miércoles, 7 de agosto de 2019

Cuántas alegrías me está dando mi libro.
Desde el primer día hasta ahora, he recibido tantísimo cariño... Os estaré siempre agradecida. Sigue de venta en Amazon. 


viernes, 2 de agosto de 2019

MALA CONCIENCIA

   



    —Sofi era la del vestido largo… Esta de aquí, la que tiene ese flequillo recto y grueso y gafas de culo de vaso. Siempre estaba comiendo bollos ¿te acuerdas? —dijo Cristina señalando una foto antigua del colegio.

    —¡Es verdad! Ya ni me acordaba de ella—comentó Virginia con aire despreocupado, mientras daba una calada al cigarrillo.

    —Pues te aseguro que ella sí se debe de acordar de nosotras.

    —¿Por?

    —No me puedo creer que no lo recuerdes. Yo aún me arrepiento de todo lo que le hicimos ese día.

    —Pues la verdad que no me acuerdo mucho de esa chica. Y si la hicimos algo, seguro que la ayudó a espabilar. Total, éramos niñas.

    —Eso quiere decir que sabes de qué te hablo. Yo desde entonces he vivido con remordimientos, siempre estábamos riéndonos de ella, pero lo de aquella noche fue…—. Cristina se tapó con las dos manos la cara, como si con eso pudiera evitar aquel recuerdo espantoso— y no sé por qué no hemos hablado de ello jamás.

    —¿Qué noche? ¡Ay, no sería para tanto, mujer! Deja ya de dar tantas vueltas a aquella historia. Ahora será feliz, con una vida, un trabajo… seguro que no es para tanto.

    —No sé cómo puedes ser tan sumamente fría.

    —¿Y tú no? Porque ahora eso de que te arrepientas ¿significa que fuiste una hermanita de la caridad? ¡Venga! Deja ya de ser tan falsa. Estuviste allí, como todas. Olvídalo.

    —No lo soy. Mi cabeza no me deja descansar y desde entonces voy a su casa todas las semanas, sin que ella me vea y la observo de lejos.

    —Tía, estás pirada —protestó Virginia.

    —Cuando compruebo que se ha marchado, dejo dinero en su puerta. No se me ocurre otra forma de pagar por lo que hicimos…

    —¿Me lo estás diciendo en serio?

    —Claro que sí. Ahora ya no lleva gafas de culo de vaso porque tiene que se tiene que poner unas oscuras. El sol le hace daño a la vista. No lo sabías ¿verdad? Como tampoco debes saber que las lleva sujetas con una cinta a la cabeza porque le falta la parte de arriba de la oreja izquierda y no puede sujetarlas de otra manera.

    —¡Qué dices! Ya será menos…

    —Estuvo más de un año en la unidad de quemados.

    —Vale, sí. Estuvo mal, pero yo solo pretendía arreglarle ese horrible flequillo que tenía. ¡No sabía que era una peluca y que podía arder tanto! Nunca pretendí hacerla aquello y por eso no me siento tan culpable como me quieres hacer sentir tú ahora mismo.

    —Con un mechero. Querías arreglarle el flequillo con un mechero —dijo Cristina estirando la cara por la ira.

    —Además, tú no hiciste nada. Fui yo. Deja ya de tener tantos remordimientos.

    —Estuve allí, y no te paré cuando quemaste su pelo y tampoco cuando estaba con la cabeza envuelta en llamas y la grabaste en vídeo. Ella no volvió jamás al colegio, pero aquella grabación recorrió todos los rincones —continuó Cristina, cada vez más furiosa ante la pasividad de su amiga —Dios, durante días estuve vomitando en el baño y sin poder dormir.

    Virginia empezó a sucumbir y bajó la cabeza avergonzada.

    —Laura y Ana se reían, pero yo estaba petrificada mirando, sin mover un dedo para ayudarla —continuó Cristina.

    —Si fuera hoy, no lo haría Cris —aseguró Virginia.

    —Pero lo hiciste, y jamás te preocupaste por ella.

