrado tirada en una esquina con el brazo lleno de picos; pero estaba viva.
—Niños, vuestra madre está bien —nos decía mi tío—. Ahora la van a cuidar en el hospital, se pondrá buena y volverá a casa.
Miguel y yo nos abrazamos entristecidos. Es curioso… nos queríamos muchísimo de pequeños.
Pasó alrededor de un mes…, quizá algo más; eso no lo recuerdo bien. La cuestión es que ella volvió, con buen aspecto y rejuvenecida.
Al abrir la puerta de la entrada, con una sonrisa de oreja a oreja, se tiró al suelo de rodillas y abrió mucho los brazos.
—¿Dónde están mis niños? —preguntó alegre.
Nosotros corrimos gritando de puro contento hacia esos delgados y descarnados huesos que se abrían para abrazarnos fuerte, o todo lo fuerte que ella podía.
—Mami, ¡ya estás aquí! —dije mientras reposaba mi cabeza sobre su hombro.
—Así es, Daniela, y no me voy a volver a marchar nunca más —prometió mirándome a los ojos.
Yo la creí.
Ella decía la verdad.
Cada momento tiene su propia realidad.
Fueron días muy felices. No pienso decir los mejores de mi infancia, porque mi tío se ocupó de proporcionarme momentos tremendamente divertidos, pero me sentía radiante.
Miguel y yo no parábamos de jugar con ella. Era muy guapa o, al menos, así la veíamos nosotros. Tenía un pelo tan rubio que de lejos se confundía con el trigo cuando corríamos sobre el campo amarillo, y sus ojos eran azules, muy claros, muy grandes, y a veces… muy tristes.
Mi hermano ha heredado sus ojos, sus gestos…, todo menos el pelo.
Estuvo tres días en casa. Después de eso, comenzó de nuevo con sus andanzas.
Su otra verdad había despertado.
Volvía cada dos o tres días, sucia, drogada y sin un duro. El tío solo nos decía que mamá estaba enferma, pero nosotros sabíamos que estaba haciendo algo muy malo y comenzamos a rechazarla cada vez que la veíamos.
Ella se ponía muy triste al ver que la ignorábamos, lloraba mucho, abrazándose a sí misma como si le doliera la tripa, y se volvía a marchar. Fueron muchos meses de idas y venidas, hasta que un día, no volvimos a saber nada más de ella.
Durante mucho tiempo me sentí culpable de que se fuera, por no quererla lo suficiente, por sentir más apego hacia mi tío que hacia ella y eso me martirizaba todos los días. Me volví callada y taciturna, mientras Miguel parecía vivir en un mundo irreal donde nada había pasado.
Cuando pasó un año de su desaparición el tío Félix arregló los papeles para adoptarnos legalmente.
El recuerdo de mi madre se fue disipando hasta quedarse en una ligera humareda blanca y unos ojos azules lejanos. Y cuando el humo se terminó de evaporar, nosotros pudimos continuar con nuestras vidas.
Se ocupó de llevarnos a un bueno colegio, de nuestra educación, de nuestras actividades, de no dormir bien por la noche hasta no sabernos en casa seguros, de las charlas de sexo, drogas y alcohol, de pagar la universidad…
Félix ha sido nuestro tío, nuestra madre y nuestro padre.
Nunca dejó de buscar a su hermana, de querer saber qué le había pasado. Revisaba los periódicos para ver si anunciaban algo que pudiera darle alguna pista, o había alguna esquela que pudiera pertenecerla. Preguntaba de vez en cuando a la policía, en hospitales y así durante muchos, muchísimos años… hasta hoy que, a sus noventa y cuatro años, ha decidido marcharse.
Es el día más triste de mi vida.
He estado con él durante toda su enfermedad. Vivimos prácticamente al lado y le he cuidado todo lo que he podido. Aunque me hubiera gustado dar más…, mucho más. 
Miguel se marchó a vivir fuera por motivos de trabajo, pero me consta que han tenido mucho contacto.
Ha llegado el momento de la verdad y un torrente de emociones me estruja el corazón. Estoy sentada en primera fila, a mi lado, un hueco vacío, y después dos de mis tías, las más jóvenes, llorando la pérdida de su hermano, abrazándose.
El hueco en el banco es para Miguel.
Unas piernas de traje negro pasan por delante de mí, mientras yo miro al suelo.
—Hola, Daniela —me saluda.
Le miro con los ojos llorosos.
Siento las dos pérdidas —porque a mi querido hermano hace tiempo que le perdí— rasgando mi corazón, arrancándolo de mí como los pequeños alfileres que extirpan un bígaro de su cascarón.
—Hola, Miguel —respondo bajito.
La homilía se hace eterna y aburrida. La hemos preparado por mis tías, porque Félix no era muy religioso. Félix era de la vida, de la lucha, de la fuerza, pero no de la iglesia.
Ya ha acabado todo y me despido de mías tías que intentan rodearme con sus brazos para consolarme, pero las esquivo.
Quiero irme lo antes posible.
Desaparecer.
Volver al jardín, a cuando tenía doce años. A aquella tarde bochornosa en la que Félix nos mojaba con una manguera y nosotros, en ropa interior, corríamos riendo, sintiendo la hierba fresca en nuestros pies, intentando esquivar el chorro de agua.