    —¿Para qué iba a hacerlo? El mal ya estaba hecho.

    —Ayer cuando fui a su casa, se quedó esperándome sin que yo me diera cuenta. «Sé quién eres» me dijo «Deja de esconderte y sal de una vez»

    —O sea que te pilló. ¿Y te agradeció el dinero que la estas dejando desde entonces? A qué no lo hizo…

    —No, pero me pidió un favor —dijo Cristina mientras se encendía también un cigarrillo.

    —No me digas. ¿Cuál?

   Cristina dio una calada al cigarrillo…

    —Te lo enseñaré, pero tienes que cerrar los ojos. No puedes verlo hasta que yo te avise.

    —Está bien. Pero esto sí que es raro, no me… —Virginia emitió un grito terrorífico, mientras Cristina tiraba de su pelo fuertemente y estampaba el cigarrillo con saña sobre su ojo derecho cerrado.

    —Ella quería que supieras lo que es no tener párpados durante el resto de tu vida.

 










lunes, 29 de julio de 2019

METAMORFOSIS




   Desde que él llegó a la familia, mi vida cambió por completo, y de esto hace ya ocho años. A mis diez ya sé lo que es sentirse desplazado y que a nadie le importe una mierda.

   Todas las atenciones fueron para esa cosa llorona; al principio porque era un bebé precioso de ojos redondos y brazos regordetes, y después cuando empezaron los síntomas. Aquel mundo, que era todo para mí, se agrietó poco a poco y yo me fui sintiendo cada vez más transparente, sobre todo cuando mis padres pasaban por mi lado sin mirarme porque Hugo no paraba de gritar y de dar golpes.

   Muchas noches me asomaba a su cuna y le observaba detenidamente.: Así, a simple vista, no parecía tener nada raro. Lo peor venía cuando se despertaba, y cuántos más años cumplía más le costaba seguir las órdenes. Por mucho que papá y mamá le dijeran «Hugo estate quieto», «Hugo no cojas eso» «Hugo no grites, no corras, no pegues, cálmate» y un largo etcétera, daba igual, él siempre iba a lo suyo, y yo no lograba entender por qué no era capaz de hacer caso ni una sola vez; ¿por qué él no entendía que luego todo era peor? Después en casa el silencio chillaba de dolor y lo nervios levantaban los cimientos de nuestra— muy antigua— paz, como raíces de árboles rompiendo una tierra llana, que antaño no tenía ni un solo surco. Y todo por su culpa.

   Cuando me enteré de que iba a tener un hermanito, realmente me hizo mucha ilusión. No fui un niño de estos tontorrones que ambicionaba a mis padres para mí solito. Todo lo contrario. Quería a alguien como yo, para jugar al balón, ir juntos a la escuela, contarnos secretos..., Pero esto… Esto no me lo esperaba. Muchas veces he añorado al hermano que nunca he tenido; he llorado por la cantidad de balones que se quedaron sin lazar, por las peleas típicas y reconciliaciones posteriores repletas de abrazos con palmaditas en la espalda, como un par de hombres, por no poder contarle que me gusta tal chica, por no poder tapar nuestras travesuras a nuestros padres. Sí, lo reconozco: he llorado mucho por ese tipo de cosas.

   Ahora Hugo tiene ocho años y, aparte de todo el trabajo diario que tanto él como mis padres tienen que hacer desde que nació, tenemos que ir dos días en semana toda la familia a sesiones con psicólogos y pedagogos porque se supone que tiene que conseguir ser algo más independiente, y que, con ayuda, podría desarrollar más sus capacidades sociales.


   Ayer por la tarde fue una de esas en las que papá y mamá ponen en práctica las técnicas que les han enseñado y, como yo escuchaba todo desde el salón, me puse la tele más alta porque no me apetecía sentir pena, o lo que fuera que sintiera, por él; pero al rato, desistí, mi curiosidad pudo más, bajé el volumen y me quedé muy atento:

   —Hugo, mírame a los ojos, cariño—dijo mamá.
   —Uno, tres, cinco, siete, nueve—respondió mi hermano.
   —Cariño, mira. ¿Ves este pantalón? Te lo voy a poner, ¿vale? Mírame a los ojos cuando te hable, Hugo. Así, despacio.
   —No quiero, no quiero, no quiero, no quiero— dice él mientras empieza a ponerse nervioso y mover su cuerpo de atrás hacia delante compulsivamente, rechazando el pantalón que ella le estaba subiendo.

   En ese momento ya me estaba asomando a la puerta de la habitación, pero como era transparente, mi madre ni se enteró.

   Tras un tiempo interminable en el que observé a mi madre sudando, con sus ojeras marcadas y sus ojos cansados, y a él gritando y dando golpes, consiguió vestirle. Después tocó explicarle que tenían que bajar al salón, para salir después de casa conmigo, esperar al autobús de línea e ir a su colegio, que era la primera parada.

   Bajar al salón no le disgustaba demasiado, porque le encantaba contar. Se pasaba el día contando cosas, enumerando absolutamente todo y siempre lo hacía contando números impares. A mí a veces me dejaba asombrado porque nunca se me hubiera ocurrido contar tantas y tantas cosas.

   Descendieron por los escalones, que él contó, enumeró las tablas de la tarima, los objetos que había sobre los muebles, los cristales que componían la lámpara de pie que había en la entrada, las rayas que dividían las partes del radiador, los enchufes y sus tornillos, los cables, los juguetes, las sillas del salón, las patas de las sillas, absolutamente todo, y con una rapidez asombrosa.…

   —Hugo—le llamó la atención mi madre— Ahora te vas a ir con tu hermano, hasta la esquina. Yo no puedo acompañarte ¿de acuerdo? Ahí cogeréis el autobús ¿sí?

   Mi madre levantó la barbilla suavemente para forzarle a encontrarse con su mirada. Se notaba claramente que a él le incomodaban muchísimo aquellos gestos cercanos, pero al final consintió y la miró.

   —No, contigo, siempre. Quiero contigo.
   —No puede ser cariño. Ya sabes que tenemos que reforzar tu autonomía. Tu hermano es muy responsable, con él estarás bien.
   —No, no, quiero contigo.
   —Vamos Hugo—le dije cansado de tanta escena. —No pasará nada.

   Salimos de casa con la misma cantinela de todos los días. «Quiero volver, con mamá, esto no me gusta, con mamá. No, no. Con mamá» Yo ya sabía cuántas veces iba a repetir aquellas palabras, y el soniquete que empleaba en cada una de ellas. Pero me callaba, no sabía cómo hablarle ni qué decirle. Mis padres me habían explicado cómo tenía que tratarle, había tenido largas horas con los expertos en esta materia, pero yo era incapaz de hacerlo. «¿Y quién le explica a él cómo tratarme a mí? ¿Qué hay de lo que yo siento desde que él ocupó la vida de todos los de la casa, desde que invadió hasta el aire que respiramos?» Me estaba ahogando y nadie se daba cuenta.

   Conseguimos llegar a la parada y subimos al autobús de línea. Darío estaba sentado junto a su hermana Natalia en los asientos del final, a la derecha. Yo intenté alejarme de ellos, porque sabía de sobra lo que podría ocurrir, pero ese día Hugo se puso contento al ver el último asiento de la izquierda vacío, y no tuve manera de convencerle.

   Me senté cabizbajo, como avergonzado, y mientras escuchaba las risas y los insultos yo me sentía un chaval de mierda, porque nunca les puse en su sitio y siempre me consideré un maldito cobarde… menos ese día.

   —Dejad de reíros—dije, sin quitar la vista del suelo.
   —Pero ¿tu hermano es tonto o qué le pasa? —dijo Darío con deje burlón.



  Se levantó y se acercó a él con el autobús ya en marcha. Hugo empezó a ponerse nervioso y comenzó con su balanceo y ese balbuceo incomprensible. Vi venir todo con la impotencia de saber que ya no había remedio.