Evaporarme con sus gotas.
—Daniela espera —pide mi hermano.
Me quedo parada.
—Dime, Miguel —contesto seria.
—Espera, mujer. Que hace mucho que no nos vemos.
—Sí. Exactamente diez años, cuatros meses y tres días.
—Yo también llevo la cuenta…
Se crea un silencio incómodo.
—Oye, siento no haber estado más con Félix. Es difícil viajar desde México, ya sabes, pero hablaba con él casi a diario y…
—Lo sé. No tienes por qué dar explicaciones. Cada uno tiene sus circunstancias —digo seria, mirándole impasible a los ojos, como si no me importara, como si no le quisiera.
—Te invito a un café. —Mi hermano parece no querer irse. Al final doy mi brazo a torcer.
—Está bien, vamos. Aquí al lado ponen un café irlandés, como el que te gusta a ti.
—¿Aún te acuerdas?
—Siempre me acuerdo de todo —contesto raspando la grosería con mi tono.
Pasamos las horas hablando del tío Félix, recordando nuestra vida con él. Las regañinas que nos echaba, lo que nos tapaba delante de sus otras hermanas, que también se sentían medio madres nuestras, sus bromas, sus preocupaciones, como intentaba ganar más dinero en las vacas flacas y cuando tenía algo era siempre para nosotros.
—Fueron tantas cosas… —dice entristecido—. Le voy a echar mucho de menos. Es con la única persona que podía estar hablando diariamente más de una hora. No se acababa nunca el tema de conversación.
—Sí. Él nos adoraba, siempre nos lo demostró. Y hasta el final de sus días fue una persona elocuente y charlatana.
Empezamos a reírnos con aquellos recuerdos, y después hemos seguido con los nuestros. Nuestras trastadas, los secretos, las risas y … la discusión.
—¿Qué nos pasó, Daniela? —pregunta apoyando sus manos sobre las mías en la mesa de la cafetería.
—Cabezonería —contesto impasible, encogiéndome de hombros.
—Ya, pero… ¿Tan idiotas somos que hemos dejado pasar el tiempo? Yo… os he echado mucho de menos.
Quito las manos de debajo de las suyas, de manera súbita, como un movimiento instintivo, y él me mira con más tristeza aún.
—No me mires así que me recuerdas a ella, cuando lo hacía con pena porque sabía que lo estaba haciendo mal. Tienes sus mismos puñeteros ojos —digo desviando la vista hacia el suelo.
—¿No hay reconciliación posible? —insiste—. Quiero recuperar a mi hermana.
Sobreviene otro silencio, esta vez menos incómodo.
Quizá no sea tarde.
Puede que aún le quiera.
Es posible que haya estado buscando a la mitad de mi ser desde hace diez años, cuatro meses y tres días.
—Perdona. Yo… también te he echado mucho de menos. Es que todo esto, me supera, me queda muy grande—. Mi caparazón se empieza a agrietar.
—Eres mi hermana favorita —me dice guiñándome un ojo, como cuando era un niño.
Le miré con las lágrimas agarrotadas en mis ojos.
—Y tú mi hermano más pedorro —contesto, como cuando también era pequeña.
Nos sonreímos y poco a poco, creamos ese calor que siempre ha existido entre nosotros, como una bruma que nos envuelve en aquella tarde fría y triste. Ese entusiasmo de antes, cuando sobraban las palabras porque con mirarnos nos entendíamos.
—Perdóname. Todo fue culpa mía —confiesa de pronto.
—No debí echarte en cara que te fueras justo cuando… —digo poniendo esta vez yo mis manos sobre las suyas.
—Cuando le diagnosticaron la enfermedad. No debí hacerlo —continuó él con mi frase.
—No podemos hipotecar nuestra vida por circunstancias. Era una oportunidad que no podías desaprovechar; después lo entendí, pero nunca te llamé. Me daba tanto miedo haberte perdido para siempre…
—Creo que podría haber esperado, y haber encontrado algo por aquí, yo…
—Sabes que eso era muy difícil.
—Aprendamos de esto, hermana —me pide.
Agacho la cabeza ahogando un grito de llanto. Levanté la vista secándome las lágrimas para contestarle.
—Sí. Nunca más, Miguel.
—Nunca, nunca, nunca más.
Salimos de la cafetería visiblemente emocionados.
—Había pensado en quedarme unos días, para contarte cosas, enseñarte fotos de tus sobrinos…
—Tengo una cama de invitados que te lleva esperando diez años —contesto sonriendo mientras lágrimas emocionadas se desparramaban como cataratas sobre mi piel fría.
En ese momento suelta su maletín, y me abraza mientras se pone a llorar como un niño. Yo le rodeo con mis brazos por su cintura y le empujo suavemente hacia mi cuerpo, cada vez un poquito más fuerte, más pegados. No sé calcular los minutos que hemos estado así, pero ha sido el mejor abrazo de mi vida. Respiro su olor de hermano mayor por un minuto y acaricio sus rizos castaños de la nuca.
—Mi hermana preferida —me susurra.
—Mi hermano pedorro —sonrío. .
La vida nos pone a prueba y la muerte de Félix nos está sirviendo, al menos, para rencontrarnos y fundirnos en esos brazos, algo que llevaba tantos años suspendido y de lo que nunca nos podremos despegar. 







viernes, 27 de diciembre de 2019

LA VIEJA RADIO






Conchi se levantaba todas las mañanas a eso de las ocho, sin que le hiciera falta el despertador. Lo hacía despacio, mientras sentía cómo crujían todos los huesos de su cuerpo.

—Voy a encender la radio —hablaba en voz alta.

Eran tantas las horas que pasaba en la soledad de su decrepitud, que ya no la hacía falta hablar con la mente. Todo lo decía en alto, y le daba igual lo que opinaran sus vecinos.

—Eso es —decía mientras le daba al botón, con su dedo tembloroso y artrítico—. Esta radio cada vez suena peor. Tendré que llevarla a que la miren. Si estuvieras aquí, Julián, ya la habrías llevado. No me regañes —pedía mirando al aire.

Se puso la bata despacio, cogió el pequeño transistor negro, y se dirigió hacia la cocina con paso lento, arrastrando las zapatillas por el parqué crujiente de aquel viejo piso. La puso al lado de la ventana donde sabía que sintonizaba bien el canal si alargaba la antena. A pesar de eso, cada vez se perdía con más frecuencia su señal.

—Ya están otra vez con la política. Paparruchas, eso que dicen…

Conchi tenía siempre una conversación mañanera con los locutores mientras se preparaba un descafeinado con leche.

—Este aguachirri me va a matar más que el café —protestaba mientras se lo bebía, mojando una magdalena—. Pero las magdalenas no hay médico que pueda quitármelas —decía con la boca llena.

Sintió la puerta abrirse.

—Hola, mamá —saludó su hija Inés.
—Hola, hija —dijo tragando de golpe el trozo de bollo que tenía en la boca—. ¡Qué pronto has llegado!
—¿No te acuerdas? Te dije que hoy vendría antes. Tengo que llevar a Ignacio a la excursión a las ocho y media.

—No tenías que haberte molestado en venir, hija.


Inés miró de reojo la cocina, e hizo un mohín de disgusto.

—Eres una cabezota, mamá. ¡Cuántas veces te he dicho que no te prepares el café sola! Cualquier día te encuentro aquí diciéndome que te has quemado.
—Paparruchas —dijo con tono de enfado —Que no estoy todavía muerta. Me queréis matar vosotros con eso de no hacer nada. No café, no dulces, no fumar… Qué más me queda en la vida si no puedo al menos hacer las cosas por mí misma, a ver…
—Bueno. Tú verás —la cortó—. Te he traído la compra que hice ayer.