   —Ay, ay, con mamá, vámonos, quince, diecisiete, diecinueve—dijo Darío imitando a mi hermano, con voz gangosa y la boca torcida, cruzando las manos por delante del pecho y los dedos estirados, cada uno hacia un lado, mientras Natalia no paraba de reír.

   Hugo empezó a golpearse en la cabeza contra el asiento y a gritar como si le estuvieran descuartizando. Ya se había desencadenado todo; el conductor paró el autobús y se acercó.

   —Deberíais plantearos otro medio de transporte para él—comentó el chofer de mal humor.
   —Mi hermano tiene el mismo derecho que todos a coger este autobús o el que le dé la real gana—contesté.
   —¡Pero si es retrasado! —gritó Darío.

   Fue ahí cuando todo cambió para mí. No sentí que naciera algo nuevo, sino más bien creo que sufrí una metamorfosis repentina. Algo que estaba latente dentro de mí, sin que yo fuera consciente, un amor que explosionó furioso como si estuviera dentro de una olla de presión mal asegurada.

   Me giré, me abalancé sobre Darío y comencé a golpearle, cada vez más y más fuerte. Le tiré al suelo propinándole un puñetazo tras otro. El conductor me cogió en volandas para evitar que siguiera.

   —¡Es mi hermano! —grité lanzando puñetazos al aire— ¡y no te vas a volver a reír jamás de él!
   —¡Cálmate muchacho! Mira lo que has hecho. Ahora tengo que llamar a una ambulancia. Te has metido en un buen lío, chaval.

   Cuando mi padre llegó a urgencias, lo primero que hizo fue mirarme con ira.

   —Su hijo se ha liado a puñetazos con el mío —informó la madre de Darío a mi padre.
   —¿Se puede saber que has hecho? —me gritó furioso.
   —Tres, cinco, siete, no, con mamá, nueve, … —se escuchó a Hugo.
   —No ha sido culpa mía, papá. ¡Se estaban riendo de Hugo! ¡Y siempre lo hacen! ¡Y es mi hermano, le tenía que defender! Le insultan y le imitan y yo ya no podía dejarlo estar por más tiempo—. Me puse a llorar.

   En pocos segundos la expresión de mi padre se dio un buen paseo recorriendo desde la ira hacia el asombro, cruzando por el amor para acabar en el orgullo.

   —Mi hijo nunca haría eso —dijo la madre de Darío.
   —Y el mío no miente —contestó seco mi padre—. Vamos chicos que el día ha terminado por hoy. Y usted, haga saber a sus hijos que no se pueden reír de los demás y menos de alguien que nunca se reiría de ellos.

   Fuimos en el asiento de atrás del coche de papá. Hugo la izquierda, como siempre, como tenía que ser porque si no, le daba uno de sus ataques, y yo, por consiguiente, a la derecha. Y así, sentado como estaba, comencé a notar como poco a poco mi transparencia iba tomando forma de nuevo. Así era siempre que pensaba que mis padres no me veían porque estaban solo pendientes de Hugo, hasta que papá habló.

   —Alberto, estoy muy orgulloso de ti porque has defendido a tu hermano. Pero para otra vez intenta hacer oídos sordos y no pegar a nadie. Esto nos va a pasar más de una vez y tenemos que asumirlo.
   —Lo haré papá, lo siento de verdad, pero hoy no me he podido aguantar las ganas. Se lo tenían merecido.

   Una atmósfera silenciosa y apacible se apoderó durante unos segundos del pequeño espacio en el que íbamos.

   —Hijo, quiero que sepas que nosotros podemos con esto gracias a ti. Eres un chico bueno y responsable y sin tu ayuda nada de esto nos sería posible a tu madre y a mí. Eres un muchacho muy especial, lo sabes ¿verdad?


   ¿Orgulloso de mí? —pensé—. ¿Especial? —. Mis piernas empezaron de nuevo a tomar forma, la transparencia se iba esfumando y me sentí más vivo que nunca.