La radio, de pronto, se subió sola, y el ruido de una interferencia les provocó un pitido en los oídos.

—Este cacharro está ya para tirar, mamá. Suena fatal —afirmó Inés.
—La radio ni tocarla, ¿eh? Fue la que…
—Sí, sí. ¡Ya lo sé! La que te regaló papá hace cuarenta años —contestó Inés con paciencia.
—Ya no hacen cosas así…
—Eso desde luego, pero cualquier día te quedas sin poder escucharla, con lo que te gusta…
—No te metas en mis cosas. Ya encontraré a alguien que me la arregle.
—Bueno, venga. Dame un beso que me voy corriendo. Mañana vuelvo. Cualquier cosa ya sabes, hoy llamas a tu hijo.
—Vale cariño. Ale, pasa un buen día.

Cuando Inés se fue, Conchi se terminó el cuarto de la magdalena que había escondido en el bolsillo de su bata y siguió conversando con el locutor de la radio. Estaban gastando bromas telefónicas y ella no paraba de reírse.

—A ver si algún día me llamáis a mí. Veréis como os devuelvo la guasa —decía a la radio entre carcajadas— porque a mi Julián, no le ganaba nadie a bromista.

La mañana siguiente no fue como todas. Algo la despertó antes de tiempo. Se dirigió hacia su radio, pero no la encontró.

Frunció el ceño. Una música clásica estaba sonando desde la cocina.

—Hola, mamá —saludó Inés sonriendo de oreja a oreja.
—Hola —contestó arisca Conchi, mientras buscaba con la mirada.

Inés sonreía satisfecha.

—¿Qué leches es eso? —preguntó señalando un aparato gris, pequeño.
—Quería darte una sorpresa, mamá. Te he comprado una radio nueva. Es mucho mejor, no tienes que sintonizar con la rueda. Te he grabado tus programas favoritos y solo tienes que dar al botón para…


Conchi hizo un sonido gutural de disgusto.

—¿Dónde está mi radio?
—La he llevado en un momento a reciclar, mamá. Pero esta, mira… es mucho mejor y…
—¿Qué has hecho qué? Pero ¿Con qué derecho tocas mis cosas?

Conchi se fue hacia el salón que estaba aun a oscuras y se tiró al sofá, fatigada.

—Mamá, ¿estás bien?
—¡Como voy a estar bien si te has deshecho de la única cosa que me quedaba de tu padre! —dijo llevándose la mano al pecho, que sentía agitado.
—A ver mamá, quieres calmarte por favor. Yo pensé que te iba a gustar…

Conchi se levantó, cogió la radio y se la tendió a su hija.

—Vete de aquí —ordenó apretando fuerte el puño.
—No me parece nada bien esto que estas haciendo, mamá —dijo Inés enfadada.
—Es que cuánto más vieja, más pelleja —contestó chula Conchi mientras la abría la puerta—. ¡Largo!

Inés salió por la puerta con la cara descompuesta y Conchi cerró de un portazo y se sacudió la mano para aflojar sus huesos agarrotados

Fue a su habitación y se metió en la cama.

Miró a la tele que tenía en frente.

—Tú no me gustas —dijo dirigiéndose a la televisión con gesto de asco.

A lo largo del día le sonó el teléfono varias veces, pero no le apetecía hablar con nadie.

—Serán los memos de mis hijos, que no me dejan en paz… Sí, sí. Ya sé que me he vuelto una vieja cascarrabias —decía al aire— pero no me regañes, Julián.

En el fondo sabía que Inés lo había hecho con toda su buena intención, pero no se daba cuenta lo que significaba aquella radio para ella. Eran los rescoldos de una felicidad extinguida, las noches de conversación con su marido y la sintonía de fondo, sus niños pequeños levantándose por la mañana, mientras ella les preparaba el desayuno escuchando las noticias, las tareas domésticas amenizadas con su locutor favorito.

Tirarla había sido como si  destruyeran un trozo de su vida y la mandaran a la basura.

Además, sentía miedo de que, si ya no le quedaba nada de él, detrás fuera ella.

Pensando en eso y en que tenía que hablar con Inés, se quedó traspuesta con pesadillas toda la noche.

—¡Abuela! —escuchó entre sueños —¡Abuela, despierta!

Conchi abrió los ojos y encontró a su nieto adolescente a su lado, con su frente llena de granos y unos ojos verdes enormes que llevaba ella puestos en su juventud.

—Pero, Pablo… Qué haces tú aquí, ¿no tendrías que estar en el instituto?
—No pasa nada, abuela. Te hemos traído una sorpresa.

Conchi se desperezó.

—Dios mío, me duelen todos los huesos. Tengo que recordar no pasar tantas horas en la cama.

Pablo la ayudó a levantarse y ella cogió la cara de su nieto entre sus manos añosas y lo infló a besos.

—Vamos a la cocina, abuela —dijo Pablo. 

—Hola, mamá —saludó Inés mientras llenaba la taza favorita de su madre de descafeinado.
—Hija, qué bien verte por aquí. No hagas caso a esta vieja, que ya sabes el genio que tengo.
—Siempre lo has tenido mamá, pero cada vez más —dijo Inés, dándola un beso—  y ya sabes que te quiero y de eso de vales, brujilla.
—A ver, dame esa radio que me compraste hija.

Pablo le tendió una caja.

—Ábrelo, abuela —pidió sonriendo.

Con sus huesos torpes comenzó a desempaquetar el regalo.

—No hacía falta envolverlo. Si ya sé lo que…

A Conchi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi radio —susurró.

Cogió aquel aparato negro y lo estrujó junto a su corazón.

—Mi radio… —miró a su hija emocionada.

Inés tragó el nudo de la garganta para poder hablar.

—Al salir de aquí me fui corriendo al punto limpio. Aún no se habían deshecho de ella. Tardamos en encontrarla, pero estaba, gracias a Dios…
—Y por la tarde yo la desmonté, abuela. Te la he reparado. He ajustado el transformador del audio y unas cosas más y además…

Conchi encendió su radio.

—Se escucha de maravilla —afirmó.
—Esta por lo menos te dura diez años más —dijo su nieto ilusionado.
—Entonces, me sobrevivirá a mí y será toda tuya —dijo divertida.
—Pues me la quedaré siempre, como has hecho tú, abuela.
—Venid aquí los dos —pidió mientras intentaba estirar sus flacos brazos para poder abrazarlos.
—Perdóname, mamá. No te volveré a tratar como a una niña. Lo prometo —dijo Inés.
—No, hija. Lo hiciste con la mejor intención. Perdona tú a esta vieja que no sabe más que protestar, ¡si es que no sé cómo me aguantáis tanto...! Sí, sí —dijo mirando al aire —ya sé que ella tenía razón. No me regañes, Julián.



jueves, 12 de diciembre de 2019

UN VASO MEDIO LLENO Y MEDIO VACÍO





Se me acumulan los garbanzos y no sé dónde esconderlos. Las monjas dicen que sirven para combatir el frío. Por eso, siempre le guardo algo.

Cuando salimos al patio, los chicos de fuera nos gritan que somos hijos de rojos.

Lo único que sé de mis papás es lo que me ha contado la hermana Maria Margarita, que es la monja más joven y no tiene cara de bruja fea, como algunas mayores. Me dice que mi padre luchó como un valiente, pero que nunca volvió de la guerra y a mi madre la enterraron con muchos otros, en algún lugar desconocido.

Así que no sé de qué color eran mis papás, pero cuando los niños normales, los de fuera del cole, nos gritan eso, yo me miro la piel… y me veo como ellos: color carne. Entonces voy a la madre Maria Margarita y le pregunto qué significa eso de que mis padres eran de color rojo.

Ella se acerca a mi oreja y me susurra que las niñas pequeñitas, como yo, somos angelitos del cielo que nuestros papás han regalado al mundo. Siempre me lo dice al oído, porque es un secreto. Las demás monjitas no se pueden enterar de que ella me dice eso, pero a mí no me resuelve la duda, así que siempre me he imaginado a mis padres con la piel de la cara y los brazos de color rojo, como una sandía.

Tomás es un señor mayor —por lo menos tiene treinta y tantos— que vive bajo el techado de un portal, frente al cole. Cuando esos niños normales, los de color carne, nos gritan, él les espanta y después me sonríe y me dice, en voz alta para que pueda escucharle, que ellos no tienen la culpa.


Y tampoco sé a qué se refiere.

Sus mantas no deben de abrigar mucho, porque siempre le veo tiritando. Está muy delgado y tiene un cazo en el que caen las monedas que le tiran los que pasan por su lado.