   Giré la cabeza hacia Hugo que iba mirando por la ventana, esperando verle contar todo. Sin embargo, estaba callado. Poco a poco, con movimientos que parecían estar grabados a cámara lenta, se fue volviendo hacia mí. Levantó los ojos del asiento a mi cara lentamente y, con un gran esfuerzo por su parte, fijó su mirada en las lágrimas de regocijo que los míos retenían.

   Ladeó la cabeza y la apoyó en mi hombro. Era la primera vez que teníamos contacto físico. Levanté mi mano para abrazarle y torcí mi cuello para apoyarme en él. Nuestro primer abrazo de hermanos. Sí, uno de esos en los que siempre había pensado. Quizá no fuera todo lo espontáneo que imaginé, pero esto me valía. Yo sonreía con el corazón henchido y con las lágrimas ya abandonando mis ojos en cascada, y él iba contando las líneas de los pasos de cebra que se veían por la luna del coche, y así fuimos hasta llegar a casa.

   —Nunca, escúchame, nunca más dejaré que nadie se ría de ti—le dije antes de bajar del coche.

   Hugo salió, con su manera torpe de correr, llamando a mi madre, sin dar señales de haber entendido mi promesa. Pero yo sí. Yo entendí todo: el amor hacia él que hasta ahora me había escondido a mí mismo, la transformación que había surgido en mí y todo lo que implicaría. Y estaba feliz, pero muy muy feliz por ello.








jueves, 18 de julio de 2019

DE PROFESIÓN: MESERA Y ASESINA.





—¿Qué si me acuerdo de ti? —pregunta Paquita la del bar. —Pues claro, mujer. ¡Cómo no iba a acordarme!
— (Silencio, mientras Paquita escucha a alguien al otro lado del teléfono.)
—¡Anda, anda! Si te he visto crecer, Carmencita. ¡Qué cosas tienes! [...] Que no mujer, no te preocupes, […] claro para eso están los amigos […] lo que haga falta, ya lo sabes […] ¡Por supuesto!
—[…]
—Pues de verdad, no sabes cuánto me gustaría, Carmencita, pero ya no nos hace falta nadie […] No, no. Acabamos de ocupar el puesto, cuánto lo siento […] Ya, entiendo tu situación […] Vaya, y ¿Cómo se llama tu hijo? [...] Tres mesecitos […] Sí, entiendo..., es pequeñín.
—[…]
—De acuerdo, si volviéramos a necesitar a alguien serías la primera en saberlo. Espero que encuentres algo pronto […] Sí, un beso fuerte y recuerdos para la familia.

—¿Quién era? —pregunto tras beber el último sorbo del café que me había servido ella antes.
—La hija de una vecina que tenía hace veinte años —me dice mientras seca los vasos tras la barra.
—No sabía que hubieras encontrado a alguien, deberías quitar el cartel.
—No hay nadie contratado aún —me informa en tono cortante.

—¿Y entonces?
—Ya te lo he dicho: es la hija de una vecina de hace años… una guarra que vivía encima de mi casa.
—Y qué culpa tiene la muchacha.
—Ella ninguna culpa. Pero su madre era una guarra y mi marido, en paz descanse, el cabrón.

Paquita  mira al infinito con una ira añeja.

—Tiene la culpa por ser igualita a él —me confiesa, por fin.
—Entiendo. Bueno es decisión tuya, pero hija, qué bien finges.
—La chica no sabe nada.
—Y tu marido ¿lo llegó a saber?
—Sí. Me lo dijo mi Antonio, en paz descase. Él mismo me lo confesó, así como te lo cuento. Necesitaba descargar su conciencia.
—Normal. ¿Y le sirvió?

A Paquita se le tuerce el gesto.