Un día le pregunté, metiendo mi nariz entre los barrotes de la verja del patio, que para qué quería el dinero. Él se acercó a las rejas y me contestó que tenía hambre y frío y que servía para comer o poder dormir caliente alguna noche. Después me dijo que a mí no me pasaría lo que a él porque tenía un cole donde vivir.

Nunca me había parado a pensar que pudiera haber alguien con más hambre que yo, que rebusco en las papeleras para encontrar cáscaras de naranja y comérmelas. No es que las monjitas no nos den de comer, pero el plato es muy escaso y siempre son las mismas cosas: lentejas con bichos, que también me los como, huevos, gallina… y ahora llevamos unos cuantos días seguidos con ración de garbanzos.

Cuando mis compañeras y yo nos hemos quejado por comer lo mismo tantas veces, las monjitas nos han dicho que lo hacen porque sirven para entrar en calor y que a callar.

Entonces me he acordado de Tomás y se me ha encendido la bombillita: “Si le guardo un poquito de mi ración, podrá comer y dejará de tiritar a la vez; y ya no necesitará, jamás en la vida, pedir dinero con su cazo.”
Lo que hago es que me como la mitad del plato y, de manera disimulada, primero compruebo que ninguna monja ni ninguna niña chivata me están mirando, y después, cucharada a cucharada, vierto el resto al vaso. Dudo si es suficiente, porque no llega ni a la mitad. Nada más comer me voy directa a mi habitación y lo escondo bajo la cama.

Después se lo llevo en el recreo, y él se lo come a la velocidad de la luz, sin respirar; vuelvo a esconder el vaso, ya vacío, para que no me falte en la comida de mañana.

Él se pone muy contento, y me dice lo mismo que la Madre Margarita: que soy un ángel que he venido a ayudarle.

Ahora llevo días sin verle y eso me preocupa bastante, porque he tenido que mentir las monjas tres veces seguidas diciendo que se me había roto el vaso de agua y por eso me han castigado. Me han dicho que tengo que ser cuidadosa con las cosas, pero resulta que los tengo bajo mi cama.

Las mantas de Tomás han estado vacías, esperándole como yo, hasta esta mañana que ha llegado el señor que limpia las calles y las ha recogido.

Le he preguntado si sabía cuándo iba a volver, señalando el sitio donde duerme, y le he pedido que dejara las mantas porque él las iba a necesitar. Pero me ha mirado con cara triste, ha dicho que no con la cabeza, en silencio y encogiendo los hombros, y ha continuado con su trabajo.

¿No? ¿No viene? ¿No está? ¿Ha encontrado un cole donde quedarse a vivir…? ¿No qué?”

Intuyo que algo va mal, pero no sé muy bien qué es.

Antes de que se acabe el recreo vuelvo a mi habitación para comprobar que siguen allí los vasos con su comida.

Me he quedado mirándolos un rato, mientras las tripas reclamaban su contenido.

“Sé que ya no puedo seguir mintiendo a las monjas para guardarle más”—me excuso a mí misma porque sé que no me puedo resistir, mientras cojo los vasos, salivando—. “Al final, me tendré que comer la legumbre.”



























miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENSÉÑAME A ESCRIBIR TE QUIERO.




El miércoles era mi día preferido de la semana.

Estaba deseando que llegaran las cinco de la tarde para salir hacia mis clases particulares. Iba flojo en matemáticas desde el año anterior; y aunque esté mal decirlo, lo hacía aposta.

La academia era pequeñita, tenía tres clases con ventanales amplios y cada hora daban distintas asignaturas.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Ella estaba sentada de espaldas, con su melena larguísima, que le llegaba casi hasta la cintura, tapando el respaldo de la silla. Escuché su voz de niña, dulce y suave, y giré instintivamente la cabeza hacia atrás para mirarla, mientras pasaba a mi clase, que estaba frente a la suya.

En ese momento no supe qué era lo que estaba dando ella dando ella.

Me senté estirándome, cansado y desmotivado, sobre el pupitre, pintando con el boli la hoja sobre la que teníamos que hacer las cuentas.

Casi al acabar, escuché un "toc toc" extraño; no eran zapatos de tacón, ni alguien llamando a la puerta… y volví a girar la cabeza. Contemplé como salía de la clase con un pequeño bastón blanco, con la punta roja, que siempre iba mostrándole el camino a seguir.

Vi como sonreía a su profesora y unos hoyuelos preciosos aparecieron sobre sus carrillos rosados.

Era la niña más bonita que jamás había visto.

Me costó mucho tiempo atreverme a decirle algo, pero llegó el día en el que decidí que no podía esperar un minuto más. Tenía que conocerla.

Me puse la colonia del abuelo y mi madre me regañó, porque  decía que era un perfume de señor mayor; pero el abuelo siempre olía tan bien… que seguro que también le iba a gustar a ella.

—Hoy tengo que llegar un poco antes, mami —la dije mientras cogía mi mochila.

—¿Y eso? No sé si nos va a dar tiempo, cariño.

—Tengo que terminar unos cuantos ejercicios antes de clase.

—¡Ya estamos otra vez! Siempre te digo que tienes que llevar todo ya hecho.

—Lo sé, mami. Pero es que eran muchos y no me ha dado tiempo.

No me gustaba mentirla, pero es que quería estar listo, antes de que pasase ella a su clase, para saludarla y presentarme.

Así que conseguí algo de tiempo. Tiempo que se me hizo eterno porque me sudaban las manos y el corazón me palpitaba con mucha fuerza.

¿Y si no le gusto? ¿Y si no le parezco guapo?” ¡Eso no lo había pensado! ¿Cómo le voy a gustar si no me puede ver? Esto ha sido muy mala idea, esto…

—¡Hola! —me dijo al entrar.

—Hola —contesté, muy serio, sin decir nada más.


Ella sonrió  y yo me iluminé.




—Tú eres Pablo, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí… ¿Cómo sabes…?

Esa sonrisa…”

—Llevamos un año dando clases y aquí todo se escucha. Y en especial tu nombre, porque siempre te están regañando en clase. Yo me llamo…

—Alba. Te llamas Alba.

—¡Sí! ¿Ves cómo todo se escucha?

—Lo que no sé es que vienes a estudiar tú. Siempre veo que estáis leyendo y escribiendo con algo…

—Estoy en clases de apoyo de lengua y leo en Braille.

—¿Braille?

—Sí; es como leemos y escribimos las personas ciegas.

—Ah…

—Bueno, Pablo, creo que ya está mi profesora. Tengo que pasar a clase.

—Esto… y… ¿Cómo puedes saber que está, si no la ves?

—Por todo lo demás.

—Ah…

La verdad que no entendí muy bien lo que quería decir. Me quedé pasmado viendo cómo se sentaba con cuidado y delicadeza en su silla.

No la dejes escapar, estúpido”
—¡Alba!

—¿Sí? —contestó dándose la vuelta.

—¿Quieres que nos veamos el miércoles que viene, antes de entrar?

—¡Claro! Me encantaría.


Esa semana para mí fue con un viaje maravilloso a las nubes. El corazón lo tenía siempre a mil. Pensaba en su sonrisa y miles de mariposas me oprimían el estómago. Tanto que a veces resultaba hasta angustioso.

Nos veíamos así todas las semanas. Más tarde, empezamos a quedar los viernes, después de clase. No vivíamos muy lejos, así que, de vez en cuando, ella venía a casa a merendar o, al contrario.

No nos habíamos dicho nada, pero éramos novios.

Lo peor vino cuando se acabó el curso. Mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos, y yo no podía imaginarme tan lejos de ella durante dos meses.

Los amores preadolescentes pueden llegar a ser tan intensos…

—Te llamaré todos los días —le prometí.

—Vale. Si quieres quedamos a las cinco para hablar por teléfono.

—Sí. Y te escribiré una carta por semana —dije con toda mi buena intención.

—¡Para eso tendrías que aprender Braille! —contestó riéndose.

—No había pensado en eso. ¡Enséñame!

—¿Estás loco? ¡No hay tiempo! Se tarda mucho en aprender, porque aparte de un abecedario, también se interpretan ideas…. No puedo en una semana…

—Dime por lo menos, como escribir te quiero —pedí sonrojándome.

Abrió su cartera y cogió papel, un punzón y una regleta, y escribió en relieve:





Y todos los días, a las cinco de la tarde, mi madre me daba unas monedas para ir a llamar desde la cabina del pueblo.

Y todas las semanas, desde un pequeño pueblo extremeño, viajaba hasta Madrid un papel en cuyo centro había un valioso mensaje, escrito de varias formas:

































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