—Sí que le sirvió, sí. Descansó en paz.

viernes, 12 de julio de 2019

ESCARCHA








   Siempre que estoy en casa tengo frio, y el calor de la habitación cerrada en la que estoy no ayuda para nada; de hecho, da igual todo lo que haga, con calcetín gordo o sin él, con bata, sudadera, gorro o manoplas, siempre estoy congelado de tanto pisar la escarcha que hay en el suelo.

   Repaso las hojas de mi libro haciendo que estudio, pero en realidad, ya me sé toda la lección, aunque a ellos no se lo diré. Espero con paciencia a que llegue su aviso; de momento me concentro en el sonido de la televisión que llega desde abajo y en el ruido que hace mi madre mientras cocina.

   Escucho las llaves de la entrada; sé que es papá y me quedo muy atento: nada, no se oye nada. El silencio engulle toda la casa y la escarcha empieza a crecer de golpe bajo mis pies desnudos. Algunos pasos sueltos cortan el aire mudo, la puerta de una habitación se cierra con prisa, no vaya a ser que no dé tiempo a separar aún más sus existencias. La escarcha va trepando por las paredes y empiezo a tiritar. Tiemblo tanto que me meto en la cama bajo el edredón. El hielo ocupa ya hasta el techo y caen gotas sobre sobre mi gélida cara. No tengo manera de hacer que deje de crecer, se cristaliza, y me siento tan culpable de ello…

   Ha llegado la hora… Mi madre sube de forma cansada las escaleras y no entiendo cómo no se queda pegada a la barandilla. Ahora me tocará hacer como que no pasa nada, ¿solo yo veo el iceberg que está invadiendo la casa?


   Es ahora.

   Ya.

   Se rompe ese mutismo que me ensordece y escucho el  mismo susurro de todos los días: “Vamos a hacerlo por él.”

   Me llaman porque quieren que baje al salón para estar con ellos…, en familia. 


















sábado, 6 de julio de 2019

CARTA A UN ÁNGEL




   No podías faltar tú entre los caracteres de esta página en blanco. Se me ha hecho tan pequeño el mundo desde que te fuiste, que me voy chocando con las esquinas de mis momentos sin ti.

   Este desolado espacio, donde estoy escribiendo, me pide— me exige— que te describa tal y cómo eras; pero todo adjetivo, por grande que sea, se convierte en palabra de medio pelo con la que nunca podré explicar del todo cómo eras tú.

   Cómo poder revelar al mundo que conocí a un ángel, a un chico joven que rebosaba bondad, como si de sus poros emanara amor para poder ir repartiéndolo a todo el que le tocara.

   Sí, sí, de ti hablo. Deja ya de ser tan humilde, que hasta detrás de estas letras te veo quitando importancia a lo que eras.

  Si escuchaste lo que todos decíamos después de tu partida, seguro que te diste cuenta de que nuestra versión era exactamente la misma: «Yo sentía una conexión especial con él». Qué equivocados estábamos… No éramos nosotros, si no tú; tú eras esa conjunción que unía alientos, eras esa luz que nos inundaba y nos llenaba con solo abrazarte, con solo hablar contigo, eras la fuente de afabilidad de la que todos nos nutríamos; nos sumergíamos en ti y siempre salíamos satisfactoriamente llenos.

  ¡Ay mi pequeño jovenzuelo (palabra muy tuya)! Tenías un don especial que es imposible de retratar: el ángel de mi amiga, tu compañera, y el de todos los que recibimos tu amistad infinita, y esa pureza apabullante tan difícil de distinguir en nadie. Pero a ti, amigo mío, se te veía venir de lejos, porque de tu interior brotaba esa claridad que nos invitaba a sonreír sólo con saberte cerca.

  Me doy por satisfecha pensando que te pude ofrecer un pequeña, pequeñísima, parte de lo que yo recibí de ti.

  Con todo mi amor, para ti, para el ángel que yo conocí.






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Bienvenidos a este maravilloso espacio, donde quiero compartir mi pasión por la literatura. Expondré cachitos de mí, hablaré de libros que me han gustado y muchas cosas más. Con mucho cariño, para todos vosotros.

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